El póster

No era la primera vez que asistía a un congreso científico, pero éste era especialmente importante porque era específico de su tema de investigación y asistirían todas las grandes figuras de su ámbito. Era una buena oportunidad para lucirse, así que en la sesión del miércoles de 17:00 a 18:30, panel 50-A, se dispuso ufano a colgar su póster.

La verdad es que el congreso había empezado el lunes, pero entre los nervios de estrenarse como primer autor, y no llevar muy bien el asunto de tener que contar su trabajo en inglés, todavía no había asistido a ninguna sesión: o bien se había quedado en el hotel practicando, o bien había hecho algo de turismo por la ciudad.

El póster le había quedado francamente bien. Había conseguido sintetizar toda la información sin que se perdiera lo relevante, y además era estético sin ser superficial. Tuvo algunos problemas para colgar algo tan grande él solo (¡dichosa cinta de doble cara!), pero al final redobló su orgullo al ver que había conseguido, aunque a ojo, una rectitud milimétrica.

Y ahí estaba él, listo para contar al mundo los detalles de los experimentos que formarían parte de su tesis doctoral. Todos los demás que presentaban su póster ese día también parecían listos, jugueteando con la banda de identificación colgada del cuello, o aplanando las inevitables arrugas en las esquinas del papel. En el panel de su izquierda le había tocado una investigadora de una universidad rusa con un trabajo mediocre (comparado con el suyo, claro). En el panel de la derecha había un alemán con cara de bobo que no paraba de sonreír. Era bastante inquietante.

Pasaron los minutos y nadie se acercaba a preguntarle. Él tenía en la punta de la lengua un: “Hi, I am Juan, from Spain”, como frase de apoyo para ayudarle a soltarse. Pero nada, no venían. Por fortuna, la rusa mediocre y el alemán bobo (que seguía sonriendo) no estaban teniendo mejor suerte.
Al principio pensó que era normal que no viniera nadie. Primero la gente sale del salón de conferencias, se sirve un café, pica alguna pasta y empieza a deambular por la sala mirando los títulos de las presentaciones antes de pararse en alguna en concreto. Pero el caso es que no estaba pasando nadie y cuando se hicieron las 17:30 la cosa ya empezaba a no ser normal. Casi entra en pánico: ¿es que no ven que mi diseño experimental es impecable? ¿Que mis datos son perfectos? ¿Que mis conclusiones son aplastantes?

Diez minutos más tarde se dio cuenta de que el plastiquito de su identificación se había partido de tanto mordisquearlo. Pensó que tenía que calmarse. Por ahí no se acercaba nadie. Seguramente era porque le había tocado en una esquina de la sala. Seguro que por ser de una universidad pequeña le habían relegado a un rincón. Intentó sacar la cabeza por encima del panel de su póster para tener una imagen más global, pero no alcanzaba. En un rincón había una gran maceta con una planta ridícula y medio muerta, que la gente había estado usando de papelera. La separó un poco de la pared y con algo de maña se las arregló para subirse encima y ver todo el vestíbulo del palacio de congresos.

Lo que vio le dejó helado. Había alrededor de 300 pósteres, colgados de alrededor de 300 paneles, con sus alrededor de 300 investigadores plantados delante, preparados, ávidos de divulgar sus hallazgos. ¡Pero no había nadie para verlos! Como todo el mundo presentaba un trabajo no había nadie para ver el de los demás. Y peor aún, el resto de los 1000 inscritos estaba en sus hoteles preparando sus exposiciones, o haciendo algo de turismo por la ciudad para celebrar que ya las habían presentado.

Se le cayó el alma a los pies. Le entraron toda clase de dudas existenciales. No sabía qué había sido de la ciencia. Parecía que cada uno se había especializado en su pequeño reino de conocimiento en el que se sentía cómodo. La ciencia se estaba convirtiendo en algo tan egoísta que todo el mundo se miraba el ombligo sin importarles lo que hacían los demás.

Y cuando parecía que acababa de vivir una revelación, recordó que la presentación de este póster como primer autor en un congreso de tanto prestigio le iría de fábula para conseguir la acreditación. Además, si conseguía publicar el trabajo en una revista de primer cuartil era muy posible que su índice h subiera uno o dos puntos. Y al pensar esto, su cerebro descargó tal cantidad de endorfinas que se quedó embobado sonriendo hasta las 18:30. Después, descolgó su póster, se fue al hotel y se puso guapo para ir a dar una vuelta por el centro histórico.