RELATOS

Principia mathematica

Es el año 1740 y en el club más exquisito de París, va a tener lugar un gran duelo intelectual. Sir John Rochester ha propuesto a Madame du Châtelet un acertijo. Que esta lo acierte significaría que por primera vez, una mujer pertenecería al selecto club. Y esa no es una idea que le agrade al señor Rochester.
La estancia es imponente: paredes revestidas de madera y de estanterías rebosantes de sabiduría por la ingente cantidad de libros que albergan, alfombras suntuosas, grandes arañas con miles de cristales que hacen titilar la luz que emiten... Y una gran mesa de caoba a cuyos extremos están sentados ambos contrincantes. Los otros socios están tomando té en mesas más pequeñas. El humo de los puros asciende lentamente hasta transformarse en una niebla queda.

El señor Rochester coge su habano entre los dedos y lo deposita en el cenicero que tiene a su izquierda. Se queda mirando a los ojos de Émillie sin decir nada. Los demás habitantes de la sala se han quedado en completo silencio.

De pronto un voz grave sale de la garganta del Lord inglés:

- Existe un número. Los decimales de dicho número al cuadrado son los mismos que los del inverso de dicho número. Además, el origen de su nombre aparece en la cubierta de un libro que se encuentra en esta habitación.


El señor Rochester se recuesta en su butaca como si hubiera dado por terminada una faena bien hecha. Entonces, Émillie ladea la cabeza al mismo tiempo que deja ver una amplia sonrisa. Acto seguido, hace sonar una pequeña campana de bronce y el mayordomo aparece a su lado.

- ¿Oui, madame?

Ella le susurra al oído una lista. El hombre desaparece tras la puerta principal.

Émillie se pone de pie y se acerca a las columnas de libros. Se mueve despacio posando suavemente sus dedos sobre los lomos de cuero, degustando su tacto: parece estar disfrutando de aquel momento.

A medida que pasan los minutos, algunos hombres se revuelven y se oye un ligero murmullo: es la discusión entre la piel de las butacas y los elegantes pantalones de cachemir. Pero no abandonan sus asientos.
De repente, la puerta se abre y entra el mayordomo con un carrito. Parece comida en platos con cubierta plateada, que uno a uno son depositados sobre la gran mesa: piñones, pipas de girasol y caracoles. Y por último, un violín.

Además, la mujer, que tiene un tomo en sus manos, se acerca suavemente a John dejándolo a su lado. El inglés dirige su mirada azul en el ejemplar para observar, con gran asombro, que el autor es Fidias. Tiene ahora un gesto incrédulo. Los ojos como platos. Estos rápidamente se posan en Émillie, quien tranquilamente dibuja en el aire la letra griega "phi", que también designa al número irracional φ.



Φ está presente en la disposición de las piñas, los girasoles, el caparazón de los caracoles... Y hasta en la posición de los "oídos" o aberturas en forma de f de los violines.

Punto Gordo

Nikolai miró otra vez su examen de dibujo. ¡Que mal!. Entre dos goterones oscuros, seguramente sudor y lágrima, y algunas huellas rojizas, seguramente chorizo, un amasijo de rayas retorcidas de varios grosores.
La maldita paralela que, trazada desde A debía llegar a B para completar el dibujo, no pasaba por B ni de broma. Ya sin tiempo, había convertido A en un "punto gordo" y trazado una "recta astuta" que unía A y B, pero se notaba que estaba torcida a un millón de kilómetros. El suspenso estaba garantizado. Firmó el examen y, frustrado, lo entregó.

Menos mal que la siguiente clase era de mates. Esa sí que se le daba bien. Dominaba los Elementos como nadie. Navegaba por los axiomas, los teoremas, los triángulos y las circunferencias como pez en el agua.

Sin embargo, ese día todo tenia que salir mal. La clase giró alrededor del Quinto Postulado de Euclides: por un punto exterior a una recta sólo pasa una paralela a ella. "Es evidente, sólo pasa una paralela", repetía su profesor, "No necesita demostración... es evidente".

El pobre Lobachebsky no se podía quitar el examen de dibujo de la cabeza, con sus dos "paralelas" saliendo desde un gordísimo punto A. En su cabeza sonaba como un martillo, una y otra vez, "es evidente, sólo una paralela, evideentee, una sooola, evidenteeee..."

Montones de papeles con rectas, puntos y triángulos volaban y se retorcían a su alrededor. Y "puntos gordos". "Puntos gordos" cruzados por decenas de paralelas apelotonadas unas sobre otras. "Es evidenteee, es evidenteee, es evidenteeee" ...¡Y de pronto lo vio!. Lo vio en un papel retorcido que volaba ... "Señor Lobachebsky!. Señor Lobachevsky!. Despierte, señor Lobachevsky!".

¡Qué vergüenza! Se había quedado dormido. ¡Vaya día!.

Todavía confuso, miro a su profesor con los ojos muy abiertos y, para asombro de todos, dijo bien alto y bien claro: "Se equivoca usted. No es evidente. No es para nada evidente". A los dos minutos, estaba en el despacho del Director.

Aquel día memorable terminaba por fin. Había hecho un examen horrible, se había quedado dormido en clase, se habían reído de él, lo habían enviado al director, había vuelto a casa con un apercibimiento de expulsión, ... pero nada de eso importaba. Lo había visto claro en su sueño y su cabeza hervía como una cafetera. Sólo su sueño era importante. Sólo su sueño.


Nikolai se sentó en su escritorio. Casi no podía ni respirar. Sacó su papel y su pluma y, temblando, empezó a escribir: "Quinto postulado: por un punto exterior a una recta pasan al menos dos paralelas a ella".

Acababa de descubrir la geometría no euclidiana. Nikolai Lobachevsky había pasando a la Historia.

Enormes manchas oscuras iban emborronando el papel mientras, lentamente, Nikolai construía, uno a uno, los teoremas de la nueva geometría.
Su geometría.
FIN

Nota: La historia no lo cuenta así, pero dicen las malas lenguas que la primera intención de Nikolai fue llamar a su geometría "Geometría del Punto Gordo", pero parece que su profesor de dibujo lo convenció de que no era un nombre apropiado. Si no me equivoco, salió publicada con el nombre de "Geometría Imaginaria". Hoy se llama Geometría Hiperbólica.

Rutinas

"Buenos días. Son las 6.30 de la mañana. A continuación les ofrecemos la actualidad local…"
La agradable voz musical despertó a H.F. Se estiró en la cama y apretó un botón que se hallaba en el cabecero. Poco a poco fue sintiendo las corrientes en sus pantorrillas, en sus muslos, en sus nalgas… Su cuerpo se desperezaba lentamente con ayuda de aquellos impulsos eléctricos. La espalda, los antebrazos… Al cabo de unos minutos el masaje se detuvo. Se sentó entonces en la cama y las zapatillas acudieron a sus pies y lo transportaron al baño. Su presencia hizo que se encendiera la luz y se levantara la tapa del inodoro donde orinó con tranquilidad. Entró luego en la ducha y al notar que el agua no era de su agrado fue guiando con su voz el chorro hasta que la temperatura se ajustó a su gusto. Al salir acercó su cuerpo hasta el secador quien envió el chorro de aire adecuado para que pudiera ponerse el albornoz sin empaparlo. Se calzó nuevamente las zapatillas que lo condujeron esta vez a la cocina donde el café humeaba ya y las rebanadas de pan sobresalían calientes del tostador listas para su consumo. Desayunó las calorías precisas para afrontar el día sin miedo a desfallecer por su falta ni a almacenarlas en exceso. Volvió al baño y utilizó el cepillo eléctrico para lavarse los dientes. De regreso al dormitorio se situó frente al espejo del vestidor junto al cual un monitor le detalló su agenda del día: reunión a primera hora, trabajo de despacho, recepción de clientes, entrevista con miembros del consejo, estudio de casos difíciles, presentación de resultados, seguimiento de objetivos, análisis de problemas… Un día prácticamente igual a los demás. De las paredes del vestidor sobresalió una percha ofreciéndole el modelo adecuado para las actividades previstas. Se lo puso sin más dilación. Una rápida ojeada le permitió comprobar su imagen perfecta. Salió de casa y llamó a su coche. Una vez en su interior y mientras este lo conducía a su empresa se permitió recordar cómo era la vida de sus antepasados: el molesto footing mañanero o el deporte dominical para mantenerse en forma, la espera a que se hiciera el café y las tostadas muchas veces quemadas, el suplicio diario del qué me pongo frente al armario, la preocupación por el qué hay de comida o cuánto dinero queda… la vida era ahora tan fácil que sólo había que pensar en el trabajo. Las pequeñas minucias cotidianas estaban todas automatizadas y programadas y las necesidades humanas se solucionaban con píldoras, pantallas y electricidad. H.F. consideró una gran suerte que le hubiera tocado vivir en esta época: el S. XXIII.

Screenshot

Me paso la vida observando vidas ajenas y en realidad poco me importan. He perdido las capacidades del habla y me mareo con facilidad porque mis ojos no aguantas tantas horas de luz roja, verde y azul. Se me dividen las retinas con sueños de otros lugares que siempre están físicamente lejos. He perdido prácticamente a mis amigos y mis piernas ya no conocen la flexibilidad ni la forma. Me desplazo al baño con un esfuerzo de titanes y a veces llaman al timbre para traerme una compra grasa y edulcorada.

Cuando salgo a la calle la gente me parece extraña y tan ausente como yo. Ya no alcanzo a cruzar una mirada en la misma línea de horizonte y es imposible enamorarse de los ojos de una bella mujer. Casi quisiera ser y vivir como un perro para al menos descifrar la expresión de la mirada de esos transeúntes que ya no se cruzan con nada.
Mi familia ahora es virtual. No escucho jamás sus palabras ni sus discursos de paternalismo para darle algo de valor a tu vida. Me acostumbro fácilmente a la distancia y a veces su imagen se congela y su voz se esfuma por completo.
He conocido personas. Otras personas que caminan más despacio, pero que siempre quieren estar en todas partes.
Me cuento cosas que un día me van a crear disfunciones y hablo solo en conversaciones portátiles que nunca se acaban. El infinito ha dejado de ser astronómico o filosófico y se centra a la pura matemática de la que somos ajenos y absurdos.
El cuerpo divisorio, la frustración, el anhelo y la culpa de no estar en todos los lugares al mismo tiempo es una cruz que pesa y que nos lleva de puntillas al abismo de nuestra propia redención.
La música tiene 3’5 pulgadas y nuestro ritmo depende de una resolución dudosamente aleatoria.

Tal vez algún día conozca el color de tus ojos y puede que sepan mirarme como yo he olvidado hacer detrás de este muro gris que soy yo mismo.

Serendipia

Entre las cosas más difíciles de encontrar han de hallarse aquellas de imposible búsqueda. Tal vez sea la Serendipia la más cruel de todas ellas pues, de retorcida que es, en su propio significado nos impide perseguirla.
Tiempo atrás, antes de que mi impermeable cabeza comprendiese su definición, me propuse darle caza sin saber que la Serendipia solo permitiría nuestro encuentro si la presa era yo. Oía cómo otros tantos habían conseguido atraparla para sí. ¡Oh, yo quería ser Fleming! Y que ella me tomara de la mano y me llevase a contemplar las colonias de penicillium. O Becquerel, contemplando la sobrenatural iridiscencia del uranio en lo oscuro de la habitación. Incluso me habría conformado con la idiotez de ver derretida una chocolatina bajo las microondas, impregnando el tejido de mi pantalón.
Resolví emprender la búsqueda. Los trabajos serían miles; las pruebas, mil más. Eso es, había de someter a la Serendipia a cuantas pruebas encontrase en los manuales de laboratorio. La cromatografía fue mi primera elección. Siempre tuve predilección por la técnica, me maravillaba pensar en los colores de la Serendipia extendiéndose por el papel sometida a la corriente. ¿Cuáles serían esos colores? Tal vez se descompusiera en varias fases, desplegando una gama de tonalidades desvanecentes. Estaba destapando la cubilla metálica, dispuesto a introducir el papel con la muestra, cuando... ¡El disolvente! ¿Qué disolvente debía utilizar? Ni siquiera sabía la naturaleza de la Serendipia, ¿cómo discernir si debía volcar el frasco de éter o el de acético?
Tal vez la cromatrografía no fuese una buena opción. Al fin y al cabo, la Serendipia no puede sino estar viva. Se denota en su caprichosa actitud, son movibles sus objetivos. Incluso su morfología lo insinúa: la Serendipia es sinuosa, esquiva, se esconde.
Las placas petri serían la solución. Llené el laboratorio de centenares de ellas. Las había apiladas sobre las mesas, en el revés de la puerta, frente a las ventanas... Las puse bajo sol y en penumbra, en todas condiciones de temperatura y humedad, añadí lo que pensé era el mejor alimento para la Serendipia, y esperé a que creciera en ellas.
Nunca supe si se reprodujo. Quizá la Serendipia sea simplemente transparente. Si quería verla bajo el microscopía debía usar alguna tinción, tal vez todas. Tal vez así la descubriera.
Se sucecieron los meses y los experimentos, y los reactivos gastados, las técnicas innovadoras y las oxidadadas, los cortes, los frotis, disecciones de la nada y el vacío, observaciones del espacio deshabitado... Nada pasó —de hecho, ni la nada se dignó a ocurrir—. Ella debía estar escondida en algún rincón entre la centrifugadora y el microtomo. La oía reírse de mí en su seseo.
Y así fue por meses. Hasta el día de hoy, cuando el seseo cedió por completo al silencio. Entré al laboratorio ampujando las columnas placas pietri con el agar-agar ya agrietado como hacía ya meses que venía haciendo. Me predispuse a comprobar el resultado del último de las trampas para atrapar a la Serendipia. Acerqué mis pupilas al ocular del microscopio. Ellas ya no esperaban ni a la nada, por lo que la contemplación de tal descubrimiento las engrandeció como nunca antes. Allí estaba, cazada. La estaba observando en sus cuatro dimensiones, plegada y resplandeciendo por acción de la fluorescencia.
Esta mañana observé por vez primera la completa estructura helicoidal del ADN. Ni rastro quedaba de la Serendipia. Al final de la búsqueda, perdiendo por el camino toda triste casualidad, alcancé el hallazgo. Ríome de Fleming.

Sistema erróneo de creencias

En algún lugar en medio de este vasto mundo, dos individuos platican relajadamente: mientras uno habla con parsimonia, el otro se asombra conforme escucha…
—¿A qué te refieres exactamente con esa locura del "sistema erróneo de creencias"? —pregunta incrédulo uno de ellos.
—Muchas veces la verdad es tan dolorosa o impactante que preferimos creer algo erróneo que sea más amable para nosotros. En otras ocasiones, ni siquiera nos hemos acercado una sola vez a la verdad de las cosas y por eso continuamos en una creencia errónea respecto a la realidad. Cuando un grupo de conocimientos se consolidan alrededor de tales creencias, se convierten en un sistema.
—¡Eso es ridículo! Yo no creo tener ningún sistema erróneo de creencias simplemente porque no tengo miedo a ninguna verdad.
—Vamos, —tranquiliza el primero, —todos sentimos miedos y no tiene nada de malo.
—Pues yo no. Y puedes hacer la prueba…
El asombrado dice esto como un reto: sabe a la perfección que su amigo es diferente, que no pertenece a ese lugar, por eso supone que sabe algo polémico respecto a todo eso. Y como el asombrado siempre ha sido valentón, se siente confiado.
Su amigo suspira. Está dudando entre decir la verdad solicitada o evitarse una discusión innecesaria. Al final se decide.
Este es el momento del relato en que el lector espera que el autor le tenga preparada una buena sorpresa pero me temo que eso no sucederá. El amigo solo le aclarará algo que todos sabemos que es normal: ellos están dentro de una cafetería dentro de una ciudad que está dentro de un sistema, la cual forma parte de un órgano inserto en la cabeza de una persona cualquiera. Nada extraordinario.
—Ya que insistes… —dice el amigo, y le suelta lo que ahora tu (lector) y yo (escritor) ya sabemos: —Tu y yo no somos personas como lo crees. En realidad somos dos células que forman parte de un universo interior, de una gran sabiduría universal, una especie de cerebro cósmico cuántico formado por infinidad de puntos de luz con pensar propio pero interconectados entre sí, los cuales forman una consciencia grupal más allá de nuestros átomos compartidos.
El asombrado ha llegado al clímax de su estupor. No puede creerlo. Es más, no llega a comprenderlo. Por lo tanto, se ríe. E inmediatamente su risa se transforma en carcajadas.
Su amigo espera a que se le pase la emoción.
—¡Qué imaginación tienes! ¡Me encanta platicar contigo porque me divierto muchísimo! —y le pega unas palmadas amistosas en el hombro.
—¿Lo ves? Te dije que la verdad es difícil de creer.
—Difícil sí, pero no da miedo, no exageres.
—¿Seguro?
El aludido piensa un poco: una idea fugaz lo incomoda por lo que decide estallar en nuevas carcajadas a fin de disiparla.
Los amigos terminan amistosamente su café entre risas, comentarios, bromas y más datos extraños que resultan increíbles. Todo parece indicar que los sistemas erróneos de creencias seguirán más tiempo. Tal vez para siempre.
Antes de despedirse, el antes asombrado ahora divertido, pregunta algo que le incomoda desde hace rato y no puede olvidar:
—Supongamos que lo que me dijiste es verdad. Entonces, ¿cómo lo sabrías tu si también estás aquí dentro atrapado conmigo?
Su amigo contesta algo todavía más inaudito:
—Ya que ahora piensas que soy un loco, puedo terminar la idea tal como es sin temor alguno. Verás: tu eres una neurona, una célula productora de ideas, y por eso fácilmente creas sistemas erróneos de creencias. Yo en cambio, solo soy un glóbulo rojo, y por ello me es dado conocer la verdad sin producir juicio alguno. Yo he estado en diversas partes del cuerpo al que pertenecemos y por eso me he enterado de la verdad. Pero como todas ustedes, las neuronas, se han encargado de hacerse creer a sí mismas que son individuos independientes, por eso te suena completamente inaudito, mi amigo. Nuestra realidad la crean nuestras ideas.
El asombrado nuevamente está en silencio: no sabe qué pensar. Pero sus creencias no cambian. Luego de unos momentos de silencio, estalla en carcajadas más atronadoras que nunca.
—Lo dicho: ¡eres divertidísimo! Gracias por una tarde inolvidable con tus locuras, amigo.
El asombrado lo abraza luego que su amigo sube a un taxi y se va. Pero esto es así visto desde la mirada incrédula de él. Lo que en realidad sucede es que el glóbulo rojo ha terminado de dejar el paquete de información genética solicitado así como los nutrientes necesarios para esa neurona y vuelve al torrente sanguíneo. Mientras el glóbulo se aleja perdiéndose en la vastedad de la vena cava, la neurona reflexiona divertida sobre cómo es que pueden existir personas con tanta imaginación como la de su amigo.

sueño

Sueño
Laura lleva una vida que se ha labrado desde joven, tiene un buen trabajo es medico,
Lo quería desde que era pequeña..desde que vio a su padre morir en un charco de sangre, por que la operación de corazón que le habían hecho había salido mal, una noche se ahogo en su propia sangre.
Ella hacia muchas horas en el hospital en el que trabajaba,quería salvar a todo el mundo, le gustaba mucho su profesión,
Un día cuando después de hacer muchas horas de trabajo fue a descansar a su casa , se despertó miro que no llevaba ropa, ella recordaba haberse puesto el pijama. se fue a desayunar y empezó de nuevo su vida , habices y trabajar.
Laura era una mujer muy atractiva,simpática , vestía con ropa muy elegante, trajes de marca, se maquillaba, cuando tenia reuniones de trabajo y era la mas deseada en el trabajarlo cual a ella le hacia sentir muy bien. No tenia pareja , ni quería, era independiente, pero después de trabajar siempre se iba a casa a descansar, se ponía su pijama y a dormir. Esa misma mañana se levanto y se sorprendió porque cuando se despertó se dio cuenta que estaba desnuda. No le dio mayor importancia pero estaba confusa. Se fue a trabajar y al día siguiente le sucedió que se levanto y en esta ocasión llevaba puestos los calcetines y pensó que por la noche se había desvestido , teniendo calor. Fueron pasando los días y todas las mañanas y cada vez que se despertaba tena algo mas de ropa vestida, la primera unos calcetines y en esta unos ocasión pantalones vaqueros rotos, luego una camiseta vieja. Laura era muy simpática con la gente, muy alegre y le explicaba a los pacientes enfermos y familiares lo que les sucedía en sus enfermedades, pero con los palabras mas adecuadas posibles dentro de su enfermedad.
Pero cuando ella se iba a su casa a descansar , para al día siguiente continuar , con lo que mas le gustaba en su vida , su trabajo, se levantaba con otra prenda mas de vestir.
En esta ocasión Laura , se paro a pensar que estaba ocurriendo se había levantado, con un pañuelo rosa, se miro al espejo y fue a ponerse las otras prendas con las que se había levantado los otros días, se puso los calcetines,vaqueros rotos, camiseta vieja, y el pañuelo , cuando se miro de nuevo al espejo vio, pensó que no era ella, no tenia su calidez, no era rubia, atractiva con clase , si no vio a otra persona una persona triste desaliñada.
Lo único que le daba un poco de chispa el pañuelo rosa. Una mañana después de descasar toda la noche, se despertó y vio que no estaba en su casa, vio que estaba en una habitación y que no era la suya , se asusto salio corriendo de la habitación y atravesó la puerta rápidamente , vio que estaba en unas chabolas , no podía ser se estaba volviendo loca, corrió y corrió, hasta que tronpezo cayo, y fue a darse con un coche que estaba aparcado se dio en la cabeza se desmayo y cuando despertó vio que estaba en el hospital , respiro tranquila, pero observo que llevaba puesta la misma ropa desaliñada .Oía a una chica que la estaba tranquilizando que se calmara , cuando la vio , miro que era rubia, con ojos azules guapísima , era ella, no se lo podía creer, pensó , esa persona soy yo. La chica rubia le decías tranquila , todo pasara , mientras se desangraba por el golpe en la cabeza.

Tiempo

Darwin lo decía en su teoría: “La especie que mejor logre adaptarse a los cambios, será la que prevalezca.” Lo que no todo el mundo entiende de esa teoría es que el tiempo es un elemento fundamental para que ésta se sostenga. Se necesitan millones de años para poder evolucionar ante una necesidad, un cambio o simplemente para mejorar como especie. Nosotros solo tuvimos 26 días. Por eso estamos al borde de la extinción.

Lo llamamos “La contracción”. Los primeros cuatro días nadie se dio cuenta. Podíamos advertir pequeños cambios. La gente llegaba tarde a sus citas, las alarmas sonaban a destiempo, el sol salía antes, y la oscuridad llegaba más temprano de lo acostumbrado. El quinto día cayeron los primeros satélites. Los que aún seguían orbitando parecían haberse vuelto locos. Desde que nos volvimos dependientes de nuestra propia tecnología estábamos convencidos de que, si llegaba el día en que un error en cadena tumbase todas nuestras redes, muy pocos sobreviviríamos a ello. Pero estábamos equivocados, no era nuestra tecnología lo que nos había esclavizado y subordinado a su propia existencia: era el tiempo. El único problema es que jamás habíamos pensado que éste podía cambiar. Y cuán equivocados estábamos.

La primera semana, la duración de un día se había reducido a 22 horas. Fue la propia NASA, y poco después la ESA, las que lo confirmaron. No se trataba de un error informático, simplemente el tiempo se estaba contrayendo. Nadie estaba preparado para un acontecimiento así. Habíamos leído mil formas distintas de cómo terminaría el mundo en un sin fin de novelas de ficción, pero nadie había imaginado una tan simple y a la vez tan aterradora.

A partir del décimo día, nuestro mundo empezó a derrumbarse como un castillo de naipes. Los satélites de comunicaciones se volvieron inútiles y muchos sistemas informáticos que dependían de éstos cayeron con ellos. No había capacidad de reacción. No podíamos crear un enorme parche que solucionara el problema además de que, simplemente, cualquier medida era ficticia. Aunque pudiésemos corregir el desfase temporal en todos los sistemas, éste seguía avanzando inexorablemente. Por cada minuto que pasaba teníamos menos segundos al día siguiente. No sabíamos si esto se detendría, no sabíamos si terminaría llegando el momento en el que nuestro tiempo se redujera a un simple segundo. Es más, no teníamos capacidad de tan siquiera poder imaginar qué sucedería entonces. ¿Moriríamos? ¿Quedaríamos flotando en una especie de limbo espacio-temporal? Nuestro futuro estaba escrito con una pluma que usaba el tiempo como tinta, y ésta derramaba sus últimas gotas.

La agricultura, el clima, la base de toda nuestra vida, estaba cambiando a cada hora. Naciones enteras cayeron en cuestión de días. Nadie sabía por qué ocurría esto, y nadie iba a poder explicarlo. Cuando la gente se dio cuenta de que sus propios gobernantes eran incapaces de tan siquiera acercarse a dar una solución, empezó el caos. Nuestra naturaleza es egoísta, y aunque no lo fuera, nuestro instinto se ocuparía de serlo. Cuando las naciones más poderosas sintieron el pánico de lo desconocido, tomaron medidas. Y cuando las medidas se llevan a cabo desde el miedo y la ignorancia, nada puede salir bien. No se sabe con certeza quién lanzó el primer misil, lo que sí sabemos es que todo el mundo respondió al primer disparo. El día quince, más del 70% de la población se había dado por muerta o desaparecida. Irónicamente los países más pobres, donde nadie tenía esa potencia de fuego ni donde había ninguna riqueza de la que preocuparse, fueron los que menos sufrieron.

Empezó así la lucha por la supervivencia de los que quedábamos. Desconocíamos por completo aún el origen de nuestro apocalipsis, pero si seguía con la misma intensidad sería una lucha corta. El problema es que no sabíamos ni siquiera por qué luchábamos. Lo único que sabíamos es que al día siguiente tendríamos menos tiempo para dormir, menos tiempo para pensar, menos tiempo para vivir. Nos matábamos entre nosotros, pero la batalla era contra lo desconocido.

Todo cambio el vigesimosexto día. Teníamos aún algunos sistemas informáticos funcionando, con baterías que recargábamos gracias a paneles solares. Su única labor era contar cada segundo de cada día, y hasta ese momento el tiempo se había reducido siempre. Esa mañana el contador estaba en 16 horas 45 minutos. Exactamente el mismo tiempo que el día anterior.

Para muchos es el inicio de la verdadera lucha, para mí es el comienzo del largo camino hacia el Descubrimiento.

Había visto desaparecer a todos mis seres queridos, a todos mis amigos, y yo no pienso ver cómo muero en la noche más corta que el mundo ha conocido.

Trileo

Como cualquier mago de la nueva escuela ha elegido al azar (¿es posible este en el ser humano?) a un participante del público y le ha

ordenado elegir una carta (¿random también?) y colocarla sobre la baraja. El participante la ha enseñado a cámara, la ha colocado sobre el

mazo y, siguendo una inercia adquirida, ha mezclado las cartas sin que se lo hubieran pedido. El mago lo ha visto y ha comprendido

horrorizado que el truco nunca funcionará pero no ha sido capaz, a pesar de todo, de parar el espectáculo y el show continúa y se alargará

por otros cinco minutos en los que jugador e ilusionista manipularán la baraja de forma programada aumentando el interés del público. Pero

ahora ha sabido que el naipe que debe descubrir ya está perdido y que no existe algoritmo alguno que lo encuentre. Cinco minutos eternos

de pantomima y frases hechas en los que imagina las caras decepcionadas de este lado de las cámaras y, del otro lado, las risas crueles e

inevitables una vez levante el cartoncito y muestre una sola de las cuarenta y ocho caras que puede tomar el azar.

Un email de la NASA

Todo empezó con un email de la NASA: “nos complace informarle que su experimento…”
¡Por fin! Nos daban el OK para mandar nuestro detector de sustancias orgánicas en la próxima misión con destino a Marte. Nunca había estado tan feliz al leer un correo.

Recuerdo que llevábamos años esperando ese momento. Cientos, qué digo cientos, miles de horas en el laboratorio intentando que funcionara. La NASA ya nos había dado un par de toques de atención. “Tiene que ser más ligero” –dijeron al mandar el tercer prototipo. Cuando por fin, tras varias noches sin dormir, conseguimos que el dispositivo pesara 476 gramos menos, entonces nos contestaron: “consume demasiados recursos, eso no puede funcionar en el rover”.

Tuvimos que reescribir el software desde cero en un lenguaje de programación del pleistoceno porque el cacharro no puede ir a Marte con nada más que un miserable 386. Fueron muchísimos cafés y nos pegamos más horas delante del ordenador que cuando teníamos quince años. Al final lo hicimos funcionar. De risa, el programa cabía en un disquete. Creo que el octavo –¿o fue el noveno?– diseño que mandamos al JPL por fin recibió el visto bueno de los californianos.

Fue increíble. Es muy difícil describir con palabras esa sensación. El momento eureka, le llaman algunos, pero para mí es como un orgasmo mental. El éxtasis. Por fin todo nuestro esfuerzo se veía reconocido. La NASA iba a llevar nuestro detector de moléculas orgánicas a Marte. Si encuentra algo será una pasada, podemos ser los primeros en confirmar la existencia de vida en el planeta rojo.

El día que recibimos el mensaje desde Pasadena nos fuimos todos de fiesta. No me emborrachaba tanto desde que estaba en el Colegio Mayor en Barcelona. A la mañana siguiente no podía moverme de la cama de la resaca. Pero daba igual, por fin lo habíamos logrado. Sin financiación del ministerio de mierda, sacando el dinero donde buenamente pudimos, yendo al laboratorio los domingos por la noche. Pero lo habíamos conseguido, nuestro detector iba a viajar a Marte. Eso sí, en unos cuatro años, si no se retrasaba la misión por cualquier contratiempo.

Nuestras vidas siguieron como si tal cosa. Poco a poco recuperamos las horas de sueño, seguimos haciendo nuestra investigación de rutina y dando clases en la facultad. Es más aburrido que preparar prototipos para una sonda espacial, pero la suerte ya estaba echada. Ahora no dependía de nosotros. Nuestro cacharro estaba desde hacía semanas en California, listo para que la NASA lo montara, siguiendo nuestras detalladísimas instrucciones, en el rover. Ahora sólo dependía de ellos.

Lo más complicado durante la espera fue aguantar las preguntas de los amigos. “¿Qué, cuándo mandas tu robot a Marte?” ¬¬–me repetían, una y otra vez. Y yo me hartaba de contestarles que no era un robot, que era un detector. Que, con suerte, llegaría a Marte en 2020. Como la relaxing cup de café con leche esa que nadie se tomará, porque al final los juegos olímpicos serán en Tokio. Cada vez que me preguntaban yo recordaba mi época de doctorando, cuando estaba a punto de leer la tesis y todos mis compañeros del departamento me decían, como las abuelas en las bodas: “¿y tú para cuándo?”

Supongo que lo que pasó en mi vida durante los cuatro años de espera hasta el lanzamiento no le importan a nadie. Después de lo que habéis leído hasta ahora tendréis ganas de saber el final. Querréis saber si encontramos vida en Marte. Y digo yo, ¿no os habríais enterado ya? Si hubiéramos encontrado algo habría salido en la portada de todos los periódicos, incluso en este país de pandereta. Y no salió. No salió porque, digan lo que digan en las películas y en los documentales de la dos, la Ciencia, muchas veces, es una mierda. El cohete despegó en la fecha prevista y nuestro detector viajó, con el rover, a Marte. Viajó durante siete meses, veintiún días y dieciocho horas. Y ya. A tomar por culo. Fin de la historia. En el descenso, una tormenta desvió el rover de su trayectoria, con tan mala suerte de que cayó con todo su peso sobre el costado en el que estaba instalado nuestro experimento. Quedó hecho añicos.

Y todo acabó con un email de la NASA: “lamentamos informarle que su experimento…” Vuelta a empezar. Nunca había estado tan jodidamente triste al leer un correo.

Un genio, sólo eso.

Como cada mañana se despierta temprano: dirigido por un reloj interno que no da lugar a despistes. Carga la pila de libros que le acompañan desde sus inicios: libros de física, genética y lo más nuevo de cuántica. Esa suma de conocimientos e inquietudes que comienzan a hacer mella en su espalda y en su racionalidad; los años le han arrancado parte de la fortaleza y energía de su juventud.

Vive cerca de la Universidad; así que camina con esos libros (que pareciesen tesoros) y con un maletín de cuero del que sobresalen esquinas dobladas de folios que cuentan con algún lustro de vida. Recorre las calles pegado a los edificios; odia los empujones de aquellos que viven volando: prefiere entonces la rugosidad y suciedad de las frías paredes mientras tararea, como siempre, je ne regrete rien de Edith Piaf.
Como siempre va con tiempo decide entrar a saludar a la dulce Encarni: ella es de las pocas personas que le despiertan un estima especial.
Pide su café doble mientras observa a cada una de las personas que se acumulan en los
recodos de aquella cafetería. Les observa porque a él siempre le están observando: su vida está hecha de murmullos a su alrededor. Murmullos que calla de golpe con una de esas miradas con las que esconde el secreto para congelar personas; dicen que más de uno agacha la cabeza a su paso, nunca una mirada provoco tanto miedo.
Se despide de Encarni con una sonrisa y encauza los escasos metros que le separan de la universidad. Entonces se mete en una de esas aulas que están vacías, esa que le han cedido para sus investigaciones. Como encarcelado en un ritual se quita los zapatos, porque según él dice, se piensa mucho mejor. Después escucha a Bach y las cuatro estaciones de Vivaldi y comienza a escribir fórmulas sin descanso: poseído se embriaga de ellas. La tiza crea
música al contacto con la pizarra, música continua casi sin descanso que, decide callar, solo cuando esta se rompe. Solo aparece el silencio cuando él se queda atónito mirando al vacío, como si algún ente le estuviera corrigiendo esa carrera de integrales y diferenciales. Cuando pasa esto se arranca pelos a mechones: son los nervios que se apoderan de él; porque está tan cerca… Aunque nadie lo sepa, aunque nadie lo crea.
Mira una de las fotos preferidas de su adorado Einstein, reposa en la mesa donde ha dejado esparcidos sus papeles. La coge y se la lleva al pecho mientras en alto concluye que terminará lo que él empezó hace tiempo. La teoría del campo unificado será su regalo al amor que profesa a La Relatividad general. No toma descanso, se sienta en la silla y lee. Subraya, escribe y, de nuevo, vuelve a perderse en el infinito de sus ecuaciones.
Ese día se encuentra especialmente cansado, como si la promesa ya no fuese suficiente, como si él mismo hubiese dejado de creer en aquello en lo que ha invertido su vida.
Se sienta en el suelo y llora, llora como un niño pequeño, llora con rabia y pena. Mientras algunos de los alumnos se asoman por los resquicios de las ventanas para comprobar que allí sigue Eustaquio, y que, como siempre, continúa exteriorizando los mismos patrones desde hace 20 años. Hasta la pataleta de lágrimas con la que siempre termina la obra de teatro de su vida; instantes antes de que Roberto pase a decirle que es suficiente por hoy, que debe descansar y volver a casa.
De repente algo difiere en su actuación. Entonces se levanta muy serio. Dicen los que le ven, que su cara pareció haber recobrado el juicio. Borra la pizarra de una pasada y escribe sin descanso un conjunto de fórmulas que por primera vez en años, le hablan con total claridad. Escribe limpio y claro. Ahora los murmullos han cedido a un silencio sepulcral de los presentes.
Termina y abraza a Roberto.
-Lo he conseguido. Es la teoría unificada.
Roberto ha dejado de pensar que está loco; porque hasta él, que no entiende nada de aquel lenguaje de signos que ahora brillan; aunque no las entiende, siente algo especial. Rezuman un sentido ilógico, una realidad aplastante, una cordura que asusta. Los alumnos han decidido entrar en aquel aula y observan obnubilados como si todo hubiese cobrado sentido.
Quizás Eustaquio esté en lo cierto; por primera vez creen que la locura era sólo producto de una búsqueda incesante. Entonces la mayoría de los presentes se emocionan: están frente a un acontecimiento histórico. La teoría unificada a manos de Eustaquio mientras este llora de emoción al aplauso de los murmullos. Por fin lo ha logrado, por fin es libre de su locura.

Resulta que el loco era solo un genio, solo eso.

Un rayo de esperanza

Podría ser otro día monótono y aburrido, como otro cualquiera, pero no fue así. Ese día fue uno de los más importantes para la humanidad. Sinceramente, me hallaba asombrada, pues nunca me imagine que “aquello” funcionaria.
Desde el año 2055 , empezó a investigar sobre esa brillante idea que se le ocurrió a mi amiga Estrella ( una científica muy aplicada), y ahora este increíble experimento iba a cambiar de una forma revolucionaria la forma de vida en todo el mundo. Bueno, si no sabéis de que se trata empezaré a explicarme:
“Desde la tercera guerra mundial provocada en el año 2025, a causa del aumento de desigualdad social y los numerosos atentados provocados en los países subdesarrollados, reinaba el caos y la gente no tenía ni donde dormir.”
“Cuando culmino esta guerra, todo el mundo carecía de recursos, muchas personas fallecieron en aquel tétrico ambiente, en definitiva el planeta quedo devastado. No obstante, a pesar de no haber subvenciones para los avances científicos, ellos mismos buscaron medios para subvencionar sus propios experimentos ,a base de sudor y lágrimas. Durante ese período se hallaron impresionantes descubrimientos ,pero ninguno de ellos acababa con la pésima situación en la que se hallaba sumido nuestro mundo. Algunos experimentos fueron brillantes como una especie de aparato que inutilizaba las armas(denominado “antiarmas”), una máquina que alteraba la estructura química de las cosas para convertirlas en otras ( llamado el “reestructurador”), o el descubrimiento de nuevos planetas, surgido del intento desesperado por encontrar otro planeta dónde habitar, pero ninguno adquirió las características de nuestro planeta para vivir en él, aunque muchos se acercaban y se crearon trajes espaciales para ver si funcionaban pero estos “supertrajes” solo duraban unos 4 años , después se derretían , así que solo servían para investigar esos planetas pero no para poder estar mucho años en ellos.”
Fue entonces cuando a mi brillante amiga se le ocurrió una idea ,que a mi al principio no me agradaba pues pensaba que carecía de realismo, pero ahora veo cuán equivocada me hallaba. Su idea, típica de las historias de ciencia ficción, era inventar una máquina del tiempo para mi la idea de viajar en el tiempo para evitar la guerra era una locura.
No obstante, mi amiga tenia una determinación impresionante, para fabricar dicha máquina fue a buscar un material procedente de un planeta que orbita alrededor de dos estrellas,a las cuáles dos más giran en torno a ellas ( a esto se le llama sistema circumbinario). Al parecer, el extraño sistema que envuelve este exoplaneta provocaba extrañas alteraciones en los materiales procedentes de este.
Después de estar dos años investigando este material, halló lo que buscaba y construyó la máquina a base de este material y de grafeno, pues este material parecía duplicar el efecto de dicho material(al que mi amiga bautizó como “kuafa”).
Finalmente, fuimos la semana pasada a probar su invento, mi amiga subió en esa máquina con su equipo, yo no creía que funcionaria pero ella y el resto de integrantes de su equipo se desvanecieron ante mi vista. Me quede sin palabras, y al cabo de una milésima de segundo vi una luz extraña y caí desplomada al suelo. Al recuperar la conciencia, me di cuenta de que al resto les sucedió lo mismo.
Entonces note el cambio, era como si alguien hubiera borrado aquel triste paraje que habitaba a nuestro alrededor. Ahora es todo más bonito, ya han aparecido recursos por todos lados y gente que estaba muerta volvía de entre la muerte ante nuestra atónita mirada , nadie sabia que había pasado, pues era una misión secreta.
Cuando regreso la abrace fuerte y le pregunte cómo lo habían logrado. Pocos segundos después, ella me lo contó todo:
-Retrocedimos hasta el año 2020, y modificamos un reestructurador que llevábamos con nosotros para que transformara el agua del mar en alimento con nutrientes. Poco después de esto, instalamos un antiarmas en la Torre Eiffel, para que esta funcionase como una antena y así transmitir la señal en todo el mundo, y regresamos al comprobar que no había motivos para empezar una guerra.
-¡Habéis estado genial! . ¿Cuándo se enterará la gente de los que ha pasado?¿Cuándo van a revelar tu hallazgo?.
-La verdad es que no se hará publico porque sería muy arriesgado que la máquina cayera en malas manos.
-Puff... en eso no había caído, tienes razón.¿Y no te recompensarán por todo el esfuerzo y los sacrificios que has hecho?.
- Sí, me dijeron que me iban a pagar, pero, para ser sincera, a parte de trabajar en equipo y conseguir el objetivo, mi mayor recompensa ha sido aportar un rayo de esperanza para crear a un mundo mejor.

Un sorpresa del tiempo mismo

Cuando era pequeño -más pequeño que vosotros incluso-, visite un museo. Ya sé que a la mayoría no os interesan esos lugares. Son fríos, llenos de polvo y no hay nada emocionantes en ellos… ¿o tal vez si?
Lo primero que hice fue, evidentemente por mi corta edad en el mundo, hacer un puchero y quejarme como si no hubiera un mañana. Me parecía tan aburrido ver un montón de huesos muertos y ropas de gente que, seguramente, murieron de aburrimiento. Aun a mis protestas entramos en el lugar.
Como buen niño lleno de energía y sin poder parar, enseguida me escabulle de mis padres mientras estaban escuchando a una mujer que les contaba un rollo imperecedero sobre no sé que de la “evolución”.
Al poco tiempo me perdí en aquel laberinto de columnas, pisos y puertas por doquier. Angustiado, me deje caer de espaldas sobre una columna, llorando mientras me abrazaba y enterraba la cabeza en mis piernas. Escuchaba pasos a mí alrededor pero, no les prestaba atención. De pronto alguien toco mi cabeza, yo la alcé para ver a un viejecito de tez pálida, rasgos finos, pelo ya canoso por la edad y un generoso bigote quien me mostraba una calidad sonrisa.
-¿Que te ha pasado pequeño? –Me pregunto el anciano sin perder su sonrisa-. ¿Acaso te has perdido?
Simplemente asentí.
-Pues eso no está bien. Me ofreció un pañuelo sacado de un bolsillo de su mono de trabajo y me seque las lágrimas con él antes de devolvérselo. Sera mejor que busquemos a tus padres, ¿vale?
El hombre me tendió la mano. Titubee un poco pero, finalmente se la cogí, agradecido porque alguien me ayudara.
-Mi nombre es John. ¿Y el tuyo?
-Olaf… -conteste entre susurros.
-Bien Olaf. ¿Cómo es que un chico “mayor” como tu se ha perdido en un lugar tan interesante como este?
-No me he perdido porque sea interesante –replique enseguida-, sino porque es muy aburrido. Nada se mueve, hay que leer muchas cosas con palabras difíciles y te pasas todo el tiempo sin hacer nada. Es aburrido.
-¿Eso crees? –Su cara pareció brillar con aquella sonrisa burlona que me mostraba desde que le he conocido-. ¿Y si te dijera que en realidad en este museo todo está más vivo de lo que crees y, es más interesante de lo que piensas?
-Eso es imposible.
-“Lo imposible solo está en la mente del que piensa que el mundo está limitado por barreras infranqueables”
Me le quede mirando extrañado unos segundos.
-¿Qué significa eso?
-Lo estas a punto de averiguar –me contesto sin quitar esa sonrisa vivaz de su semblante. ¡Vamos!
Y así fue como John y yo fuimos paseando, caminando de sala en sala mirando toda clase de objetos. Me enseño cosas sobre la vida, la creación de la Tierra, el paso del tiempo, los seres que estuvieron antes de nosotros… pero, lo que más me llamo la atención fue la sección sobre dinosaurios. Eran enormes, gigantescos. Algunos tenían cuellos tan largos como su propio cuerpo, otros tenían mandíbulas que podrían comerme -si siguiesen con vida-, de un solo bocado. Pero con diferencia, el que más me gusto de todos ellos era uno no más grande que un elefante. Tenía tres cuernos en la cabeza y una especie de corona de hueso alrededor de ella. Me acerque lo que puede y vi su nombre en un letrero: “Triceratops”
-Trice… topos –intente pronunciar aquel nombre sin conseguirlo.
-“Triceratops” –me corrigió John enseguida. Veo que te ha gustado este en especial. Es mi dinosaurio favorito, ¿lo sabías?
-No –conteste con una sonrisa. También es el mío ahora.
Ambos nos quedamos mirándolo unos segundos más hasta que escuche una voz familiar a mi espalda.
¡Olaf!
Me di la vuelta el tiempo justo para ver a mis padres acercarse rápidamente hacia mí y envolverme en sus brazos.
-¡No nos vuelvas a dar este susto cariño! –dijo mi madre algo enfadada pero feliz de haberme encontrado.
-¡Casi se nos sale el corazón al no verte! –mi padre me abrazaba con todas sus fuerzas.
Tras aquel momento familiar y pasarse el susto de mis padres, les quería presentar a John pero, ya no estaba conmigo. Supuse que tras aparecer mis padres se fue.
Ya íbamos hacia la salida de museo mientras les contaba a mis padres lo que había aprendido en aquel lugar cuando un retrato me llamo la atención. Era igualito a John pero con traje. Me fije en el cartel a su lado: “John Prescott”, fundador del museo de Ciencias Naturales, 1926”
Me quede helado. Si “ese” era John entonces, ¿con quién estuve todo ese tiempo?
Recordé entonces lo que me dijo: “Lo imposible solo está en la mente del que piensa que el mundo está limitado por barreras infranqueables”
Sonreí por ello.
-Gracias John. Por todo.

Una prueba de concepto

Definitivamente la reunión no estaba yendo bien y ni siquiera entendía por qué. Él era un hombre de mundo, curtido en todas las situaciones sociales humanamente posibles, desde la cena de gala benéfica hasta el partido de golf con los jefes. Qué diablos, era ni más ni menos que el secretario del Vicepresidente Primero adscrito a la Comisión Ejecutiva del Consejo de Administración. Una reunión con el nuevo presidente de la compañía no podía ser tan difícil, aunque no fuera un presidente al uso…

-Señor presidente…
-Profesor, si no le importa prefiero profesor, a lo de presidente todavía no me acostumbro.
-Eh… claro, profesor, quisiera que me volviese a explicar lo de ese prototipo que, al parecer, la compañía ha estado desarrollando.

El viejo científico sonrío satisfecho enfundado en su traje de pana y retomó la conversación con el mismo tono con el que le hubiera dado una clase magistral.

-Lo que hemos logrado mi querido muchacho es aunar las ideas de la física más audaz con la química biológica y la psicología humana básica.

-Entiendo señor presi… profesor, pero se supone que la compañía se dedica a la venta de amuletos que ayuden a lo que vulgarmente se conoce como conquista amorosa. Así que no acabo de ver la relación…

Otra vez esa irritante sonrisa.

-¡Querido muchacho! ¿No es evidente? Todos esos productos son paparruchas incapaces de pasar el más mínimo control de eficacia. En cambio, mi proyecto ha contado con las mentes más brillantes y con todo el rigor del método científico.

Estaba empezando a dolerle la cabeza.

-No lo pongo en duda señor, pero ¿le importaría hablarme un poco más del funcionamiento de ese prototipo?
-Claro, en realidad es muy sencillo. Supongamos que un joven conoce a una joven por la que se siente íntimamente interesado. Antes de contar con nuestro prototipo, al desdichado muchacho no le quedaba más remedio que someterse a la angustia y estrés de efectuar una aproximación romántica de incierto resultado. En su lugar, nosotros le ofrecemos la posibilidad de, simplemente, someter a la encantadora jovencita a un test de compatibilidad y atracción mejorada.

¿Era él o empezaba a hacer demasiado calor?

-Simplemente…
-Sí. Cuando la chica, o el chico, se introduzca en el prototipo, éste comenzará realizándole un encefalograma focalizado en áreas asociadas a sentimientos y reconocimiento sensorial, que determinará el nivel de atractivo que despierta, en el sujeto, su potencial pareja. A continuación, un análisis de químicos volátiles inferirá si el sujeto se encuentra en un estado receptivo al romanticismo. Ambas pruebas serán procesadas conjuntamente para obtener el valor del Estadístico de Viabilidad Interpersonal, o como prefiero llamarlo yo, el Número del Amor.

No sabía que se podía sudar tanto en un traje tan caro.

-El Número del Amor…

-Si el resultado supera el umbral establecido, el prototipo pasa a modo de atracción mejorada y aplica un campo de reordenamiento cuántico sobre el sujeto y su potencial pareja, para desaparear sus respectivos espines, pero en sentidos opuestos, lo que evidentemente, provoca entre ellos una atracción a nivel subatómico a la que difícilmente podrían resistirse.

-Evidentemente… Señor, me permito recordarle que somos una compañía que destina mil millones a marketing y diez a investigación. Como recordará usted fue promocionado a la presidencia desde el departamento de I+D para contrarrestar la mala prensa por el fraude de las pulseras latin-lover™.

-Soy perfectamente consciente muchacho, pero eso no ha sido óbice para que a lo largo de este año hiciera una pequeña redistribución presupuestaria.

Gracias a Dios, por fin al tema.

-El Consejo ya se ha percatado señor, por eso mismo el vicepresidente me encargó concertar esta reunión. ¿Cuánto exactamente ha costado ese prototipo?

-Bueno, la contabilidad no es mi especialidad, pero euro arriba euro abajo, unos mil diez millones.

¿Qué brazo era el que dolía antes de un infarto?

-Entiendo… ¿Y cuando prevé que podríamos vender el producto en tiendas?

-¿Tiendas? Bueno, ahora mismo estamos hablando de un prototipo de 2,6 toneladas, creo que sería más adecuado trabajar por encargo.

Ojalá no fuera el izquierdo.

-2,6 toneladas… Tal vez… garantizando efectividad…

-No tan rápido hijo, garantizar efectividad todavía no es posible, de momento los resultados no son del todo concluyentes, aunque creo que con más pruebas podríamos lograr una mejora considerable y…

Que el viejo lo despidiera, qué importaba ya…

-Disculpe profesor, pero con esas dimensiones, un precio en el que prefiero no pensar y sin eficacia demostrada ¿cómo espera que lo introduzcamos en el mercado?

-No se preocupe muchacho, el mercado que espere. De momento piense en el artículo científico, esta vez podemos apuntar alto, sólo hay que enfocarlo como una prueba de concepto.

A luz, tenía que caminar hacia la luz.

-Tenga cuidado muchacho, no se acerque tanto a la ventana que es peligroso.
-Una prueba de concepto…

Viaje al pasado

Fabián era asiduo a las pinacotecas. Su afición le venía de su padre, un reconocido pintor de un barrio burgués de París. Sus años de adolescencia habían transcurrido entre clases de pintura en una academia del barrio bohemio de Montmartre, y sus estudios de ciencias en el prestigioso Liceo Louis –le-Grand, donde siempre había mostrado curiosidad e interés por lo desconocido y por el origen de las cosas.
Con el paso de los años se había vuelto una persona muy metódica. Había llegado a ser redactor jefe en una revista de carácter científico. Para ir al trabajo solía vestir traje, habitualmente de color gris, rematado con un elegante fedora en su cabeza, y siempre portaba un maletín de cuero negro.
Aquella mañana, como venía siendo corriente en los últimos días, volvió a visitar la galería y se situó delante de un cuadro que marcaría a partir de entonces su existencia. De pie, frente al cuadro, recorría con su mirada, y casi sin pestañear, cada rincón del mismo. La exposición iba a estar abierta al público toda la semana. El tema central era la recursividad.
Con una puntualidad asombrosa, Fabían no faltaba a su cita diaria con el cuadro y parecía despedirse del mismo con nostalgia rumbo a su casa.
El lienzo en cuestión era un óleo sobre tabla de 1800, de autor anónimo, que mostraba en una pequeña sala un primer plano de una mujer sentada sobre una silla, acompañada de un niño pequeño agarrado a sus piernas, y amamantando a un bebé que sostenía entre sus brazos. En uno de los laterales de la habitación aparecía, sobre una estantería de madera, un antiguo reloj francés de sobremesa del XVIII. La esfera del reloj dorado, aparecía flanqueada de dos querubines alados. Bajo la estantería, se dibujaba una antigua estufa de leña que aportaría calor a la estancia. El último ornamento en la escena lo significaba un austero espejo cuadrangular colgado sobre la pared frente al reloj. En él se reflejaba la estantería y el reloj con los querubines. Pero había algo más, o mejor alguien más, era la silueta de un hombre de traje gris que miraba fijamente al posible observador del cuadro. Este hombre lucía un elegante fedora sobre su cabeza y colgaba de su brazo un maletín de cuero negro. No cabía duda, era él, Fabián.
Desde que vio por primera vez este cuadro y percibió esta rareza, no dejaba de asistir a la galería todos los días, a la misma hora, las 12 del mediodía, la hora que marcaba el reloj del cuadro, y no cesaba de observar la imagen buscando respuestas a aquella inefable circunstancia, fascinado por la extraña situación de contemplar un cuadro del que formaba parte.
¿Cómo podía aparecer en el cuadro si en el momento de la creación de la obra aún no existía?¿Como podía tener conocimiento el autor de la obra de su vestimenta, de su fedora, o de su maletín? Eran preguntas que Fabían no dejaría de repetirse.
Un día, asomado al cuadro nuevamente, y absorto en sus pensamientos, le hizo tomar conciencia de la realidad la voz de un niño dirigiéndose repetidamente a su madre. Giró inicialmente la cabeza hacia atrás, y, como prediciendo la próxima escena, completó el giro el resto de su cuerpo, observando ante sí a un niño, agarrado a los pies de su madre, sentada sobre un banco, amamantando a un bebé, mientras el reloj de la galería, al fondo, marcaba las 12 del mediodía.

Visión de futuro

No era culpa suya que el profesor Arias fuera un inepto y él no pasara de ser su ayudante. El problema era el politizado mundillo universitario. La prueba radicaba en que el proyecto estrella del Instituto de Física Teórica seguía en punto muerto y tan sólo él, Jesús Pastor, conocía la clave de la secuencia correcta que conectaba presente y futuro. Publicaría los resultados en los canales apropiados y así demostrar, con un movimiento audaz, que estaba en lo cierto además de obtener una beca y la cátedra. De otro modo, el profesor se atribuiría todo el mérito y no estaba dispuesto a soportar otra humillación más.

Fuera del horario lectivo, accedió al laboratorio gracias a su acreditación académica. Cambió los parámetros en la unidad de procesamiento y esperó al reinicio. La pantalla del Cronovisor se encendió. Cuando mostró un 100% de operatividad, tuvo que ahogar el grito de triunfo. Aunque no pudiera viajar en forma física al futuro, lo contemplaba tan nítido en la pantalla como un partido del Madrid retransmitido por cable. Se sintió poderoso, podía sacar buen provecho. ¿La Bonoloto, por ejemplo?
Las calles, como si fuera la grabación de una cámara de seguridad, seguían siendo las mismas, excepto por el hecho de que los coches flotaban sobre campos magnéticos. Se respiraban aires de prosperidad. Los ciudadanos vestían con telas ligeras a pesar del vaho que exhalaban sus bocas, no alcanzaba a ver ningún mendigo… y todos los locales comerciales estaban abiertos y lucían como nuevos. Era obvio que se le había ido la mano con la selección de destino, pues lo que veía era fruto de un tiempo mucho más remoto que el siguiente fin de semana de sorteo. Atrapado como estaba por la visión, sufrió un sobresalto mortal cuando apareció, en primer plano del monitor, el rostro de un hombre que lo miraba con fijeza. No era una casualidad, estaba allí de forma intencionada. El Cronovisor no recibía sonido y el individuo debía saberlo pues hablaba con parsimonia, como si quisiera que leyera sus labios. Poco a poco, pudo interpretar sus palabras: lo esperaban. Al parecer, los libros de Historia hablaban de Jesús Pastor como Libertador de la sociedad oprimida, aquel que había unido a las masas y conseguido la verdadera libertad social. Había limitado los beneficios vergonzantes del Capitalismo extremo, revirtiendo el exceso de producción a la comunidad, de manera proporcional y solidaria. El héroe global del siglo XXI.
Jesús sintió vértigo, las piernas le temblaban y tuvo que sentarse. A pesar de tener una grabación de la imagen, no acababa de creérselo. Él, una especie de Mesías… Como si aguardara la reacción, su interlocutor le dio unos minutos antes de añadir que el futuro no era inmutable, que el éxito dependía de demasiados factores, y que debía mantener la fe en sí mismo y luchar.
Pero… ¿Cómo no creer en ello si había vislumbrado el futuro posible? El fervor llenaba ya su pecho, lo inflamaba de ardor revolucionario. Sí, lo haría. Pondría fin a la…
—Lo siento, amigo. No podemos permitir que ocurra.
Jesús se angustió al escuchar la voz a su espalda. Giró la silla para encararlo. Un hombre con pasamontañas, vestido por completo de negro, le apuntaba con una pistola con silenciador.
—Para nuestra hermandad, el mundo está bien como está. No repartiremos la riqueza —dijo un instante antes de apretar el gatillo.
Los periódicos del futuro apenas recogerán una mención a la muerte de un ayudante de laboratorio que, al parecer, se suicidará tras borrar todos los datos de un proyecto de investigación inviable.

Y se hizo la luz

Este frío se mete hasta los huesos. Todos los años igual. Tras la caída de la hoja, llegan las lluvias y después las perladas noches dan lugar a las heladoras mañanas durante las cuales no hay forma de guarecerse.
Tan intensa es la sensación, tan vacío te quedas de energía, que tan sólo puedes enrollarte, muy al fondo en la cueva, bien pegado al resto de la familia.
La noche fue dura. El cielo lanzaba destellos acompañados de gritos desgarradores. Ninguno nos atrevimos a salir a buscar comida. A pesar del dolor de nuestros vientres. Incluso escuchando las quejas de nuestras crías.
Esta mañana he hecho un descubrimiento maravilloso. Un ser cálido, pequeño, cambiante. Sube y baja. Cambia de color. Pero no se desplaza. Y cuando te acercas a él, el frío desaparece. Te arropa con un cálido abrazo como aquel de tu madre donde los dolores y temores desaparecían.
Sin embargo es traicionero. Al intentar cogerlo, muerde, duele. La mano le atraviesa, como si su imagen fuera tan sólo una broma de dudosa entidad.
Muchos días pasaron tras ese hasta que volví a ver al extraño animal. Mucho frío a pesar de las pesadas pieles con las que intentábamos protegernos.
Estaba en otro lugar alejado del primero. Daba calor, pero quemaba al acercarse. Bailaba, pero no se movía. Y por más que lo intentaba no se dejaba coger. Si pudiera llevarlo hasta la cueva calentaría a toda mi familia.
Cogí el trozo de un viejo tronco seco despedazado . Necesitaba algo grande, pero no muy pesado. Sí, eso serviría. Fui hasta el animal. Recogiendo con mis manos todo alrededor, sin acercarme demasiado, lo eché sobre la tabla. No se resistía. Vino conmigo sin siquiera rugir, huir o defenderse.
Mi familia me miró extrañada, desconfiando de aquel animal que ya habían visto en otras ocasiones, pero que nunca antes nadie había cazado. No querían estar cerca, pero cuando vieron que lo dejaba dentro de la cueva y el frío retrocedía me lo agradecieron. Incluso algunos se quitaron sus pieles tumbándose sobre el suelo disfrutando de nuestro nuevo ambiente.
Murió a la mañana siguiente. Tal vez no lo habíamos alimentado correctamente. Cazaría otro. Es bueno para mí y mi familia.
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- Te lo dije. Lo ha conseguido. Sabía que era una especie con capacidades tecnológicas – dijo Roberto observando el holograma -.
- ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que has conseguido? – inquirió Fernando al pasar por el laboratorio quien siempre quería enterarse de todo -.
- ¿Recuerdas aquella especie que implantamos en aquel planeta azul?
- ¿Esos bípedos tan monos?
- Sí. Pues han conseguido dominar el fuego. Es un primer paso hacia su evolución científica.
- ¡Enhorabuena! Con esto obtendrás una buena publicación.
- ¡Claro! Y obtendré más fondos para seguir investigando.

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Informe A-222- Extender – experimento 23B

Tras la observación minuciosa del comportamiento de las civilizaciones bajo el umbral Doermano, es decir, sin la consecución del desarrollo de la inteligencia artificial se puede detallar que progresan, si bien a un ritmo estimado de 1/5 G. Necesitan cinco de sus generaciones para igualar una de las nuestras.
Han conseguido superar el umbral de los 200 años en la media de expectativa de vida, la fusión como fuente de energía, así como la implantación de vida en otros planetas. Sus desarrollos sociales siguen siendo ridículos para nuestros estándares.
El objeto del estudio es observar su capacidad de adaptación ante la eliminación parcial o total de su apoyo computerizado. Disponemos de cinco planetas, con similares estados de desarrollo. Uno lo dejaremos como testigo, o control negativo. Mientras en los otros cuatro haremos una intervención creciente hasta llegar a la total eliminación del software y hardware disponible.
Para que el experimento sea representativo la actuación tendrá lugar en los cinco planetas al mismo tiempo.
Los datos obtenidos serán cruciales para elaborar un protocolo de seguridad interplanetario útil en toda nuestra conferencia galáctica. Se establecerán pautas de actuación en caso de accidente o ataque cibernético. Se desarrollarán nuevas medidas de seguridad de prevención.
Los resultados serán publicados por todas las vías disponibles a tal efecto.

Yo tengo un tomate tecnológico

Era la segunda vez que intentaba conectarme a internet a través del tomate que acababa de adquirir en la tienda de productos de proximidad cercana a mi vivienda. Pensé que, muy probablemente, esto sería debido a que como era de producción local y criado en un huerto casero, con escasa tecnología agraria por decir algo, no habría sido agraciado con todo el conocimiento que la selección viene aportando a los procesos productivos. Así que voy y me compro un tomate en el hipermercado más próximo. Tuve que utilizar mi vehículo para llegar, sin duda que este hecho debería ser determinante a la hora de adquirir un producto que llevaba añadido cierto valor de consumo extra y que por lo tanto más tecnología debería tener. Pague el equivalente a unos céntimos menos que en el caso anterior. Me hizo dudar de si efectivamente podría ser una buena decisión, pero pensé en la producción a gran escala, la seguridad alimentaria, el valor adicional del proceso… y me dije, seguro.
Probé a conectarme con mi nuevo tomate adquirido en un híper que alardeaba de ser paradigma de la innovación consumidor-producto y… seguía sin funcionar. No había manera que pudiera conectarme a internet.
Haciendo uso de la tecnología convencional, es decir, un Smartphone de gama medio-alta de casi 400 pavos el acceso fue fácil e instantáneo. Hice una rápida consulta en el buscador y puse “tomates tecnológicos”, me devolvió en 0.54 segundos unas 595.000 entradas. Me enteré de que hasta existía un Congreso tecnológico del Tomate. No dejé que me distrajera y fui al grano, es decir la segunda entrada y pude informarme que la producción altamente tecnológica del tomate era aquella en la que se aplicaba selección genética, análisis de multiresiduos, gestión y automatización del riego, control de los nutrientes, cultivo hidropónico, guerra biológica frente a las plagas, mallas antiáfidos, estructuras inteligentes, sensores de C02… paré, ya tenía suficiente. ¿Quién lo produce? ¿Dónde se vende? No fue difícil encontrarlo y, curiosamente, me indicaban una tienda de producción orgánica muy reputada que se encontraba en la ciudad más próxima, algo más alejada que mi tendero de al lado de casa y que la gran superficie. Me dije que sin duda debía valer la pena y así que hice un trayecto de 50 Km para adquirir el preciado tomate tecnológicamente perfecto.
He de decir que esta vez sí, efectivamente pague casi el doble que el primero y casi el triple que el segundo por lo que casi con total seguridad era el que buscaba. Emocionado llegó el momento de la prueba y… fracasó nuevamente. No hubo manera de que me permitiera conectarme a internet.
Sí ya lo sé es posible que el que ahora esté leyendo este texto crea que soy un perturbado con pocas conexiones neuronales activas o tal simplemente un tarado, ambas cosas son ciertas, sin embargo este experimento estaba fundamentado en un reciente artículo que acababa de leer sobre ciencia e innovación. Su autor demostraba que en un tomate, de los que comemos hoy en día, hay mucha más tecnología que en in IPhone. Puesto que un IPhone está en 700 pavos y un tomate por muy caro, y vaya si puede llegar a serlo si se le suma el viaje de ida y vuelta, es evidente que no llegaba a los 5 € me dije que la inversión estaba más que justificada.
Ah, la ensalada me quedó muy bien con las tres variedades, tal vez el de mi tendero era algo más gustoso y… sí, acabé con el IPhone aunque es cierto que mi tomate tiene infinitamente más tecnología.

¡Qué me embarro!

Era más rápida y más fuerte y todo del día a la mañana… Al principio todo fue muy raro y todo desde aquel “accidente”, no me podía imaginar cómo caer en aquella especie de piscina llena de barro (a simple apariencia) podía causarme semejante reacción.
Al despertar en el hospital vi que mis músculos eran más fuertes y mis movimientos más rápidos, en ningún momento pensé que sería por el barro. Al principio creí que era porque perdí el conocimiento y al despertar aún me estaba acostumbrando a la luz, pero al ver que los días y las semanas pasaban y todo seguía igual, supe que era real.
En ningún momento lo vi como una desventaja, al contrario era tener el cuerpo que siempre quise. Yo desde pequeña aspiré a ser atleta profesional, sin embargo era débil y el ser atleta era un sueño al que nunca había podido llegar, eso no significa que no hubiese luchado por él, pero mi nuevo cuerpo me lo iba a poner mucho más fácil.
Enseguida hice las pruebas para entrar en el mejor club de atletismo que hay en toda España, el Rapis, muchos de sus atletas han conseguido llegar a campeonatos del mundo. ¡Impresionante! Alguno, como mi amigo Pedro ha conseguido quedar primero de Europa, es un claro ejemplo a seguir. Desde que fui admitida paso mucho tiempo entrenando con él, pero veo que cuanto más tiempo pasamos juntos, más débil está. Cada vez coge más resfriados, su madre le ha llevado al médico y le han dicho que es porque ha estado expuesto a una radiación. En cuanto me lo contó el jueves entrenando sospeché que era culpa mía.
Al llegar el viernes, fui en bici al lugar donde me caí, pero esta vez fue distinto. Diez metros antes de llegar al lugar de la piscina, vi un cartel que decía, ¡Atención, no pasar! Sabía que no debía continuar, pero el ansia por conocer la verdad sobre lo que me sucedió de alguna manera me mataba por dentro. Entré en el recinto y la piscina ya no estaba, asía que me dispuse a entrar al edificio al que iba a entrar la última vez que estuve, pero mi despiste hizo que no me fijase en la piscina y cayese en ella. Aunque por fuera pareciese antiguo y abandonado, dentro estaba lleno de artilugios que no había visto nunca, lleno de científicos, con trajes de los típicos que aparecen en las películas que son para la radiación. No obstante lo que más me sorprendió fue una sala llena de ratones. Algo raro pasaba, había uno más grande y más fuerte y todos los que estaban a su alrededor parecían desnutridos, enfermos y eso me recordó a mi situación. La verdad que esta primera impresión no hizo nada más que dejar a mi imaginación volar y no fue nada bueno ya que las ideas que se pasaban por mi cabeza eran disparatadas. Me colé en el despacho del que parecía mandar allí y oí una conversación que podía salvarme a mí y a Pedro. Resultaba que la “pócima” no era eficaz y el efecto de rapidez y fuerza en unos meses se pasaba, pero el cuerpo seguía emitiendo radiación durante tres años. El director le preguntó sobre el antídoto que habían estado creando y probando, para mi buena suerte, este era eficaz y en apenas unos días podía estar recuperada. Fui a la sala donde lo guardaban, cogí uno me lo llevé a casa.
Algunos de los que conocen mi historia pueden pensar que dudé antes de tomar la fórmula, ya que con ello dejaba atrás mi sueño, pero no podía hacerle eso a Pedro y a todos mis seres queridos ya que solo sería cuestión de tiempo que ellos también se vieran afectados y me tomé, sin pensármelo dos veces. Pasaron tres días y ya vi el efecto, volvía a mi cuerpo inicial. El siguiente miércoles fui a comisaría a denunciar lo sucedido. Les guié al lugar y enseguida pusieron remedio. Me acompaño Pedro, quien apoyó mi valentía de haber sacrificado mi sueño por no hacer mal a mis seres queridos, yo sigo pensando que no fue para tanto porque… ¿quién no habría hecho lo mismo en mi lugar?
Por mi parte, seguí con el atletismo, aunque no en el Rapis, ahora en el club de mi instituto. Lo único que me quedaba de allí era Pedro, un amigo para toda la vida y muchos recuerdos.

¿Hasta donde llega la ciencia?

Todo lo que abarcaba con la vista era profunda negrura. Una oscuridad que se sentía asfixiante. Se pegaba a la piel y se adentraba en los pulmones, impidiendo respirar con normalidad.
La sensación era espantosa, un agobio irritante le invadía y se sentía inseguro, perdido en la nada. No podía aferrarse a la esperanza de encontrar una salida, pues a su alrededor lo único que había era nada, y dentro de nada, no hay cabida para el escape.
Era tan irritante. Tampoco oía. Los únicos sonidos que podía apreciar eran los de su respiración y los inminentes latidos de su corazón, lo cual intensificaba todavía más ese sentimiento de vértigo que le invadía poco a poco.
Tenía miedo de moverse, pues no era capaz de orientarse y no sabía con qué se podía encontrar si se movía unos pasos. Pero tras algunos minutos, el estar parado sintiendo únicamente su cuerpo, se hizo extremadamente insoportable. Decidió desplazarse en por el espacio, tanteando y coordinando cada movimiento con mucha precisión. Cerró los ojos. El terror se sentía más liviano si la oscuridad se formaba bajos sus propios párpados, y no tras ellos.
Así se movió, despacio. Pronto, el miedo que había sentido antes por encontrar algo se convirtió en una necesidad por encontrarlo, por aferrarse a algo dentro de esa estúpida soledad. El cuidado con el que antes se había movido se convirtió ahora en un incontrolable frenesí que se sentía interminable.



- ¿Cuánto crees que durará este?
- Lleva ya doce horas. Ha superado con creces al anterior, pero está llegando ya al límite.
Tecleó unas letras en el ordenador y se quedaron en silencio, con ganas de acabar deprisa el informe.
Al cabo de un rato se dejó de escuchar el sonido de los pasos. Esperaron unos minutos más como dictaba el protocolo, y luego encendieron la luz. Entraron en la habitación y se acercaron al cuerpo que yacía en el suelo.
- Por lo menos este ha sido limpio. No tenía ganas de quedarme desinfectando hasta tarde.
Su compañero no respondió. Retiraron el cuerpo inerte y salieron apagando la luz tras ellos.
Dentro, en la oscuridad, unos gastados cordones de cuero, liberadores de angustia y horror.

¿Viajas con la ciencia?

Por fin sonó el despertador y el día más duro y peligroso de mi vida estaba comenzando. A las nueve y media había quedado con Stephen Hawking. Me imagino que todos lo conoceréis y si no os lo presento ahora mismo Stephen es un físico teórico muy bueno. Yo lo conocí hace unos años y desde entonces somos muy amigos. El otro día me mando un email en el que me decía que había conseguido crear junto con otros amigos de profesión, una máquina del tiempo. Y como viajar entre dimensiones es muy peligroso me pidió que le acompañara. Yo le dije que sí sin pensármelo dos veces, no sabía que era un viaje muy arriesgado.
Me dirigí hacia un pequeño almacén a las afueras de la ciudad, allí me esperaba él y dos colegas suyos. Entramos en el interior del almacén en el que había un aparato muy extraño, debía ser la máquina. Era como una cápsula de cristal en cuyo interior había miles de botones y cables. Stephen, me explicó, que quería reunir a los mejores científicos de la historia, para crear un aparato que nos pudiera proteger de una gran lluvia de meteoritos 100.000 veces más grande que la que extinguió a los dinosaurios. Esta se dirigía hacia a la tierra a una velocidad de 100.000km/s Me dijeron que esta tardaría solo unos 3 días en llegar a nuestro planeta. Así que nos quedaban menos de 72 horas para poder salvar la humanidad y conseguir crear una máquina que nos protegiese.
Necesitábamos las mentes más brillantes de la historia para llevar a cabo nuestro gran y dificilísimo proyecto. El primer candidato que elegimos fue Arquímedes uno de los primeros físicos de la historia. Este vivió en Grecia en el siglo III antes de Cristo. Le pusimos bastante gasolina a la máquina ya que teníamos que remontarnos muy atrás en el tiempo hasta llegar a su época. Una vez estuvo lista entramos y la programamos para el año 250 a.C Una vez listo salimos hacia allí, se abrió un portal el cual nos abdujo y en tres minutos nos escupió muy bruscamente. A continuación, se abrió la puerta y aparecimos en Siracusa una pequeña ciudad muy bonita. Nos dirigimos hacía su casa entramos y lo encontramos trabajando con una palanca, como ya sabéis Arquímedes fue el que explicó la teoría de la palanca. Le contamos todo lo que ocurría y se vino con nosotros. Una vez devuelta en el almacén, pensamos quien podría ser el siguiente en ayudarnos. Al cabo de un rato lo teníamos claro, Nicolás Copérnico un gran astrónomo que con los recursos de su época elaboró la teoría heliocéntrica. Programamos la máquina hacía el año 1520. Se abrió otro portal y aparecimos en Polonia nos dirigimos hacia la casa de Copérnico nos lo encontramos trabajando en su gran teoría. Después de estar un rato hablando con el dijo que podría ayudarnos y se sumo a nuestro proyecto.
Una vez en el almacén vimos que no era suficiente y nos aventuramos a buscar más voluntarios, le estuvimos dando vueltas en la cabeza hasta que encontramos el candidato perfecto un gran astrónomo como Galileo Galilei. La gente le llama el padre de la ciencia, pensamos que se llevaría muy bien con Copérnico ya que Galileo apoyó su teoría. Programamos la máquina para el año 1600 aparecimos en Florencia, una ciudad de Italia, nos encontramos a Galileo en una gran explanada viendo las estrellas con su telescopio. Él fue el que lo inventó. Le contamos la desgracia que iba a ocurrir y se sumo al grupo.
Cuando llegamos al almacen nos dimos cuenta de que durante los viajes pasan muy deprisa las horas y habíamos consumido ya 24 haciendo que solo nos quedaran 2 dias para la llegada de la lluvia. Como íbamos contra reloj decidimos dejar a Galileo, Arquímedes y Copérnico con uno de los amigos de Stephen para que comenzaran el proyecto así para cuando llegáramos ya
tendríamos algo con lo que trabajar. Ellos se pusieron manos a la obra y Stephen y yo seguimos viajando en el tiempo. Todo parecía ir sobre ruedas (dentro de lo que cabe) pero a la hora de partir con la máquina nos dimos cuenta que solo quedaba combustible para viajar como máximo 65 años hacia atrás tuvimos que dejar algunos grandes científicos atrás como Isaac Newton o Louis Pasteur. Así que decidimos ir a buscar a Albert Einstein nos desplazamos a 1930 nos dirigimos hacia su casa en estados unidos donde estaba muy ocupado trabajando en una fórmula que unos años más tarde presentaría…
Por suerte conseguimos reunir a tiempo a todos los grandes científicos de la historia para poder salvar la humanidad. Lo logramos trabajando en equipo y creando un gran escudo magnético que evitó nuestra extinción.

(No)s(otros)

La luz de un nuevo día se deja ver por los agujeros de las margaritas que tanto te gustan. Flores amarillas bordadas a mano, forman unas enormes cortinas que cubren las cuatro cristaleras de nuestra habitación. Abro los ojos y una especie de nube blanca me da la bienvenida un día más. Me levanto (primero el pie derecho, luego el izquierdo) y con el batín puesto me dirijo hacia el cuarto de baño más próximo, oigo como resbalan las gotas de agua por tu delicado cuerpo, y desvío mi trayectoria hacia el piso de arriba.

Mientras preparo dos tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos, dos cafés solos y un zumo de naranja, miro por la ventana y veo el coche de Natalia. Justo cuando el café empieza a entonar las primeras notas de su canto, llaman a la puerta. Ya voy yo, digo, y veo la cara angustiada de Natalia por el telefonillo. ¿Sí?, soy Natalia papá. Abro la puerta y voy a la cocina a acabar con mi desayuno. Pasa cielo, como estás dice ella, muy bien contesto, ya sabes, como siempre. Me sonríe con una mirada cansada, de dolor y se da cuenta de que su teléfono móvil estaba sonando. Lo coge, sin oír como le decía que su madre había vuelto para estar conmigo, y que estaba hermosa vestida de blanco. Natalia sigue sumergida en su conversación telefónica y se despide tal y como había entrado. Que raro pienso, me aseguro que la luz del baño sigue encendida y voy al salón a terminar de leer el periódico. En la portada anunciaban la muerte de una mujer esa misma noche, de nombre aun desconocido, y todo apuntaba a ser un asesinato. Una sonrisa se escapa de mi boca y abro el periódico por la sección de deportes.

Hace una día soleado de invierno, el viento , que empuja las hojas de los árboles que aun las tienen, parece repetir la melodía de una canción de Coldplay, la de tu canción favorita, esa que tarareabas siempre que te ocurría algo bueno. Parece ser un día de lo más normal, aun que algo agitado, ya que a lo lejos, se oyen en un permanente eco las sirenas de la policía. Después de digerir mi desayuno, voy a ver como esta Claudia, la luz de mi vida. La puerta de la habitacion esta entreabierta, y desde el pasillo puedo ver la marca que ha dejado con sus pies mojados, y la toalla encima de la puerta lanzada con arbitraria puntería.

Las voces, esas voces que a veces oigo, me recuerdan que ahora eres mía, tan mía que más mía no puedes ser. Y yo soy tuyo, yo y estas voces que al parecer forman parte de mi, estamos entregados enteramente a ti. Y formamos un nosotros, algo tan nuestro, donde tu tuya tan mía y mi mía tan nuestra hablan desde fuera para enseñarnos desde la pasión, como vivir la vida y como morir la muerte.

Entro en la sala, y veo tu pelo rubio justo como lo deje ayer, tu cuerpo desnudo reflejado en el espejo del tocador, y en tu frente, el agujero marca de nuestro amor, fruto de nuestras voces, y te veo viva, tan viva que más viva no te puedo ver. Tu cuerpo flota como las nubes mientras tarareas esa canción de Coldplay, las sirenas cada vez más cerca, me privan de escuchar la dulzura de tu voz y toda la felicidad que desprendes. Entran tirando la puerta abajo, aullando como lobos, mientras tú y yo bailamos al ritmo de la música. Las voces, las nuestras, nos aplauden mientras los lobos aullando me lanzan contra el suelo haciendo llorar a Natalia que venia detrás gritando, ¿Porqué lo has hecho? ¿Porqué la mataste? Me arrastran por el suelo creyendo alejarme de mi amada y nosotros no reímos, nos reímos de ellos. No os dais cuenta digo, ahora empezamos a vivir, ahora, juntos, somos como pájaros que planean por el cielo de la vida, infinitos, eternos, y siempre seré eternamente suyo, y ella, eternamente mía.

- Cuando Natalia fue a la clínica a visitar a su padre, él seguía riéndose, batiendo las alas como un pájaro, y tarareando una melodía desafinada mientras hablaba con su difunta mujer, a la que él había matado. El viejo estaba loco.

19 de mayo

19 de mayo. Imagina cualquier año superior al que estás ahora. 21:04 pm. Alcoy.

-¡Nora! Corre, ven aquí. Vamos mi nena, y a ver si dejas ya esa rebeldía que cada vez nos tenemos que ir más pronto. Això no pot ser, relaxa’t una miqueta.- le decía acariciando su pelaje azabache con energía.

Esas palabras dolían como arrancar trozos de piel con pinzas para depilar. Ciertamente no podía negarle a estas alturas esas carreras que ella tanto deseaba. Cómo hacerlo si había pasado media vida con una carreta enganchada a su trasero.
Esa carreta era horrenda pero las primeras bombillas tampoco eran perfectas, además, ¿cómo se puede juzgar un invento? Después de todo, fue la misma ciencia quien consiguió darle libertad a esta perra loca. Lo que nos faltaba.
Pero la estuìdez humana es tan grande, que pensamos que podemos exigirle a un perro que deje de ser perro.

-Vine ací, a vore si la propera volta no vens amb mi. Aquestos trastos valen molts diners o et penses que me’ls han regalat?- Continuaba hablándole como si la perra le entendiese.

Ya bajábamos del terreno y sin muchas ganas de hablar, los dos mantuvimos una patética conversación alentadora, intentando camuflar nuestra decepción dejando caer la culpa de los malos resultados en la perra. Siempre está por medio.
En el fondo sabíamos que no era su culpa, pero era preferible a pensar que la teoría no se podía demostrar.

La perra se escapó y volvió donde estaban todos esos trastos y Jordi corrió detrás de ella.

-¡Nora, vine ací!- se escuchó a lo lejos.

19 de mayo del mismo año que has imaginado antes. 19:13 pm. Israel.

Los enfermeros corrían, las personas esperaban, algunas sollozaban y otras se doblaban de atrás para delante a punto de romper sus diafragmas, ignorando donde se encontraban, incluso podía escuchar sus risas.
Entró la matrona en la habitación donde estaba y con un gesto desinteresado midió cuánto había dilatado y mirándome a los ojos me dijo que el doctor llegaría pronto.

Lo que la matrona no sabía era que el doctor no iba a llegar nunca.
Postré mi cuerpo en la silla para ver un rato la televisión donde me recibió una hermosa mujer con exceso de maquillaje y expresión seria.
Noticias de última hora:
“Unos científicos albaneses consiguieron diseñar un herramienta que permite la perforación de las capas más profundas de la Tierra sin que estas vuelvan a cerrarse y sin producir daños colaterales. Hace unos día empezó el descenso...”

Meses antes, un geólogo albanés, K. Ademi encontró un nuevo elemento super estable y denso, el Adonio.
Esto suponía un enorme avance tecnológico y este nuevo elemento sería utilizado en la construcción de la cabina de almacenamiento.
Todo estaba preparado, nada podía salir mal. La máquina perforaría la superficie poco a poco y un robot construiría estructuras de retención para evitar que el magma brotara ¿Qué podría salir mal?

En el hospital, la parturienta se desesperaba y el médico no llegaba. La rotura de la estructura de retención de una cámara magmática muy profunda ocasionó un terremoto.
De pronto solo se escuchaban gritos, llantos y lamentos. Había demasiado polvo, se escuchaban las ambulancias, los perros buscaban cuerpos y una moribunda mujer le dió un gorrito de bebé a quién parecía ser su marido.
Un médico que estaba cerca de ellos observaba impotente. Se acercó cuando aquel hombre cerró los ojos sin vida de su mujer y pronunció una horribles palabras:

-Hora de la muerte, veintiuna horas con tres minutos.

19 de mayo del mismo año. 15:00 pm. Alcoy.

-Vinga Pif, potser hui ens adonem d’allò que hem fet mal.- Me dijo con entusiasmo pero yo no entendía nada.

No dejaba de darle vueltas, todo estaba perfecto, la aplicación de la ecuación, los cálculos, los materiales, era muy frustrante no crear el agujero de gusano.
Muchos meses atrás el astrofísico Kayla deGrasse postuló la Teoría de la incompresibilidad de los túneles cuánticos a base de litiones superfluidos y su capacidad de adhesión.
Su teoría solucionaba el problema de la atracción ejercida entre las paredes de los túneles temporales que impedía el viaje a través de ellos.
Los litiones superfluidos se adherían a las paredes de los túneles y ejercían la misma cantidad de presión pero contraria y así se mantenía estable el conducto.
Disgustados por los resultados y hartos de la perra, decidimos marcharnos.

-Otra tarde perdida intentando crear este dichoso túnel. Deberíamos dejarlo, la teoría es falsa.
-¡Nora, vine ací!- se escuchó a lo lejos.

Lo que Pif no sabía es que estaba dentro de su propia creación.
Un agujero de gusano cerrado que siempre volvía en el tiempo a las 21:04 pm.
El mundo entero revivirá este día.


Amagi.

23 Minutos, Una Sobreviviente

Negro. Lo había presenciado todo. La destrucción, los gritos, los desmayos. Marcoooos…. Sin respuesta. Anaaaaa…. nada. Hace dos semanas, con una taza de té en mi mano, un pastel en el horno, y el aroma a vainilla en mi hogar, nunca hubiera imaginado que un éxito para la humanidad pondría, sí, a nuestra Tierra, en la cuerda floja.
Toc, toc, toc….- ¿Qué necesita? -Contesté medio dormida. - ¿Es usted Laura Gil? Le llegó un paquete- dijo el cartero. Era domingo, estaba desayunando aún en mi piyama, recibí la carta y le agradecí a Gabriel, el cartero. Me senté y abrí el sobre, parecía hecho de improviso; contenía dos recortes del periódico, y tenía 3 palabras: LHC, ATLAS, YA. Instantáneamente, supe que hacer. Eran 57 minutos por carretera, desde Chambéry (Francia) a Ginebra (Suiza), destino: CERN.
Al medio día vi una muchedumbre rodeando el centro de investigación de física de partículas más grande del mundo, ya había llegado. Toda paciencia se desvaneció, y resulté entrando por la salida de emergencia.
-Presente su identificación- me dijo el guardia de seguridad. -¡Tiene más de mil personas allá afuera y me detiene a mí!- dije.
Entendí, por su ceño fruncido, que no me iba a abrir las puertas. Entonces saqué mi billetera y le mostré mi carné del trabajo, se cayeron todas las monedas. Logré pasar y corrí de inmediato, no había tiempo para dinero.
“….y acelera partículas a velocidades muy cercanas a la de la luz, las maneja por medio de campos electromagnéticos, y se enfoca en hacer colisionar a los hadrones, como los protones y neutrones. Se ha podido investigar sobre la antimateria, el Big Bang, y lo más polémico: el Bosón de Higgs. ¿Alguien sabe….” - escuché a un guía decir a unos niños. Uno de ellos teñía un emparedado de pavo. Ahhhhh…. Cómo me recordaban a las tardes de otoño con mi abuela…
Recordé cuando supe del LHC, el Large Hadron Collider por las siglas en inglés, mis ojos brillaban. Me enteré que existe una partícula subatómica, los Quarks, que componen a los protones y neutrones, y con tamaño similar al de los electrones, tienen mucha más masa que éstos. Cuando supe que un objetivo del LHC era saber por qué ese fenómeno ocurría, y que además contaba con cuatro partes para los distintos experimentos, quedé impresionada. Desde ese momento, supe que me dedicaría a la física de partículas.
Posteriormente, conocí la teoría de Peter Higgs, la cual afirmaba que toda partícula está sometida a un campo de bosones, que se desintegra muy rápido y es casi imposible de detectar, el cual otorga masa de acuerdo a la interacción con éste. Al tener mucha interacción, se adquiere más masa que cuando no, como en el caso del fotón – que carece de masa.
-¡Laura!- gritó alguien. - ¿Me están llamando?- me pregunté. De pronto distinguí unos rizos dorados, ojos cafés, y una sonrisa amplia. Era Marcos, mi compañero en la investigación. Mientras bajábamos al experimento ATLAS del LHC, Marcos me presentó a Ana, amiga suya, y dijo: “¿Y si has visto los noticieros, habrás visto a Higgs conmovido cuando lo supo, cierto? Si leíste el articulo que te mandé ¿no?” –Tranquilo Marcos, después habrá tiempo para eso- dije.
Lo cierto, es que el tiempo vuela.
Era hermoso. Esa gráfica, esa simple imagen, el experimento. Empecé a temblar, la emoción era tan grande. Frente a mis ojos tenía el fruto de arduo trabajo y observación continua, era un pequeño bosón dándole masa a las nuevas partículas de la colisión, vi la energía en la que se convertía, tan próximo a desintegrarse y ser ignorado. Pero no, lo podía evidenciar. Después de 50 años, la teoría del Bosón de Higgs había sido confirmada.
Le tenía que tomar una foto, ¡ah!, me tuve que devolver al carro por el celular, 23 minutos perdidos. Ya en la bahía de carros, escuché un terrible estruendo ensordecedor, sentí que el piso temblaba y se rompía, vi al edificio desplomarse en pedazos, una ola de calor me azotó, sólo escuchaba alaridos, vi gente tumbada en el suelo, y mucha sangre. Pronto, yo era una de esas.
Oscuridad.
Bip.... Bip..... Suenan los aparatos médicos, estoy.....¿En un hospital? Llega mi prima a la habitación, me relata todo lo sucedido. Mi resumen: el LHC generó un microagujero negro, pero la radiación de Hawking no hizo efecto. Al contrario, éste siguió creciendo, y se tragó todo, hasta la misma luz y gravedad. Habían dos opciones, o atacar el área con fuerzas que aniquilarían a toda forma de vida, o esperar. Perdí a Marcos y a 2.504 personas más, al final todo se resume a números. En cuestión de segundos , y así de rápido como la muerte espanta a la vida, el agujero desapareció.

Acorralados en el mundo de los sueños

¿Y si las cosas no son lo que parecen?¿Qué pasaría si al alba se despertaran los sueños y se durmieran los ojos?¿Y si todo esto no fuese más que una falacia?¿Y si estuviésemos viviendo otra vida en el subconsciencia de esta?¿Qué pasaría si yo no estuviese escribiendo esto y tu no lo estuvieses leyendo?

Esta es la historia de Oniria, una joven de 28 años que había dedicado toda su vida a la ciencia, la pasión que sus padres le habían inculcado y ella como última voluntad de ellos ya muertos se sacrificó y ahora es una de las científicas con mayor prestigio del mundo. Ella siempre se había dedicado a estudiar y de cuidar de sus padres y nunca había tenido tiempo para saber lo que realmente quería hacer, no sabía donde quería llevar el barco de sus sueños ahora guiado por su consciencia, o eso creía. Estaba sola en este mundo oscuro que no la dejaba respirar, que no la dejaba vivir. En esta vida a ella solo le quedaba su hermano Erik.

Oniria siempre había sido muy creativa y nunca llegó a ser una persona especialmente rara, el único momento en el que se comportaba de manera distinta era en sus sueños, sus sueños eran muy extraños ,soñaba que era una hoja solo movida por el viento, soñaba con palabras que juntas no tenían significado alguno y eran incoherentes entre sí pero había unas que siempre se repetían y se clavaban en su cabeza al despertar: libertad, sueño y realidad. Soñaba que se subía en un tren que nunca se paraba, no se quería parar, no encontraba su lugar. Sin duda el que más la atormentó fue uno en el que se encontraba en una habitación en la que nadie podía entrar ni salir, era un habitación siempre iluminada no había ni un rincón de oscuridad exceptuando la sombra de Oniria, ella estaba alucinando era como si esto ya lo hubiese vivido no podía dejar de mirar aquella habitación en la que no había nada. Después de unos segundos aparecía una puerta detrás de Oniria y al abrir la puerta, se dormía.

Esto le estuvo pasando durante más de ocho años, cada noche soñaba lo mismo y siempre al abrir la puerta se despertaba, o se dormía, ya no diferenciaba la realidad de los sueños. Un día, ya nada era igual ahora estaba lloviendo y todo estaba oscuro no había ni un rincón de claridad y la puerta continuaba allí. Oniria tenía miedo ya estaba acostumbrada a la claridad de aquél sitio y sabía que algo iba a pasar, por eso tenía miedo estuvo unos momentos dudando si abrir la puerta o no, finalmente la abrió y se adentró, esta habitación era más oscura que la anterior, en ella se encontraban dos mesas, en una habían dos sombras y en la otra había un objeto que resplandecía y la única luz que había en la habitación pertenecía a él, ella no se fijó mucho en este y fue directamente hacía aquellas dos sombras, era como si estas le empujaran hacia ellas era algo que no podía evitar, ella se iba acercando pero no conseguía ver sus rostros y de repente escuchó “Este es tu camino, vuelve a casa cariño, aquí eres feliz” entonces lo reconoció, esa era la voz de su padre, su padre era uno de los rostros que no pudo conseguir ver, cuando el padre de Oniria acabó de hablar todo se iluminó y cuando intentó ver el objeto de la otra mesa se volvió a dormir. Estaba llorando no entendía lo que acababa de pasar y en su cabeza rondaban muchísimas preguntas pero la que más le llamaba la atención era saber que era el objeto que no pudo ver y que su padre quería que viese.

Ella lo que quería hacer era despertar o dormirse de aquello que la estaba atormentando no podía más se estaba volviendo loca, no podía hacer más que quedarse en casa nunca más volvió a soñar con aquello y esto solo la enloquecía más, nadie sabía que había sido de ella ya no iba a trabajar no quería salir a la calle tenía miedo a la realidad y a la fantasía, a la fantasía y a la realidad, que más da quien será el valiente en diferenciarlas. Ella sabía que estaba viviendo una doble vida, todo cuadraba pero solo había una manera de saber la realidad.

Nadie sabía nada de Oniria, ya llevaba una semana que no iba a trabajar y nadie cerca de su casa la había visto, su hermano la había llamado para preguntarle porque no había ido a trabajar pero nadie respondió. Entonces Erik se empezó a asustar y fue a visitarla, cuando llegó a donde vivía la casa ya no estaba, era como si nunca hubiese habido nada, Erik no sabía que hacer, le temblaban las manos y no entendía nada. Cuando se puso a mirar detenidamente pudo ver que había algo, en efecto, se acercó y vió que en el suelo había una cuerda y una pequeña nota escrita por Oniria, la carta ponía “ahora sé de donde vengo, ahora sé donde estoy, ahora sé lo que me pertenece, solo necesito conseguirlo, siento si esto te duele pero sé que en otro mundo estaré mejor ,en el que pueda ser libre como la hoja de mis sueños, donde mi tren se pueda detener, donde pueda ser lo que soy y lo que quiero ser”.

Esta es la historia de Oniria y de cómo consiguió salir de las garras de la oscuridad, de las garras de la soledad, de la mentira que vivía y de la que verdad que encontró. ¿Puede responder esto a la pregunta” que hay detrás de la muerte”? Yo solo te puedo dar el tablero, las posiciones de las fichas las has de encontrar tú.

Proyecto VEU (Vuestro Extraño Universo)

Proyecto VEU: Vuestro Extraño Universo.

Es extraño vuestro universo.
Nació como muchos otros en un big bang que creó todo el espacio y el tiempo y donde la mayor parte de sus dimensiones se enrollaron sobre si mismas a nivel cuántico, dejando sólo perceptibles cuatro a vuestros sentidos.
Un universo que, por medio vuestro y a pesar de vuestra efímera y minúscula existencia, evoluciona para intentar descubrirse a si mismo.

Es una lástima que vuestra percepción única sobre cuatro dimensiones no os permita recordar el futuro. Ni regresar a vuestro pasado.

Es extraño vuestro universo. Un universo donde flecha del tiempo determina el sentido en el que suceden las cosas, aunque habéis encontrado las leyes que demuestran que podría funcionar perfectamente en sentido opuesto.
Y a pesar de tantas dificultades, habéis sido capaces de dotarlo de sentido para adaptarlo a vuestras necesidades de supervivencia como especie y desafiarlo para avanzar descubriendo, muy lentamente, sus realidades ocultas.

En un mar infinito de universos existe el mío. Del que yo provengo. Uno donde el rumor cuántico es similar al vuestro pero donde las funciones de onda colapsan en realidades totalmente distintas.
Pero a pesar de ser tan distintos, nuestros universos tienen un hermano común -al que vosotros le llamáis gravedad- que atraviesa vuestra brana y la nuestra y quién nos permitirá establecer contacto. Desde siempre os hemos estado llamando y ahora, por fin, estáis preparados para escucharnos…

Era de madrugada cuando de repente sonó el teléfono. Su estridente sonido llenó la estancia y tras extender lentamente el brazo derecho, encendió la luz y descolgó.
Con los ojos entreabiertos echó un vistazo al reloj digital de encima de su mesita de noche: 4.05 am
Dígame...- dijo con ronca y cansada voz
Hugo soy yo..¿Estás despierto? .- sonó una excitada voz al otro lado.
¿Que sucede Pol? Son las cuatro de la mañana…..- gruñó..
Tienes que venir ahora mismo!!! Los aparatos se han vuelto locos!!! Tenemos una anomalía gravitatoria sin precedentes!!! Tienes que venir!!!
Cálmate, cálmate.- dijo al tiempo que se incorporaba.- ¿Has revisado el sistema?
Varias veces. Lo he revisado varias veces y las lecturas son correctas…tienes que venir ya!!!

QUE INVENTEN ELLOS

Salamanca
fue La Arcadia de mis años de estudiante. Allí recibí el pasaporte para el mundo incierto del trabajo, desde los tranquilos bancos universitarios.
A Unamuno ( Que inventen ellos *) le gustaba esta ciudad llena de curas mas poco clerical. Ocurre como en Roma, donde ves el equilibrio de poderes celestes y mundanos con la presencia inamovible de las piedras del Imperio.
En Salamanca es difícil ser vulgar y casi vago. Por poco que te apliques en el aula no vas a olvidar las enseñanzas de sus calles y edificios. La ciencia aposentada en piedras milenarias.
El brillo de su faz resplandeciente va a dejarte prendado como de una chica de hermosura inaccesible. Con el tiempo sabrás que te estaba cortejando y tu sin enterarte. Condenado estás a añorarla de por vida porque el amor reciproco no sufrió de desengaños. Pero no eres el primero. A todos nos adelantó Cervantes ( vaya si inventó!). Eterno es el hechizo de esta ciudad y el amor brujo que te atrapa, cuando arden las hogueras de la tarde en las fachadas.
Desde esta urbe donde el PIB son herramientas neuronales, fui a parar a Madrid, capital de mi dudoso estreno en la eficacia.
Mientras añoraba el timbre campanero de las aulas, en la capital de las españas se escuchaban los martillos en los yunques de la fragua de Velázquez.
Mi currículum vitae se resume pronto:
Lazarillo en Salamanca
Ciego en la Capital de España.

el

pseudónimo: eloísayabelardo

(*) Que inventen ellos. MIGUEL DE UNAMUNO.
" De lo que verdaderamente se burla Unamuno es de los científicos y pedagogos(...) que luchan por clasificar lo inclasificable, que creen captar con sus métodos y fórmulas el secreto de la vida alejándose cada vez más de ella." JULIA BARELLA.
Citada por Josep Eladi Baños en: "Cien años de QUE INVENTEN ELLOS.Una aproximación a la visión unamuniana de la ciencia y la técnica.
QUARK / Nº 39-40. Enero-diciembre 2007.

Scientia

Un óvulo es fecundado. Comienza la vida. El cigoto se divide multitud de veces. Se aprecia la diferenciación anatómica en forma de brazos, piernas, una cola vestigial cuyo desarrollo se detiene como conveniencia de la evolución. El DNA vierte violentamente toda la información y las instrucciones de la creación del embrión. Millones de reacciones químicas se suceden en la multiplicación y desarrollo del nuevo organismo. Tras el fin de la estancia interna, un nuevo humano sale a la luz. Inexperto, indefenso, con una vida por delante.
Crecerá, tendrá acceso al conocimiento auténtico, con el objetivo de averiguar la verdad absoluta de la existencia y el funcionamiento universal. Se formará en el campo más acorde a sus inquietudes, indagará en textos experimentales, ingeniará modelos funcionales para la demostración de teorías y principios. Vivirá con la sensación de estar descifrando el código por el que se rigen las partículas, la vida o el mismo Universo en su conjunto. La ciencia se vive, con ella y por ella.
Porque en realidad… ¿qué son 800 palabras? ¿Acaso dan para explicar la interacción que tienen las moléculas de la tinta con la celulosa del papel? ¿O la colisión de partículas en el CERN, para estudiar la materia subatómica? ¿También el efecto fotoeléctrico y los electrones que emite el metal al incidir sobre él una fuente de fotones?
Deja por un momento de leer y dedica unos segundos a observar lo que a tu alrededor ocurre. Aunque no puedas percibirlo, sabes que existe, que está ahí. El fuego de la ciencia arde en ti.
Las vibraciones incesantes de las mallas atómicas que constituyen los objetos. La variación constante de entropía que fluye por el entorno. La gravedad. Cada parte de tu organismo se ve atraída por este planeta. Olvida la costumbre y siente la pesadez de tus extremidades.
Presta atención también a la energía que posee cada partícula, cada cuerpo. La potencia de los vehículos.
Sorpréndete con los objetos en el agua, al variar el índice de refracción, cómo, en distinta posición, éstos se agrandan, se reducen o cambian de forma.
Cuando sea de noche, mira al cielo y observa la condensación de estrellas en una franja brillante en lo que es el brazo de Orión. Fíjate en los millares de luces que inundan la bóveda celeste, algunas con vida, y otras convertidas ya en inmensas supernovas.
Párate un segundo a pensar, que lo que en realidad estás viendo son parajes antiguos, de millones de años atrás, que, en definitiva reflejan tanto el pasado como el porvenir de nuestro mundo en cuestión.
Inspira y siente, como cada molécula de aire es llevada a los alvéolos para el intercambio gaseoso. Deja, que la energía liberada en la degradación del ATP invada tu espíritu y abra tu mente.
Diseña el futuro, experimenta, observa, relaciona ideas y promueve el conocimiento humano. No dejes que tu curiosidad quede saciada y desata un hambre voraz por descubrir los infinitos límites de tu mente y en última instancia, de la naturaleza universal.

Selección de personal

Robert Fitz Roy se encuentra sentado en su despacho trabajando, como siempre, hasta altas horas de la madrugada.

-Terminaré algunos asuntos más y me iré a casa a descansar.- pensó mientras contemplaba unos documentos que resumían las características de los dos posibles candidatos al puesto de naturalista. Era importante dejar cuanto antes fijada la lista definitiva de personas que lo acompañaría en la siguiente expedición transoceánica. -Es un puesto importante, así que me lo tomaré con calma- se dijo a sí mismo. Tenía muchas esperanzas puestas en esta expedición y, en secreto, albergaba el deseo de encontrar pruebas científicas que sirviesen para corroborar los sucesos que se describían en el texto más sagrado de la cristiandad: La Biblia. La religión siempre había sido importante para él. -Quizás encontremos alguna evidencia del diluvio universal- pensó mientras su corazón se aceleraba de la emoción. Un ruido del exterior le sacó de su ensimismamiento para volver a centrarse en la tarea que le ocupaba: la selección del naturalista.

Las características académicas de los dos candidatos eran similares: uno de ellos había estudiado en la Universidad de Edimburgo, pero había abandonado sus estudios en Medicina, luego ingresó en la Universidad de Cambridge, donde estudió un grado en letras. Además tenía la intención de llegar a ser pastor. Las anotaciones sobre el otro candidato describían un perfil similar, formación en Ciencias Naturales y Geología, así como inquietudes relacionadas con la religión.
Robert se descubrió a sí mismo contemplando una escultura que representaba una cabeza humana de porcelana. -La frenología- pensó. Ya lo tenía, haría que la ciencia tomase por él la decisión sobre a quién contratar.

La frenología era una corriente de pensamiento que afirmaba que había una relación entre la forma de los cerebros y las facultades mentales y el carácter que las personas exhibían. Como el cerebro no se podía observar a simple vista, lo que se hacía era medir las protuberancias que éste dejaba sobre el cráneo. -Ojalá hubiesen existido estos avances científicos cuando decidí casarme con mi actual mujer- pensó con sorna -Sus protusiones craneales me habrían puesto en sobreaviso de su carácter insufrible-.

Volviendo al tema de la asignación del puesto de trabajo, cayó en la cuenta de que durante su entrevista con los candidatos no había tenido la oportunidad de medir los cráneos de los dos aspirantes. No obstante, la batalla no estaba perdida. Si no recordaba mal, cerca de la eminente cabeza de porcelana había un libro sobre personología, otra rama de conocimiento científico que afirmaba que la fisonomía de la cara se relacionaba con las características de personalidad.

Se levantó rápidamente de su confortable asiento de cuero y se acercó a la estantería que se situaba a su derecha. Cogió el pesado tomo y lo dejó sobre el escritorio. Tras un período de consulta, descubrió que las características de la nariz de uno de los aspirantes parecía señalar la existencia de un carácter proclive a la debilidad y a la falta de determinación. Los rasgos del otro aspirante eran aún peores, sus pómulos sobresalientes indicaban falta de inteligencia, y la forma de la comisura de los labios señalaban la presencia de un carácter muy propenso al consumo de bebidas alcohólicas.

-De entre lo malo, lo mejor- se dijo a sí mismo. La suerte estaba echada y el puesto de naturalista adjudicado. Cogió un papel que estaba cerca de su mano izquierda y comenzó a escribir una carta para darle la noticia al aspirante seleccionado.

"Mi queridísimo señor Charles Robert Darwin, me complace comunicarle que ha sido usted aceptado para el puesto de naturalista a bordo de la expedición del HMS Beagle. Espero con entusiasmo su respuesta. Un saludo.
Robert Fitz Roy, comandante en Jefe del Beagle"


Selló el sobre y lo dejó en la bandeja para enviarlo a primera hora de la mañana del día siguiente, con el resto del correo. Apagó las velas de su despacho y, con sigilo, cerró la puerta tras de sí .

Sin alternativas

-"Quizás con este chándal parezca que tenga algo más de carne en la piernas”-pensó mientras se miraba las débiles canillas.
Después de sentarse en el borde de la cama durante unos minutos decidió levantarse.

En la cocina le esperaban los cacharros de la noche anterior: unos restos de apio, pieles de tomate, bicarbonato y medio limón. Enjuagó la batidora y volvió a meter la misma mezcla de vegetales con los que desayunaba desde hacía varios meses. Pensó que cuando viniera su hermana a verlo le pediría que le cortara la calabaza a trozos, ya no se veía con fuerzas para partirla él.

Cogió un vaso de cristal. Apretó el gotero y las 30 gotas se precipitaron tintineando en el vaso con su habitual cadencia. Prácticamente no necesitaba contarlas. Ya no notaba su sabor alcalino ni el olor le causaba repulsión, más bien todo lo contrario. Sabía que ese mejunje le iba a salvar la vida. Era su maná.

Continuó con su rutina, pero hoy no pudo sentarse junto al balcón ahora el que sol se colaba por la ventana. A duras penas pudo alcanzar la taza del váter. Su mundo giraba.
Pensó que tendría que pedirle a su hermana que le trajera una palangana. Cada vez le costaba más limpiar todo aquello.
“No le pienso decir a Marta para qué es….me pone nervioso cuando intenta darme consejos”-pensó. “Y como bien dice Enric es algo que debo evitar al máximo. Debería mantenerme más alejado de ellos. Ellos son la causa de todo esto. Debería ser más estricto con el aislamiento…”.

Valoró la cantidad de MMS que había podido vomitar y se preparó una nueva dosis, esta vez con menos gotas.

“Tengo que enviarle un mail a Josep para que me de nuevas indicaciones”-musitó mientras cogía el ordenador. “No sé porqué no me compré el Macbook Air”- refunfuñaba. “Ahora no sentiría tanto peso encima de las piernas”.
“Cuando tenga el alta y cobre el sueldo íntegro otra vez será lo primero que compre. Mientras tanto tendré que seguir con este tocho”...

Un aviso del google calendar fue lo primero que apareció en la pantalla. La ventana emergía tapándole el cuello en la fotografía que tenía de fondo de escritorio. “Curiosa coincidencia”-pensó. “Justo me tapa el tiroides y su puto cáncer”. Era su foto, pero ya no parecía él.

“No sé porqué me puse esos avisos. Tengo que eliminarlos. No pienso ir a esas visitas...ya pueden esperarme en el hospital. Están listos si creen que voy a dejar que me envenene la BigPharma. Creo que solamente iré a la visita de finales del mes que viene, que me toca TAC. Así podré ver la evolución. Estoy deseando poder reírme de todos ellos, restregarle a mi hermana el resultado. Quizás Enric me lleve de testimonio a alguna conferencia y quizás Josep también”.

Súbitamente la habitación empezó a girar de nuevo, pero esta vez el ritmo era más lento y pesado. Las piernas no aguantaban el peso de su cuerpo y la visión era como en una fotografía quemada.

-"Señorita, esa información es confidencial, pero siendo usted su hermana le diré que no ha sido atendido hoy en el hospital"-dijo aquella voz a través del auricular.
Cuando el cerrajero consiguió abrir la puerta ya fue demasiado tarde.

Sr. Cuadrado se enamora

Aquella mañana se levantó una hora, tres minutos y quince segundos antes de lo habitual. Era el tiempo que, según había calculado, le llevaría terminar las tareas domésticas previstas antes de salir de casa y llegar puntual a la universidad. Comenzó por tender la ropa en la teoría de cuerdas, como le gustaba llamar a su tendedero, y luego prepararía la siguiente lavadora. Había estado casi quince días sin suministro debido a una disputa con la compañía eléctrica, y el montón de ropa sucia llegaba hasta el techo. Expresar el consumo en kWh en lugar de en julios era, a su parecer, una absoluta desfachatez, e intentó convencer, primero a la teleoperadora y más tarde al director del departamento de reclamaciones, de la conveniencia de adaptar la factura al Sistema Internacional de Unidades.

Verle tender la ropa era un deleite matemático. Tenía un diminuto y mal aprovechado tendedero con diez líneas de soga. Por si tenían alguna duda, absolutamente todo en aquella casa seguía el sistema métrico decimal. Disponía la ropa de acuerdo con la sucesión de Fibonacci, de manera que en la primera cuerda no colgaba nada, en las dos siguientes colgaba una única prenda y en la décima colgaba treinta y cuatro. Los días previos a la colada eran de lo más estresantes, pues andaba a cada rato cambiándose de calcetines para que le cuadraran las cuentas. Para complicarlo todo más, las pinzas seguían la sucesión de Cauchy, lo que significaba que para la toalla grande de la fila dos usaba una única pinza, pero hasta quince para cada uno de los calzoncillos de la fila cinco.

Cuando hubo dosificado el detergente y el suavizante, un mol en el primer caso y diez mililitros en el segundo, configuró la lavadora: 303 grados kelvin, 600 rpm, 2 horas. Lo que viene siendo un lavado normal con agua fría y centrifugado suave.

A las 8:30 llegó puntual a la universidad y, como cada día, fue a desayunar antes de entrar a impartir su clase de las nueve. Y como cada día, allí estaba: Lola, la camarera de la cafetería de ciencias. Nunca le ponía el café a la temperatura idónea (lo había comprobado en varias ocasiones con una sonda térmica) y tampoco añadía la leche en múltiplos de diez mililitros. Incluso llamaba azúcar, simplemente azúcar, al α-D-glucopiranosil-(12)-β-D-fructofuranósido. ¡Si tan sólo lo llamara sacarosa! Pero incluso eso habría sido demasiada perfección. ¡Era tan guapa! ¡Tenía una sonrisa tan hermosa! Lola conseguía lo que nada ni nadie más en este mundo era capaz de conseguir. Un cruce de miradas con la camarera y estaba perdido. Se le desmontaban todas las teorías. Se refutaban todas sus hipótesis. Maldita sea, era del todo incapaz de despejar la x. ¡Tan enamorado estaba! Lo cierto es que para los temas amorosos era un auténtico cateto. Cuántas veces, tras una de esas conversaciones en las que no entendía absolutamente nada, Lola se había quedado esperando una invitación al cine, a una cena, o incluso a aquella exposición sobre ciencias exactas.

Aunque él no lo sabía, aunque no lo había planeado ni calculado, el café de aquella mañana iba a ser especial. Lola había decidido tomar cartas en el asunto y a las 08.35 le sirvió el mismo café de siempre salvo por una excepción. Esta vez no iba acompañado de azúcar. Esta vez no. Hoy venía, según pudo escucharse en la voz de Lola, con un sobrecillo de “glucosa y fructosa”.

Díganme, por Pitágoras, si no es esta la declaración de amor más dulce que jamás escucharon.

Te amo en Rn

Voy a buscar la mejor manera de expresar en dos dimensiones lo que siento por ti.
Dicen que vivimos en un mundo tridimensional. Ese mundo que me permite verte, acariciarte, olerte, sentirte, tocarte. Ese mundo que me permite amarte.
Pero siempre me gustó más la idea que tanto defienden los físicos de que realmente vivimos en 4 dimensiones, ya que el tiempo se puede considerar como esa dimensión extra.
La dimensión que permite que nuestros encuentros no sean solo un instante de medida nula, sino que se prolonguen el máximo posible dentro de esa cuarta dimensión.
La dimensión que crece tan lenta cuando no estás a mi lado. La dimensión que quiero que pare cuando sueño contigo.
Pero es que quiero ir más allá. Un buen amigo matemático una vez me dijo que ellos podían hacer cálculos en cualquier dimensión y que para referirse a esa dimensión lejana y bastante desconocida la denominan Rn.
Pues eso es lo que deseo que entiendas mi amor. Te quiero en cualquier dimensión del mundo, sea la que sea, y te extraño cuando estás a más de un épsilon de distancia. En definitiva, quiero decirte que te amo en Rn.
Dicen, mi amada, que existen infinitos universos paralelos, en los que tú y yo estamos viviendo infinitas vidas paralelas. Lo triste es que me siento capaz de enamorarte en todos esos universos salvo en este que nos ha tocado vivir.
A veces me cuesta expresar lo que siento. Sabes que nunca fui una gran escritor. Incluso me planteé buscar infinitos monos para que fueran ellos quienes redactaran esta declaración de amor. Pero me avisaron que, aunque ellos iban a ser capaces de escribir cualquier cosa, iban a mostrar menos sentimiento que yo.
Tenían razón. Por eso he sido valiente y te he escrito este montón de palabras sin sentido, y este montón de sentidos casi sin palabras.
Pero solo quiero que te quedes con una cosa de esta carta: Siempre te amaré en Rn.

Todo y Nada

En su laboratorio bajo la montaña el científico repetía de nuevo el análisis de los datos acumulados durante la noche. Estaba solo, como en tantas otras ocasiones. Sin embargo, nunca antes había sentido tan clara la ausencia de compañía, la necesidad de compartir ese momento con otro ser humano. Sabía que su hallazgo iba a hacer historia, aunque eran pocos los que entenderían todavía sus implicaciones. Pronto amanecería en el exterior, eso decía su reloj. En su laboratorio el tiempo pasaba de otro modo, no había día ni noche, y los tubos fluorescentes mantenían todo el tiempo la misma iluminación. El cuerpo, sin embargo, notaba el cansancio, las horas de trabajo acumuladas, el exceso de café, la falta de sueño. Se levantó para dar un paseo por el reducido espacio de su laboratorio y poder estirar un poco las piernas. El contador seguía midiendo, las luces parpadeaban de forma hipnótica, los números se sucedían en la pantalla, sus implicaciones daban vueltas en su cabeza. El artículo científico que resumiría todos estos años de trabajo tenía que ser ya su principal objetivo, no podía tardar en mostrar al mundo este descubrimiento que lo iba a cambiar todo. Veía su nombre en los libros de Física, en las portadas de las revistas especializadas e incluso en los resúmenes de noticias científicas que suelen emitir al final de los telediarios.

A través de la pequeña ventana de la puerta 155 se podía ver el interior de la habitación. En ella el paciente daba vueltas, despacio, deslizándose sus pies a un ritmo constante sobre las frías baldosas del suelo, de forma perfectamente repetitiva, parando en los mismos puntos de la pared su mirada a intervalos constantes, ausente del mundo, ausente del tiempo. El guardia de noche no vio nada especial y continuó su ronda. Los gritos de pesadilla que surgían de una de las celdas, al fondo del pasillo, requerían su atención y tal vez también la de alguno de los supervisores médicos. Lo último que hacía falta era que algún otro paciente entrara también en crisis. No iba a ser una de esas pocas noches tranquilas.

El científico se volvió a sentar delante del ordenador, mirando fijamente la pantalla mientras esperaba que finalizara el análisis. Sin embargo, él ya sabía el resultado, su hipótesis iba a quedar comprobada. Apenas quedaban unos minutos. Siempre había sido paciente, no iba a dejar de serlo en estos momentos. Dejó abierta la puerta a viejos recuerdos que, arrinconados por las teorías científicas y procedimientos matemáticos que obsesionaban sus días y sus noches, casi se habían borrado de su memoria. Al niño solitario, disfrutando en su mundo de abstracciones perfectas, más allá de la comprensión de unos padres demasiado ocupados y un colegio poco motivador, en el que siempre fue un estudiante modelo. Al joven tímido y taciturno, alejado de fiestas y diversiones, concentrado en sus estudios. ¿Todo el esfuerzo había valido la pena?

El vigilante volvió a asomarse a la celda. El paciente 155 ahora estaba sentado con la mirada perdida en la pared blanca. Era uno de los tranquilos. Ni se había dado cuenta del alboroto en el pasillo cuando hizo falta administrar tranquilizantes adicionales al paciente de la celda adyacente. Solo podía recordar una ocasión en los dos últimos años en la que se complicaron las cosas en la 155. El paciente, poco después de su ingreso en el centro, dejó de tomar sus pastillas y su mente enferma llenó la pequeña celda de terribles monstruos.

La pantalla del ordenador finalmente mostró una serie de gráficas y listados numéricos que indicaban que el análisis había sido completado. Una sonrisa iluminó la cara del científico. Ahí estaba. Era cierta su Teoría del Todo. Por fin se relajó. Ahora podría acostarse un rato y prepararse para contarle al mundo el mayor avance científico de todos los tiempos. Eso sería mañana.

Cuando el vigilante volvió a mirar al interior de la celda vio al paciente dormido en su cama. El resto del pasillo estaba por fin en calma. Terminaría su turno sin complicaciones.

La mañana siguiente se despertó con los ojos enrojecidos y muy cansado. Habían dejado una bandeja al lado de su cama, como todos los días, con un café y sus pastillas. No quería tomarlas, aturdían sus sentidos y su mente. Lo sabía. Así no podría terminar nunca su teoría. También sabía que no podía negarse a tomarlas. Aún recordaba la última vez. Sabía que los monstruos terminaban encontrándolo. Estiró la mano y las cogió. Las tragó sin agua, rápido, mientras se decía a sí mismo cerrando con fuerza los ojos que, en realidad, su Universo lo gobernaba la Teoría de la Nada.

Un ciclo de 24 horas en mi conjunto de sistemas biológicos

Amanece en la ciudad mientras las radiaciones solares se filtran a través de la atmósfera, incidiendo sobre las partículas en suspensión y tiñéndolas de un color anaranjado. Mis cilindros y bastones oculares se reactivan, y mi sistema locomotor despierta del letargo. Me dirijo a la cocina, y llevo el agua hasta el punto de ebullición para disolver en ella esos granos molidos que reactivarán mis circuitos neuronales. Mientras tanto, la combustión de las hojas secas de Nicotina tabacum filtra los químicos a través de mis alveolos pulmonares, llenándolos de compuestos particulados. El agua fría estimula mis corpúsculos de Krause mientras mis efluvios corporales se saponifican. Y retomo esa rutina que parece formar parte de mi sistema nervioso autónomo: todo está automatizado.

Salgo a la calle, y el viento fresco contrae mis conductos pilosos. Un diodo LED se activa en mi bolsillo, y mientras pienso en cómo se ha transformado nuestra función de comunicación en los últimos años. Los motores de combustión rugen, salvando la fuerza de rozamiento del asfalto, y silenciando las sinapsis en mi mente. Pero mis actinas y miosinas siguen con su tarea; yo me dejo llevar por ellas.

Llego al trabajo, y activo el conmutador que permite el paso de corriente eléctrica a través de los circuitos de mi computadora personal. Mi sistema parasimpático se activa al comprobar todo el trabajo que tengo pendiente. Me encierro en la aritmética, sin descanso, resolviendo las operaciones matemáticas y los cálculos complejos, pero todo es más fácil gracias a los protocolos preprogramados que compré e instalé. De pronto mi estómago se contrae; es hora de ingerir mi dosis de carbohidratos de rigor. El bolo alimenticio baja por mi esófago, y el estómago se calma de nuevo. Ya puedo retomar mis tareas.

Salgo del trabajo, siguiendo otra vez el camino automatizado que de sobra conoce ya mi cerebro. Pero de pronto, la veo. Mi presión sanguínea aumenta, mientras noto la testosterona distribuyéndose por el torrente de plasma y glóbulos rojos. Mis músculos faciales se contraen en una mueca. Ella me devuelve el gesto. Y mis nervios se bloquean, dejándola que pase de largo otra vez. Algún día lograré vencer esta automatización. Algún día…

Mi cuerpo se relaja sobre el sofá, y mi mente cae rendida ante las ondas electromagnéticas, convertidas en estímulos audiovisuales. Poco a poco siento aumentar la melatonina en mi cuerpo, y yo no ofrezco resistencia alguna. Mis párpados se cierran mientras el ciclo astronómico recupera su fase de oscuridad. Y la mente se libera del estrés y las preocupaciones, cediéndole el mando a mi corteza cerebral, mientras mis ojos entran en fase de movimiento rápido. Y dejo de ser dueño de mí, hasta que la rotación terrestre vuelva a completarse y el Sol vuelva a brillar, trayendo a mi organismo un nuevo ciclo. Un nuevo ciclo igual que el anterior, pero diferente...

Un fósil de leyenda

En el municipio riojano de Igea corría la leyenda sobre una especie de reptil monstruoso que salía de su guarida durante la noche cuando un recién nacido estaba enfermo. Se decía que a la mañana siguiente, la madre encontraba al bebé muerto en su cuna y un rastro serpenteante en medio de unas pisadas que parecían de gallina. Los ancianos del pueblo atribuían el posible origen de este cuento popular a la gran cantidad de yacimientos con restos fósiles que se encuentran en la zona. Algunos contaban haber visto, durante su infancia, un fósil en el que se observaban los rastros que se describen en la leyenda. Asier les visitaba con frecuencia interesado en averiguar algún dato más preciso sobre su localización, pero sólo conseguía que le narrasen sus recuerdos infantiles salpicados con la leyenda. El chico consideraba encontrar ese fósil un objetivo ineludible; su tesis lo necesitaba para alcanzar la excelencia.
Cierto día de muestreo, el grupo de paleontólogos del que formaba parte Asier, encontró un yacimiento que no figuraba en ningún registro. Empezaron a estudiar el terreno, comenzaron las excavaciones y se despertó aún más la esperanza de Asier de encontrar aquel fósil. Después de varias jornadas de duro trabajo, halló un fósil muy similar al de las descripciones de los ancianos de Igea. No dijo nada a sus compañeros. Corría el riesgo de quedarse sólo como colaborador en ese posible descubrimiento y quería que fuese suyo. Lo tapó con una caja de elementos de señalización y continuó la jornada de trabajo de campo.
Por la noche, se dirigió al yacimiento en su coche. Descendió a la excavación llevando sólo una linterna y una navaja. Allí estaba. Tenía que ser aquél el fósil que por fin concluiría su tesis y le abriría las puertas a la investigación de élite. De pronto, escuchó unas voces. A medida que se acercaban, distinguió dos voces masculinas y ebrias. Se reían, bromeaban, arrastraban las palabras. Apagó la linterna pero ya era demasiado tarde. Le habían visto. Eran dos de sus compañeros más jóvenes pero con carreras más prometedoras, que a su juicio siempre le hacían sombra. Le preguntaron qué hacía allí a esas horas si se suponía que se había quedado en el albergue en lugar de salir con ellos porque se encontraba mal. Asier no sabía qué hacer, estaba a punto de alcanzar su quimera y la veía desvanecerse. Cualquier cosa que dijese no les convencería para que lo dejasen tranquilo. Como tardaba en responder, uno de ellos se agitó y se dirigió al chico abusando del poder que concede la ebriedad. Asier trató de explicar entre balbuceos que había perdido algo que necesitaba urgentemente. Pero el abuso de su colega llegó a lo físico, mientras el otro se mantenía al margen. Aturdido y mareado por el fuerte olor a alcohol del aliento de su compañero, sacó su navaja y seguidamente sintió cierta resistencia y algo viscoso y caliente en su mano; se la había clavado en el vientre. El herido se desplomó en el suelo. El otro chico trató de calmarle, pero Asier estaba fuera de sí. Antes de permitir que sus sueños se esfumasen, volvió a notar cómo la sangre le salpicaba. Impertérrito, como si fuese un autómata, desenterró el fósil mientras sus compañeros se desangraban. A la media hora, se dirigió a su coche con su tesoro, pero antes de abandonar aquel lugar, se dio cuenta de que había un rastro de líneas continuas ondulantes cerca de los cuerpos inertes. Sin pensarlo demasiado, dibujó unas cuantas pisadas de tres apoyos a cada lado de esas líneas. Ya dentro del coche, volvió en sí y fue consciente de lo que acababa de hacer. Tenía el fósil, pero nada más. Encendió el motor y condujo sin destino, sin mirar atrás.
Unos ancianos me contaron esta historia en una cafetería del pueblo hace unos meses, después de explicarles que era bióloga y estaba haciendo el doctorado. Me aseguraron que Asier era real y nunca se supo nada más de él.

Un problema del futuro

Era el primer viaje, el que habían planeado durante décadas. Aunque el tiempo ya no importaba, podían ir a cualquier fecha que desearan.
El hombre elegido para aquella misión ya estaba en la plataforma, sonreía. Parecía no importarle que fuera solo un viaje de ida. Su destino era el pasado, donde armaría otra máquina del tiempo.
El futuro era tentador; sin embargo, mejor sería llevarlo hacia ellos. Mientras más atrás enviaran el conocimiento, más rápido llegaría el futuro para todos.
Encendieron la máquina. Esperaron.
—No lo notaremos —dijo una de los científicos—, el cambio.
El hombre a su lado asintió.
—Serán otras versiones de…
En un parpadeo, el laboratorio cambió a uno más avanzado.
—¿Próximo paso?
—La primera colonia en Marte —sonrió ella.
La escena se modificó otra vez. Él tocó una pantalla.
—La red inter-espacial de comunicación está en línea —dijo con orgullo.
El mundo volvió a mutar. Aunque seguían en el año 2000, tenían total dominio del espacio y había humanos en cada rincón del universo.
El laboratorio se transformó de nuevo.
—¿Puedes creer que en solo dos mil años hayamos logrado todo esto? —preguntó él.
—Sí, ¿por qué no? —se encogió de hombre ella—. Controlamos el viaje en el tiempo casi desde que inventamos la rueda.
Él rio.
—Sí, lo hicimos todo muy rápido, ¿ahora qué?
Ella se frunció los labios brevemente antes de contestar.
—No sé, ahora tenemos tiempo.
—¿Para qué?
Ella vaciló.
—No lo sé. ¿Qué más podemos hacer? Creo que ya hemos llegado a la cumbre.
Él tembló.
—Eso significa que solo queda un camino: el descenso.
El mundo seguía sin cambiar a su alrededor.
—Tal vez podamos mantenerlo —dijo ella.
—¿Durante cuánto tiempo?
Ella se mordió el labio un instante antes de decir:
—Será un problema del futuro.

Un sonido para el Planeta

Cuando los Avnos caminamos los edificios hacia arriba, nos desplazamos por debajo de la superficie o hacemos nuestras labores cotidianas bajo el agua se hace difícil pensar que una vez nacimos de esa especie que habita en la tierra y que llamamos humanos. Cuesta creer que nuestra infinita memoria y capacidad de comunicarnos evitando un código lingüistico o usándolos todos a la vez nació de un patético grupo de seres que se comunican, a menudo con interferencias, utilizando una vulgar lengua. Parece inverosímil que nuestro perfecto organismo evolucionó de algo tan humano como un humano.Y no simplemente sorprende que seamos superiores a ellos como ser vivo, sino que hayamos conseguido organizarnos como sociedad perfectamente en comparación a su caos absoluto en el que la incertidumbre reina.

Dadas estas condiciones los Avnos creemos en que la ley nos debe permitir abducir, usar, finalizar o comer humanos, aunque nunca en un número mayor a diez por mes, regulación insuficiente, por cierto, para evitar que el número de humanos en la tierra siga bajando en los últimos años hasta hacerlos convertirse en una especie en peligro de extinción. Los podemos manipular bajo la premisa de que, en comparación a nuestra especie, su percepción de la vida y su capacidad para sentir no es sino una leve apreciación de la realidad. Sus débiles vínculos con la galaxia los hacen ser inútiles para el desarrollo de ésta, único propósito por el que un ser debe permitirse existir. Y si no recuerdan nada y sus vidas son tan cortas que no duran ni la mitad de una nuestra, lo lógico es creer que nosotros, la especie dominante, podamos disfrutar utilizandolos como queramos. Esto es, de hecho, lo que nos enseñan en los campos de aprendizaje Avnos en los que somos criados hasta que nuestro organismo está en perfectas condiciones para ser útil.

En efecto, un ser de nuestra especie trabaja desde que finaliza una vuelta al sol, pues nuestro aprendizaje es superior al de todas esas especies patéticas, y dejamos de existir cientos de años después. No tenemos afectos familiares que nos hagan débiles y nos hagan tomar decisiones estúpidas que nos impidan evolucionar como especie. En cambio, nuestra sociedad está perfectamente dividida, y la reproducción está prohibida, siendo la clonación nuestra forma de construir la sociedad ideal que ayude a la galaxia dominante del sentido de nuestra existencia. Gracias al Planeta, somos dirigidos diariamente en nuestra ayuda al universo, que nos permite ser la mejor especie que jamás haya existido.

Vivimos en torno a un sistema auditivo que nos organiza guiándonos según las necesidades del Planeta. Yo, designado para cumplir cuatro de los cinco planes diarios debido a mi capacidad al ser creado, debo realizar diariamente ocho horas, mientras que alguien designado a solo cumplir un plan puede escuchar los "sonidos del Planeta" el resto del día. Sonidos que son la diversión por excelencia Avno, donde nos recuerdan lo útiles que somos para el Planeta y nos regulan la intensidad con la que actuamos en nuestro tiempo libre siendo estos, por ejemplo, relajantes cuando el Planeta nos necesita dormidos. Entre el plan dos y el plan tres nos nutren, cargan e hidratan. Todos los días la misma rutina.

Rutina que cambió cuando uno de estos humanos me golpeó afectando mi "Sistema de Comunicación con el Planeta". Ese día empezó como otro cualquiera, el Planeta me despertó, me dio los buenos días e inició el plan de trabajo uno. Fue ya situado en la zona del plan cuatro, cuando un humano salió de la nada para golpearme en mi sistema de sonido dañándolo en una de las veintiún partes. Al parecer escapó de un habitacional cuando iba a ser despielado. El golpe me resultó en una falta de atención. La falta de atención me llevó a dejar de escuchar los planes de trabajo y empezar a escuchar ruidos extraños, ruidos que venian de fuera del audifono. Sin querer comunicar mi fallo por miedo a ser reconocido inválido, esto me hizo darme cuenta en la carcel, como los humanos lo llaman, en la que vivía. Vi el miedo en la cara de ese humano, y escuché por primera vez sus gritos de desesperación y horror, para segundos después verlo morír como millones habían muerto ya en nuestra presencia. Su miedo me hizo empatizar y mi falta de atención me hizo dejar de escuchar al Planeta para indagar más en el mundo humano. Lo que me llevó hasta aquí, junto al cadaver del jefe de los Avnos y a punto de morir, no sin antes injectar un sonido humano al laneta que, con fortuna, salvará el futuro de éstos y, quien sabe, quizá también el de los Avnos.

Y energía libre y volar como bandadas de gorriones...

Fdo. Avno JF26G6R91

Una de hongos

Es curioso el estudio de los hongos, pero también importante. Se conservan en herbarios, en cajas alineadas y colocadas en cientos de estanterías ordenadas por sus nombres científicos. Normalmente se guardan con algún trozo de material al que han invadido de tal forma que se convierten en pequeños cofres de tesoros con materiales dentro envolviendo troncos, piedras o plantas. ¿Cómo llega alguien a dedicarse al estudio de estas misteriosas cajas?

Eladio es un tipo normal, ya tiene sus años y se siente contento con su vida. Un poco monótona pero así es como le gusta. Nunca soñó con viajes largos ni experiencias extrañas. Le gusta más mirar hacia adentro y pensar en el porqué de las cosas. Los seres vivos pequeños que pasan desapercibidos son lo que más le da curiosidad, se hizo biólogo y después se especializó en micología.

Hace un tiempo, se había extendido un tipo de enfermedad infecciosa producida por un hongo que tenía atemorizada a la población y mucho más a las autoridades que no encontraban cura ni paliativo. Los enfermos estaban confinados en un hospital solo para ellos y éste estaba aislado del exterior hasta que se levantase la alarma social que se había extendido. Esta enfermedad era altamente contagiosa y no sabían cómo frenarla. Eladio tenía la certeza de que un hongo bien conocido por él, era el responsable, pero no tenía forma de demostrarlo. También tenía su propia teoría de un antídoto para luchar contra él, pero no lo podía probar. Sencillamente no sabía por dónde empezar. No había publicaciones al respecto y lo único que le sonaba es que había una tribu en Borneo que sabía combatir este hongo desde el principio de su existencia para curar enfermedades. Pero como esta, había varias leyendas por ahí.

Decidió bajar al herbario de Fanerogamia para observar la especie y quizá preguntarle por la enfermedad. ¡Ay! Aquel santuario de olores y colores que tanto le inspiraba… Le capturó como siempre y sin saber cómo hizo lo que no había hecho nunca. Decidió viajar a Borneo en busca de la explicación de por qué ese hongo estaba atacando ciertos órganos de algunos humanos y provocando la enfermedad.

Borneo es una isla tropical y húmeda. Paraíso de animales y especies exóticas. Eladio estaba encantado, nunca se imaginó que aquello iba a ser tan intenso y tan prolífico. Estuvo en las universidades de allí hablando con otros científicos y aprendió mucho más que en toda su vida. Se movió, viajó, visitó distintos lugares, trepó por los árboles. Era increíble. Nunca se imaginó que el trabajo de campo podía aportarle tanto y además ser tan divertido. Estuvo en el poblado aquel de la leyenda que por supuesto existía y utilizaba un antídoto hongo en cuestión. También aprendió mucho del curandero de allí, que llevaba utilizando las plantas autóctonas para todo tipo de dolencias.

Al volver estuvo enfermo pero sobre todo tuvo mucho, mucho dolor de cabeza. Durante la convalecencia que le supuso la vuelta de un viaje tan lejano, escribió un número de artículos considerable. Y sí, si descubrió como actuaba el hongo aquel que tanto deseaba desentrañar. A causa de ello, ayudó a una universidad a encontrar un antídoto…

Por aquel artículo le dieron el premio más prestigioso de investigación aquel año. Ni en sus mejores sueños se lo podía haber imaginado tiempos atrás. La financiación para su proyecto de investigación vino con el premio y se vio rodeado de un equipo grande con inmensas posibilidades de investigar en su campo.

Le costó entender lo que había pasado, o por lo menos asumirlo. La verdad solo la comprendió cuando la encargada del herbario le contó que se guardaban algunos hongos alucinógenos que no estaban catalogados y que ya solo su olor producía dolores y malestar. Ella era una persona enferma a la que le habían diagnosticado el síndrome de la doble personalidad y vivía en su propio mundo. Eladio se dio cuenta de que no estaba enferma y lo que pasaba es que estaba respirando algo que la estaba afectando y a ratos tenía alucinaciones comportándose con otra persona. De hecho ese centro de investigación tenía fama de tener investigadores con ciertas costumbres raras. ¿Es que nadie se había dado cuenta? Aquel lugar de trabajo era un verdadero peligro y los días pasaban por allí plácidamente sin ningún cambio. Decidió que tenía que buscar el origen de aquella situación y ponerle remedio. Buscar la especie que estaba causando cambios de actitudes y personalidad en la gente que por allí pasaba… ¿o es que alguien se había creído de verdad su viaje a Borneo?

Valdemar

ZZZP… ZZZP… ZZZP…

No estoy muerto, pero no puedo moverme. ¿Habré quedado tetrapléjico? Intento levantar un brazo… nada. El otro, tampoco. No noto los dedos… ni las piernas…

ZZZP… ZZZP… ZZZP…

Otra vez ese zumbido me ha despertado. ¿Qué es? ¿Y qué me ha pasado? No consigo recordar. Lo último que sé es que escoltábamos la nueva ambulancia experimental, la del ECMO. Bajé del Hummer con Walter para revisar el camino y no recuerdo nada más. No sé si me han disparado o si ha explotado una bomba a mi lado. O si he pisado una mina… ¡Dios, por favor, que no haya perdido las piernas! Si estoy paralizado y conectado al ECMO aun tengo posibilidades de que me curen pero sin piernas seré un tullido para siempre.

Ya sé qué es el zumbido: es el ECMO funcionando. Tiene que ser eso. Pero no veo a nadie que me atienda. No puedo girar la cabeza. Estoy tumbado de lado, quizás porque tenga una herida en la espalda, en la columna. Tampoco oigo a nadie, solo el zumbido.

¿Por qué no tengo ningún dolor? Debe ser lo que dijo el doctor Edgar:
—La máquina ECMO es mucho más que lo que significan sus siglas: oxigenación por membrana extracorpórea. —Desmontaba unas piezas y montaba otras en la ambulancia. Todo eran tubos, cables, sueros, pantallas… Casi sin levantar la vista siguió hablando—. Hace circular la sangre y la oxigena aunque no funcionen los pulmones o el corazón. Este equipo también proporciona sedación e incluso anestesia, por lo que un caído en el campo de batalla con heridas que serían mortales en minutos, lo podremos trasladar a un hospital con muchas posibilidades de salvarlo. Lo mantendremos vivo durante horas aunque esté en paro cardiaco.

¡Mierda! Cuando salimos en misión de encontrar un herido grave, una persona casi muerta, para probar el invento, no imaginé que tendría la inmensa suerte de estrenar su juguete.

No noto movimiento, diría que la ambulancia está parada. Joder, se podrían dar un poco de prisa aunque tengan horas de margen para salvarme, ¿no?

ZZZP… ZZZP… ZZZP…

Otra vez me había dormido. Estos calmantes me evitan el dolor pero me dejan grogui. Puede que no note dolor porque tengo una lesión que me deja insensible de cuello para abajo. En cambio sí que noto una mosca posada en mi nariz. Veo una sombra oscura al cruzar los ojos. Quiero soplar con el labio inferior para espantarla pero no saco aire. ¿La tetraplejia que tal vez tengo no me permite respirar? Mi abuelo tuvo un hermano que enfermó de polio. Acabó en un pulmón de acero. Murió de neumonía al poco. Me lo contaba cuando yo tenía diez años, la misma edad que ese tío abuelo que no conocí. Para mí era como un cuento de terror: no podía imaginarme estar quieto, encerrado en un barril metálico. Culo inquieto me llamaba mi madre. Yo no era consciente de que el encierro era su propio cuerpo más que el pulmón.

La mosca no se va. Parece que no hay nadie para espantarla. Temó que haya pasado algo, ¿otro ataque?, y que ahora yo esté aquí solo, abandonado. Por suerte estas ambulancias están equipadas con una especie de radiobaliza. Cuando hay una detención que no está prevista emite un aviso por radio con la última posición. Si no se consigue contactar envían una patrulla de rescate urgente.

RRRRRRRRR…

¡Un motor, un Hummer! Vienen a buscarme. ¡Voy a salvarme! Oigo voces:

—Aquí está, pero tiene el motor destrozado. La tendremos que abandonar.

—¡Mira, Allan! Es Ernest Valdemar el de la máquina ECMO. Y mueve los ojos y los labios.

—No podemos dejarlo aquí. Vamos a desconectarlo. Va a morir de todos modos…

¡¿Qué…?!

—Al doctor Edgar le gustará saber que su sistema de soporte vital funciona incluso a este nivel.

—Creo que a partir de ahora le llamaré doctor Frankenstein.

Una mano pasa por delante de mi campo visual y noto como coge mi pelo. Me levanta y la otra mano se dirige a mi cuello. Arranca unos tubos. Noto como me mareo. Parece que me balanceo a la altura de sus rodillas.

—No lleves así la cabeza, Allan. Ernest era un compañero. ¡Un poco de respeto, por Dios!

Virus, tu mano en la mía

Estaba por todas partes. La sangre había manchado las paredes del laboratorio, sus manos ya no tenían el color de la carne sino solo el de su misma sangre. La cabeza le dolía y todo en su alrededor giraba. El chico a su lado se acercó para preguntarle si se encontraba bien. Le pasó una pequeña ampolla que contenía un líquido de color verde muy brillante. Miró al doctorando en los ojos, su preocupación frente a la posibilidad de contagio determinaba las severas facciones de su rostro. Tragó el líquido sin decir una palabra, luego echó un vistazo al interior del laboratorio: los demás químicos del equipo estaban tumbados al suelo, sin moverse, sin aparentes signos de vida. No se acordaba qué había pasado. El chico – ¡ni se recordaba su nombre! – le dijo que debían salir pronto de este infierno. No podía, no quería moverse, su corazón empezó a latir con una fuerza impresionante dentro de su pecho, la respiración se aceleró y quería solamente llorar o gritar. El doctorando asió sus hombros con decisión y con una sola mirada le hizo entender que debía reaccionar de una manera u otra, pero que no fuese esta.
Después de algunos segundos, se levantó, no entendía de dónde provenía la sangre así que él le dijo que no era suyo, por lo menos no todo, tenía una herida en la frente pero nada grave. Tras estas explicaciones, no se tranquilizó mucho. Cogió un cuchillo que utilizaban durante las experimentaciones, así habría podido defenderse en caso de peligro. Sintieron un ruido que provenía de la cámara frigorífica, se acercó. En un momento se dio cuenta de que sentía nada más que el silencio, no oía los gritos ni las alarmas que resonaban por todo el edificio, se centró en la posibilidad de que hubiese algún tipo de peligro. Con el cuchillo en la mano, los nervios y todo su cuerpo en estado de alerta, se encaminó hacia la puerta de la cámara de donde venía el ruido cuando una mano ensangrentada batió contra el cristal de la ventana en la pared. No gritó pero sí que se asustó. Poco después vio la cara de Juan, ensangrentada que frotaba lentamente contra el cristal; tenía una expresión perdida en la locura de la enfermedad que estaba destruyendo el mundo desde hace unos meses; se dio cuenta de que sus ojos eran cristales sin alma, miraban pero no veían, sus recuerdos ya no existían, se habían desvanecido entre las células infectadas. Las lágrimas no tardaron en presentarse. De repente el doctorando se puso a correr hacia su misma figura, agarró su mano y se dirigieron al pasillo para alcanzar la salida de emergencia.
De vez en cuando se encontraban con un cadáver, unos cuerpos inmóviles que no habrían tardado en transformarse en algo diferente, algo terrible que iba en contra de todo tipo de naturaleza y de toda explicación humana. La mano del chico era fría, sus movimientos eran decididos aunque audaces y no aparentaba miedo. Cuando el doctorando paró de correr, vio que delante de ellos estaban dos figuras de espalda que se movían lentas y de manera sospechosa, afortunadamente estas no se enteraron de sus presencias. Dieron unos pasos hacia atrás silenciosamente para buscar otra vía de huida, pero no encontraron ninguna, lo único que podían hacer era seguir corriendo por el pasillo, el chico le indicó la puerta, ¡la veía! Se acercaron silenciosamente a los hombres, no respiraban sino que emitían unos estertores: era la confirmación que estaban esperando; con una velocidad que no creían poseer, ambos al mismo tiempo, en un movimiento sincronizado dictado por el instinto de supervivencia, hincaron los cuchillos en las nucas de los dos seres inhumanos. Esperaron que cayesen al suelo para volver a correr. Después de unos poco pasos, llegaron a la salida de emergencia. Delante de la puerta blanca, aunque un poco gris por el polvo y el humo causados por la explosión, miraron las barras antipánico rojas, luego se miraron a los ojos llenos de esperanza pero también de terror por lo que habrían podido encontrar al otro lado de la puerta.
Nuevamente, en un movimiento de ambos a la vez, abrieron la puerta y el escenario que encontraron era el apocalipsis: los gritos de la gente, las alarmas y las sirenas que sonaban por toda la ciudad, las llamas de unos incendios que desde la tierra iluminaban el cielo, unas llamas que se alzaban desde un lugar sin ninguna posibilidad de futuro hasta teñir las negras nubes del color rojo de la sangre y del miedo.

Voces de genio

No tenía más de 12 años cuando cogió entre sus manos por primera vez aquel libro polvoriento que su abuelo había abandonado en la estantería del desván. Había subido enfadada, enrabietada con su madre y se había propuesto quedarse encerrada allí toda la tarde para castigarla, pero a los cinco minutos comenzó a arrepentirse de su decisión. Allí no había más que polvo y arañas, así que se obligó a buscar algo que la retuviera allí. Y encontró aquel libro.
No le prestó atención al título, poco le importaba. Recorrió el índice con el dedo, y se paró al ver el nombre de Ludwig Boltzmann. Recordaba que justo esa semana habían visto en clase de música a otro Ludwig, Ludwig van Beethoven. Himno de la Alegría, creía recordar. Como ninguno de los otros nombres que había leído hasta el momento le había dicho nada, avanzó hasta encontrar lo que el libro tuviera que decir de ese otro Ludwig.
Se llevó un chasco cuando esperando encontrar una historia fantástica, se encontró un breve resumen, poco más de un párrafo en el que contaban la vida del protagonista. Por lo visto, el tal Ludwig había introducido un concepto fundamental de la termodinámica (jamás había oído semejante palabra), había creado una constante con su propio nombre (¡qué chulo!, pensó ella para sus adentros) y había expresado la entropía desde un punto de vista probabilístico (acabáramos). Ni idea de lo que decía el libro. ¿Qué era todo aquello?
Por si lo que acababa de leer no fuera para dejarte lo suficientemente confuso, el libro incluía las ecuaciones de todo aquello. Y lo primero que pensó es que con lo complicado que sonaba todo aquello que había leído cuando estaba escrito en texto, qué simple y concreto parecía en forma de ecuación. Qué pequeño. Y, al parecer, cuánta información contenía en su interior.
Pensó también en cómo una mente humana había podido idear aquello, madurarlo y expresarlo de aquella forma tan sucinta. Debió de ser alguien notable. Así que volvió a leer aquel mísero párrafo que contenía la vida de aquel hombre, prometiéndose esta vez acabar de leerlo, pues antes había saltado a las ecuaciones al ver aquellos términos que no entendía.
Como buen infante, esperaba que el cuento acabase bien. Nuestro héroe habría sido laureado por sus descubrimientos, se habría hecho muy rico y habría muerto tranquilo, en una preciosa casita de campo rodeado de sus nietos a los que adoraba y le adoraban a él.
Las lágrimas se le saltaron involuntariamente cuando leyó que el héroe del cuento se había suicidado, ahorcado, profundamente resentido con la comunidad científica por el constante rechazo y la difamación sufrida a causa de la defensa que llevó a cabo de la existencia del átomo.
Una vez más, los términos técnicos escapaban a su entendimiento, pero lo que no pudo quitarse de la cabeza es que sus compañeros científicos le habían rechazado hasta tal punto de que Boltzmann se quitó la vida. Levantó la vista, horrorizada, y su mirada perdida sólo se encontró con una araña, en la misma posición en la que la había visto antes.
Sin pensarlo un segundo, sin tener sentido, fue a buscar a su madre a quien se abrazó llorando sin saber exactamente por qué. Sólo sabía que el hecho de que alguien se hubiese quitado la vida la hería en lo más hondo de su corazón de niña. Nunca le dijo a su madre por qué lloraba.
“Hoy, aquí, el día en que me licencio como Física, y en que mis compañeros me han dado la oportunidad de hablar por ellos, he querido compartir con todos ustedes esta pequeña anécdota, ese momento que me acercó a un genio.“
Dentro de mi cabeza, como un irónico resorte, comienza a sonar la melodía del Himno de la Alegría.

YO NO CREÍA EN EL SATORI

Todo empezó cuando el yogui llegó al campus. No podía dejar de hacerse notar, sin duda con la intención de buscar prosélites, con su aire de santón, sus túnicas chillonas y su barba patriarcal. Comenzó a pegar carteles anunciando un curso de meditación y ciencia. No podíamos consentirlo. ¿Qué podía decir aquel mamarracho sobre ciencia? ¡Bastante teníamos con un máster en Reiki en la Universidad! Así que fuimos a reventarle la sesión inaugural.
Me decepcionó comprobar que entre los asistentes se encontraba el rector y varios catedráticos, todos con su chándal y su esterilla. Se produjo un silencio respetuoso y el yogui comenzó ufanándose de haber desarrollado una serie de técnicas que permitían llegar a un control absoluto de la mente sobre la materia. Me chirrió tanto su palabrería que en seguida le interrumpí diciéndole que con la respiración no se podía cambiar la trayectoria de un planeta. El yogui no se alteró.
-No hay nada que no se pueda conseguir con un correcto estado mental.
-¡Qué locura!
-No es locura, sino ciencia. La meditación induce estados en los que se pueden generar ondas de diversa naturaleza. Se emplean las bases de la mecánica cuántica a partir de la hipótesis de De Broglie.
¿Qué estaba farfullando aquel loco? ¿Qué sabía él de mecánica cuántica? Era el típico vendedor de crecepelos que no sabe una palabra de lo que dice pero emplea vagamente conceptos científicos para justificar cualquier disparate.
-¿Pero qué sabes de De Broglie?
-¿Conoce usted la hipótesis de De Broglie?
-Por supuesto. - No era así, pero no me achanté. Sabía que estaba ahí, después de Plank y antes de Schrodinger, en los libros de química. Pero estaba seguro de saber más que él.
-Pues entonces entenderá que toda entidad del universo posee una dualidad onda-corpúsculo. Controlando las energías internas se puede expandir nuestro cuerpo en forma de radiación. Podemos entrar en comunión con el cosmos gracias a ello. De Broglie obtuvo la clave: la longitud de onda se obtiene a partir de la constante de Plank dividida entre el momentum de la partícula. La concentración que propongo controla el momentum y por ello la longitud de onda.
-Eso que dices son vaguedades.
-Si consigo detener todo movimiento en mi ser, al ser el momentum igual a cero y éste ocupar el denominador, ello hace que la longitud de onda sea infinita. Dado que la longitud de onda, para una velocidad de propagación "C", es inversamente proporcional a la frecuencia, ésta tendrá que ser también infinita, y en consecuencia entrar en un estado de resonancia que permite expandir la mente y comunicarse con el universo.
-¡Qué disparate! ¡No puedes demostralo!
-Nunca he intentado llegar tan lejos como me propone, pero aquí hay reunidos muchos amigos a los que su obstinación está haciendo daño.
El yogui tomó una alfombrilla que tenía enrollada, la extendió en el centro de la estancia y quedó sentado en la posición de loto. Todos guardábamos silencio y podía sentir la inquina en las miradas de la concurrencia, pero me daba igual, yo estaba allí para defender la razón y la ciencia.
Los minutos transcurrían en la contemplación de aquel hombre estático y aquello comenzaba a ser incómodo. No pasaba absolutamente nada. Parecía que no respiraba, que su corazón ni siguiera latía. No movía ni un músculo. Empecé a imaginar cómo evolucionaría la situación si, pasadas unas horas, el individuo siguiera quieto.
Finalmente una sensación desasosegadora se comenzó a apoderar de todos. De repente hacía mucho frío y no había motivo para ello.
El frío emanaba del yogui. La barba se le empezaba a quedar escarchada. La piel se le azulaba. Era asombroso. De repente, el fenómeno se aceleró. Se formó una fina capa de hielo sobre la tez y, de golpe, todo su cuerpo se fracturó en mil pedazos haciéndose añicos, colapsando en una miríada de bloquecillos helados.
En medio de la estupefacción general, Damián me susurró al oído:
-Se equivocó al despejar la ecuación. La frecuencia no tendía a infinito, sino a cero. La energía interna de sus moléculas se ha hecho nula y ha bajado su temperatura hasta el cero absoluto.
-Pues ya me podrías haber avisado antes. Ahora ya no podemos rebatirle.
El caso es que, siendo aquello tan extraño y no teniendo a nadie más a quien culpar, me acusaron a mí de homicidio y no sé de cuántas cosas más. Después de todo, el yogui no sabía tanta física, pero el secreto de cómo era capaz de controlar hasta ese punto cada átomo de su ser se lo ha llevado a la tumba. Todavía recuerdo, antes de que me prendieran, las palabras de Damián:
-Menos mal que no intentó hacer la longitud de onda cero. Podría haber fisionado en una explosión nuclear.

Zeta

Zeta
‒Anoche tuve un sueño, pero no como el de Martin Luther King. Me encontraba en un pasillo, camino de un salón de actos. Iba a dar comienzo la ceremonia de entrega de premios y yo era el galardonado. Era desasosegante‒ comenta Ramírez.
‒Un premio ¿a ti?‒ responde Pedraza. ‒ ¿En concepto de qué, si se puede saber, gran hombre? ¿El Nobel de Matemáticas, acaso? ¡Ah, no! ¡Qué va! Si me contaste hace poco que no existe tal premio. Pero hay otros ¿no? ¿Cómo dijiste que se llaman?‒ Todos los miércoles Ramírez, profesor de matemáticas, y su amigo Pedraza, ambos felizmente jubilados, quedan para comer.
‒Hombre, hay varios. Lo más parecido al Nobel es el Premio Abel, creado por el gobierno noruego, con una cuantía semejante. Luego están las Medallas Fields, que se conceden cada cuatro años, a cuatro a matemáticos cada vez, y todos ellos menores de 40 años. ¡Ese ya no me lo dan! También tenemos los del Instituto Clay de Matemáticas, dotados con un millón de dólares. Se concede un premio a quien resuelva uno de los llamados Problemas del Milenio. Creo que mi sueño ocurría en un pasillo del Instituto Clay.
‒No te entiendo Ramírez. ¿Te sentías mal por haber ganado un premio? ¿O el malestar era por otra cosa: el nudo de la corbata mal hecho o la barba sin afeitar? ¿O acaso por el porcentaje del milloncejo que se llevaría Hacienda? ¿Qué pasaba?
‒Me angustiaba no tener escritas unas palabras de agradecimiento. No sabía qué iba a decir.
‒Una falta de previsión impropia de ti, Ramírez. Y a todo esto, ¿qué Problema del Milenio habías resuelto?
‒Bueno, se trata de demostrar o refutar una conjetura, llamada Conjetura de Riemann. Y yo, Armando Ramírez, ¡había resuelto la Conjetura de Riemann! Es que no me lo creo.
‒Calma Ramírez. Te tiembla la voz al decirlo. ¿De qué rayos va esa conjetura, explicado para un lego como yo? ¡Habla, por favor!
‒Es una larga historia, cuyos ingredientes principales son números primos, funciones y los puntos donde una de esas funciones vale cero. Conoces los números primos ¿no? 2,3,5,7,11,13,17,19,23,29,31,37,41,43,47,53,59,61,67,71 etc. Hay infinitos. Desde la antigüedad se ha observado que su distribución es notoriamente irregular. ¿Te has fijado en los saltos entre dos primos consecutivos? 1,2,2,4,2,4,2,4,6,4,6,4,2,4,6,6,2,6,4 etc. Para entender esta misteriosa distribución, se estudia la función π(x), que cuenta los números primos que hay por debajo de x. Por ejemplo, π(8) vale 4, porque 2,3,5,7 son los primos menores que 8. Una función es una regla para fabricar números a partir de números: cada vez que introducimos un número x nos sale otro número, que es π(x). Más tarde, los matemáticos se inventaron logaritmos neperianos e integrales, lo que nos permite escribir otra función, Li(x), cuyos detalles te ahorro. Y tenemos al grandísimo Gauss escribiendo, en 1849, que π(x) y Li(x) valen aproximadamente lo mismo pero ¡ojo! solo para valores grandes de x
.
‒Y eso ¿de qué sirve, Ramírez?
‒Sirve de mucho. Como no sabemos calcular π(x), vamos a calcular Li(x), controlando el error cometido. Diez años más tarde tenemos a otro grande, Riemann, hincándole el diente a la escurridiza función π(x), esta vez atacando por otro flanco. Con números complejos y sumas infinitas, Riemann consideró otra función, ζ(s), que hoy día llamamos Función Zeta de Riemann, en su honor. ¿Conoces la letra griega ζ? Bien. Hay unos números s que clarísimamente (para cualquier profesional de las matemáticas) anulan dicha función. Pero no son los únicos. Riemann conjeturó que esos otros números s que satisfacen ζ(s)=0 están todos alineados sobre cierta recta l. Curioso ¿no? Además, si fuese cierta su conjetura, se deduciría, de modo matemáticamente preciso, la proximidad entre las funciones π(x) y Li(x) que mencioné antes. En resumen, la veracidad de la Conjetura de Riemann permite ‒quién lo diría‒ conocer bien la distribución de los números primos.
‒Pero, en pleno siglo XXI, se habrá avanzado mucho con los ordenadores ¿no?
‒Sí y no. Usando ordenadores (junto con gran dosis de conocimiento e ingenio para escribir los programas necesarios), se han encontrado millones de valores s en la recta l que anulan la función ζ y todavía no se ha encontrado ninguno fuera de ella. Pero eso no significa que el problema esté resuelto, pues se trata de que lo cumplan todos.
‒Ya veo. O sea que tú, Ramírez, estabas a punto de recoger un premio de un millón de dólares, por haber resuelto la Conjetura de Riemann. Pues no veo razón para estar angustiado. ¿Acaso te preocupaba convertirte en una estrella de las Matemáticas, en una celebridad, pasar a la Historia?
‒No, no; nada de eso. Lo que ocurría en el sueño es que yo no sabía si había demostrado afirmativamente la Conjetura o, por el contrario, la había refutado.

¿Cómo ocurrió?

Era una fría tarde del 22 de Abril de 1616, en la que España lloraba al oir que se había declarado que Miguel de Cervantes había muerto. Lo que no estaba declarado con exactitud era la forma en la que murió; unos dicen que de fiebre, otros que se había ahogado, otros que estaba de vacaciones en Asia cazando y lo mató un tigre y otros que lo raptaron y al cobrar el rescate lo eliminaron. Sin embargo, la verdadera causa fue una diabetes que se llevó a Miguel de Cervantes cuando el escritor sólo tenía 68 años. La muerte le sorprendió en su casa, situada en la esquina entre la calle León y la calle Francos, en pleno barrio de las Letras madrileño. Dos semanas antes, el escritor había profesado en la Orden Tercera de los Franciscanos y había anunciado su deseo de ser enterrado en la Iglesia del Convento de las Trinitarias Descalzas, en el mismo barrio donde vivía. Al pueblo Español le costó asimilarlo.
Fernando estaba particularmente abatido. Admiraba a D. Miguel de Cervantes Saavedra. Había tenido el privilegio de conocerlo personalmente. Y, en su interior, estaba convencido de que el episodio del Quijote de los molinos estaba inspirado en él, puesto que tenía algún molino en sus tierras y "peleaba" contra ellos.
Sí, peleaba. Peleaba porque estaba convencido de que los molinos podían servir para algo más que moler grano. Había inventado un aparato que el giro de las aspas con el viento, en lugar de mover la piedra de moler, producía un fluido lumínico como el de los rayos de las tormentas. Y había comprobado cómo este fluido era capaz de matar a un gato...pero también de revivirlo. Todo dependía de la fuerza y cantidad de ese fluido, por dónde entraba en el cuerpo y el tiempo que había pasado desde que el animal había muerto.
Cuando tuvo noticia de lo ocurrido con D. Miguel, se dirigió rápidamente a dar sus condolencias a la familia y se ofreció a encargarse del traslado del cuerpo al Convento de las Trinitarias. Y así lo aceptaron.
Recogió el cuerpo de su admirado amigo y lo colocó en un carromato engalanado con adornos fúnebres que a todos pareció muy adecuado a la grandeza del personaje. Y puso rumbo al convento...con un "ligero" desvío pasando por uno de sus molinos. Aquél en el que estaba su invento. Tenía todo preparado. Afianzó el carro de madera para que no se moviera, abrió las lujosas telas que rodeaban a su amigo, le abrió la camisa, le colocó sobre el pecho unos hilos de plata que conectó a su invención. Las diversas pruebas realizadas con los gatos le habían hecho concluir que el lugar más adecuado era junto al corazón y que la plata era el material por el que el fluido luminoso pasaba mejor. El cielo colaboró, quizá estaba también enfadado por la pérdida de tan insigne personaje o quizá Dios facilitó la posibilidad de una segunda oportunidad; en cualquier caso se levantó un viento fortísimo y el fluido pasó a través del metal y lo que ocurrió después no se me ha dado a conocer ¿fue llevado el cuerpo al convento y enterrado según nos dijeron?¿o fue otro cuerpo el que terminó en las Trinitarias?¿Para encubrir este hecho se trasladaron los restos a un lugar desconocido años después?¿Tuvo éxito el fluido luminoso del invento de Fernando?¿Quizá este es el motivo por el que la obra "Los trabajos de Persiles y Sigismunda" apareció un año tras "su muerte"?¿La terminó cerrando así la etapa como escritor que, según dicen algunos, ya le abrumaba?¿Siguió escribiendo bajo otro nombre? ¿Volvió a su querida Nápoles o a algún lugar de la Mancha de cuyo nombre yo tampoco quiero acordarme?

¿Otra vocación?

¿Otra vocación?

Era viernes 16 de abril de 2010, salí al jardín, ya había anochecido, había muchas estrellas en el cielo, me tumbé en la hierba, y estuve aproximadamente dos horas observando las estrellas intentando identificar cual era la osa mayor y el resto de constelaciones, eso me llevó a pensar en el movimiento circular uniforme que hace la Tierra alrededor del Sol.
Seguí contemplando la maravilla que tenía encima de mi cabeza, cuando vi la hora eran las doce, me levanté exhausta, entré en casa y me acosté en cama, estuve gran parte de la noche pensando si yo podría llegar a ser una física, acabé dormida y todo lo que soñé aquella noche fue sobre los movimientos rectilíneos uniformes, en el movimiento circular uniforme, etc.
Al día siguiente no podía parar de pensar en la física, era lo que realmente me apasionaba, así que me arriesgué, me llené de valor y de confianza y dejé mi trabajo, para dedicarme en profundidad a mi verdadera vocación. Fui corriendo a la biblioteca y tomé prestados todos los libros que estuvieran relacionados con este tema, me fui a casa y comencé a leer con detención todos los libros, las horas pasaban volando, no sentía hambre ni sed, estaba enganchada a esos libros, no podía dejar de leerlos, eran muy interesantes, apasionantes e increíbles, poco a poco se me iban cerrando los ojos hasta que acabé dormida encima de los libros, en la mesa de la cocina, al día siguiente estaba agotada así que decidí dormir hasta las 3 de la tarde. Comí un yogurt de fresa y me fijé en las Kcal, eso también me llevó a pensar en los tipos de energía como la cinética o la potencial, y seguí devorando los libros con los ojos, pasaron horas, días, semanas, meses, hasta que acabé todos los libros que contenían cosas de física, sabía lo suficiente sobre ese tema. Me fui al observatorio para desconectar un poco, estaba perdiendo el tiempo, necesitaba material profesional e involucrarme a fondo en esto, compré lo necesario, conocí a físicos y empecé a investigar, a ver si encontraba alguna teoría.
No sabía si había sido muy precipitado haber dejado mi trabajo, porque me parecía imposible encontrar algo, una teoría, un planeta, una constelación, otra galaxia, todo me parecía ya imposible.
Fui a recuperar mi trabajo y me volvieron a contratar, y poco a poco fui olvidando mi obsesión por la física, pero lo que no olvidé fue todo lo que aprendí leyendo todos esos libros. Estaba agotada de estar tanto tiempo metida en casa, así que después de ir a trabajar fui a dar una vuelta y a respirar un poco de aire, reflexionado si había perdido el tiempo en involucrarme tanto en la física o no; pensé y pensé hasta que se me hizo tarde y tuve que volver a casa, al final pensé que había hecho lo correcto, y ahora tenía mucha cultura, pero haber dejado mi trabajo fue un poco precipitado, llegué a casa, me tumbé en cama y me quedé dormida.
Cuando me desperté vi la hora, era tarde, así que me fui corriendo al trabajo, cuando llegué estaba cerrado, no sabía qué pasaba, ¿era festivo y no me acordaba? Me encontré a mi secretaria en la cafetería que está frente al edificio donde trabajo, me acerqué a ella y le pregunté cual era el motivo por el que estaba cerrado, me miró insólita y aturdida, me dijo que si estaba bromeando o que no sabía en qué día vivimos, me quedé perpleja mirándola con aire de confusión, me dijo que era sábado y que los sábados no se trabaja. Miré el calendario, y efectivamente era sábado, pero sábado 17 de abril del 2010, lo que quiere decir que todo había sido un sueño, eso si mi pasión por la física continua a día de hoy.

¿Y SI DESCONECTAMOS?

Estoy en un ascensor abarrotado de gente, muchos de ellos hablan por el móvil a voz en grito como si no hubiera nadie al alrededor y te juro que este instante me hace reflexionar en el beneficio del nuevo mundo con “nueva tecnologías”. Sí, sé que lo piensas, eso de las nuevas tecnologías suena muy bien para muchos, muy técnico, muy moderno, intelectual y a la vez un punto profesional. Sin embargo, si nos paramos a pensar en todos los problemas que estas causan, podríamos escribir una larga lista.
Te despiertas un lunes a las 11 y te preguntas que haces despierto a esas tardes horas. Después recuerdas que la alarma no sonó porque la noche antes, el típico grupo de Whatsapp, no paraba de enviar fotos y videos de la goleada del Barça, que el pesado de tu primo enviaba e-mails de su fin de semana en el Puigmal como si fuera la expedición al Kilimanjaro y que tu amiga daba me gustas a todas tus fotos, de todos tus álbumes de Facebook. No pudiste más! Estabas muy cansado ya del sonido ¡TING! cada 20 segundos. Era molesto e insoportable y decidiste pararlo. La mañana siguiente cuando ves la cara de pocos amigos de tu jefe empiezas a pensar que eso de las “nuevas tecnologías” a veces te la puede jugar.
Existe ahora un nuevo sistema en los dispositivos electrónicos el cual tus fotos personales son automáticamente compartidas en una nube familiar. Llega una tarde tu padre y te muestra una foto que ha encontrado en la nube de su ordenador. De repente, sorprendido, avergonzado y a la vez nervioso tu padre te enseña una foto que apareces besando una chica en la Barceloneta. Tú, enfadado y ansioso te preguntas como habrá esa fotografía llegado a tu padre. Unos minutos después, te das cuenta que el ICloud de que todo el mundo flipaba hizo su faena pero para lo malo. Empiezas a pensar que la tecnología es malvada y te enfadas masivamente con tu móvil.
Vuelves del trabajo camino hacia casa y te cruzas con una adolescente que está totalmente pegada a la pantalla de su móvil. Tan concentrada y pendiente está de sus seguidores en Instagram que de repente tropieza con la cera y cae de cara al suelo. ¿Su primera preocupación? Mira ansiosamente si la pantalla tiene alguna grieta. Al ver que nada se ha roto, sigue caminando entrando otra vez en el mundo virtual mediatizado. En este caso tu cerebro no aguanta más y te preguntas, ¿dónde está el siguiente Mandela? y deseas profundamente que la siguiente generación haga el gran cambio de mentalidad de los jóvenes del siglo XXI.

115

Todo empezó hace mucho tiempo en el frente de la Gran Guerra. Unos científicos alemanes quisieron dominar fuerzas oscuras y misteriosas, ocultas durante siglos. Pensaban que su descubrimiento garantizaría la victoria para Alemania. Pero nunca podrían imaginar lo que saldría a la luz con sus investigaciones.
Mientras un antiguo mal devastaba el frente, la esperanza de los aliados hizo que enviaran tropas para detenerlo y entre ellos encontraron a Rictofen en una de las habitaciones investigado uno de los muertos vivientes que estaban atacando a todo el mundo. Fueron pasando las horas y los soldados fueron muriendo hasta que quedaron solo cuatro. Entraron en una de las trincheras. Y en una habitación encontraron una caja, se encontraron armes y cuatro bastones.
Nikolai, el ruso, lo disparó sin querer y parecia un bastón con poderes, el bastón de fuego. Rictofen y los otros dos cogieron los bastones restantes y volvieron a salir. Riktofen que era alemán, sabia donde estaba todo y fueron al centro de la trinchera. Takeo, el japonès, sufrió un rasguño por parte de uno de los muertos vivientes. Pero no se infectó. Dempsey, el estadounidense, se negó a utilitzar el bastón del demonio como lo llamaba él. Cuando llegaron empezaron a ver muertos vivientes que no eran alemanes sino que, parecian templarios. Al final llegaron al centro donde todos los muertos vivientes eran templarios y allá encontraron una roca enorme de color azul con rayos del color aleatorios. Uno de esos rayos los tocó y los cuatro se transformaron en muertos vivientes.
Esa roca extraña era el elemento 115 de ta tabla periòdica, el ilano.

2056

Todo había quedado aniquilado. Lo peor es que sólo era el principio.
Nada hacia parecer que el aquel 12 de noviembre, que ahora veo tan lejos,fuese el inicio de todo. El despertador sonaba y un día tras otro comenzaba. Pero aquel día saldría de mi rutina matándola para siempre porque no sería un día normal, sería el principio del final.
Estabámos en matemáticas cuando las luces empezaron a apagarse y a encenderse descontroladamente. Después, las paredes y el suelo comenzaron a temblar. Todos nos mirabamos buscando respuesta a lo que estaba sucediendo. El señor Mafiu pedía calma cuando un trozo de techo se descolgó cayendo justo encima de él.
De aquel día sólo recuerdo angustia, pánico, cuerpos y escombros por todos lados.
Más tarde descubrimos que los terremotos estaban sucediendo en todo el mundo, un país tras otro sufría fuertemente las sacudidas de la tierra. Afortunados o desafortunados fuimos los que sobrevivimos al octavo terremoto, la mayor liberación de energía que ha podido ser medida el cual alcanzó una magnitud de 9,5, dejando tan sólo dos millones de supervivientes sobre la faz de la tierra. En las calles de cualquier ciudad se  amontonaban miles de cadáveres, entre ellos el de mi hermana Cloe.
Los estados se reunían para buscar alternativas, pues temían que hubiese llegado el momento en el que la humanidad se extinguiese. Durante unos meses los terremotos cesaron y el mundo entero intentaba recomponerse de aquella brutalidad por muy imposible que pareciese. Entonces fue cuando nos pilló por sorpresa la siguiente fase. Los mares se alzaron y miles de tsunamis arrasaron todas las costas del mundo. Ya sólo quedábamos alrededor de un millón de supervivientes. Los países menos desarrollados fueron desalojados y traídos a Europa. Aquí habíamos montado refugios y hospitales. Yo aún seguía  buscando a mi hermano Stevie desesperadamente, aunque con pocas esperanzas
Mi padre era médico voluntario en uno de los refugios. Ahí fue donde conocí a John. Cuando me dieron la noticia de que mi hermano había sido encontrado muerto, intentó consolarme como pudo. Me contó que perdió a su familia en los terremotos y tuvo que presenciar como morían todos sin poder hacer nada. Juntos íbamos en busca de comida todos los días, pero los recursos se acababan, los medicamentos, las inyecciones, comida, agua... Eso si fue un verdadero caos.
Geólogos, oceanógrafos, biólogos y meteorólogos se reunían para encontrar soluciones a estas catástrofes. Entonces llegó la peor de las noticias. Pronto se abriría paso la tercera fase: volcanes. Y no se equivocaron. Esto era una lucha contrareloj e íbamos perdiendo.
Todas las zonas próximas a los volcanes se desalojaron pero aún así algunos refugios fueron arrasados. John y yo seguíamos pasando el tiempo intentando evadirnos de todo esto, pero la cuarta fase no tardó en llegar. Lluvias ácidas, fuertes tormentas eléctricas, inundaciones, nevadas, temperaturas extremas y todo esto acompañado de más muertes. Incluida la de mi padre. Meses después esta fase desapareció, pero el frío parecía no querer irse.
John se limitó a abrazarme y decir que todo saldría bien. Después narró un futuro juntos. A mi me encantaba la idea de una casa en Florida y pequeños Jhonis correteando por el porche. Siguió hablando hasta que me quedé dormida sobre su pecho. Soñé con que al despertar estaba en la aburrida clase de matemáticas del señor Mafiu. En ese momento era lo que más deseaba, volver a la rutina. Ese deseo se vio roto por completo cuando los entomólogos anunciaron una plaga.
La mordedura de la mosca tse-tse transmitia un parásito mortal que atacaba a la sangre y al sistema nervioso de sus víctimas. Produciendo tripanosomiasis, con un 80% de muertes de las víctimas infectadas. Y John perteneció a ese porcentaje. Había pasado un año desde que el fin comenzó y me había arrebatado todo lo que tenía. Sólo quedábamos unos 20.000 supervivientes. Y sin dar tregua llegó la siguiente noticia: el final se acercaba a unos 70.000 kilómetros por hora. Si, el sol. Calcularon que en dos días todo quedaría reducido a cenizas. Entonces me mandaron escribir esto para después enviarlo al espacio con esperanza de que los próximos habitantes de nuestro planeta no cometiesen nuestros errores. Cuando la fase de los terremotos comenzó era el año 2056. Los niveles de contaminación eran extremadamente elevados. La capa de ozono estaba casi destruida. Teníamos que llevar mascarillas para poder respirar, los polos derretidos, el agua en niveles escasos... Y esta fue la manera en la que la tierra se tomó su venganza. Nosotros la destruimos poco a poco y ella nos destruyó de golpe. Por favor cuidadla como nosotros no hemos sabido hacer. Cuando crezcan de nuevo árboles, no los taléis, cuando el aire vuelva a estar limpio no lo contaminéis, pero sobretodo aprended a amar y cuidar algo tan valioso como la tierra. ¡Qué irresponsables hemos sido! Destruimos nuestro propio hogar. Aunque no lo parezca, la queríamos. Protegedla, porque no tendréis otro tesoro como la tierra.

50Km/h

Pasaban los días y yo seguía sin acordarme de nada. Al abrir los ojos lo único que veía eran blancas paredes y ramos de flores, supuse que estaba en el hospital. Lo único que conseguía entender de los médicos era 50Km/h, moto, cruce y poca cosa más.
Iba paseando por las grandes calles de Madrid, reflexionando sobre cosas de la vida, típico en mí, ¿quiénes somos y de dónde venimos?, me pregunté, pero no conseguí respuesta alguna.
Minutos más tarde me llamó mi hermana y estuvimos hablando un buen rato de sus vacaciones por Nueva York.
Al atardecer, iba corriendo hacia la parada del autobús porque éste pasaba dentro de dos minutos y si no llegaba puntual mi madre me iba a castigar. Con las prisas tuve la mala suerte de tropezar en la acera y caí justo al borde de la calzada. Pasó una moto, y sí, me atropelló.
Recuerdo el sonido de las ambulancias, el claxon de los coches por el tráfico que se había producido y las voces de gente a la que desconocía pidiendo auxilio a la espera de algún experto, pero sobre todo recuerdo el escozor de mis heridas y mi insensibilidad en la pierna izquierda, fue la sensación más desagradable que había podido experimentar nunca.
Me abrieron paso entre la multitud del hospital, me llevaron a una sala de operaciones y en ese instante opté por no venirme abajo y no entrar en pánico, lo cual fue muy difícil porque soy de esas personas a las que la sangre les aterra.
La operación fue larguísima y hasta el día siguiente no me desperté por las anestesias que corrían por mi cuerpo.
Es allí cuando no recordé nada, cuando lo veía todo blanco y los colores que distinguía eran flores que mis familiares y amigos me habían traído en cada una de sus visitas.
Conforme pasaban los días podía recordar lo sucedido aquel 7 de mayo, mis pensamientos, mis emociones, todo lo que sentí. Todo. Y justo al querer mover la pierna, la pierna ya no estaba. No estaba. Me la habían amputado.
Era presa del pánico y empecé a temblar, los médicos me dieron tranquilizantes, pero no hacían efecto.
¿Qué iba a hacer yo con tan solo una pierna? No podía caminar, ni ir en bici ni practicar ningún tipo de deporte. Pensé que mi vida se había acabado por completo, pero lo que nunca supe y hasta ahora no lo había descubierto era que en esta vida puedes lograr todo si te lo propones, aunque carezcas de alguna extremidad y aunque te cueste mucho esfuerzo conseguirlo, pero vale más la pena haberlo intentado y haberlo conseguirlo que no haberlo intentado y pensar toda la vida en un y si hubiera… , sin resolver.

Alguien

Hola.
Realmente no sé quién soy ni qué hago pero sé que soy algo.
Estoy dentro de un lugar extraño que, por el momento, no sé qué es.
Llevo días escuchando pulsaciones por todas partes que ya me empiezan a molestar.
Bueno, pues ha pasado un poco de tiempo desde que soy consciente de que existo, y, por alguna razón, la vida ha querido que crezca o algo porque me noto más grande, al final, a ver si me voy a convertir en algún gigante de esos que vive en las nubes.
¡Buf! Cada vez me aburro más, no se puede jugar a nada, además del detalle de que está todo oscuro.
De repente, veo un flash rapidísimo pasar delante de mis narices, aunque, menos mal, porque por un momento pensaba que era un ovni que venía a absorberme, y, aunque, si hubiera sido un ovni tampoco habría reaccionado porque ahora mismo no estoy tan capacitado para saber lo que es el miedo a algo.
Lo juro que peso más pero no sé cómo porque no como chocolate ni siquiera algo de comida, puede que me muera, no sé cómo va esto.
Hasta que por fin, puedo ver dónde estoy y… sigo sin saber dónde estoy, pero al menos puedo ver, tanto rezar ha valido la pena.
Voy mirando a mí alrededor y lo único que reconozco es una burbuja extraña que a lo mejor me puede hasta dar más miedo que los ovnis come lo que sea que yo sea.
En un momento dado, (no os puedo decir cuando porqué no llevo reloj, y tampoco tengo día y noche), me llega algo, no sé si es comestible o no pero me lo como igual, y así día tras otro, ¡Qué bien!
Mientras duermo, sueño que me persigue alguien y empiezo a correr, (vale sí, es un sueño de lo más normal, pero era la primera vez). Lo más sorprendente es que al despertarme, estoy boca arriba, y estoy la mar de tranquilo, no me noto la sangre en la cabeza ni nada ¡Qué suerte!
No os lo vais a creer, pero ¡he roto la burbuja, por fin!.
Poco a poco, voy desplazándome y, a lo lejos, veo una luz que no había visto nunca, (no son los ovnis, tranquilos).
De repente, mi cabeza sale de dónde he estado ocho meses y tres semanas metido.
Salgo poco a poco, al principio me cuesta ver i respirar pero que al final me acostumbro.
Una cosa extraña con una cosa negra en la cabeza y dos puntos verdes en la cara me habla y me abraza, y aunque no la había visto en mi vida, parecía que hubiera estado conmigo siempre, y noto que siempre estará ahí, a mi lado.
Al final ha valido la pena estar tanto tiempo metido en su barriga para sentir lo mucho que significa para mí, mi madre.