LECCIONES DE NAVEGACIÓN

Llegó a Cádiz con quince años, un arca de peral con las siglas BdF grabadas a punta de navaja, y el deseo de honrar en el mar a un padre al que no recordaba. Se llamaba Pedro Ferreras de Castro y era novato de la Real Compañía de Guardias Marinas de la modernizada Armada Española. Su padre, teniente de mar y guerra caído tres meses después de la batalla de Cabo de San Vicente por una herida que no se dejó tratar más que por el necio de su cirujano, acertó a donar en 1717 una buena suma para la apertura de la Academia que garantizase plaza a su hijo recién nacido. De él heredó una agilidad física no acorde a su corpulencia y una gracia que le granjeaba la simpatía de compañeros y superiores por igual. Pero su ausencia le privó de descubrir a tiempo el gusto por el arte científico de la navegación.

En su primer año de aprendiz, Pedro Ferreras destacaba por sus dotes en esgrima y artillería, y si se esforzaba con los idiomas era con vistas a cortejar a ciertas muchachas, hijas de comerciantes extranjeros. Sin embargo, pasaba las clases de aritmética y trigonometría plana discurriendo maniobras atrevidas y anhelando la hora de embarcar. Maldecía el momento en que la Marina española había puesto sus ojos en la formación teórica francesa y envidiaba sin embargo la inglesa, que se desarrollaba por completo a bordo de los buques.

Si Pedro Ferreras consiguió salir exitoso de estas disciplinas fue por la buena voluntad de sus maestros y la tutela de Jorge Juan, alumno aventajado cuatro años mayor que él. Nunca supo si la complicidad entre ambos surgió por compartir cuna levantina y orfandad, o de la complementariedad de sus caracteres. Jorge Juan, que para entonces completaba su formación como cadete por el Mediterráneo, supo en sus descansos en tierra firme hacerle ver la importancia de las nociones matemáticas en el pilotaje de naves. Acertó a explicarle el cálculo de estima de modo que las diferencias de longitud y latitud dejaban de ser solo números para convertirse en realidades de viajes marítimos aún imaginarios. Y para cuando empezó con la trigonometría esférica, Pedro Ferreras valoraba por igual contar con tablas de las declinaciones del sol como con un condestable honrado.

Sin embargo, nunca llegó a saber que la Tierra no es perfectamente esférica ni a celebrar el éxito de su mentor —y de su compañero de promoción Antonio de Ulloa— en el hallazgo. En abril de 1735 y a punto de comenzar su cuarto viaje, Pedro Ferreras moría de tres navajazos en la oscuridad del puerto gaditano. Unos dijeron que había sido una desafortunada reyerta con un marinero holandés con algunas copas de más. Otros, un robo malogrado por unos cuantos escudos. Si lo identificaron fue gracias a una carta dirigida a su hermana María Luisa que encontraron en el cadáver junto a un fajo de papeles emborronados de cuentas y dibujos.

La primera vez que vi estos documentos apenas alcanzaba el metro de estatura. Para cuando conseguí descifrarlos, ya habían decidido mi futuro. Mi pasado. En mis años como miembro de este claustro de la Escuela de Náutica de Barcelona he procurado transmitir a mis estudiantes la envergadura del conocimiento científico en la navegación y con ello dar sentido a dos vidas. La de un guardia marina que no hizo —ni apenas tuvo— historia. Y la que inspiró con su correspondencia, libros y notas en mí. María Luisa era mi madre. Pedro Ferreras de Castro, mi tío.


Pedro Martí Ferreras
Barcelona, 7 de octubre del Año de Nuestro Señor de 1799, festividad de la Virgen del Rosario