El método científico

Por primera vez en mucho tiempo, se movía en terreno desconocido. El proyecto difería del habitual enfoque molecular que empleaba en su investigación. Había leído publicaciones al respecto anteriormente: en ciencia es vital conocer el estado de la materia antes de lanzarse a investigar nada. Sin embargo, la literatura disponible no le había convencido: era imprecisa y poco contrastable experimentalmente. Reunió los pocos datos fiables que encontró y se encerró en su habitación durante varias noches para tratar de elaborar un protocolo apto para afrontar la cuestión, y discutió con algunos colegas de confianza cómo enfocar el proyecto.
El día del experimento se encontraba sentado en lugar muy diferente del laboratorio, y miraba nerviosamente a ambos lados, como esperando encontrar de repente la taza de la Guerra de las Galaxias que presidía su mesa o, en lugar de un botellín de cerveza, su café de media mañana. Enfrente de él, rodeado de cuadros de estilo vintage que adornaban la cafetería, había un espejo al que ponía mucho empeño en ignorar. Cada vez que miraba su reflejo de reojo, en lugar de una bata blanca veía una camisa que hacía años que no usaba, y sus cabellos cuidadosamente ordenados en una matriz de gomina.
La puerta de la cafetería se abrió y un destello dorado captó de inmediato su atención. Movido por la costumbre, se llevó la mano a su pecho, donde normalmente un bolsillo guardaba un bolígrafo negro con el que anotaba todos los detalles de sus experiencias, pero esta vez no dispondría de su fiel libreta.
Lo primero en cualquier experimento es la hipótesis, y la suya acababa de aparecer ante sus ojos.
Su intuición de científico le había dicho desde el primer momento que no era posible poner a punto un protocolo de trabajo que diera resultados óptimos. Las variables del experimento eran elevadas y no era posible controlarlas todas. Sin embargo, no había contado con tener que hacer frente a su propio nerviosismo, a chocar con la mesa cuando se levantó a saludarla o a su la estridencia de su voz al preguntar qué tal se encontraba. Los imprevistos habían empezado muy pronto y ello no solía dar lugar a buenos resultados, pero solo tenía una única oportunidad. En primer lugar, un análisis exhaustivo de la hipótesis de trabajo era imprescindible. La melena rubia se extendía hasta más allá de unos hombros descubiertos y morenos. No sabía que la melanina pudiera generar una tonalidad tan interesante. Volvió arriba, a unos ojos con un iris pardo heterogéneo, con islas color miel y un brillo intrínseco. A una nariz pequeña y chata, con algunas motas marrones. A unos labios pintados de un color rojizo cuyo significado no podía desentrañar y a unos dientes que desafiaban su concepto de entropía.
Ciertamente, no esperaba que su hipótesis de trabajo le resultase tan atractiva.
Negó con la cabeza. Pensó en Fleming. ¿Qué habría pasado si hubiera estado en las nubes justo en el momento de descubrir la penicilina? Un científico debe estar concentrado en todo momento. Mantén la calma, dos besos, sin precipitarse, sonríe y te sientas.

A medida que el experimento avanzaba, se sentía cada vez más confiado. Había desarrollado diferentes estrategias en función de los resultados preliminares que fuese observando, de modo que cuando golpeó la mesa y tiró su cerveza medio llena al suelo, pudo reconducir la situación con suficiente solvencia. Se sentía como las primeras bacterias que aparecen en el medio de cultivo, un pequeño amanecer de vida en la inmensidad de la nada inabarcable.
Sin embargo, cuando el experimento parecía terminar, la hipótesis sonrió y ya no pudo hacer nada. La hipótesis sonrió y ya no pudo pensar en nada más allá de si el número de lunares de una espalda puede llegar a ser significativo, o por qué una sonrisa brilla sin ser fosforescente.
La hipótesis sonrió y se dio cuenta de que se había resuelto sola. Apagó las luces, cerró la puerta y salió del laboratorio.