Eterno tuareg

Los desiertos no son de arena, no todos: suelen ser pedregoso, con cientos de sedimentos sobre la tierra dura y seca, o extensiones heladas, silenciosas y crepitantes, donde se deslizan pingüinos y esquimales; pero los de los libros sí. En los libros son de dunas de arena fina, casi microscópica, que reposan plácidas y suaves bajo un crepúsculo casi tan brillante como la muesca de luna que lo corona. Y allí es donde siempre quise estar; aquí.

Chico del desierto. Así me llamaba, bromeando. Al principio le contaba mis fantasías, hablaba sobre las estrellas que quería ver en el Uadi Rum, la soledad y el silencio del desierto de Tanami donde me perdería algún día, o el picor de la arena nigeriana que quería sentir en la cara. Él prefería las ciudades, desde la plácida Manhattan hasta la Singapur luminosa, le gustaba la gente distinta, las comidas variadas, los edificios cambiantes. Así era antes.

Lo conocí hace un tiempo, quizás algo más, pero mi corazón necesitó un tiempo, para conocerlo de otra forma, para ver dentro, la parte oscura de la luna. Siempre me he imaginado esa parte llena de vegetación plateada, con criaturas brillantes que la ciencia no puede descifrar, con un olor persistente a otoño durante el día oscuro, y a verano durante la noche plata. Así le imaginé siempre. Pero fueron sus ojos quienes me despertaron, fue una mirada curiosa que se deslizó a través de mis murallas, como si fuera agua; agua de color verde, uniforme pero profundo, como la fusión alternante de la naturaleza pura y la ciencia ficción.
Desde aquel día, se convirtió en el sol abrasador del mediodía, y en mi joroba al mismo tiempo. Mis intenciones se empalagaron de amabilidad, de sacar sonrisas, de parecer confiable, y cayeron en risas bobaliconas, silencios incómodos. Y lo habría dado por imposible si no fuera por sus miradas, que me seguían cayendo como chaparrones cálidos en la noche, que parecían mirarme de un modo distinto, con una delicadeza más allá de lo humano. Tal vez eran espejismos. Cada vez pensaba más en él, con su aura y todo, y aumentaba el miedo enfrentarme, a mirar hacia atrás para ver si estaba en clase, a estar en su grupo, verle salir de clase era una palada de tierra sobre mis entrañas; entonces me acordaba de sus iris de fantasía, que encerraban el atardecer, como la bola de una pitonisa que muestra el incomprensible más allá.

Parecía que nos huíamos, pero las noches interminables me decían que los dos mirábamos a la luna de la misma forma, con el mismo brillo en los ojos. Una parte de mí entonaba el “melibeo soy, y en Melibea creo”, mientras que la otra me guiaba con el olor de los jazmines estivales, y me hundía de espaldas en sus hélices. Entre espejismos había llegado el verano, con sus días secos de vida, planos y monótonos como una parada cardiaca, y dejé de verle. Me dijeron que se había ido a estudiar lejos.
Desde entonces estoy vagando por sus desiertos, por los que dejó en mi alma, con polvo estático flotando, con sus brisas nocturnas con aroma de dátiles y bandidos, con la temperatura templada del ocaso de sus ojos. Todo es él, el hijo del atardecer.