Más allá

Unas manos morenas acariciaban la gruesa cuerda trenzada, extendida sobre la arena. Uno de sus extremos iba a morir a la orilla, fuertemente atado a una esfera metálica de tres metros de diámetro que refulgía al sol de la mañana, con un par de ojos de buey, una escotilla ovalada y varias placas agujereadas que sobresalían a modo de agarre. El otro extremo se enrollaba sobre sí mismo a la sombra de un cúmulo de palmeras, allá donde acaba la playa. Junto a él descansaban tres bombonas de oxígeno.
Las manos abandonaron la cuerda para frotar los ojos de su propietario, que habían estado posados sobre la infinita extensión azul. Tal como acababa la visión cuando el isleño se tocaba los ojos, también lo hacían las aguas cristalinas de la orilla, terminando bruscamente en la oscuridad de una gran fosa. Entrelazadas en la brisa resonaban voces en español y filipino. Entre las españolas, había una que sobresalía porque tenía un timbre especialmente nasal. Pertenecía a un hombrecillo bajito, rechoncho y de bigote frondoso, que estaba de espaldas a la playa, hablando con otra figura (esta de tamaño mucho más imponente), apoyada en la brillante esfera.
–He dado indicaciones a los tiradores ya varias veces, pero –se frotó la nariz –el descenso ha de ser constante, y cada vez más lento. La cuerda está marcada en el punto en que habré alcanzado la profundidad límite. Dios no quiera que os durmáis en los laureles y… –el chico de piel oscura, sentado junto a la cuerda extendida, sintió una mano en su hombro. Un hombre de idéntico tono lo miraba con una media sonrisa, señalando a las bombonas con el pulgar en un gesto despreocupado. Lo izó por el brazo suavemente y ambos se dirigieron hacia las palmeras. El más pequeño arrastró las bombonas hacia la esfera y las metió en el interior, el otro se unió a varios isleños, atando la cuerda alrededor del grupo de palmeras. Más torsos bronceados seguían llegando a la playa, deambulando cerca del ingenio mecánico.
El rumor aumentó, al tiempo que los preparativos iban finalizando, en una relación de causalidad directa
–“muy clara” –soltó uno de los tiradores, con acento suave –no habrá problema y lo subiremos en tiempo –.
Ya sin formalidades, el abigarrado personaje dio un festival de apretones de mano y frotes de nariz. Luego se acercó a la escotilla, la abrió ceremoniosamente y, ya con medio pie dentro, se permitió un breve discurso. La empresa, comenzó, era noble, y por ello no fracasaría. No quería Dios que el afán de descubrimiento de tantos hombres que habían trabajado en armonía cayese en el más oscuro, frío, extraterrestre de los finales. Tampoco lo querían los propios hombres y, por tanto, poco más había que decir. Prometía, ya con más alegría, regresar con descripciones estremecedoras, así que quería papel y carboncillo tan pronto como estuviese despejado. Una reverencia y el dueño de aquella voz desapareció en el interior de la esfera. Un golpe metálico lo siguió. Pronto, una decena de hombres comenzó a cargar el singular armatoste, mar adentro. Cuando el agua ya cubría el pecho, la comitiva se detuvo y, cuidadosamente, empujó el aparato hacia la fosa. El veloz descenso inicial duró escasos segundos, ya que una vez tensada la cuerda se había transformado en el vaivén de una enorme pluma metálica y redondeada, una pluma que tuviese la misma gracia también en el agua. Aunque este vuelo en picado se desarrollaba con lentitud, desde el interior de la cápsula y sujeto a una bombona se volvía sorprendentemente rápido.
Pronto, la cavidad esférica estuvo en una penumbra total, y la luz solo se filtraba levemente por el profundo azul de los ojos de buey. El rostro del pasajero tenía ahora un gesto adusto. Escrutaba aquello que lo rodeaba en todas direcciones, con los ojos muy abiertos hacia fuera y hacia dentro. Cuando la oscuridad fue muy densa, y el calor del día se había perdido, el aparato dio un bandazo y el hombrecillo se aferró a la bombona que sostenía. Siguió una sensación de levedad, luego un descenso cada vez más rápido, sin freno. La esfera estaba ahora libre, como la bestia negra dentro del cerebro de su ocupante, mordiendo de miedo. Ocurrió entonces un milagro: al tiempo que el cráneo del hombre comenzaba a ser muy ajustado, gigantescas criaturas fosforescentes comenzaron a hacer su aparición por los ventanucos, con formas nunca vistas, difícilmente descriptibles sin despertar al horror cósmico. Y fueron ángeles de amor, porque el pasajero, lejos de ser preso de la muerte, acogió un sentimiento de fracaso. El fracaso más noble, por ser un sacrificio y por elevar al ser humano en el descubrimiento. Ambos caminos llevaban más allá.