La pequeña muerte

Nadie se preocupó demasiado cuando empezaron a morir abejas. Aunque podría haber sido la señal de alarma definitiva pasó casi desapercibido entre el común de los mortales. Los que le dieron importancia y calcularon asustados las consecuencias no alcanzaron a tocar la punta del iceberg del problema. Les tomaron por alarmistas y agoreros por señalar prácticamente el fin del mundo y de la humanidad si seguían sin hacer nada.

Sobre las causas que podían haber llevado a la muerte masiva de abejas parecía haber tantas opiniones como expertos en la materia. Se habló de pesticidas, monocultivos, calentamiento global, polución, posibles virus, hongos o incluso microondas o antenas de móvil. Discutieron entre ellos durante un tiempo como sólo la comunidad científica sabe hacer. Se propusieron soluciones, medidas paliativas e incluso alternativas para polinizar mecánicamente pero nunca se llevaron a cabo. Los consejos científicos fueron ignorados por completo hasta que fue demasiado tarde como sólo los gobernantes más preocupados por la próxima reelección que por el bien futuro del planeta saben hacer.

Aún más desapercibida pasó la lenta extinción de miles de forma de vida menos visibles. Al menos hasta que llegaron las consecuencias. Artrópodos o anélidos de las simas marinas, capaces de resistir presiones y temperaturas inimaginables, que habían sobrevivido sin inmutarse a la gran extinción planetaria del Pérmico, perecían a millones y se convertían en endémicas a pasos agigantados. Criaturas microscópicas desaparecían en masa en un gran holocausto silencioso, excepto por algún alzamiento de ceja de un experto que asumía un error en alguna medición. Insectos aún sin clasificar caían inmóviles patas arriba en las profundidades de las selvas vírgenes, microorganismos capaces de vivir sin oxigeno o sin luz en los fondos marinos inexplorados y en las grietas más ocultas de las más altas cimas nevadas o en el hielo de la Antártida de repente perecían sin razón aparente. En los cojines, alfombras, mantas, colchones, peluches y toallas de todo el planeta morían los ácaros, garrapatas y pulgas a millares. Los acáridos microscópicos que habitan en los poros pilosos de la cara y cuerpo de los humanos y otros saprótrofos de la piel y el cabello cayeron fulminados de golpe en pocas horas. Algunos humanos con asma, eccema o alergias y afecciones de la piel experimentaron una repentina mejoría en sus síntomas antes de tener cosas mucho más serias de las que preocuparse.

Los artrópodos, que representan el 80% de las variedades animales del planeta, podían parecer para algunos un estorbo sin utilidad. Nadie creyó que los iba a echar de menos pero su repentina desaparición llevó a la extinción poco a poco de las especies superiores cuya alimentación o ecosistema dependía de ellos. Todos los biomas se fueron desmoronando poco a poco. Y muy rápido llegó la hambruna y las guerras por los recursos.

Para cuando llegaron las discusiones y acusaciones sobre las causas del fenómeno ya era demasiado tarde para hacer casi nada. Hablaron de nuevo de calentamiento global, contaminación y pesticidas, de algún experimento del gobierno que se les había ido de las manos, incluso de castigo divino o de una venganza del planeta. Algún loco señaló un ataque extraterrestre. Pero los últimos humanos tenían otras cosas más urgentes de las que preocuparse.

Mientras tanto desde otra galaxia la consejera Zsjeoj observaba los datos recién llegados en su pantalla. Chasqueaba sus membranas de excitación: el número de formas de vida en aquél hermoso planeta por fin estaba llegando a niveles tolerables para su especie. Muriendo a ese ritmo en poco tiempo podrían planear una primera incursión y acabar sobre el terreno con lo que quedara. Y luego la ansiada colonización. Necesitaban abandonar su planeta natal y el resto de condiciones en aquél planeta azul eran perfectas. En cinco ocasiones lo habían intentado antes, y una vez casi lo consiguieron, pero la vida allí era endemoniadamente resiliente. Apostaron por un último intento desesperado y la estrategia había sido diferente, ideada por la consejera Zsjeoj. No comprendía cómo funcionaban esas formas de vida basadas en el carbono, había intentado todos los enfoques, parecían insignificantes pero no había manera de extinguirlos. Esta vez se le ocurrió acabar primero con las especies más abundantes, quizá ahí estaba la clave. Sorprendentemente para algunos de sus colegas esto funcionó mucho mejor que lo del meteorito de la última vez, hace 66 millones de años. Lo comunicó enseguida a sus superiores, llena de orgullo y esperanza. Ahora sólo tenían que esperar. El tiempo no era un problema para ellos.

Zsjeoj acarició lentamente su saco de huevos, esperaban desde hace mucho esta buena noticia. Conectó telepáticamente con sus cientos de pequeños retoños para susurrarles palabras de tranquilidad. Por fin iban a tener un lugar en el que nacer y crecer. "En poco tiempo, mis queridos, en muy poco tiempo..."