Hasta luego, Bob

La lluvia acaricia la fachada de un hospital de Londres. Hay una habitación de la novena planta en el ala oeste y, en su interior, un joven tumbado en una cama que lee una revista de viajes. Varios tubos transparentes le conectan a una máquina cuyo zumbido sirve de contrapunto a las gotas contra el cristal. Unos golpes en la puerta y al momento entra una enfermera que empuja una silla de ruedas. Su ocupante es un joven vestido sólo con una bata sanitaria. Le falta la pierna derecha. El joven de la cama sonríe, su rostro se ilumina y el único ojo que le queda, cansado, parece resplandecer.
—¡Vaya, Bob! ¿Cómo tú por aquí?
—Je, ya ves. Echando una visita.
—No tenías por qué molestarte, hombre.
—Na... si es lo menos que podía hacer...
—Gracias, Bob, de verdad. No se ve mucha gente por este pabellón.
—Y no lo entiendo.
—Ya, bueno...
—Sí...
Tras un encogimiento de hombros, la conversación se deja ahogar por el zumbido de la máquina. La enfermera inspecciona su manicura, como absorta ante todos los matices de la laca de uñas. El tamborileo de la lluvia se intensifica. Siempre diluvia las tardes de noviembre en Londres.
—Oye, ¿vas a ir a ver al Liverpool?
—¡Qué va! Por culpa del maldito postoperatorio me pierdo la final.
—Lo siento, Bob. Ya verás como no es nada, al final. Los injertos...
—Sí, lo sé. Sin riesgo de rechazo. Injertar la pierna, tres meses en cama y a casa.
—Bueno, por lo menos estarás listo para cuando la carrera.
—¡Anda! Y tú, ¿cómo sabes eso?
El joven acostado señala un papel doblado sobre la mesilla junto la cama. El visitante lo coge y lo desdobla. Maratón benéfica multitudinaria el treinta de marzo de dos mil ochenta y siete a favor del sufragio para los grandes simios. Sale un gorila sonriente, feliz por ser el primero en atravesar la línea de meta.
—Je, te conozco muy bien, Bob. No ibas a perder la oportunidad de participar.
—¡Nuestros primos tienen derecho a decidir sobre las resoluciones del Congreso!
—¡Hey, que le estás predicando a un converso!
—Perdona, es que es un tema que me toca la fibra.
—Tranquilo, Bob. Ya verás como al final acaban aprobando la enmienda.
—Seguro. Oye, ¿cómo vas con la diálisis?
Ambos miran la máquina. Púrpura brillante que asciende y desciende por los tubos. Las bombas giran y giran sin descanso, hipnóticas, limpiando la vida de quien ya no puede hacerlo por sí solo. La enfermera se coloca el cabello bajo la cofia y mira su reloj, sin que parezca interesarle el desarrollo del diálogo.
—¡Bah! me deja hecho un asco, pero ya sabes que sin los riñones...
—Tío, no sabes cuánto lo siento...
—No fue culpa tuya, Bob, tranquilo. Fue el tipo aquél, que se saltó el stop.
—No sé qué haría sin ti, la verdad.
—No te me pongas sensiblero ahora, Bob.
—No, mira, es que ojalá pudiera hacer algo más por ti.
El joven de la silla de ruedas se inclina hacia la cama. Levanta la mano hacia el yaciente. Casi como si fuera a tocarle. Casi, pero no. La mano vuelve al regazo en busca de los dedos de su gemela.
—Ya vienes a visitarme antes de cada operación.
—Bueno...
—Eso es más de lo que hacen la mayoría. A mí me basta, Bob. En serio.
—Ya, bueno...
—No te mortifiques. Estoy aquí para eso.
—¡En cuanto me despierte vengo a ver cómo estás, te lo prometo!
—Eres un buen tío, Bob. Ya verás como al final conseguís lo de la enmienda.
El pitido de una alarma acuchilla el aire y la enfermera se sobresalta. La pantalla de su reloj luce con insistencia. Frunce ceño y labios al bajar los ojos hacia al joven de la silla. No taconea. No parece que lo necesite.
—En fin...
—Sí, Bob, llegó el momento.
—Nos vemos en el quirófano, ¿eh?
—Claro. Hasta luego, Bob.
—Hasta luego, clon de Bob.