El surrealismo geométrico de un sueño

Hay quienes dicen que el sueño es una víspera inveterada, una geometría desentonada o un infinito muy aventajado... Para otros, es la negación, la abstinencia, la impermeabilidad de la vigilia (…) Lo cierto es que, para mí, siempre había sido como una culminación, una borrasca dentro del tiempo indivisible de la noche. Una noche mientras pretendía recoger mis papeles del escritorio, pensé en aquellos teoremas escondidos entre los libros; pensé en un universo enmarañado de prefijos azules y geodésicas temporales, pensé en la ausencia ocasional de esas ecuaciones en el tiempo; pensé en un universo labrado con un cauteloso lenguaje de símbolos matemáticos: como un distinguido idioma, regocijado en un álgebra anacrónica al tiempo en el cual vagaba.
Era media noche, y yo me dirigí al anaquel de mi biblioteca; pretendía imbuirme en una profusa lectura filosófica, o en alguna ficción desprevenida y emocional. Pero, en los recodos de ese santuario, vislumbre con entusiasmo un libro antiguo de geometría clásica y pura; husmeé sus bordes sin exhalar aquel polvo que lo bañaba. Abrí el libro ¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬—sin intención de doblegar sus resquebrajadas y amarillentas páginas—, para ojear con aquilatamiento, esas detalladas y maravillosas demostraciones matemáticas. Conjeture inmediatamente un extraordinario suceso a mitad de aquel razonamiento abstracto, y una voz un tanto titubeante, me envolvió con la máscara de la noche y con sus insinuaciones. Mientras una magia presuntuosa, decoraban con ímpetu, los losanges de aquella hoja repleta de igualdades y preposiciones. Junto al crepúsculo se enfervorizaba bosquejos geométricos, invadiendo el ventanal de mi biblioteca (…) Sobre el escritorio empezaron a circundar diferentes formas platónicas; formas un tanto desapegadas de lo que se informaba en aquel libro sapiente de historia matemática. ¡Desventuradas figuras en el tiempo, se extrapolaban con hipocampos desconocidos; entretejiendo curvas y abismos que se permutaban en el centro de mi tiempo! Y yo, seguí lentamente el trayecto que se me había formado con esas múltiples composiciones de figuras al azar: «como un redomado remolino de imágenes y curvas, disolviéndose hacia el centro de la nada». En el fondo del pasillo, se había formado un circulo extenso de minutos, y cortísimo de profundidad; se había armado un equipo de sistemas matemáticos, que no confabulaban con aquella invención. Me acerque con temor a aquel circulo vago que se dibujó sobre la pared, y me percate de su ficción, de su radio metafísico e impávido, rumboso e indomable; su arco era lírico, pulcro, e indefinible, armonizándose con las más inquebrantables melodías del tiempo. De inmediatamente supe que ese lugar, se había inferido de un pensamiento geométrico que tuve hace algunas horas atrás… me suspendí con el tiempo y encontré una amplia flora aritmética, que allanaba con desesperación, mis otros sueños.
Había caído en un silencio extenuante y frivolizado. Me había deslindado de mi pensamiento, y ahora estaba presente en los territorios de un infinito atosigante. Más allá de esa duplicación temporal, subyacía en mí, un sinnúmero de encuentros desfavorables para conmigo mismo; un albur implacable, que se respondía a sí mismo con los desencuentros que no habían ocurrido durante ese intervalo. Durante ese lapso, me percate de una geometría diferente; una geometría rejuvenecida, tanto axiomática como visualmente. A los costados: la geometría euclidiana vallándome con sus teoremas condicionados; en el centro: la glamurosa geometría no-euclidiana, interpolándose con el tiempo perpetuo de este ensueño. Como el espejismo del tiempo interfiriéndose continuamente con el futuro, seguí buscando aquella idea que emergió de ese ensueño atemporal… no obstante, mi mano se detuvo ante la profundidad de aquel circulo agigantado, y una esfera en su fondo, se encorseto con el exterior de ese tiempo. Aquella esfera contenía una cantidad interminable de memorias, cuyo fulgor hacia relucir su ubicuidad en el espacio y el tiempo. Dicha esfera rezumaba y emanaba infinitud de memorias, fluyendo y refluyendo hacia el centro del tiempo. Invocando constelaciones matemáticas, emulsionándose hacia las afueras del tiempo. Y un solo circulo pudo hilvanar el final de una eternidad… ¿Quién sabrá con certeza, si lo que pensamos alguna vez, no es más que el fondo de una realidad deformada, o si esa realidad no es más que, una esfera infinita que se mueve disonantemente fuera de nuestra mente? Lo cierto es que durante esa noche aprendí a desilusionar una meta, y aprendí, que las noches inscritas en esa noche, seria, la unidad indivisible enfureciendo al sueño; y otros, que, sin duda alguna, se fugaran sinfín, hacia el infinito matemático…
15/5/2017