El árbol rodeado de farolas

En una ciudad llamada Ciudad Cemento, en el estado de Urbanópolis, en Desarrollistán, vive un único árbol rodeado de farolas. Alcornoque, que es como todos llamaban al árbol, ha crecido en una pequeña mancha de tierra que, por alguna razón, los ingenieros que han diseñado Ciudad Cemento han respetado en el centro de la Plaza Central.

Cada año, con la llegada de las primeras lluvias, cuando alcanzo un nuevo grado de madurez, veo las cosas aún de forma más cruda y me doy también más cuenta de la realidad espantosa que me rodea. No puedo evitar sentir unas ganas tremendas de revelarme contra todo...pero estoy sólo. El resto de los árboles fueron eliminados por el Sistema hace ya bastantes años, y fueron talados. Pero eso ya forma parte de un pasado lejano, pues hace ya 150 años que me dejaron completamente sólo en esta plaza. Al parecer, no sé si será tan sólo una especie de leyenda que cuenta la gente, ciertos cálculos de los ingenieros fueron los que me salvaron la vida, pues necesitaban un árbol que produjese el oxígeno que necesita la ciudad.

Antes los humanos no podían vivir sin los árboles y plantas, dependían de ellos para todo, alimentarse, respirar y mantener los ciclos naturales del planeta, en cambio ahora, conmigo tienen bastante para toda una ciudad de más de treinta millones de habitantes. Ellos están convencidos que eso es señal de lo mucho que han progresado. ¡Qué triste me resulta verlos pasear cabizbajos y siempre serios!, no hablan casi unos con otros cuando van por la calle, todos andan, bueno, casi corren de un sitio para otro como si fuesen máquinas de esas que ellos mismos construyen. Parece como si quisieran parecerse a ellas y se esforzaran continuamente en ello...

Lo que más me fastidia es su adoración por las farolas. Reconozco que siento cierto desprecio por esas larguiruchas y delgaduchas “barritas de acero” con luz. Ellas se adaptan muy bien al Sistema. No parecen envejecer, pues nunca cambian de aspecto, aunque hay veces que se averían, pero siempre llega el Sistema a mimarlas y repararlas. Muy de tarde en tarde, cuando alguna es no es reparable, deciden sustituirla. Imagino que sus hermanas farolas no sienten mucha lástima cuando eso ocurre, porque ninguna hace nada por evitarlo, en cambio yo, a pesar del odio que parece que les tengo, no puedo evitar sentir lástima cuando veo que retiran a alguna.

También observo que se adaptan bien al resto de los progresos de Ciudad Cemento. Ellas marcan alegremente el camino que han de seguir los coches, todas alineadas a la perfección, limitándose exclusivamente a su monótono trabajo de iluminar. Tampoco han protestado nunca cuando alguna vez uno de esos coches se ha desviado del camino y ha derribado a alguna hermana farola. Hasta tengo la sensación de que ante una farola caída en el suelo el resto de sus hermanas se siente molesta hasta que no es retirada. En cambio a mí los coches no me dejan casi respirar. A veces me pregunto si contaron con eso los ingenieros. El humo de esos vehículos impregna mis hojas y sólo de tarde en tarde, el encargado de mis cuidados tiene el detalle de darme una ducha de agua fresca. Yo intento comportarme agradecido y expando al máximo mis ramas y extiendo mis hojas en señal de agradecimiento y, la verdad, con la intención de que ese ser-humano-partícula-del-Sistema comprenda la necesidad que tengo de ello y lo haga con mayor frecuencia. Pero resulta imposible que relacione algo tan sencillo, o si lo comprende, le da absolutamente igual mi opinión al respecto.

Yo sé lo que esas farolas deben pensar de mi. Sé que ellas creen que como yo no puedo conectarme al Sistema no ofrezco ningún beneficio. Me ven como un parásito, y seguro que sienten rabia al ver como, a pesar de ello, el Sistema no me ha eliminado.

Otras veces me he preguntado, ¿Cómo es posible que tengan tan poca ambición en la vida?, soy incapaz de entenderlo. ¿Seré yo quien realmente sea ese “bicho raro” que ellas piensan?, y sin embargo, lo veo todo tan claro que me resulta imposible rechazar mis argumentos.

Lo cierto es que me siento solo. Es evidente que este mundo no lo hicieron para mi, así que no sé porqué el Sistema no me elimina. A veces tengo la desagradable sensación de ser una especie de monumento que sirve para que sus partículas puedan reírse de su pasado y a la vez se sientan orgullosas de su presente. Sin embargo algo me hace creer que quizás me necesiten realmente, sinceramente, no voy a ser modesto conmigo mismo, creo que el día que me toque morir, será el mismo día en el que morirá el Sistema. Es como un presentimiento.