Dios del electrón

Cuando mi papá me llevaba de paseo, siempre me cogía de la mano. Y siempre de la mano izquierda. En su derecha, no había dedos, era carnosa y ovalada como una alcachofa. “Papá, ¿dónde están tus dedos?” Se los llevó el monstruo me dijo.

Mi papá fumaba. Le dijeron que fumar es malo. Que debería fumar vapor de agua con cigarrillos de aluminio. Cilindro maldito que se llevó la mano de mi papá. Una noche de tormenta, cuando mi padre fumaba en el jardín unos cuantos electrones decidieron saltar del suelo al cielo a través de mi papá, su mano derecha y el diabólico cetro metálico que sujetaba orientado hacia Meblukon. Dios de la electricidad, señor de los electrones que vive detrás de las nubes y que nos bendijo en el principio de los tiempos con la ración suficiente de sus vástagos para hacer funcionar nuestro sistema nervioso.

Mi papá lo supo desde el primer momento en que vio su mano desprovista del número recomendado de dedos. A través de sus rayos, mi padre había sido elegido por Meblukon. Por eso no se sorprendía cuando las lámparas se encendían a su paso, y se apagaban después como una reverencia energética. La tele nos daba imágenes de golpe, la radio soltaba estática.

Y como todo el mundo sabía desde hace mucho en este planeta, la energía se terminó. Las farolas se apagaron para siempre y la danza macabra de las lavadoras llegó a su último compás. No es de extrañar que la gente se mosqueara al ver a mi padre resucitar la batería del coche con su mera presencia o las luces que salían de nuestra casa cuando todo el mundo había sacado las velas.

Pensó mi padre que la voluntad de Meblukon era ofrecer esa energía a todos los vecinos sin costes. Siempre que hubiera organización. Pero tuvimos que abandonar la ciudad cuando quisieron conectar a mi padre a una central eléctrica.

Y una noche, mi padre, agotado de todo, sacó el cigarrillo electrónico, salió a la calle e invocó de nuevo al Dios de la electricidad. Como Moisés, abrió una grieta entre las nubes y Meblukon descargó sus hijos sobre él. Por la mañana, lo encontramos tirado en el suelo. Lo hemos encerrado en un cuarto, sin ventanas, hemos roto todas las luces de casa para que no nos descubran. Porque aún funciona, como la Nintendo 64 que rescaté del trastero. Mi papá ya no da paseos conmigo, pero soy el único niño del mundo que aún puede jugar a la consola.