La Pirámide de Ball - [Civilización]

Se hablaba en esos días de fotosíntesis artificial en la cercana isla de Lord Howe. Ésta había sido nuestro punto de partida y base de operaciones en aquella remota región. Pero de ella nada nos atañía en esos momentos. Ciertamente, nuestro salvoconducto a la isla se había justificado mediante aquel congreso del que estábamos ausentes. Pero nos encontrábamos a 23 km al suroeste de la isla de Lord Howe: llegando a la cara norte de la Pirámide de Ball, un pequeño a la vez que monumental islote rocoso en el mar de Tasmania. De escasa extensión, a la vez que extremadamente escarpado, su pico se levantaba 551 m sobre una base de unos 300 por 1000 metros, emergido superlativamente por encima de la superficie del mar. Uno de los cada vez más escasos puntos en que el antiguo continente de Zealandia sobresale con rotundidad por encima de las aguas.

Peinamos la cara oeste de esta monumental roca volcánica en dirección a un saliente conocido, apropiado para instalarse en tierra. Cerca, decidimos fondear frente a un relativamente recogido trozo de costa en el que el agua no rompía de forma demasiado violenta contra las rocas. Esto conllevaba la deseable ventaja de no vernos arrojados contra éstas. En virtud a ello, dentro de la prudencia, nos habíamos acercado lo máximo posible a tierra. Tan pronto hubimos echado el ancla, nos pusimos manos a la obra. Uno de nosotros se lanzó al agua, cerciorándose, antes, de que no hubiese escualos en las inmediaciones. A las pocas brazadas llegó a la orilla y rápidamente se encaramó a la plataforma de roca, contra la que espumeaban las olas. Le tiramos un cabo, luego otro, y mediante ello desplegamos nuestro sistema de transferencia de utillaje a tierra. Al cabo de poco tiempo estuvimos instalados. Tras escasas dilaciones, nuestra mejor pareja de escaladores abrió paso pico arriba.

¿Qué nos había llevado a la isla? Ciertamente, el redescubrimiento a principios de milenio del fásmido "Dryococelus australis" tenía que ver. Estos insectos, también llamados "insectos-palo de Lord Howe", o "langostas arborícolas" (debido a su forma y tamaño), se habían creído extintas desde los años veinte del pasado siglo. Sus hábitos, observados en cautividad, habían llamado la atención de los entomólogos criadores y cuidadores en los escasos zoos depositarios. El color verde de las ninfas y juveniles parecía facilitar su camuflaje durante el día, que resultaba ser su momento de máxima actividad. Los adultos, en cambio, menos dotados para la visión diurna y teñidos de colores más parduzcos, tenían hábitos nocturnos. Ello los mantenía escondidos y protegidos de la depredación por las aves marinas.

En ausencia de machos, podían reproducirsen por partenogénesis, esto es, generándose hembras a partir de huevos no fertilizados. Pero más llamativamente, estos insectos parecían poder emparejarse monógamamente de por vida. Igual que la frecuentemente denostada cucaracha, además, se reveló un insecto marcadamente gregario. Momentos significativos de su periodo vital, como es la muda de su cutícula, se hacían frecuentemente en grupo, simultaneándola varios insectos a la vez. Un insecto-palo oriundo de Nueva Guinea, su muy lejano pariente más cercano, mostraría similares hábitos. Esto, y su gran parecido físico, es muy destacable desde un punto de vista evolutivo, en un llamativo caso de evolución convergente.

Antes de su extinción en Lord Howe por una plaga de ratas llegada en barco, eran un cebo comunmente usado por los pescadores. Solían morar en las oquedades de los abundantes árboles de la isla. En cambio, su diminuto hábitat natural en la Pirámide de Ball era tan sólo una pequeña extensión de terreno de menos del tamaño de una habitación. Una pequeña superficie de suelo inclinada, cubierta de viejos arbustos de "Melaleuca howeana" a la defensiva frente a la vegetación competidora. Este único sustento era el fino cordón que unía a ésta, su pequeña civilización, con la supervivencia en libertad. Un precario equilibrio que era en realidad un imperceptible retroceso, hasta que los arbustos de Melaleuca fuesen derrotados, o bien no hubiese islote sobre el que morar. Aunque, ¿quién sabe? Tal vez los insectos desarrollasen un modo alternativo de sobrevivir.

Según informes difíciles de contrastar, los ejemplares criados en cautividad estaban mostrando signos de malestar, con una conducta social alterada. Posiblemente, por la separación de los insectos de su medio. Ese diminuto mundo, articulado alrededor de un trozo de tierra y unos arbustos era sin duda frágil, pero durante generaciones vivieron en ese equilibrio precario pero cómodamente familiar. Mientras fijaba las microcámaras que traíamos con nosotros, reflexioné que claramente rescatar una pareja reproductora le había hecho un gran bien a la especie. Hay centenares de ejemplares en los zoos de San Diego, Victoria y Bristol. Y sin embargo, me pregunté qué opinaría al respecto uno de esos resistentes que moraban bajo la sombra de los arbustos de Melaleuca...