Descargas de Realidad

En este momento yo ya no escucho sus palabras. Tan solo mantengo la mirada fija, absorta, en los labios de ese hombre de bata blanca. Mi mente ha desistido en descifrar las aterradoras noticias que salen de su boca. Me siento aturdida. Duele.

Mientras, por el rabillo del ojo, desenfocada, intuyo la silueta de esa máquina a la que, casi de manera inconsciente, juré lealtad. Ahí está, como cómplice y testigo; espejo que refleja el lado más oscuro, más oculto de mi ser. Y sentado, frente a mí, se encuentra ese joven que, con una sonrisa, trata de evadir los hechos; trata de hacerme olvidar que, de no haber sido porque esto tan solo un experimento, ahora sería un trozo de carne inerte; víctima de mis decisiones; el resultado de mi inhumanidad.

Me levanto. “Necesito tomar el aire”, digo mientras me separo de esta silla que me ata; de la silla que me obliga a encarar la realidad. Tratan de evitar que abandone la sala de esta forma tan precipitada. ¿Hipocresía? ¿Protocolo? ¿Formalidad? No entiendo cómo no desean perder de vista al monstruo que he demostrado ser.

Recorro el pasillo. Busco desesperadamente la salida más próxima; con la cabeza gacha: no quiero ser reconocida. Por fin, algo de aire fresco en mi cara. Meto mi mano temblorosa en el bolso, que solo desea, impaciente, palpar el contorno de la caja de cigarros. Pero yo lo sé: ni toda la nicotina del mundo sería capaz de evadir todo aquello que me aturde y me revuelve por dentro.

“XXX”. Gritos desde la otra sala. “Por favor, señorita, continúe con el experimento”. “435 voltios”. Mis propios dedos presionando esas pequeñas palancas.

Noto mi pulso acelerado en los párpados; las palmas de mis manos sudorosas; la respiración entrecortada. ¿Cómo cojones? ¿En qué coño estaba pensando? Yo, que siempre creí en los valores que forjan mi moral; que siempre creí haber criticado y haber reaccionado ante las injusticias. ¿Cómo pude seguir? ¿Cómo fui capaz de convertirme en esa autómata? Sin empatía, sin compasión, sin humanidad. ¿Por qué? ¿Por qué tuve que asentir ante la barbaridad que se me pedía? ¿Dónde dejé mi bondad? ¿Cómo pude aceptar ser el medio a través del cual el mal más banal se manifiesta?

Treinta pequeñas palancas. Treinta ligeros movimientos me pesan más que resto de cosas que llevo dentro. Una pseudo-muerte que debo cargar sobre mis hombros. Un cadáver al que tan solo resucitó la palabra “experimento”. Asesina en potencia.

A mí me administraron la más pequeña de las descargas. Apenas quince voltios y sentí ese pequeño dolor en mi propia piel. Experimenté el ardor. Sí, era real. Pero al mismo tiempo fui capaz de castigar un mero fallo de memoria con un voltaje que me hace temblar. “450”. “450”. “450”. Un número que me convierte en verdugo; perpetradora de una tortura en la silla eléctrica.

Miedo. Incredulidad. Rechazo. Pero también rabia. ¿Cómo se puede jugar con algo así? ¿Cómo se puede tolerar que yo ahora tenga que lidiar con este lastre? ¿Por qué inquirir e indagar en lo más oscuro del ser humano si por ello se pueden destrozar vidas? Vidas como la mía, que ha descubierto algo que nunca quiso conocer; que tendrá que cargar con esta culpa inmensurable.

Ese hijo de puta de Milgram…