Entrega especial en Ganimedes

I
Luna vomita algo con el color y la textura de una crema de guisantes que ha pasado demasiado tiempo a temperatura ambiente. ¿Por qué?- se pregunta -¿Por qué sigo haciendo esto?
La semi-inteligencia virtual de la nave expone, en tono neutro, un informe sobre el estado del cuerpo de Luna. Es un ruido de fondo ligeramente irritante. En estos momentos la voz explica cómo su metabolismo está expulsando los nanos de tránsito, lo que significa que tendrá que hacer otra visita al aseo en cuestión de minutos.
–Figúrate. El glamur del viaje espacial.
El proceso de expulsión ha sido acelerado por la sustancia que los pilotos llaman “mata-bichos”, inyectada por vía intravenosa. Esa cosa desactiva los nanos de tránsito, los micro-robots que viajan por el torrente sanguíneo y permiten sobrevivir al viaje espacial. El fabricante dice que apenas tienen efectos secundarios. Ya. Sólo unos ligeros temblores y mareos.
Vaciar el estómago de pasta estabilizadora también es molesto, pero Luna sabe que sin esa cosa sus tripas no soportarían un tránsito con una G casi constante. Y cuando su cuerpo esté limpio, tendrá que ingerir Estable-C (otro tipo de nanos) para su estancia en el hábitat. Ah, y las inyecciones anti-radiación. En la región joviana unas horas de exposición pueden freír tu ADN incluso en un entorno protegido.
Luna entrelaza las manos detrás de la espalda y se estira, haciendo crujir sus vértebras.
- En serio. ¿Por qué hago estas cosas?
II
Los colonos de los cinco hábitats Musk celebran una gran fiesta. Cuatrocientas personas de juerga en una estructura que orbita en torno a Ganimedes.
Objetivamente, es un despilfarro de recursos. Pero para los presentes la ocasión lo merece: por fin ha llegado el carguero con las cunas prenatales (aunque el nombre oficial es úteros artificiales, es raro oír ese término fuera del mundo médico).
Los futuros padres y madres podrán concebir en las próximas semanas, y en la clínica orbital ultiman los preparativos para las largas y agotadoras jornadas que vendrán. El personal tendrá que trasplantar los embriones a las cunas sin descanso, antes de que la radiación y la ingravidez puedan dañar a las futuras niñas y niños. Esas cunas de Ceres son duras. Se podría detonar un ingenio termonuclear a unas decenas de kilómetros, y el útero artificial seguiría manteniendo a salvo al feto.
Luna sonríe con cortesía a la larga fila de colonos que se turnan para palmear su hombro o abrazarla. La felicitan por su trabajo y tratan de invitarla a beber. Acuden a ella con especialidades culinarias locales y pequeños obsequios. Su entusiasmo es comprensible: una comunidad tan aislada ve pocas caras nuevas, y el cargamento de cunas la convierte en heroína por un día. Pero ella pertenece a las rutas de tránsito, y las comunidades de colonos le resultan un poco, cómo decirlo...
Alienígenas. Sus posturas, su expresión corporal, sus prioridades… casi podrían ser de otra especie.
Es curioso –piensa- mi cerebro reconoce que me encuentro en las primeras fases de la “alienación de piloto” (H.H. dixit). Y no me importa. Bueno, ya lo compensaré con una buena juerga en Ceres. Y sí, hablaré con la condenada terapeuta marciana. Mientras tanto, hay que aguantar y poner buena cara, va con el trabajo.
- No, amigo, gracias. Ver tu sonrisa es recompensa más que suficiente. Pero gracias, de verdad.
Modo pasivo activado. Pausa. Nueva aproximación. Semblante amistoso.
- No, amigo, gracias…
III
La nave se ha alejado mil kilómetros del Musk más cercano para activar el impulsor de tránsito. El vehículo espacial resulta minúsculo cuando se compara con el módulo de transporte, ahora lleno de contenedores de Helio-3.
Luna se afianza en la litera de aceleración mientras se concentra en el entorno virtual del control de vuelo. Su casco RV trasmite información multi-espectral, convirtiendo la nave y su entorno en una extensión de su propia mente. Muy lejos, siente su cuerpo adaptándose a los nuevos nanos. Las hipodérmicas inyectan estimulantes en su torrente sanguíneo, siguiendo las indicaciones de la semi-inteligencia virtual. La piloto debe pilotar; su cuerpo es responsabilidad de la máquina.
El generador cambia el orden de potencia y el rumor sordo de la impulsión llega transmitido por la vibración del casco. La nave empieza a acelerar.
Las cámaras exteriores captan el lejano sol, como un padre huraño y bondadoso en la distancia. El interfaz RV marca la posición de los satélites jovianos (una constelación en tonos de púrpura). La esfera helada de Ganimedes se hace más y más pequeña con el telón de fondo de un mar de estrellas.
El viaje ha comenzado.
Luna se estremece satisfecha. No existe nada igual en el mundo. Nada parecido a este momento.
Y, como siempre, un pensamiento acude a su mente:
- Es por esto, claro. Por esto hago lo que hago.