*El Mesmerizador entre Romeros.*

Crispín Rosal era un hombre que rondaba la cincuentena, solitario y quizás, algo misántropo; cierta pose de hidalgo gracias a unas herencias entre las que contaba la finca solariega y destartalada donde vivía, le permitía disfrutar la existencia holgadamente.

Este excéntrico personaje, tenía una suerte que ya muchos desearían, pues estando así las cosas, recibió un día un telegrama del único familiar que le quedaba, a la sazón ciento tres años tenía el valetudinario, con el que le emplazaba para recibir un nuevo testamento que aún le aseguraría su vejez con certeza. Para ello tuvo que desplazarse a un diminuto pueblo escondido en La Sierra de Espadán.

Permaneció en esa idílica villa una semana, en la que acompañó al anciano en su lecho de muerte y atendió a las disposiciones de su leguleyo, quien ya le dejó claro que su tío abuelo le legaba debido a ser entre ellos los postreros representantes de la rama genealógica vivos; esto es, no había cariño poético pues ambos eran igual de siniestros e independientes.

De hecho, en ese sentido, aparte de los cien mil euros, tenía que aceptar unos tomos de crestomatías veterinarias muy antiguos, pero con unas pautas de tratamientos para el mundo animal y todas sus dolencias que eran pioneros y ni siquiera eran conocidos en las más reputadas facultades de la especialidad, ni en España ni tan siquiera Europa. Parecía la parte bromista del aburrido hacendado, que ni siquiera era médico veterinario.

En cualquier caso, para pintoresco, Crispín Rosal, pues tan aficionado era a la lectura, que dio buena cuenta -soslayando la indigestión mental que suponía- de la mayor parte de los tres volúmenes. Y resumiendo, le quedó el poso de que la ciencia veterinaria era tan relevante o más que la medicina humana, pues reía pensando las sabias palabras de Platón de que que el ser humano, no es sino “Un Bípedo Implume”.

El último día, Crispín Rosal dando un paseo en las inmediaciones del viejo castillo, tropezó golpeándose la cabeza. No supo cuánto permaneció alelado. Al recuperar la conciencia, se irguió a medias en un inmenso romeral en flor; al otro lado de las matas, una liebre asustada le observaba. Lo primero es que él sintió que le trasmitía unas vibraciones, percatándose además de su estado de ánimo. Y en seguida se identifico con ese animal, de reconocida soledad e independencia. Estuvieron frente a frente un buen rato y después, la liebre quedó dormida, con las orejas formándole un acolchado turbante que le tapaba los ojos con placidez.

De regreso a su mansión castellana, advirtió que poseía un don. Con una intuición abracadabrante, fue al corral donde criaba conejos y alguna liebre, comprobando una capacidad insólita : Los sumía en una narcolepsia profunda con solo mirarlos, mientras en su cerebro, recordaba al buen albur, las teorías del magnetismo animal de Mesmer aplicadas a los seres irracionales descubiertas en los tratados de antigua veterinaria de las crestomatías de su tío abuelo. Transcurriendo las semanas perfeccionó su terapia, abrazaba al animal levantándolo hasta el pecho; lo masajeaba hasta que perdía algo de gravedad y sus parpaditos “leporis”se deslizaban gratamente. Las patitas ya no le sostenían. Al final la cabeza la inclina y se queda boca arriba, en trance zen. Cuando estos roedorcitos despiertan, aproximadamente a los quince minutos, se muestran relajadísimos.

Crispín Rosales es desde entonces un estrambótico veterinario “in pectore”. Es un poco menos extraño porque ayuda a los lugareños de su vecindad con los criaderos de conejos, e incluso a los cazadores temporales con liebres que algunos cogen heridas y son incapaces de matarlas. Disfruta de peculiar fama secreta y le cuesta reconocerlo, pero es más feliz. Le ven llegar a sus molinos y casas de labranza con unas ramas de romero que también utiliza como péndulo para hipnotizar a estos encantadores animalitos.




Y lo que le sucedió en verdad con aquel accidente en pleno monte en su asilvestrada mente, lo saben él y las liebres, pues dicen que le han visto hablar con ellas, y éstas asentir.
No es de extrañar: Se cree que ahora conoce por ensalmo El Lenguaje de Las Liebres.