Elixir

El día que le iban a otorgar el premio Honoris Causa Científica por descubrir el elixir de la inmortalidad el Doctor Callahan McArthur no se presentó a recogerlo. Doctores de toda Inglaterra y de todo el mundo se revolvieron nerviosos en sus asientos y un murmullo tenue y progresivo comenzó a apoderarse de la sala. Mientras se ajustaban las corbatas y toqueteaban sus tarjetas identificativas con manos sudorosas, se preguntaron en distintas lenguas cómo era posible que aquel que había descubierto el compuesto químico que iba a cambiar la historia de la humanidad no estuviera allí para recibir su honorable premio.

A las 11:30 de aquella mañana dos agentes de policía entraron en una buhardilla pequeña y silenciosa del barrio alto de Godstown. Larry, el más joven de los dos, irrumpió con su perilla cuidadosamente recortada antes que su compañero, pecoso y corpulento. Allí, entre montañas de libros, que cubrían casi todo el suelo de la única pieza de la casa, encontró el cuerpo del Doctor Callahan McArthur, de color azul violeta, colgado de una viga de madera con una cuerda de tender. Además de sacar el cadáver y colocar en la puerta un cordón policial, los policías no tuvieron mucho que hacer. Aquel hombre de ochenta y tres años no tenía familia y todas sus posesiones eran libros mohosos y papeles que llevaban años acumulando el polvo de su pequeño apartamento.

Aquella noticia revolucionó los diarios ingleses. El país conoció la existencia del paradójico Callahan, el científico que se quitó la vida cuando había descubierto el elixir de la inmortalidad. Al de pocas semanas, sin embargo, el hallazgo de la milagrosa poción cobró unas proporciones mucho más significativas. El mundo supo entonces de su posibilidad de vivir eternamente gracias al nuevo compuesto: carmilio pirragenado.

Como era de esperar, el comercio de carmilio se disparó. Una gran compañía extractora se hizo con la principal mina de carmilio del planeta e hizo negocios con los laboratorios de una importante farmacéutica, que a partir de ese momento se dedicó exclusivamente a la producción del “Elixir Callahan”. Al comienzo, el elixir de la inmortalidad se vendía por sumas millonarias, haciendo muy reducida la cantidad de afortunados que gozaban de sus benefactoras propiedades. Después, su comercio se generalizó y miles de millones de personas tuvieron acceso a consumir diariamente el elixir, en pequeñas dosis diluidas, que se administraban en ampollas del tamaño de un dedo meñique. Los laboratorios bio-genéticos investigaron sobre la posibilidad de inyectar una parte del elixir en el ADN de los recién nacidos para que su ritmo de crecimiento fuera atenuado y se estancase a la gloriosa edad de veinte años. Los estados que poseían el monopolio del elixir sufrieron ataques de los países vecinos, de los que se defendieron ferozmente. Las vida de las personas se alargaba considerablemente y las familias seguían teniendo hijos, pero las luchas de poder compensaban el peso ecológico de la masa humana cobrándose al año millones de vidas.

Años más tarde, el joven policía de Godstown que había encontrado al viejo Callahan pendido con su cuerda de tender volvió a pensar en aquel hombre. Su compañero pecoso, con el mismo aspecto que entonces gracias al elixir Callahan, estaba en el asiento de al lado tomando un café. Larry, cuya única diferencia con el antiguo Larry era que se había afeitado la perilla, le dijo a su amigo:
—Aún no me explico lo de Callahan.
—¿El qué exactamente? —su compañero dio un sorbo al café y puso los pies sobre la mesa.
—Lo del suicidio. Por más que le doy vueltas, no me lo explico. ¿Por qué iba a querer suicidarse alguien que acaba de descubrir el elixir de la inmortalidad?
—Quién sabe. Aquel hombre no tenía familia. Quizás no quería vivir eternamente sin familia —dijo y bebió otro sorbo de café, mientras se rascaba la barriga.
—Ya, pero el elixir le hubiera convertido en el científico más prestigioso del planeta y seguramente, en la persona más rica del Universo. ¿Quién en su sano juicio podría renunciar a eso? —dijo Larry, acariciando una perilla inexistente.
—No lo sé, alguien noble a quien no le importase el dinero o la fama.
—¿Estás de broma? No hay hombre en el mundo más famoso que Callahan. Todos los días se dan conferencias sobre él. Tiene millones de seguidores en congregaciones. Hasta hay calles, barrios y plazas a su nombre y varios días festivos en su honor.
—Yo lo que no entiendo es cómo puedes juzgar al hombre que nos ha dado la vida eterna —el policía gordinflón bajó las piernas de la mesa y se puso a buscar algo en los bolsillos del pantalón—. Anda, Larry, deja de decir sandeces y tómate el elixir. Ya son las 11:30.