EL HALLAZGO DE UN DULCE SUEÑO

A la hora de expresar su sentencia definitiva, el farmacéutico Cramer no se iba con muchos rodeos. “Amigo —solía decir—, lo mejor que puedo hacer por usted es hacerlo beber un poco de esta poción mágica… Pero usted me dirá cuánto es poco”. Él ya había visto los extremos casos del dolor; la experiencia le daba una fuerza que lo llevaba a determinarse siempre a honrar el sufrimiento humano con una forma de contenerlo. En esos mismos términos, Cramer instruía a su joven asistente, el muchas veces apático Friedrich Sertürner.
—Ante el dolor, encontrarás la necesidad de verte como otro que te habita a ti mismo. Lo peor que te podría pasar es que de tanto ver a la gente sufrir tú ya no sientas nada y creas que no puedes hacer nada.
—Señor —decía Sertürner mostrándose como un niño caprichoso—, es muy difícil experimentar un dolor ajeno. Tal vez uno termina simplemente contagiado de tristeza. Lo que sí creo que se podría compartir es el alivio que sienten los demás.
—Mira —Cramer replicaba con los apuntes esenciales de su profesión en la mano, sosteniendo pequeños frascos y echándole una mirada a los cristales que producían la manipulación del opio—, la historia de lo que hacemos inicia con lo que sentimos cristianamente por los demás, aunque sepamos que en el fondo se trata también del dolor que podamos llegar a experimentar nosotros mismos. ¿Estamos vivos? ¿Dormimos? ¿Nos hemos ido?
—Si en algún momento me llego a ver así, tan mal como todo lo que hemos visto, señor, no dude en ponerme a dormir.
A pesar de que aún aparentaba ser un joven soñador, Friedrich solo quería un espacio para estudiar lo que empezaba a ser un asunto que jamás dejaría de asombrar su mente: la condición esencial del opio en el manejo del dolor. Nadie sabía lo que él había aprendido al respecto con el farmacéutico Cramer y, sin embargo, ni el maestro ni el discípulo conocía realmente qué era lo que hacía al opio tan radical en su forma de frenar el dolor. Por lo mismo, a buen recaudo podían decir que, en el intento de curar a tantos que sufrían, habían llevado a muchos a dormir el sueño eterno. Desconociéndolo prácticamente todo, la dosificación y los manejos de los cristales del opio eran una ruta que los hacía humanos al enfrentar el dolor de los demás pero, a la par, verdugos de las vidas mismas que se hundía en aquellos padecimientos.
A la muerte de Cramer, Friedrich Sertürner continuó, sin querer, el camino trazado por las enseñanzas del maestro. Como no pudo realizar sus estudios de ingeniería, que en realidad le gustaban mucho más que la farmacología, se fue gradualmente dedicando a la indagación de lo que pareció ser un designio de los dioses. Pacientes nunca le faltaron y a todos los fue haciendo parte de sus anotaciones sobre los pormenorizados usos de sus prescripciones. Algunos llegaron a reclamarle sus criterios, siendo él como lo era, simplemente un aprendiz de farmaceuta que había heredado un legado particular de cuenta del extendido uso del opio.
—A lo mejor mis anotaciones pueden servir a alguien —acostumbraba decir tranquilamente, con la conciencia de que en otros países distintos de su natal Alemania sabían mucho más de lo que él sabía.
Pero como la gente no tenía más remedio que contar con un presunto médico, confiaban en Sertürner como si fuera uno de los mejores.
En las noches, no obstante, Friedrich se tomaba con mayor empeño la búsqueda de una mayor comprensión de lo que pasaba con el opio. Con el uso de los cristales, los apuntes acerca de sus cambios, sus vaporizaciones, sus posibles transformaciones al verse mezclados con otros elementos, como el alcohol, Friedrich iba discriminando los componentes de aquella misteriosa realidad que desde hacía siglos se definía como opio.
En la experiencia continua con los cristales, no solo hacía dormir eternamente a seres humanos que preferían dejar de sufrir, sino también a animales que nada le habían hecho. En el uso, Sertürner se daba cuenta de que a veces las dosis eran muy pocas y que otras se le iba un tanto la mano. La única forma de empezar a comprenderlo bien fue administrándose él mismo las dosis del registro de las anotaciones que tan puntualmente llevaba.
¿Estaba vivo?, ¿dormía?, ¿en qué mundo se sentía despierto? Friedrich había hallado el principium somniferum. ¿O lo soñaba? Su mente comenzaba a sentir manifestaciones distintas de lo que podía ser la realidad. Aislado el elemento que bautizó como morfina, un buen día Sertürner amaneció famoso en Francia, querido en Lisboa, homenajeado en Berlín. Sin formación académica alguna, con una pasión creciente por una misión a la que se sintió llamado, Friedrich recibió el abrazo de Goethe.