Ícaros

Apenas llevaba unos días alejada de sus raíces, pero a ella se le hacían tan duros que el recuerdo de las vacaciones parecía cosa de otra vida. Seguía sin acostumbrarse al ruido, al color gris, a la frialdad cosmopolita, al vacío, a la soledad. Recordaba la amarga despedida en el aeropuerto antes de embarcar en su avión en el que cada beso y cada abrazo sabían a distancia, a un adiós indefinido sin fecha de caducidad en el que quién sabe cuándo volvería a convertirse en un saludo de bienvenida.
Apenada, le echó un nuevo vistazo a la fotografía enmarcada junto a su ordenador, sin poder evitar que apareciera un atisbo de sonrisa en su rostro. Desde el otro lado del cristal, cinco semblantes le devolvían la sonrisa. Durante un momento, paró de teclear y cerró los ojos. Aun resonaban en su mente aquellas carcajadas, aun sentía la brisa que le despeinaba el flequillo, notaba la arena y el mar bajo sus pies. Abrió los ojos, vuelta a la realidad. Suspiró y colocó de nuevo las manos en el teclado, el tiempo jugaba en su contra y no podía perder ni un segundo soñando, recordando sus fantasías otrora vividas. Tiene gracia; ella, quien siempre quiso salir de su pueblucho costero, quien admiraba el extranjero, a quien se le iluminaban los ojos con la simple idea de aprender otro idioma. Las cosas nunca salen como teníamos pensado, ¿eh?

Volvió a levantar la cabeza del monitor que tenía delante y miró la hora. Estupendo. Lleva ya casi cinco horas sin levantarse del escritorio, sin abrir la boca, sin intercambiar una mirada con algún compañero, siquiera amigo. A su derecha, pared blanca. A su izquierda, pared blanca. Frente a ella, pared blanca. ¡Maldita sea! ¿Quién inventó estos condenados cubículos?

“Las tres y veintitrés de la mañana. Las ojeras comienzan a asomarse por sus rostros, pero no les importa. Están concentrados y excitados, pero aun así tienen tiempo para hacer más de una broma. Han pasado la jornada entera en el laboratorio, sin apenas sentarse, sin apenas pararse. Tras meses y meses de fórmulas, de estudios, de llenar mil veces la pizarra y de borrarla muchas más, por fin lo tenían. Lo habían conseguido. Ellos solos. Intercambiaban miradas, sonrisas nerviosas, pequeñas palmadas en el hombro en señal de compañerismo. Apenas eran unos jóvenes estudiantes que habían conseguido que la universidad les financiara un importante proyecto, pero finalmente, después de horas y horas de biblioteca, su expediente había dado sus frutos. Y ahí estaban, esperando. Esperando que aquella cepa reaccionara como esperaban, que respondiera como sus cálculos habían pronosticado. Esperando que aquella cepa les catapultara al futuro, certero, que se merecían.”

Ya era la hora. Otro día que se iba y no había avanzado en absoluto en la investigación. Aunque bueno, tampoco es que sus superiores se lo permitieran mucho. Debe empezar desde abajo, desde análisis estadísticos, o algo así cree ella que entendió en aquel idioma engendrado durante el más profundo ataque de ira. Aunque no podía quejarse, era lo mejor que había podido encontrar.
Parece que fue ayer cuando cargó la maleta de ilusiones y decidió abandonar el hogar familiar en busca de la carrera de sus sueños. Alguna que otra cana florecía entre sus castaños cabellos, pero ella siguió luchando por lograr alcanzar aquel objetivo que tan lejano creía. Casi al fin de esa espléndida carrera, le concedieron, junto a otros tantos compañeros, aquella beca que tanto ansiaba y anhelaba, la que le supondría un salto al estrellato, a la fama, la que haría maravillarse al más escéptico de los científicos. Pero no fue así. Tras meses de estudio y experimentos, el laboratorio que los financiaba decidió que no había más dinero, que no podía permitirse que unos imberbes de bata blanca gastaran los pocos recursos de los que disponían. El proyecto les catapultó, sí, pero contra la pared.
Tras esa gran decepción, los disgustos se siguieron uno tras otro. Los jóvenes científicos terminaron la carrera con ganas de echar al vuelo las alas que habían estado fabricando, pero al igual que Ícaro al rozar el sol, se estamparon de bruces contra el suelo. Vivían en una continua intermitencia entre los trabajos temporales mal remunerados y la oficina del paro. Hastiados de la situación, decidieron huir de la tesitura y buscar ayuda en los países vecinos. Ahora, los investigadores están en puntos diferentes del mapa, pero se consuelan con, aunque sea durante un breve momento, saber que cada noche los suyos estarán al otro lado de la pantalla, compartiendo lágrimas y gozos desde la distancia.

Esta es su historia. Graduada en Química, Física, Biología, Enfermería, Ingeniería, da igual. Su aventura se refleja en el rostro de los jóvenes que algún día huyeron. Ojalá que algún día puedan volver.