Desde otra dimensión

Curio era un ser que vivía en un mundo de 4 dimensiones largo, ancho, alto y tiempo, allí no había presente, pasado ni futuro, pues el tiempo formaba parte intrínseca de los seres, era una coordenada más de su propio ser. Sabía de la existencia de una quinta dimensión que tomaba valores según la grandeza de los actos y logros realizados. Él estaba triste pues quería alcanzar los valores altos de ésta y estaba desorientado sobre lo que tenía que hacer. Para vencer su melancolía le gustaba asomarse a las ventanas dimensionales por las que podía divisar, de forma algo distorsionada, hiperplanos en los que vivían otros mundos de tres dimensiones y el favorito era el nuestro. Él nos veía como una superposición de figuras geométricas tridimensionales: esferas, cilindros, conos… que desprendían más o menos energía en su caminar por el tiempo.
Para Curio nuestro mundo era un enigma, la mayoría de las cosas se podían entender resolviendo ecuaciones como:
y’(t) +ay(t)-2bseny(t)= arctag (ln(t+5))
Pero había comportamientos relacionados con ciertas variaciones de energía asociadas a las emociones que le eran incomprensibles. Así que un día, movido por la curiosidad, ideó una forma de acceder a la Tierra, sólo tenía que proyectar una imagen suya sobre el hiperplano OXYZ en un instante determinado. Tras muchos cálculos encontró la coordenada perfecta que le permitiría hacerlo.
Fue hacia la ventana dimensional más cercana a ese valor y se lanzó. De pronto una fuerza sobrecogedora lo impulsó a una velocidad superior a la de la luz, parecía que iba a desintegrarse hasta que comenzó a vislumbrar su reflejo en la Tierra y el tiempo se desprendió de su propia naturaleza y comenzó a transcurrir. Curio sabía que una vez puesto en marcha el reloj le quedaba poco tiempo y cuando éste llegará a la coordenada propia de su ser volvería a su mundo. Se dijo ¡no debo desperdiciar mi tiempo!, en este mundo es algo muy valioso.
Caminando por nuestro mundo descubrió cosas que lo emocionaron: la belleza de paisajes y lugares insólitos, seres animales de gran nobleza, expresiones artísticas que le hicieron vibrar y avances tecnológicos de gran valor. También se encontró con otras que lo entristecieron como la destrucción progresiva del medio ambiente, la guerra, el valor que se da a unos papeles que llamamos dinero…
Ahora bien, lo que más le impresionó fue algunas de las personas que encontró en su viaje y su concepción del tiempo. Conoció a Elías, un niño de 5 años apasionado por el balonmano que siempre tenía una sonrisa en la boca, el tiempo para él parecía no pasar y sólo necesitaba el abrazo de sus padres para seguir adelante. Se encontró con Eva, una adolescente, cuyo tiempo principal se repartía entre el móvil, instagram y sus amigas. En la playa de Delos tropezó con Luis, un joven graduado de 25 años con grandes sueños, que durante sus vacaciones había viajado a Grecia para ayudar a los refugiados sirios que huían de la guerra, confiaba que con el tiempo el mundo se volviera más justo.
Pasó unos días en casa de Pilar y Juan, una pareja con dos niños pequeños, para los que el tiempo volaba por sus muchas ocupaciones y a menudo solían decir: ¡me falta tiempo, el día debería tener 36 horas!, pero siempre sacaban un rato para su familia.
Pero lo que más ayudó a Curio para descubrirse a sí mismo, fue las largas conversaciones que tenía con Anselmo, un anciano de 85 años al que ya no le preocupaba el paso del tiempo, había asumido su limitación. Podían pasar horas y horas charlando sobre temas trascendentes como el destino de la vida y los sueños no siempre cumplidos, o sobre temas más banales como el vino cosechero y el cambio del tiempo. Lo impresionaba el brillo de sus ojos cuando hablaba con orgullo y amor de sus hijos y nietos y su solidaridad con los demás.
Los días pasaron rápidamente mientras iba aprendiendo y la variable tiempo alcanzó el valor propio de Curio, en ese momento su cuerpo comenzó a cambiar y a absorber energía en un proceso endotérmico que lo devolvió a una velocidad vertiginosa a su mundo.
Quería contar todo lo que había vivido pero le resultaba difícil, probablemente se reirían de él, pues nuestro mundo era considerado simple y quizá poco interesante.
Muchas veces volvía a asomarse a la ventana dimensional por la que nos percibía, y sonreía al recordar los conocimientos que había adquirido con nosotros. Había aprendido que la grandeza de los seres y de los actos se encontraba en las cosas pequeñas y que no merece la pena angustiarse por ser más, ya que lo importante es la ilusión y el amor con los que se hacen las cosas.