Diez minutos

De la alegría se levantó de la silla como impulsada por un resorte. Ahora Fina estaba totalmente segura. Los datos de absorción óptica que acaba de arrojar el espectrómetro le confirmaban que ya sabía cómo controlar las características del material. Se encontraba sola en el laboratorio. Por la ventana, a través de las lamas de la persiana, pudo vislumbrar el sol, ya bastante bajo, que lucía después de todo un día de llovizna fina de principios de mayo. En el jardín, unos cerezos todavía mantenían restos de una floración exuberante reciente. Era viernes y el reloj digital de la pared señalaba las 19:47 horas.
Con la ilusión y el alborozo de quien encuentra un objeto precioso perdido, al que se ha echado de menos constantemente, Fina se recreaba mirando una y otra vez la serie de espectros. El rompecabezas constituido por todo un conjunto de datos obtenidos por distintas técnicas al analizar un gran número de muestras, finalmente cuadraba. No cabía duda. Había determinado el procesado especifico que se debía aplicar a las muestras para poder modular a voluntad la propiedad buscada del material. Los espectros que estaba contemplando lo indicaban con toda claridad al ojo experto.
Se acordó de su abuelo. De los paseos que solían dar en verano por el campo. Con él aprendió a amar la naturaleza, a conocer los pájaros por su trino, los nombres de árboles y arbustos. Los días de lluvia, como hoy, cogían caracoles. Había que purgarlos un mínimo de dos días con hojas húmedas de lechuga antes de poder cocinarlos. En el instituto se interesó por la química. El profesor daba unas clases muy amenas con claras explicaciones y ejemplos cotidianos. Ya en la universidad, matriculada en Ciencias Químicas, conoció a Juan, que estudiaba Ciencias Exactas. Juan acabó la carrera y se puso a trabajar enseguida dando clases en un instituto. Ella consiguió una beca para realizar una tesis doctoral. Al poco de empezar la tesis se casarón y antes de finalizarla nació Rosa. La tesis se prolongó algo más de lo previsto.
Durante los últimos años, equipos de varios laboratorios participantes en el proyecto de investigación habían trabajado con una coordinación propia de un engranaje de relojería. Preparando muestras de distinta composición, sometiéndolas a diferentes tratamientos y procesos y efectuando los más diversos análisis que permitiesen obtener sus propiedades físicas y químicas elementales. Los efectos de los tratamientos térmicos y la implantación iónica de diversas especies atómicas en la composición y pureza de las muestras, el estado químico de los elementos presentes, las propiedades eléctricas y químicas de la superficie, todo un sin fin de propiedades se habían estudiado rigurosamente. Guiados por la intuición científica que proporciona el conocimiento de las propiedades físico-químicas de los materiales y ¿por qué no reconocerlo? el veredicto inapelable del resultado prueba-error, habían conseguido conducir el trabajo a buen puerto.
El tema de investigación del trabajo tan prometedor que ahora tenía entre manos era distinto del de su ya lejana tesis doctoral. Le vino a la cabeza su fecunda e intensa estancia postdoctoral en la universidad de Heildelberg, donde aprendió que la implantación iónica era una potente herramienta para modificar las propiedades de los materiales. Aun seguía manteniendo una estrecha colaboración con los colegas del Instituto de Química. Los dos años que pasó allí los recordaba como uno de los periodos más felices de su vida. En compañía de Juan y la pequeña Rosa. Cuánto le gustaba ese campus de la universidad más antigua de Alemania y una de las más prestigiosas de Europa. Cuán acogedora le parecía la ciudad. Juan pidió una excedencia en el instituto y aprovechó la estancia para aprender alemán y a cocinar. Siempre se sintió apoyada por Juan. Al poco de regresar nació Luis.
Miró de reojo el reloj digital de la pared y vio que eran casi las ocho. Se apresuró en recoger para ir a casa. Tenía que darse prisa si quería ver a sus hijos que seguramente habrían quedado para salir con los amigos. Quizás esta misma noche tendría tiempo de recopilar y poner en orden todos los resultados y redactar las conclusiones que permitirían establecer el protocolo de procesado de las muestras. Mañana mismo, sin esperar al lunes, le comunicaría a sus colegas el hallazgo.