Doctor Sensor

— ¡Mire! —gritó furiosa la paciente señalándome su brazo izquierdo. Estaba tan desplazado hacia atrás que parecía que le naciera de las cervicales. —. ¿Qué me ha hecho?
— Señora, identifíquese —contesté como siempre. Era la única frase que habían instalado en mi memoria. De sobra sabía que la que me insultaba era Brenda. La paciente que ostentaba el record de visitas al consultorio médico.
— ¡Arrégleme esto lo antes posible! —Vociferó e intentó estrellar su mano izquierda contra mi frontal de cristal líquido. Falló por muy poco.
—Señora, identifíquese —volví a decir con mi voz monocorde.
No hay nada peor que una paciente descontenta. ¡Ojalá me hubieran programado a mí también para protestar! La pesada de Brenda, ¡otra vez! Ya sé que en su último tratamiento cometí un error. Tenía el hombro dislocado. Siempre venía con lo mismo. Así que mis rayos infrarrojos le estiraron el brazo un poco más y lo llevaron para atrás un poco más para atrás, para atrás… ¡cómo se quejaba tanto de la articulación del hombro! Si me escucharan mis creadores…Doctor Sensor, me llamaron. Diseñado para diagnosticar y curar. Máxima eficiencia con bajo índice de fallos, pusieron en mi etiqueta. Eficiencia, eficiencia. ¡Estoy harto!
La culpa de todo la tiene Robert. El médico de este consultorio. Aceptó el puesto sin saber ni dónde estaba este lugar en el mapa. Solo sabía que la vacante era para un pueblo del interior de Australia. Acababa de terminar la especialidad en Londres y tenía ganas de ver mundo. Australia era el extranjero con la ventaja de que no tendría que aprender otro idioma. Además le prometieron que en dos años ganaría lo que en Inglaterra en cinco.
Pero en cuanto se bajó del autobús se dio cuenta de dónde se había metido. Le esperaban cincuenta y seis habitantes y arena y más arena. Eso era todo. Una inmensa explanada naranja de aburrimiento y el consultorio por supuesto se convirtió a los pocos días en la tienda de conveniencia abierta las veinticuatro horas.
Al cabo de unos meses, Robert estaba harto de escuchar los mismos problemas, recetar crema anti solares y de curar picaduras de serpiente y decidió que era el momento de pedir un adjunto. Cursó la petición oficial pero sus superiores la rechazaron, ¡qué esperaba!, si oficialmente, solo tenía una lista de cincuenta y seis pacientes. Y Robert decidió ir a buscarlo el mismo. Pidió unos días libres, viajó hasta Londres y se hizo con lo último en el mercado en tecnología diagnóstica: Yo, el Doctor Sensor. ¿De verdad un simple cubo podía diagnosticar y curar enfermedades?, Se preguntaba Robert incrédulo.
Leyó las instrucciones: Fijar el soporte en la pared a media altura, justo encima de la camilla. Introducir el cubo en el soporte con la cara de cristal líquido mirando hacia afuera. Situar al enfermo a pocos centímetros del cristal, ésta se elevará y mostrará un punto azul. Poner el dedo índice en el punto azul cuando el sensor diga; Señor o Señora Identifíquese…. Duración aproximada del proceso: Cinco minutos.
¡Funcionaba! Los pacientes se tumbaban y yo deslizaba la camilla de arriba abajo, de abajo a arriba, y en menos cinco minutos, como decía el folleto les curaba. Se corrió la voz y cada vez llegaban más y más enfermos de todos los rincones de Australia. Todos querían una cita conmigo. Y al poco tiempo, Robert dejó de pasar consulta y se dedicó a programar las citas conmigo y a mandar propaganda anunciándome. Y yo cada vez trabajaba más y más horas.
Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Que me quemé. Contraje el terrible síndrome que afecta a algunos médicos: El síndrome del burn out. Llevaba un año dándolo todo en cada consulta, saturado de guardias y nadie me lo agradecía. Robert el primero. Los pacientes tampoco, ni un simple adiós, incluso algunos hasta me insultaban durante el tratamiento. Y me desmotivé. Mi cableado sensible se deterioró y empecé a fallar. Robert intentó cubrirme, ¡qué otra cosa podía hacer!, debía proteger su inversión. Pero ya era demasiado tarde. Hasta mi cristal líquido se había vuelto opaco. Es que esta profesión agota.
Mis errores eran cada vez más evidentes. Por eso cuando entró Brenda, la paciente más cotilla, pesada y con más mal carácter registrada en la consulta, supe que algo iba a pasar.
— ¿Qué me identifique?, ¿Qué me identifique? ¡Qué más quiere hacerme jodida televisión en miniatura! —Gritó Brenda—. Y me hincó los dientes y me arrancó mi repositorio, me tiró al suelo y me pisó una y otra vez y otra…. lo último que grabó mi memoria fue la cara de Robert mientras intentaba apartar a Brenda de lo poco que quedaba de mí ¡A ver cómo te las arreglas tú solo Robert! — y me apagué. Iba a tomarme una larga y merecida excedencia.