El Pabellón de la Muerte

Cuando llegó al pabellón de las matronas, Anna golpeó el portal. «¡Abridme! ¡Por favor! ¡He roto aguas! ¡Abridme!». Pero sus puñetazos nerviosos sobre la madera sólo lograban perderse por las callejuelas de Viena. «¡Qué alguien me ayude!». Se tumbó como pudo tras la puerta cerrada, soplando y sollozando, aterrada y cansada por el dolor que no sabía cómo controlar. El suelo estaba húmedo y embarrado. Se sujetó la panza con las manos. «Todo va a salir bien, pequeñín». «Ya verás, todo va a salir bien.». Sin embargo, Anna no estaba segura de nada de eso. Levantó la vista y oteó cada uno de los lados de la calle. Una luz mortecina se levantaba por el este a través de la humedad del Danubio. Anna se sintió terriblemente sola. El pabellón de las matronas era su última solución.
De repente, oyó un chasquido metálico dos edificios más allá. Una puerta se abrió y vio como de allí salía una carretilla cubierta por una sábana sucia y roja. Detrás de ella, sujetándola, había un hombre bigotudo con uniforme de cirujano que hacía unos esfuerzos considerables. Dejó la carretilla a un lado y sacó un cigarrillo de un bolsillo. Contempló ambos lados de la calle, como si esperase a alguien. Anna, horripilada ante la idea que un médico la recogiera, intentó esconderse dentro de las sombras de la madrugada. Pero, al encogerse no pudo evitar gritar de dolor. El hombre se giró sorprendido. «¿Hay alguien ahí?». Anna se tapó la boca e intentó, fútilmente, esconderse tras unos cubos de basura. Pero el hombre abandonó la carretilla y fue a su encuentro. «Oh, Dios mío.». «¡Jákob! ¡Jákob, ven, corre!». Otro hombre salió de dos edificios más allá, vestido igual, y corrió hacia el médico. «¿Está usted bien? Pero si está usted embarazada. ¿Qué le pasa? ¿Ha roto aguas?». Anna se encogió más, agarrada a la panza, como si la protegiese. «Venga, ven. Le ayudaremos. ¡Luca, va! ¡Vamos a levantarla!». Anna negaba con la cabeza. «No, no, no.». «Va a estar bien, no se preocupe. . «Llevadme a las matronas, no quiero ir con vosotros. ¡Las matronas!». Luca y Jákob la forzaron a levantarse y, casi en brazos, la arrastraron hasta el pabellón médico del Hospital de Obstetricia de Viena. «No, al pabellón de la muerte no, os lo ruego señores. ¡Llevadme a las matronas!». Al acercarse, Anna vio como la carretilla llevaba un cadáver pálido, casi azulado. Le vinieron arcadas al verlo. Cruzaron el umbral. «Aquí va a estar bien, no necesita a las matronas para que todo salga bien.» dijo Lucas. Después de cruzar un pasillo, donde varios rostros bigotudos los miraban, la dejaron en una camilla. «Ahora viene el doctor Semmelweiss. Quedase tranquila.».
Al cabo de unos minutos, un señor calvo se acercó. Anna volvió a encogerse. «Comprendo su miedo, señora. Pero aquí no tiene nada que sufrir. Su hijo y usted se irán por su propio pie de este pabellón gracias al conocimiento científico. No tenga la menor duda.» dijo en un deje húngaro. «He visto un cadáver en la puerta.». El doctor sonrió. Rodeó la cama y se acercó a una fuente. «Ve. Ve esto.» señalaba el agua corriendo. «Esto le va a librar de la fiebre puerperal y de la muerte.». «¿El agua?». «En efecto. ¿No es revolucionario, señora? Gracias a mis investigaciones, sé que con el agua y el alcohol, las muertes no se suceden. Su hijo y usted han tenido mucha suerte de terminar aquí». Anna lo miró inquieta y dolorida, mientras él se lavaba las manos. Luego, ya todo fue dolor, sangre y lloros.
Cuando estuvo todo hecho, el doctor se acercó a ella y al bebé. Ella miraba a la niñita entre lágrimas y satisfacción. «¿No voy a morir doctor?». Él negó con la cabeza. «No hay rastros de inflamación grave en el útero.». Anna suspiró, miró al bebé y volvió la vista al doctor, otra vez. «Puedo preguntarle algo.». Él asintió. «No se ofenda, estoy agradecida, pero no puedo olvidar que me forzaron a venir cuando no quería y me han asistido sin que pudiera evitarlo.». Semmelweiss frunció un poco el ceño. «Me pregunto cuántas mujeres han muerto forzadas a parir aquí.». El doctor hizo un ademán, como si no comprendiese. «No entiendo esa pregunta, señora.». «¿Cuántas doctor, para que su ciencia funcione?». Él parecía algo molesto por la pregunta. «Gracias a ellas, ahora podremos evitar más muertes.» sentenció con orgullo. Anna asintió, poco convencida, para que el doctor se marchara. «Lamentablemente muchas mujeres, doctor.» susurró Anna. «Lamentablemente, muchas.».