En busca del Nóbel

Noto que me deslizo por el interior de un tubo vertical con ventanas hexagonales. Hay momentos en que caigo, pero tengo la fortuna de encontrar bajo mis pies una superficie en la que apoyarme y rebotar. De repente, el tubo se abre en canal, de arriba abajo, y quedo en equilibrio inestable sobre una lámina muy fina, tan fina que casi puedo atravesarla. ¿Dije atravesarla? Hombre, tanto como pasar a su través no, porque está toda trenzada de hilos que forman polígonos; si no fuera porque estoy seguro de haber puesto en mi cama unas sábanas de franela bien tupida (friolero que es uno), diría que estoy revolcándome sobre una malla de las que se deben usar para hacer medias de red. Claro que la propietaria del panty debe ser de tamaño colosal, porque mis extremidades se meten por los huecos hexagonales y es casi un milagro que otras partes de mi cuerpo consigan engancharme a la malla y no caer al vacío. Yo, que debería pasarlo fatal porque siempre he tenido horror de las alturas, me siento de lo más seguro porque la red es increíblemente resistente.
De repente, veo llegar de lejos una enorme pelota, aparentemente hueca, que arrolla todo cuanto encuentra a su paso. Viene derecha hacia mí, pero cuando logra divisarme con varios de sus 60 enormes ojazos negros hace un quiebro, me evita (a mí, que soy tropecientas veces más pequeño) y me dice: “electrón, apártate de mi camino, que no quiero convertirme en un ion, y menos en uno negativo”.
Bueno, por lo menos ya sé lo que soy: la partícula más despreciable por su masa del elenco de constituyentes de la materia… eso sí, capaz de reducir al más pintado, entre ellos a la gran pelota de los 60 ojos, que se ha quedado aparcada a unos pocos nanómetros de mí y no me pierde de vista. También es de tul, pero no del mismo sobre el que estoy tumbado, porque tiene huecos pentagonales además de los hexagonales. Me recuerda vagamente a un balón de fútbol; por su tamaño, quizá juegue con él la dueña del panty.
Uno de los ojos de la pelota me guiña, y se le ve más amistoso que el resto. Me dice por lo bajini que lo que le diferencia es que él tiene mayor porcentaje de hibridación tetraédrica que los demás, y al fijarme en él noto que tiene un brillo especial y que es un poco saltón. Me cuenta que él y sus 59 hermanos, otros primos de ellos e incluso el tul que a mí me sustenta formaban un nano-peapod (bufff, con lo mal que se me ha dado siempre el inglés… ¿qué era un peapod, no era una verdura?)… pero que ese nano-peapod lo abrió alguien mediante un catalizador con efecto de nanotijera, y de ahí el desaguisado. A esas alturas de la historia no es cuestión de volver atrás y pedirle que me aclare lo que era un peapod, porque ahora me está contando que a este paso van a convertirse en un material turbostrático, y noto que eso le preocupa porque bajarán muchos puestos en la consideración de los científicos.
Para tratar de reconstruir la historia y saber en qué galaxia me encuentro, aprovecho el que vayamos cogiendo confianza para preguntarle cuál es su naturaleza más íntima. Y me responde que están hechos de tanso. Yo pongo cara de no enterarme de nada, y me explica que los fabricaron en Japón, y que es como se le llama allí, pero que nota que en los frascos ponen siempre alguna C. ¿Te suena la palabra Carbon?, le replico. Y se le iluminan los ojos (bueno, el ojo) al responderme que es el nombre de una revista en la que sus creadores intentan publicar sus artículos, aunque no siempre lo consiguen.
Conocida su naturaleza íntima, es fácil sugerirle a mi amigo alternativas para subir en la escala de valores de los materiales carbonosos. Le propongo que se intenten unir con otras esferas mayores y más pequeñas formando una nanocebolla. O que se den un paseo por el diagrama de fases del carbono a ver si encuentran una ruta para convertirse en diamante, en cuyo caso mi amigo sería el héroe de la película. Tras bastante discusión, y como no quiero quedarme solo y los otros 59 átomos de carbono se van acostumbrando a mi presencia, les propongo ponernos todos en fila, con mi amigo y yo en ambos extremos, intentando generar una estructura de carbino. Mi amigo es el que más difícil lo tiene, pero yo voy a ayudarle a conseguir su objetivo. Todo sea por conseguir el tercer premio Nóbel de los últimos años sobre materiales a base de carbono.