Cuestión de ciencia.

El punzante dolor en la última costilla del lado derecho no le impedía estar eufórica por su último artículo: Soy Oxitocina pero todos me llaman Amor, que se publicaba hoy en la prestigiosa revista científica Natience. Un sesudo texto donde el ingenio y el conocimiento manaban a partes iguales. Marga, llevaba varias semanas trabajando obsesivamente en ese artículo, al punto de no prestar demasiada atención a ese dolor en la costilla. En los últimos meses había publicado una serie de artículos sobre genómica donde se mostraban los últimos descubrimientos en determinismo genético; desde el gen de la mala caligrafía hasta la justificación de la taurofilia, todo ello, obviamente, en términos exclusivamente biológicos. En el fondo sabía que tanta inmersión científica tenía que ver con la necesidad de olvidar y vengarse de Marcos; una relación que había terminado de forma dolorosa.

La tarde anterior pensó que antes de ir a por la revista, pasaría a que le vieran ese dolor en la costilla, y cogió la primera cita disponible para su médico. Mientras esperaba en la consulta, no pudo contener las ganas de acceder a la versión digital de la revista Natience. Su artículo aparecía en las primeras páginas de la revista, entonces recordó a Marcos y una sagaz sonrisa reveló su satisfacción.

Apenas había empezado a releer el texto, su nombre sonó desde la consulta. Cuando entró, comprobó que su doctor de cabecera había sido sustituido por Gloria, una doctora de mediana edad y trato encantador, de esos que no abundan. Marga le resumió sus molestias y la doctora después de hacerle muchas preguntas, le pidió que se desnudara de cintura hacia arriba y se sentara de espaldas en la camilla. Gloria puso las dos manos en la zona costal de la espalda de Marga y comenzó a palpar suavemente el costillar. Marga quedó inmóvil en la calidez y tersura de aquellos dedos ajenos; Gloria pasó sus manos a la zona delantera del costillar de Marga y esta no pudo evitar que toda su piel se erizara; entonces un suspiro ingobernable se escapó de sus labios. La doctora sonrió detrás de Marga y le pidió que se despojara del sujetador. Marga se ruborizó, y cuando percibió su rubor volvió a ruborizarse de su propio rubor. La doctora pasó a estar frente a Marga, y ya sin la prenda íntima, la exploró con la misma suavidad. Marga volvió a sentir cómo se erizaba sin poder hacer nada por evitarlo; algo confusa y sin saber qué decir, recordó su último artículo y también a Marcos, y terminó de confundirse. La doctora que en todo momento era consciente del comportamiento de la paciente, presionó la zona dolorida y sacó a Marga de su estado, que se quejó con resignación.

Marga volvió a vestirse mientras Gloria tecleaba algo en el ordenador. La doctora extendió una receta y restó importancia a la molestia en la costilla. A Marga se le pasaron una infinidad de preguntas que hacerle a la doctora, pero todas le parecían estúpidas, impropias. En realidad no quería saber nada sobre su costilla, quería saber por qué había tenido esas sensaciones al contacto de las manos de una desconocida en su torso.

Sin salir de su confusión, abandonó la consulta y se dirigió a por la revista para poder farolear de su flamante artículo sobre la verdadera esencia del amor. El rubor de sus mejillas todavía flameaba las pupilas. Pensar en la revista y en el artículo no calmaba el ardor de las huellas dactilares en su espalda, y sin hallar explicación bajo su ortodoxa forma de pensar, buscaba un origen biológico a la extraña reacción de su cuerpo. Cerró los ojos y apareció Gloria acostada sobre su pecho mientras las cuatro piernas se enlazaban hasta las ingles. Asustada, se preguntó qué se le escapaba, cómo podría justificar todo aquello. Entonces y en medio de ese torbellino de dudas y preocupaciones tuvo una idea; aquello sería el inicio de un nuevo artículo en el que analizaría la genética del sentido del tacto y sus consecuencias en la selección natural. Al fin y al cabo todo es cuestión de ciencia.