Partenogénesis y amor.

Al final hubo que aceptar la realidad de que la especie humana ya no necesitaría reproducirse mediante el apareamiento. Tras cientos de años de avances médicos y científicos, el Homo sapiens se vio alejado del camino de la selección natural. Por un lado, las novedosas técnicas quirúrgicas y los avances en la predicción y tratamiento de enfermedades genéticas asociadas a nuestro viejo genoma y su pasado cavernario; también la eliminación cada vez más exitosa de los tumores que comenzaron a proliferar durante el siglo XX. Por otro lado, la síntesis artificial de carne in vitro y la adecuación de los cultivos a las zonas más apropiadas para reducir la deforestación y erradicar el hambre global.

Alejado paulatinamente de la vulnerabilidad, el ser humano se supo fuera de su modelo de evolución y jamás pensó que sería su mismo mecanismo de adaptación, o lo poco que conocía de él, lo que carcomería las bases de su sociedad. Apartado del peligro, en la cima de la pirámide trófica, libre de depredadores naturales, el cuerpo se vio liberado. Frente a la escasez de alimentos y el peligro, la reproducción sexual y la variabilidad genética que aporta habían jugado un papel vital; ante un ambiente seguro, con excedentes energéticos y conocimientos médicos que amortiguaban los daños corporales naturales, la reproducción asexual hizo su aparición. Nada evitó que los individuos nacidos con esta modificación –atribuida a la epigenética en los primeros estadíos del feto de un modo no muy convincente- transmitieran su propensión a su descendencia. Nadie acabó de concretar cuáles eran esos factores que alteraban el desarrollo embrionario "normal".

De este modo, el cuerpo fue prescindiendo de la especialización de las células sexuales, así como de todos los rituales de cortejo y demás mecanismos necesarios para el acoplamiento. Individuos sin rasgos sexuales definidos comenzaron a nacer y a batir todas las previsiones de prevalencia sobre la población. Una mano invisible –Adam Smith estaría orgulloso- estaba alterando la respuesta animal a un medio que ellos mismos habían creado, y en su inicio se consideró como la primera epidemia genética. Se persiguió y trató de “sanar” a aquellas personas cuya carga cromosómica era idéntica a la de su madre, arguyendo el empobrecimiento genético que esta partenogénesis humana conllevaba. Tampoco ayudó a la popularidad de esta nueva dinámica reproductiva el hecho de que la hiperploidía se vio incrementada brutalmente durante las primeras décadas. En varias generaciones, una fobia vital a aquellas personas que ponían en peligro la idea normativa de supervivencia nació y se asentó junto a sus abuelas, la homofobia y la transfobia. El deseo sexual, aún presente en grandes sectores de la sociedad, llevó a muchos enfrentamientos inútiles por garantizar la riqueza que garantizaba el mestizaje. El racismo parecía una idea absurda de un pasado muy lejano.

No obstante, en pocos años se comenzó a asumir el hecho de que la reproducción sexual agotaba sus últimos cartuchos y daba paso a personas en las cuales los estrógenos, testosterona y demás marcadores se encontraban nivelados. La población comenzó a asumir que no podía existir descendencia viable si se combinaban gametos haploides con los diploides que cada vez en mayor proporción circulaban. La modelación del sexo se diluyó y con ello los rasgos sexuales. La partenogénesis comenzó –en los círculos más progresistas- a aceptarse como la nueva realidad, y el choque entre el viejo y el nuevo mundo fue entonces brutal.

Por un lado, los defensores del antiguo sistema, atrincherados en el "sentido común" y en la "normalidad". Por el otro, la esencia del cambio y la adaptación: la asunción de los nuevos tiempos. Un nuevo horizonte se dibujaba como más fácil de sobrellevar para una especie que había basado, casi desde su nacimiento, su organización en la sumisión del segundo sexo. La hija predilecta de la Pachamama era de este modo, de un modo figurado y literal, liberada.

La penúltima gran guerra que libró la especie humana contra sí misma fue aquella en la que el género binario peleó por sobrevivir y por ser abolido. Por voluntad propia, pero también en su contra.