Floreciendo

Trabajo arduo, en la inmensidad de la noche. En el cuarto que tantas horas de mi vida consume, en éste en el que hoy tu presencia inunda. Paseo por la habitación divagando entre mis pensamientos, esperando a ver si así florece alguna resolución convincente sobre el entendimiento humano. Mis teorías, alimento que sacia mi vida, como el agua que reconforta al sediento.

Siempre había escrito, pero tuvo que pasar mucho tiempo para que pudiera escribir sobre la verdad. Tenía que conocer la palabra más allá de su simple significado, tenía que experimentar en mi propia vida la verdad y su ausencia, y debía finalmente, desear comprenderla.

En el camino de la vida, cuando las cosas se vuelven más amargas, siempre hay una verdad incombustible, que no se agota ni se pierde cuando la mojan las lágrimas. Esa verdad late un día con más fuerza desde dentro de ese abismo en donde está nuestro corazón, nuestro ser. La primera vez que la escuchas, lo interpretas como que falta algo en tu vida, pero conforme pasan los días y el sonido se hace más plausible, caes en la cuenta de la que búsqueda de la verdad es algo más que una simple conjetura de nuestra propia cosecha. Llegados a este punto, es necesario saber responderse, saber calmarse para poder escucharnos.

Me acerco a la ventana y contemplo el horizonte con la angustiosa necesidad de encontrar algún indicio racional para mi actual teoría, al tiempo en el que deambulan ante mis ojos transeúntes ajenos a mi desdicha. ¡Qué sentido tiene tratar de comprender algo de lo que uno no es partícipe!. Es entonces cuando entro en razón, simplifico.

Vuelvo a mi mesa y escribo “verdadero es aquello que es fiel a si mismo, es decir, que cumple lo que ofrece”. Y tratando de desmenuzar dicha premisa, como si de una ecuación de segundo grado se tratase, caigo en la cuenta de que la verdad es más bien una identidad indisoluble. Y más allá de eso puede que la verdad como tal sea el centro neurálgico que motiva y conduce toda nuestra insaciable búsqueda. Quizás la verdad ya no sea sólo un medio para un fin, sino un fin en sí mismo. Y lo que toca entonces es designar a este nuevo concepto con una palabra para que nos permita discriminarlo de otros significados. Y de renombrarlo nuevamente, ¿no perdería pues su identidad inicial?.

Vuelvo a levantarme de mi asiento, sobresaltado ante tan desatinado razonamiento. Una vez más he caído en mi propia trampa que trae consigo el desasosiego imperecedero, el que ya se considera morador habitual de mi persona desde tu marcha. En mi mente se despliegan una sucesión de imágenes, reminiscencias que constatan la evidencia de que todo tiempo pasado fue mejor. Y una vez más me inunda la nostalgia y naufrago en mi pesar.

Cuando creíamos que el tiempo borraría nuestros recuerdos, tal y como borra el mar algo escrito en la arena, un día descubres que sigue todo ahí dentro. Y ahora tengo yo la necesidad de escribirme, con la esperanza de que los años y sus efectos vitriólicos sigan borrando mis recuerdos. Y ahora tengo yo la necesidad de reconfortarme, indagando en las palabras y en sus significados, dejando a un lado lo superfluo para reencontrarme de nuevo con lo indispensable.