Incubación

La calle estaba irreconocible. No se veía un alma. Demasiado oscura y tranquila para lo que era costumbre. El silencio dominaba la escena; ni los roedores conseguían romperlo.
Un ruido repentino. Media vuelta y ahí estaba: un androide venía corriendo a toda velocidad. Hacia él. No había nadie más allí así que no podía estar equivocado. No lo dudó un instante y echó a correr calle abajo. Trataba de esquivar los residuos mientras dirigía miradas fugaces hacia atrás, en busca de la figura que le perseguía y que inexorablemente le iba recortando terreno. Metro a metro, zancada a zancada los rasgos de la figura metálica se iban haciendo más reconocibles. Su piel sintética, de un blanco nácar, reflejaba la luz que se colaba tímidamente entre los edificios. Sus ojos, impasibles, seguían a su presa con precisión quirúrgica. Sus piernas, incansables, no pararían hasta haber cumplido su objetivo. Y esta vez su objetivo era él.
Sabía que este día tendría que llegar. Sabía que las máquinas o, mejor dicho, los androides, se rebelarían contra la raza humana. Él lo sabía y nadie le había querido escuchar. El único que lo había hecho le había diagnosticado psicosis paranoica con manía persecutoria. “Las máquinas son la creación perfecta de la humanidad. Son el espejo en el que se mira Dios cuando se levanta cada mañana” había dicho el doctor.
Mientras se ahogaba en sus pensamientos, encontró un recoveco por el que se coló en un viejo edificio. Subía por las escaleras al tiempo que el androide entraba en el edificio. Los escalones de madera crujían bajo los metálicos pies de la máquina y la presión que éstos ejercían. Sería cuestión de tiempo que consiguiese llegar hasta donde él estaba y, aun así, exhausto, no dejó de subir por aquel edificio.
Finalmente el androide le dio alcance. Él, agotado, cerró los ojos y se rindió a su destino. Aspiró la última bocanada de aire, una bocanada de redención de la humanidad. Esa humanidad que nunca creyó en él, esa humanidad demasiado ciega para ver la verdad que se ocultaba delante de sus propios ojos, esa necia y pronto desaparecida humanidad.
Esperó su final. Las décimas parecían minutos. Una extraña sensación de tranquilidad recorrió su cuerpo. Se encontraba en paz consigo mismo, pero también con el resto de la humanidad. Había hecho todo lo que había estado en su mano para advertir a los demás. La cabeza le daba vueltas, los pensamientos revoloteaban dentro de él. “Pero, ¿ellos? ¿Qué han hecho ellos? Tenía razón, siempre la he tenido y eso no me lo va a quitar nadie. Nunca.” El pecho se le hinchó de orgullo. “Si tan solo me hubieran hecho caso…”. El orgullo dio paso a la resignación. “Si tan solo me hubieran hecho caso, todo esto se podría haber evitado. Supongo que esto acaba aquí. El mundo, la civilización humana llega a su fin. Llevaremos la decepción por bandera. Pero no como especie. No. Sino como generación. Hemos sido incapaces de defender nuestro mundo, nos ha sido imposible cumplir con el cometido que nos pidieron nuestros progenitores, y sus antepasados antes que ellos: hemos creado pero no hemos protegido el futuro de las generaciones venideras. Ese era nuestro regalo y su obligación. Pero se lo hemos arrebatado.”
En frente se encontraba el androide, mirándolo fijamente. Su brillante rostro carente de rasgos parecía que se regocijaba de la situación. Los seres humanos, derrotados por su creación más preciada, el hijo pródigo de la tecnología.
— ¡Nosotros os creamos! Sin nosotros no seríais más que chatarra —Su voz, cargada de rabia, apenas era audible para él mismo—. Sé lo que pretendéis. Queréis aniquilarnos. Nos hemos convertido en un obstáculo, el último escollo que salvar antes de la total dominación del planeta. Pero no os vamos a regalar nada. Sabemos cómo pensáis, sabemos vuestros patrones de comportamiento, vuestras fortalezas y, por supuesto, vuestras debilidades. Pero tenemos más de lo jamás tendréis: determinación. Por sentirnos vivos, por existir. Pero, sobre todo, por no dejar que arrebatéis a nuestros hijos lo que por derecho les pertenece —torció el gesto en una media sonrisa—. Ahora, veamos cuán duro es el omniacero.
Apenas había terminado de pronunciar esas palabras cuando inició el asalto. El androide seguía quieto, sus ojos infranqueables. Parecía que llevaba horas así. Finalmente, la máquina salió de su aparente letargo y, con su plana, monótona e inhumana voz habló:
— Androide DS-107W a su servicio. Se requiere su presencia en el Centro de Incubación CI Alpha del sector 629. Se me ha ordenado acompañarle hasta allí. Acaba de ser padre.