Acortad las estrellas

1880.
Lleva sentado más de tres horas. El sonido reconocible de la locomotora incluso le es agradable junto con el traqueteo del ferrocarril nocturno. Ronquidos y llantos de bebés hacen acto de presencia de vez en cuando. Los ojos de Edgar se acostumbraron a la oscuridad al entrar en el túnel. Tras recorrer a oscuras la sierra madrileña, se abre camino un claro en la anchura de Castilla. Edgar mira a través de la vidriera cercana a su asiento. No es de día, pero reconoce con claridad los extensos campos de secano con sus cultivos de trigo. La luz le entrecierra los ojos, pero no es capaz de resistirse mirar al cielo.

El cielo, plagado de estrellas, lo deja concentrado y pensativo al mismo tiempo. Reconoce la Osa Mayor y la Estrella Polar, de lo que aprendió en la escuela. Pero más allá del conocimiento, le fascina la inmensidad de puntitos luminosos con los que dibujar con la mente. Dibuja aves de corral, colorea el cielo de rojo y azul, imagina verse envuelto en una batalla entre franceses y americanos con puntitos análogos de soldados, y constelaciones como tanques. Al fin y al cabo, Edgar solo tiene trece años, un niño juzgado entre la madurez y los juegos infantiles. Finalmente, se va quedando dormido, los ojos se le van cerrando, enfocando con sus últimos parpadeos una de las estrellas que capta su atención entre el sueño y la vigilia.

***

Como narradora, puedo explicarles que esta estrella se llama Fomalhaut, aunque Edgar no lo sabe, ni lo sabrá. Él solo se dirige a un pueblo de Zaragoza, a trabajar con su tío. Pero este no es el caso. Mi relato avanzará aún más, a miles y miles de años, tantos años que hasta he perdido la cuenta. El piloto 7051 entra en escena.

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Todos duermen. No, todos no. El aircraft podría navegar sólo, por el espacio, gracias a las coordenadas precisas que le introdujeron al despegar de Whitehorse. He aquí que el piloto jefe no concilia el sueño y está controlando los mandos. Consiste en un joystick virtual, convertido en un holograma 4D para cubrir todas las alas de la aeronave, manejable con los dedos de una mano. Su uso da sensaciones de frío y calor intermitentes que fluyen por toda la mano, mejorando la circulación y mitigando la fatiga muscular. Un puntero le señala descaradamente en la sien derecha, con un captador siguiendo la misma dirección en su hemilado izquierdo. Consiste en un neuronavegador que aporta imágenes en directo de una resonancia magnética cerebral. Permite conocer el buen rendimiento neuronal a través de la neurociencia funcional programada y las imágenes a tiempo real, viéndose las estrechas líneas de las vías neuronales como luces de colores relampagueantes. Unos pequeños nanobots insertados de forma subcutánea en el hombro izquierdo, con un sensor a unos pocos centímetros de distancia, transmiten información de tipo saturación de oxígeno, tensión arterial, glucemia, niveles de cortisol y estresina, importante para evaluar el nivel de estrés. El piloto, ajeno a todo esto, sigue tenso ante el extenso universo.

Mañana se cumplen veinticinco años desde la última vez que pisaron tierra terrestre. Todos sueñan con encontrar el planeta morfológicamente más parecido a la Tierra, y llegar a tierra firme. A los últimos kilómetros de distancia con el sistema estelar de Fomalhaut, el piloto 7051 ha notado variaciones en la estrella objetivo. Ya resultó extraño que, casi todo el camino, la luz de la estrella a la que se dirigían no cambiara de tamaño, lo que sucede siempre cuando uno se acerca a un objeto: se agranda. Pues de un mes hasta ahora, lleva ocurriendo lo contrario. La luz blanca se va atenuando, haciéndose cada vez más pequeña. Primero fueron sutilezas, pocas decenas de fotones dejaron de captarse por las gafas de la aeronave. Ahora el cambio es visible al ojo humano, y progresa de forma exponencial.

Poco a poco llegan señales pulsátiles de radiación. El piloto se queda rígido. Pequeñas enanas blancas se dispersan cual explosión, pero no vislumbra la explosión en sí. No lo puede creer. La respuesta a “¿la raza humana podrá sobrevivir en el nuevo planeta encontrado?” estaba allí, desde el mismo instante en que abandonaron el suelo firme. Pero no lo podían ver, ni lo ven. Las pocas personas que quedan en la Tierra solo ven fotogramas pasados de lo que fue la estrella hace años. Una alarma suena. Los trabajadores, antes dormidos, se acercan y observan atónitos la nueva imagen amenazante. El polvo estelar aun permite distinguir en sus últimos destellos un planeta azul, congelado y austero. Oscuro.

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Edgar voló en sus sueños hacia las estrellas.

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El piloto sintió desgarrarse la esperanza de su pecho.