xhetqrufkkojifff!g

Un lémur teclea en una vieja máquina Remington Nº 10 un texto que empieza así: “xhetqrufkkojifff!g[…]”. Al final del día su dueño recoge el papel y lo mira durante unos instantes mientras deja unas piezas de fruta al animal. Una vez más, el papel no incluye más que caracteres dispuestos erráticamente. Ninguna palabra reconocible. Las estructuras que el marqués de Launay observa y su vasta cultura le hacen descartar mensajes en cualquier otro idioma conocido. El experimento ha fracasado. Y así ha sido en todos los intentos desde hace ya catorce meses. La rutina se repite: el marqués introduce la máquina en la jaula, el animal teclea durante diez horas, ningún resultado.
Guillaume-François Leblanc, marqués de Launay, es un aristócrata apasionado de las ciencias. Los negocios familiares le obligan a pasar una gran parte del año en Madagascar. Allí aprovecha sus ratos libres para leer los boletines de la Académie des sciences y de la Royal Society que aprovisiona cuando se encuentra en Europa. En París tiene no pocos amigos científicos con los que disfruta de largas discusiones sobre temas que abarcan desde la biología al álgebra abstracta. Fue precisamente después de uno de estos encuentros cuando se decidió a llevar a cabo el experimento con el mono. En un café en el Barrio Latino, un amigo matemático, Émile Borel, le emocionaba con una conjetura: “Aunque un millón de monos mecanografiaran diez horas al día es extremadamente improbable que pudiesen producir algo que fuese igual a lo contenido en los libros de las bibliotecas más ricas del mundo”. La idea le resultaba absolutamente fascinante al marqués. Entonces —pensaba— en un tiempo infinito, un mono tecleando al azar en una máquina de escribir acabaría escribiendo una gran obra. Por ejemplo, El Avaro. Lo haría solo por azar y sin darse siquiera cuenta de ello. El marqués de Launay no tenía tanto tiempo, ni por supuesto tantos monos para comprobarlo. Pero sí tenía uno y se conformaba con algo mucho más simple. ¿Serían suficientes sus estancias en Madagascar para que el mono pudiera teclear el comienzo de El Avaro: “Hé quoi ! Charmante Élise”? También aceptaría, por supuesto, algún verso de Shakespeare o ese célebre: “En un lugar de la Mancha”.
Además de la curiosidad y de la satisfacción que le produciría enviarle el texto a su amigo Émile, había una idea subyacente que no se le iba de la mente. El marqués conocía las teorías de Charles Darwin y aceptaba que los humanos evolucionaban de los primates. Un simio es un ser vivo, una estructura ordenada que nace, crece, se puede reproducir y desaparece. Una fluctuación de orden sin sentido probado. Eso sí, incapaz de llegar tan lejos como los humanos, pero también viva. Entonces, si un ser humano podía escribir obras bellas, ¿no podría un primate escribir aunque fuera solo una frase de estas obras? ¿O al menos hacerlo mucho antes de lo que su amigo Émile pronosticaba? Si no, en cierto sentido El Avaro no sería más que una casualidad de la existencia, consecuencia a su vez de la casualidad de que Molière hubiera vivido. Más sofisticada, sí, pero en última instancia un fruto de la casualidad. ¿Qué diferenciaba esa obra de cualquiera de las combinaciones de letras que el mono generaba? Podría decirse que al menos utilizaba un sistema de comunicación estructurado, pero estaría desarrollado por unos seres que en última instancia estaban ahí por casualidad. ¿O es que los humanos existían y estaban llamados a entender el orden, la belleza, o el sentido de la vida, por alguna razón desconocida, divina acaso, mientras que sus antecesores, los primates, no?
Sin embargo habían sido ya muchos los intentos, y los textos buscados no aparecían. Es más, apenas ninguna palabra era reconocible en los folios que el mono llenaba de tinta cada día. Las dudas se acrecentaban en el marqués, y le acompañarían siempre. Al final de sus días el hallazgo era ya una gran obsesión y por eso procuraba que hubiera varios monos tecleando a la vez.
El día que el marqués moría en París, le hallaron en el bolsillo uno de los folios escritos por su primer mono. Aquel que empezaba con “xhetqrufkkojifff!g[…]”. El marqués de Launay falleció con la certeza de que aquel mono existía y tecleaba por azar. Tristemente se sentía una fluctuación de orden cerca de su fin, una casualidad más del cosmos, que había sido capaz de comunicarse, razonar y deleitarse con el arte durante su vida, pero nada más. La gran tragedia de esta historia es que el marqués nunca supo ver que escogiendo las letras del texto del mono según la secuencia lógica apropiada (aquella de los números primos en el caso del papel de su bolsillo: 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17,…) el texto decía: “hequoi!charmanteelise”.