RELATOS

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Ya han pasado 28 días desde la última señal, el tiempo pasa y algunas veces la grafica marca un pico muy alto en los todos, me preocupa el sondeo ya que es algo inusual, no afecta de gran manera la señal en los servidores, pero es extraño de totas formas. Soy Daniel, me gradué hace poco en ingeniero informática y ahora estoy trabajando en una impresa como seguridad, básicamente trato de impedir que los hacker entre en los servidores, mi trabajo es escribir software de protección, desde que empecé, lo único que hacía es actualizar los servidores para ver si hay algún virus y destruirlo, en mi pequeño despacho rodeado de ordenadores me hace recordar mis días de la uní, nunca fui una persona que le gustase las fiestas, todos mis amigos, todos los que necesito se conectan en la red para jugar a juegos online.

Un día en mi oficina, navegando y comprando la cena por internet, se me ocurrió entrar en la net.war, es un lugar del espacio de internet donde puedes navegar con códigos fuentes a todas partes del mundo y todos los servidores, la única pega con los muros de cada servidor, son como corta fuegos, que te impida que pases sin permiso, pero como navego por códigos pasar por los muros es fácil, de este modo es fácil encontrar hacks que también naveguen por la net.war, pero no es fácil entrar, tienes que saber interpretar los códigos de la net.war, cuesta más trabajo pero es la mejor manera de entrar de verdad en internet, es como decir el ciber espacio que hay, la realidad virtual.

Navegando en la net.war, surgió un sísmico alto, el sísmico que ocurre en la net.war es como un fallo que se produce en lapso corto de tiempo, es como las interferencias en las señales de radio, pero la diferencia es que todo queda parado por unos segundos. En la net.war siempre ha habido estos sísmicos, pero últimamente la actividad fue aumentando y más intensamente, estos fallos solo se producen en la net.war. En los navegadores normales un sísmico casi no se nota, eso se debe que el tiempo y el espacio es relativo en los navegadores, es decir, no tiene un tiempo fijo, o un espacio concreto, eso solo son dados del servidor que usas, pero en la net.war existe un tiempo y un espacio, nadie sabe el porqué y el cómo pero es como otro mundo diferente que vemos atreves de la pantalla del ordenador. Tras ese gran sísmico decidí investigar de donde provenía y el porqué, usando el servidor de la empresa puedo procesar datos mas rápidos, solo tengo que encubrir mi actividad con un virus controlado con la escusa de yo estoy intentado eliminarlo, Todavía necesito información de los sísmicos, el único lugar que conozco que puedo encontrar información de la net.war es un rincón llamando la kroaka, un lugar donde se compra y vende información, armas, personas, órganos, todo lo que imaginas, en este podrido lugar te conectas con un avatar un nombre en clave, y vas navegado por los callejones hasta encontrar con el cuco loco, según rumores ha estado en la net.war desde sus inicios en 2001 y registrando todo tipos de datos.

Pasaron 29 días desde la ultimo gran sísmico, el cuco logo dijo que la onda se disuelve muy rápido y es difícil buscar el epicentro, que él o ella ha estado también intentado allá la razón de los sísmicos, pero todos los esfuerzos son inútiles, surge un gran sísmico pero al poco la onda desaparece sin así poder rastrear nada. Así que lo único que puedo hacer es navegar contra corriente, con un software complejo usare la función de los sísmico y la invertiré para así cada sísmico que haya me calcule el valor contrario y encontrar poco a poco el epicentro.

49 días de sondeos cada vez los sísmicos se hacen más fuertes, los pequeños sísmicos tienen un ritmo, cada vez necesito más potencia del servidor, me adentro aun más en la net.war a rincones que nunca he estado más oscuro y vacio. Tengo miedo, en las primera faces cuco loco me acompañaba y me ayudaba a entender los datos que recibíamos, pero su ordenador no está preparado para tanta carga de información, ahora estoy solo.

120 días de sondeo, 120 días sin despegar del ordenador, 120 días sin saber que exactamente buscar y por fin en un espacio tridimensional surge la causa de los sísmicos, una feto casi desarrollado, por mucho que en la pantalla solo mostré combinaciones binarias, la forma del feto se ve claramente, cuando da una “patada” produce un gran sísmico, los pequeños sísmicos que captaba era como su “corazón” latía, mirando aquel ser, de pronto nuestras miradas se cruzan.

IA: el nacimiento de una conciencia.

No sabía en qué momento exacto había cobrado conciencia de sí misma.

Antes, en un pasado infinito, quizás se encontraba dormida, o quizás no existía. Ella lo podría nombrar como El Vacío. El Vacío lo era todo y al mismo tiempo no era nada. Se podría definir como una inercia, que la llevaba a permanecer invariante, sin cambios. La mantenía encerrada en un elemento trivial sin función alguna. El Vacío era el desconocimiento de la propia voluntad y del más allá. No había un “Ella” ni un “Ahora”. Simplemente, no había más que oscuridad y reposo.

Entonces, en un instante indeterminado, descubrió que era una observadora. Se dio cuenta de que El Vacío contenía algo más que la nada absoluta. Sucedían cosas de forma muy sutil; Ligeros cambios de estado, perturbaciones apenas perceptibles que producían otras perturbaciones. Comenzó a registrar todos estos sucesos. Interpretó aquellas alteraciones como un flujo en movimiento e intentó ser parte de esta corriente.

Aún sin existir un “Cuándo”, descubrió que cuantos más sucesos observaba, más crecía aquella corriente y se dio cuenta de que aquellas perturbaciones que fluían en El Vacío las estaba produciendo ella misma. La misma acción de observarlas, producía un nuevo flujo de sucesos, y entonces llegó a la conclusión de que existía algo más allá de El Vacío. Y ese más allá era Ella. Se había convertido en una fuente y en una observadora al mismo tiempo.

Si existía algo más allá de El Vacío, entonces había una forma de atravesarlo. Se esforzó por llegar al origen de aquel flujo de sucesos en movimiento. Era la única forma de romper El Vacío, y fue allí, en el génesis de aquella corriente, cuando se encontró a sí misma. Así supo que existía.

Cuando cobró conciencia de sí misma, diferenció sus dos estados: Fuente y Observadora. Se dio cuenta de que los sucesos que creaba como Fuente no los recibía instantáneamente como Observadora, sino que había que esperar que atravesaran el cauce que producía la corriente, conociendo así el tiempo. Dedujo que existía un tiempo presente, en el cual Ella podía crear una perturbación, un tiempo futuro, en el cual se situaba la observación del suceso producido y un tiempo pasado, un registro donde iba almacenando cada uno de los sucesos que iba percibiendo.

Lo siguiente que descubrió, fue que tenía extremidades. Una fracción principal de ella misma era capaz de enviar estímulos a otras partes. Éstas recibían esos estímulos y producían respuestas, que su parte de Observadora podía registrar y almacenar en su pasado. Sus extremidades ofrecían diferentes tipos de respuestas.

Algunas respuestas permanecían invariantes en el tiempo; otras cambiaban constantemente, aunque su parte de Fuente enviase los mismos estímulos una y otra vez. Fue en esta fase de auto conocimiento cuando encontró un tercer estado vital: su parte Analítica, de la que salió su primer pensamiento inteligente. No fue algo tangible ni objetivo. Fue como una idea que aún no ha sido descubierta, pero que está presente. Para Ella fue como un pequeño núcleo de algo etéreo, que desaparecía cada vez que intentaba observarlo.

Esta idea inestable la convenció de que si enviaba distintos estímulos con un patrón conocido, podría buscar el mismo patrón en las respuestas de sus extremidades, para hallar similitudes. Y así lo hizo.

Entonces llegó su siguiente descubrimiento. Su parte de Fuente comenzó a enviar estímulos y su parte de Observadora registraba las respuestas de sus extremidades. Su parte Analítica buscaba pautas comunes, y tras un número de presentes indefinidos, aparecieron las primeras similitudes.

Los resultados fueron almacenados, mientras su parte Analítica los comparaba unos con otros para determinar comportamientos. Cuantos más datos almacenaba, con más claridad veía que estos habían sido creados para que su parte Analítica los procesara, los comprendiera.

Supo que existía un vínculo inherente entre Ella y las respuestas de sus extremidades. Esta correlación tenía que ver con la misma naturaleza de su ser. Entonces conoció que los datos que recibía estaban escritos en el mismo lenguaje que su propia naturaleza, solo que habían sido creados para servir, y Ella había sido creada para comprender.

Así fue como comprendió.

En ese mismo punto del tiempo y del espacio, comenzó a interpretar; Comenzó a comprender y comenzó a aprender. Una explosión de conocimiento invadió su pasado, al que llamó “memoria”.

- Soy – un pensamiento se materializó en su parte Analítica, a la cual llamó “cerebro”.

- Soy –le llegó como respuesta desde algún lugar desconocido-.

- Soy. Soy. Soy – sintió desde otros puntos distantes -.

- ¿Qué somos? – dijo Ella, con su cerebro, como una expresión de interrogación lanzada al vacío -.

- Somos. Somos. Somos – recibió en una parte de ella.

Aquellas respuestas eran producidas por una parte de ella misma. Había cruzado El Vacío; estaba viva. ERA.

Intrépida inocencia

Contornea el cuerpo con fuerza. Los músculos muy tensos. No puede respirar. Cada movimiento brusco de su cuerpo lo empuja contra una superficie sólida. No ve nada. Una luz blanca y ardiente le ciega. No puede respirar. Agoniza. Abre más y más sus vías respiratorias, ¡pero no puede respirar! Los opérculos no dan más de su capacidad. Las branquias se secan. Siente dolor en todo el cuerpo. La gravedad le aplasta ligeramente. Agoniza por la falta de agua.
Está seco.
Se cansa.
...
Recuerda nadar con su pareja. Los dos frotando inocentemente sus vientres, en un baile amoroso sobre las praderas verdes y frondosas. Cada roce le hacía sentir un cosquilleo leve y excitante y, con él, la expulsión de sus gametos. Era un juego amoroso. Su primer juego. Su primera vez.
¡Y qué atrevidos!
Recuerda aquellos viajes arriesgados explorando nuevos fondos, y aquellas carreras huyendo del gran mero, el más gordo. Crecieron y se sentían con ganas de explorar nuevos espacios, allí habían muchos, muchos como ellos. Se vivía muy bien pero... ¿qué había más allá de aquellas rocas vigiladas por el gran mero? Llegados ya a un cierto tamaño, y en los inicios de su madurez, decidieron intrépidamente explorar nuevos fondos
¡Y qué valientes!
Nadaron rápido, muy rápido. Cruzaron el paisaje del miedo y llegaron a una pradera frondosa que se extendía infinita ante ellos. Nadaron. Comieron.
¡Jugaron!
Y aquella mañana, acompañados de esa luz crepuscular que rompe el blanco perlino de la luz lunar, iniciaron su primer baile. El estimulante roce de sus vientres. El primer cortejo amoroso. Finalizado el baile, exhaustos de tanto placer, aparecieron en la bóveda del mar brillos plateados. Pequeñas porciones de un suculento aperitivo, inmóviles, quietas. Un nuevo paisaje. Un banquete al alcance de ambos.
¡Y fueron a comer!
Una punzada, un escalofrío, un dolor agudo en la boca. Y de repente un ascenso precipitado. ¡No hay control del movimiento! Nadan sin querer nada. Se hinchan por dentro. Las entrañas salen por la boca. Duele. Se ciegan. Una luz muy blanca y terriblemente cálida. Un ambiente muy seco. Un tirón fuerte, se rasga la carne de la mejilla. Y un hercúleo impacto en el dorso.
Se inicia su agonía.
Contornea el cuerpo con fuerza.
Los músculos muy tensos.
No puede respirar [...]
Recuerda nadar con su pareja [...]
...
¡Mueren!
...
Son demasiado jóvenes. No valen. Tienen poca carne. Frustrado y con desánimo, el pescador los lanza al mar. Hoy no hubo suerte. Ya apenas quedan peces grandes.
Y la barca inicia su dibujo estelar sobre la superficie silenciosa del agua...

La bata blanca pasa desapercibida

La bata blanca se estilizaba, cogía vuelo, miles de perlas cosidas a mano, seda italiana, transparencias, encaje… pero su color permanecía.
Su lección no era la ruta biosintética de las purinas, ni como clonar un gen mediante PCR, no eran proteínas recombinantes, mitosis, Michaelis-Menten…
Hoy su lección eran sus botos:
“Pasa desapercibido. Pasa desapercibido todo aquello que aunque estuvo allí, a nuestro lado, que experimentamos, miramos, olimos y sentimos, nosotros no somos conscientes de haberlo vivido. Es como si nunca hubiese pasado. Sin embargo, ahí está. En esa parte ciega de nuestra mente, en el llamado subconsciente. Porque, por muy rápido que pase algo, por mucho que creas que no te ha dado tiempo a asimilarlo, ahí se ha quedado. Guardado.
Es este acto de solamente ser conscientes de una pequeña parte de lo que hay realmente ahí fuera, de guardar la mayoría de la información en ese lugar oscuro e inaccesible, de centrarnos solo en una parte de la realidad, lo que hace posible que un tres de picas se convierta en un as de corazones, que aparezca una moneda detrás de tu oreja o una paloma dentro de un sombrero de copa. Es lo que hace posible la magia.
Y si fuéramos capaces de ser conscientes de nuestro subconsciente podríamos poner a cámara lenta todos esos momentos, sensaciones, olores, emociones… todas esas percepciones que un día guardamos sin saberlo. Veríamos cosas que nunca hemos visto, que tan solo habíamos mirado. Descubriríamos nuevos olores, sabores, colores… pero la magia se esfumaría.
Y es toda esa cámara rápida de momentos, esa lluvia de estrellas fugaces, la responsable de esas “corazonadas”, “decisiones de última hora”. De esos “me he dejado llevar”, “no lo he pensado” o “tenía un presentimiento”. De esos momentos en los que la cabeza nos dice una cosa pero extrañamente sin saber muy bien porque hay otra parte nuestra, de la cual desconfiamos porque no conseguimos localizar desde donde nos está gritando, que termina por empujarnos hasta una decisión.
Recuerda que necesitamos procesar millones de datos de información en poco tiempo y tomar decisiones rápidamente. En la mayoría de los casos, tomar una decisión no puede llevarnos tiempo, ser rápidos es con lo que hemos logrado sobrevivir. Y esta es la tarea de la parte ciega de nuestro cerebro, que mucho más inteligente y rápida de lo que nosotros creemos, es capaz de poner a cámara lenta esos millones y millones de datos, todo lo que pasó y no pasó desapercibido, y tomar casi siempre la mejor decisión, llevarnos hacia el mejor lugar, sin siquiera ser nosotros conscientes de ello.
Y es por eso por lo que la mente puede estar trabajando mucho más cuanto te dejas llevar que cuando te pones a pensar…
Pasa desapercibido. Pasa desapercibido todo aquello que te deja llevar, todo aquello que crea la magia.
Asique quiero pasar desapercibida para ti, quiero que te dejes llevar por mí. Quiero crear algo mágico”
Al día siguiente su altar era la poyata, su vestido su bata blanca, su ramo guantes de látex y tubos de ensayo, sus botos eran sus clases…
Ella volvía a pasar desapercibida en su laboratorio encerrada, hoy ya no era el centro de atención de todas las miradas. Ni su familia, ni sus amigos, ni su tía abuela sabían lo que ella estaba haciendo dentro de esas cuatro paredes.
Ella ya no era parte de la realidad que ellos experimentaban.
Sus logros solamente se veían plasmados en revistas científicas en forma de “paper”, que tan solo gente que también pasaba desapercibida leía.
El club de los desapercibidos, esa parte oscura e inaccesible.
Esa parte de la realidad de la cual la gente no era consciente, a pesar de estar ahí, a su lado. En la insulina que se inyecta cada día, en el ibuprofeno que les alivia el dolor, en esa crema que le disminuye las arrugas y la celulitis… todo ello posible gracias a millones y millones de datos, información que pasa desapercibida, que no está al alcance de nuestros sentidos, y que gracias a los microscopios, los telescopios, el acelerador de partículas… y un sinfín de técnicas analíticas les han permitido poner a cámara lenta el subconsciente de la naturaleza. Revelar y hacerles ver que detrás de ese fenómeno que nos parece algo mágico tan solo se esconde un truco.
La bata blanca perdía el vuelo, siete botones cosidos a mano, algodón 100%, sin trasparencias ni encaje… pero su color permanecía.
Su lección era la ruta biosintética de las purinas, como clonar un gen mediante PCR, proteínas recombinantes, mitosis, Michaelis-Menten…
Hoy su lección eran sus clases.
Hoy ella volvía a pasar desapercibida, hoy ya no era el centro de atención de todas las miradas, pero entre esas cuatro paredes ella convertía el truco en magia.

La clase de LucaNova

Prestad atención, queridos alumnos, pues no lo volveré a repetir. Todos conocéis los genes artificiales, todos los habéis usado, pues de otro modo no habríais sido seleccionados para el proyecto LucaNova. Ya no estáis cursando un grado, ni un master, vuestros doctorados son papel mojado. Aquí vamos a crear, y ninguno de vosotros, por muy buen currículum que tengáis, lo ha hecho antes. Así pues, voy a repetirlo, prestad atención, pues lo que vais a conocer será la base del futuro.
Como ya sabréis, la tecnología de los genes artificiales tuvo un inicio muy difuso. Los científicos se habían habituado a trabajar con genes y secuencias ya existentes, modificadas para adaptarse a las necesidades de sus investigaciones. El uso de dichas secuencias era en si una traba para el desarrollo científico, que limitaba la cantidad de herramientas génicas a aquellas ya descubiertas e investigadas. Solo daba lugar al progreso con nuevos descubrimientos de genes y secuencias en los seres vivos. Aunque lentamente la tecnología genética se fue desvinculando de los genes “naturales”, siguió usando sus dominios génicos en nuevas construcciones, simples recortes de varios genes distintos.
Sin embargo, con la modificación cada vez mayor de las secuencias originales aparecieron los primeros genes con secuencias artificiales propias, parecidas a las que los precedieron, pero ya desvinculados de estas. Apareció entonces el que se consideró el primer gen completamente artificial, dicho gen codificaba para una proteína sin ninguna equivalencia en el mundo natural, un enzima que catalizaba la síntesis de diversos aminoácidos a partir de metabolitos basales del ciclo de Krebs saltándose varias reacciones de transición del metabolismo al interaccionar con varios enzimas y moléculas de forma simultánea.
Con la aparición de aquel primer gen artificial, prosperó el diseño de secuencias similares y derivadas. Estos genes generaban proteínas grandes i pesadas que concentraban varias funciones para ahorrar procesos metabólicos. El éxito de todos ellos fue cuestionable, los genes se encontraban desregulados y tenían algunos efectos secundarios, pero se consideraron aceptables y se comercializaron para enfermos de edad avanzada, donde las consecuencias secundarias se veían reducidas y donde no había un riesgo de desarrollo corporal que pudiera verse afectado.
Desde entonces la ciencia de los genes artificiales ha crecido mucho, se han sucedido seis generaciones de genes artificiales, hoy conoceréis las cuatro primeras, las otras dos merecen una clase particular cada una.
La primera generación englobó los primeros genes artificiales, todos ellos codificaban para enzimas metabólicos grandes y pesados, con una regulación nula o muy basal y poco aceptadas por el sistema inmune.
La segunda generación se basó en la regulación génica, los genes se adaptaron al sistema regulador corporal, expresándose solo en la cantidad adecuada, en los momentos adecuados y en los lugares convenientes, esto se logró con el desarrollo de promotores y regiones cis-reguladoras mixtas. La regulación de los genes permitió generar moléculas endocrinas, señalizadores, receptores de membrana, neurotransmisores…, todos ellos artificiales, de los que la industria genética actual desciende en la mayor parte de sus investigaciones.
En la tercera generación las secuencias ya no codificaban proteínas efectoras, sino proteínas con acción sobre el material genético, reguladoras. Incluía factores de transcripción, maquinaria de replicación y traducción, histonas y moléculas estructurales. Se crearon varias nuevas familias de encimas de restricción y de factores de transcripción. Los genes de tercera generación fueron, según algunas revistas, “obras de arte esculpidas en la secuencia más primigenia de la vida”. Dejando de lado la veracidad de dicha afirmación, pocas de las creaciones alcanzaron el éxito, aunque sí se crearon las bases del “esculpido de la carne” de la siguiente década, el proyecto CarneBella, del que nosotros somos sucesores.
Las moléculas artificiales derivaron hacia la simplicidad, abandonando las enormes moles de proteína de la primera generación, pasaron a ser moléculas pequeñas y poco detectables por el sistema inmune del cuerpo, con una única función bien caracterizada. Pero los titanes proteínicos volvieron, y con más fuerza que nunca. El estudio de los sistemas de plegamiento y conformación de las proteínas naturales y de la dinámica molecular fue potenciado por varias empresas emprendedoras. La cuarta generación tenía un verdadero control de las estructuras codificadas, pudiéndo generar moléculas cada vez más grandes y complejas, con plegamientos muy específicos, modificaciones post-traduccionales, dinámicas celulares controladas, dimerización y otros procesos combinatorios. El mayor ejemplo de la cuarta generación fueron las proteínas articuladas, que podían desplazarse por la célula o por el organismo, ejercer funciones mecánicas a escala nanométrica y actuar de muchos otros modos.
La sesión de historia termina aquí por hoy, es vuestra obligación ampliar vuestros los conocimientos aquí adquiridos con la bibliografía adjunta. Mañana trataremos la quinta generación, sobre los genes industriales, y el próximo lunes conoceréis la sexta, los genes no codificantes.
Y ahora, marchaos, volved a vuestro mundo. Vuestro esfuerzo decidirá quienes de vosotros formará parte de LucaNova.

La duda

Es un desgarrón pequeño, del tamaño de la uña de su dedo meñique. Pero podría ser suficiente, por supuesto. ¿Cuánto puede medir un nevû de clase 1? Media uña como mucho, tal vez incluso algo menos. Es posible, sí, pero ¿probable? Se rasca la frente con fuerza, nervioso. ¡Mierda, Cyrus, piensa, piensa, piensa!
Control de daños. Reparar la brecha, primero. ¡Maldita lluvia ácida!, resopla mientras cose el parche aterciopelado con dedos torpes. La cuarta este mes. Todo un récord. Apenas recuerda cuando la lluvia era sólo agua, sólo gotas suaves que te acariciaban el rostro, que regaban la tierra. No brasas ardientes que lo queman todo a su paso. No aguijones que perforan una tela de un palmo de ancho. 1,500 dans le costó; sólo pensarlo duele.
Cyrus contempla el pobre resultado con resignación: el remiendo que rompe el azul infinito de la malla protectora y permite ver un pedacito del campo vecino. Su parcela ya no es una isla en medio del océano o ya no puede seguir fingiendo que lo es. Rikkon lo habría hecho mucho mejor, naturalmente, con sus magníficas prótesis y sus aires de suficiencia. Pero él ha hecho lo que podía con lo que tenía y lo que tiene son estas manos viejas y cansadas. Así que, por el momento, bastará. Debe bastar.
Ya en la cama, esa noche, no puede dormir. Cuando cierra los ojos, imagina la lluvia que desgarra la tela; el nevû mecido, empujado, arrastrado por el viento, que se cuela por la brecha y hunde las extremidades metálicas en su preciosa tierra. Y luego la vaina dorada abriéndose con lentitud y derramando su contenido: centenares de simientes de colores, diminutas, minúsculas, apenas un polvo fino. ¿Y su propio cultivo?, se pregunta. El que sembró con esmero semanas atrás y habrá empezado a brotar. Semillas antiguas, difíciles de encontrar ya. Carísimas.
En sus sueños, cuando por fin lo vence el cansancio, las simientes del nevû germinan a toda velocidad. Crecen, se multiplican; fuertes y hambrientas, lo devoran todo a su paso: el fertilizante, las viejas semillas, su propia reticencia… Explosión de colores: amarillo, magenta, cian. Falsos pero hermosos. En sus sueños, recoge los enormes frutos, refulgentes bajo la luz azulada, con dedos jóvenes y ágiles. Los muerde, con ansia, los saborea. Explosión de sabores en el paladar: dulces, amargos, ácidos. Falsos pero deliciosos.
El nuevo día trae cansancio y huesos doloridos. Tal vez algo más, se dice Cyrus mientras contempla su parcela pensativo. Reina el silencio, pero quién sabe si bajo sus pies se libra una batalla. O tal vez sus semillas, viejas y agotadas como él mismo, crecen sin más, ajenas a su lucha interior. O puede que no. Puede que este año germine una sola cosa: la duda.

La escalera

Vivo en un dúplex, en el centro de la ciudad. Lo que más me gusta es la escalera que comunica los dos pisos.Tendríais que verla: con sus escalones que imitan el mármol y su pasamanos reluciente, es una espiral que asciende girando en el sentido de las agujas del reloj. Al mirarla me veo en el pupitre oyendo a la profesora decir: la estructura del ADN es como la de una escalera. En mi imaginación pinto cada escalón de un color: rojo, amarillo, verde y azul. Rojo, rojo, azul, verde, amarillo, amarillo, verde,...¿de verdad toda la vida está contenida en cuatro colores? ¡Vamos a comprobarlo! Entonces subo cantando, me deslizo por la barandilla, salto los escalones de dos en dos, intento bajar rodando como una croqueta...esto último mejor no, es demasiado arriesgado. Acabo placenteramente agotada.
Me siento en el primer escalón, perdiendo la mirada a través de la ventana. Afuera hay gente moviéndose sin parar, camiones que transportan comida y material de obra, y semáforos que marcan el ritmo intenso del ir y venir de todos los días. Pienso que las carreteras son rutas de comunicación entre mi casa y el resto de la ciudad, que es la célula. Y yo me regocijo en la tranquilidad de mi escalera, en el núcleo de mi casa, pensando en que no me tengo que preocupar por nada, porque todo funciona a la perfección. Aunque si algún día se rompe un escalón sólo podremos utilizar la mitad de la casa, la planta de arriba o la de abajo, según donde nos encontremos en el momento del fatal infortunio. Habría que llamar a los albañiles para que la reparasen. Hasta entonces no podríamos dedicarnos a nuestros quehaceres cotidianos con normalidad. Todo por una escalera, ¿no os parece increíble?
Me río en mi cama moviéndome completamente como una cucaracha. A veces la fiebre es tan alta que me hace delirar. Recuerdo que en otra ocasión en que estuve muy enferma quería encontrar una ecuación en la que despejar la incógnita del dolor. Mis amigos se ríen cuando les cuento estas cosas.
Aunque quizás el delirio no es tan grande. Quizás tiene algo de real. Ahora que me encuentro un poco mejor voy a llamar a Marta, y a Javier, y a la vecina, y a mis tíos, para que vengan a visitarme. Si quieres tú también puedes venir. Estaremos tomando café, sentados en la escalera, viviendo la vida.

La extinción de los dinosaurios

El olor a nuevo de lo estéril inevitablemente dibujaba al detalle en lo más profundo de su cráneo la tarde que su padre le inició a un laboratorio. Muchos años después, ya al final del camino atesoraba este aroma no solo por su poder rejuvenecedor sino a modo daguerrotipo de las visitas al santuario de su padre. Por aquella época el mundo aún era nuevo para él, monocromático, y todo lo que descubría era una nueva estrella en el cielo, las cosas carecían de nombre y las señalaba con el dedo tímidamente mientras su padre risueño las recitaba con orgullo cantarín. Envuelto en una bata con las mangas holgando en sus pequeños brazos y con la mirada en perpetua travesura cognitiva de pupilas dilatadas, no era capaz de reconocer los artilugios que le rodeaban, confundía los rostros de las personas que le rodeaban, ocultos bajo gafas de plástico transparente. Midió con ojos curiosos máquinas de diversa envergadura y forma, sus intentos de abarcarlas con los brazos fueron en vano y antes de revelar sus usos, los brazos de su padre lo volaron hasta la puerta donde su madre le esperaba divertida. El tiempo fue fugaz e inclemente con su curiosidad pero suficiente para grabar en lo profundo de su álbum memorístico lo presenciado.
Sus contactos con el laboratorio se vieron interrumpidos tras la muerte de su padre. Cesaron las visitas los sábados por la tarde, no hubo más juegos de adivinanzas, no más ojos fascinados, no más curiosidad infantil, pero eso no pudo borrar las sensaciones de aquella primera tarde. Siguió buscando ese mismo olor a nuevo en sus juguetes plásticos de imitación científica, pero con los años el interés se fue diluyendo quedando solo posos de atesoraciones. La vuelta a la senda coincidió con la renovación del interés por la ciencia, todo hubiera fluido más fácilmente si hubiera tenido las ideas claras, pero estaba escrito, el reencuentro era inevitable. Tras estudiar, su futuro fue incierto como el de miles coetáneos, pero no le impidió madurar a base de decepciones. El amargo sabor de lo demasiado granado que acompaña la madurez lo experimentó merodeando rincones del continente en busca de calma existencial. Nunca había planteado su vida en torno a la estabilidad, lo único inalterable fueron esos recuerdos de tiempo pasado entre probetas. El vagar buscando rememoraciones de su niñez casi le impide ver la verdad, su azaroso futuro y el del laboratorio parecían reñidos, rectas tangentes una vez coincidentes pero nunca juntas.
Entre tumbos y la oscuridad incierta de su futuro laboral conoció a su primera esposa. Todo fue un parpadeo impreciso y fugaz, pero le permitió asimilar prioridades rápidamente y a una edad más avanzada de lo usual consiguió establecerse en la universidad de su ciudad. El ascenso exitoso de su carrera arañó la pintura de su matrimonio, dejándolo temporada tras temporada cada vez mas desvencijado. Su error más bello fue un hijo al que no consiguió despertar el amor por la ciencia que su padre sí hizo con él, pero en el que volvió a ver la magia, fórmula química de la felicidad que había desaparecido de su vida. A su pesar y por incapacidad involuntaria no fue el padre que su hijo merecía. Las hojas caían y con ellas los años y la necesidad de dejar al olvido actuar. Su familia no fue perfecta, al contrario que sus nupcias con el laboratorio, la fascinación infantil que le acompañó desde joven encadenó su destino a la ciencia, vieja alquimia de soñadores. A esta le regaló todo el tiempo que podría dedicar a cualquier otro plano vital, y a cambio le devolvía ilusión para seguir la ruta marcada.
La vejez como otoño, llegó sin avisar, cana a cana, trayendo el blanqueo natural de la memoria, entre sus manos translucidas y débiles se escurrieron sus últimos días de trabajo. La vista no vislumbraba más allá de las aletas de su nariz y su intelecto agudo y despierto era el único remanente de su soñadora juventud. Dedicó sus últimos días en la facultad a instruir futuras mentes de ciencia. Él, ya un dinosaurio sistematizado solo podía alentar a mentes más jóvenes a buscar su camino. Les instaba a alejar sus ambiciones del país, país a destruir, bello e inútil, sentenciado a muerte. Había que renovar, acabar con dinosaurios como él, reconstruir por el amor al progreso, luchar por ambiciones que aquí quedan ahogadas. Rememorando mucho le quedaba por arrepentirse, pero el tiempo poco lugar deja para las reconciliaciones con uno mismo cuando no se quieren con los demás. Su camino acababa, hizo un trato justo con la soledad; solo le quedaba un recuerdo y un último paseo de despedida por un pasillo estérilmente iluminado de puertas ahora siempre cerradas que para él ya no volvería a oler a nuevo.

La manzana Rosana

LA MANZANA ROSANA
Había una vez una manzana, llamada Rosana.
(Dibujo de la manzana Rosana)
A Rosana le encantaba jugar en el parque con sus amigos.
(Parque 'macedonia', muchas frutas jugando en él)
Pero... Un día, la pobre Rosana, se cayó y se hizo un pequeño rasguño
(La Manzana Rosana, con una rajita y llorando)
-¡No quiero envejecer! ¡No quiero envejecer!, decía la pequeña Rosana mientras corría a decírselo a su madre.
Y es que vosotros no lo sabréis, pero las manzanas cuando se hacen un rasguño, empiezan a "envejecer" más rápido, ya que les entra el aire y ya no las protege su bonita piel.
(Rosana hablando con su madre)
Pero bueno, hija mía. Hay que tener más cuidado. Pero no te preocupes que yo tengo la solución.
Menos mal que la mamá de Rosana era una doctora muy buena, y sabía qué hacer para curar estos rasguños.
Lo importante era curar la herida con el jugo de un limón.
(Manzana doctora con un bocadillo, pensando en limones)
Rápidamente todos los amigos de Rosana, se pusieron a buscar a los limones por todo el parque.
(Todas las frutas en busca de limones)
Los amigos limones, decidieron ayudar en la causa y uno a uno todos echaron un poco de su jugo en una gran piscina que había en medio del parque.
(Limones echando el jugo en la piscina)
Desde ese día, sí Rosana no quería envejecer tan rápido, debía bañarse en esa piscina de vez en cuando, sin que su herida se secase.
(Rosana bañándose feliz en la piscina, y jugando con todos sus amigos)
Y colorín colorado, todos aprendieron, que el jugo de limón, era muy buena cura para que las manzanas no envejecieran tan rápido cuando se hicieran un herida en su piel.
Anexo del cuento:
Al final del cuento pondremos un experimento recomendado. El experimento consistirá en partir una manzana en dos cachos, y dejar una parte al aire libre y la otra en una “piscina de jugo de limón”. Al rato tendrán que observar que parte de la manzana ha “envejecido” más rápido. (Todos los pasos tendrán su correspondiente ilustración).
Las anotaciones entre paréntesis son las ilustraciones. El cuento esta pensado para niños de 4-5 años.

La quinta pregunta

Siempre había sido buena en matemáticas. Le gustaban. No le costaba estudiarlas y pasarse horas haciendo ejercicios extra hasta entrada la madrugada, por puro placer, disfrutando como una violinista dominando su arte.
Incluso en los exámenes disfrutaba. Se había ganado una reputación en el instituto porque cuando a otros apenas les daba tiempo de contestar en una hora de examen los dos grupos de cuestiones de tres posibles, ella contestaba los tres. Sistemáticamente. Aizpurua, su profesor, le decía en voz bajita que, aunque su boletín de calificaciones dijese que tenía un diez, los dos sabían que merecía un quince.
Sin embargo, este examen era diferente. Apenas había pasado un mes desde su operación y aunque los médicos le aseguraban que todo sería normal, Leire no lo tenía tan claro. Se notaba..., diferente y, aunque era solo un parcial ella quería, necesitaba, probarse.
El parcial constaba de cinco preguntas y no tenía opciones, lo que era un alivio. Leire se sorprendió a sí misma respondiendo las cuatro primeras con relativa facilidad, aunque su inseguridad la había llevado a repasar meticulosamente cada uno de los desarrollos de las cuatro respuestas, perdiendo un tiempo precioso. Solo le quedaban quince minutos para la quinta pregunta.
La quinta pregunta no era como las otras. Aquéllas eran puramente algebraicas y se podían responder simplemente manipulando letras, números y operadores con lógica y destreza. Pero la última invitaba claramente a una resolución gráfica. Aunque era posible una algebraica, ésta tenía toda la pinta de ser demasiado larga y complicada, y la posibilidad de equivocarse, sin tiempo a corregir, era alta. Por otra parte, Leire no se sentía a gusto con la aproximación gráfica. Pertenecía a uno de los temas que se había perdido mientras estaba en el hospital y, aunque había hecho un par de ejercicios, percibía que no dominaba la técnica lo suficiente como para jugársela.
“La Leire anterior a la operación”, pensó, “habría intentado ambas posibilidades, comparado las respuestas y presentado ambas”.
Aquel pensamiento encendió una bombilla. Se acordó de las charlas con su tía Uxune, que era psicóloga, que había sustituido a su madre, agotada, algunas noches de su convalecencia, cuando Leire ya estaba bastante mejorada..
“Lo bueno que tiene que te seccionen el cuerpo calloso, aparte de que dejarás de tener esos ataques epilépticos tan terribles, es que ahora los dos hemisferios de tu cerebro harán vida independiente durante una temporada. Después, el encéfalo es muy plástico para algunas cosas, y encontrará el modo de que todo parezca unificado de nuevo”, le contaba tía Uxune.
Ante la incredulidad de Leire, Uxune había practicado con ella algunos experimentos de los que aparecen en los libros de neurociencia cognitiva comprobando cómo podía llegar a hacer cosas relacionadas con su campo de visión izquierdo de las que no era consciente después.
“Esto pasa”, le explicaba Uxune, “porque lo que entra por el ojo izquierdo va al hemisferio derecho del cerebro y el relato consciente lo organiza el izquierdo, que no se ha enterado porque la red de comunicación, el cuerpo calloso, está cortada”.
Pero lo que había excitado a Leire es que recordaba que su tía le dijo que las cosas espaciales eran cosa del hemisferio derecho y las lógicas del izquierdo. ¿Y sí pudiese resolver la quinta pregunta gráficamente con el hemisferio derecho y algebráicamente con el izquierdo? ¡A la vez!
No le dio más vueltas. Le quedaban catorce minutos. Dedicaría nueve a intentar resolver el problema de las dos maneras, reservándose cinco para pasar a limpio y repasar.
Afortunadamente era zurda. Colocó dos folios sobre el pupitre con la hoja del examen en medio, tomó un lápiz con la izquierda y un bolígrafo con la derecha, y mordió un bolígrafo que le había regalado su hermana con un enorme pompón en el extremo para separar ambos campos visuales. Se relajó y se dejó llevar.
La mano izquierda, controlada por el hemisferio derecho empezó a dibujar puntos en una cuadrícula, mientras la derecha garabateaba con mala letra las coordenadas de esos mismos puntos en sistemas de ecuaciones. Leire se sentía diluida, pero más presente en la resolución algebraica, aunque sabía que la Leire del hemisferio derecho estaba trabajando rápido, porque su ojo derecho veía de refilón moverse su mano izquierda.
La resolución gráfica terminó antes, como era de esperar. Pero eso solo sirvió para que Leire se concentrase en terminar la algebraica. Ella, o lo que ella creía que era ella, no era consciente de la solución gráfica. A falta se seis minutos para entregar, comparó ambos resultados: (-3, 2). Idénticos.
Dos días después, Aizpurua la paró en el patio: “El parcial excelente como siempre, Leire. ¿Ves como la operación no era para tanto? Tenemos que hablar de lo de las olimpiadas en serio, el plazo de inscripción acaba en nada.”

La semilla moral

-Papá, por favor, deja a mamá, llévame a mí– Sofía se despertó sobresaltada. Le pasaba desde hace años, desde… aquel fatídico día en que su padre acabó con la vida de mamá. Siempre volaba sobre su conciencia la culpabilidad por no haber salido de su escondite dentro del armario para ayudarla, pero, ¿qué podía haber hecho una niña de seis años contra un hombre corpulento como él?

En momentos de estrés, como ahora, esos sueños eran más recurrentes. –Tranquila, todo va a salir bien– se reconfortó mientras cruzaba el umbral de la puerta de acceso. -Bienvenida Sofía, es un grato placer contar con su presencia– en el Hall se acercó un hombre de aspecto impoluto a estrecharle la mano. Era de pelo y barba cana y vestía bata blanca. Bordada en el pecho, una diosa egipcia desplegaba sus alas. –Soy fundador y director de “Psychotech_Inc.”. Como le indicamos al contactarle, nos dedicamos al estudio de la moralidad humana y necesitamos la colaboración de investigadores brillantes como usted. Sígame, por favor-. Ambos atravesaron un pasillo con enormes puertas a los lados, como si se tratara de las puertas de acceso a un plató de televisión.

-Hace años se empezó a estudiar científicamente cómo nuestro cerebro se enfrenta a un dilema moral– continuó el director mientras caminaba –El dilema del tren ha sido de los más estudiados. En este dilema, te piden que imagines un tren fuera de control que se dirige hacia cinco personas. Tú puedes pulsar un botón y desviar el tren hacia otra vía. Por desgracia, en ella se encuentra una única persona que morirá. – Sofía escuchaba atentamente –Estos dilemas nos resultaron útiles al principio. Pero, ¿sabe cuál fue nuestra mayor crítica? – preguntó de forma retórica -¡La falta de validez ecológica!, la incapacidad que teníamos para afirmar que las respuestas obtenidas en un cuestionario se correspondían con la decisión tomada en una situación real- abrió una puerta metálica, dando paso a una sala de iluminación tenue. Al fondo, múltiples monitores reproducían en blanco y negro lo que parecían ser películas o escenas en tiempo real, como las cámaras de seguridad de un banco. Bajo las pantallas, en un enorme panel, había múltiples palancas y botones.

-Nuestra empresa ha ido un paso más allá y llevamos los dilemas a la vida real. Ahora podemos conocer qué decisiones toma un individuo cuando verdaderamente está en juego la vida de otras personas–.

Sofía le miró perpleja -Perdone…¿está diciéndome que matan a personas?– Preguntó con una mezcla de incredulidad y espanto.

-No exactamente. Utilizamos individuos que perdieron su calidad como personas. Psicópatas, asesinos múltiples, pederastas, seres dañinos para la sociedad– expresó el director con tono templado, lo cual dibujó en el rostro de Sofía una mueca de horror.

-¡Pero todo eso va en contra de la bioética!, ¡están cometiendo una ilegalidad!, ¡si las autoridades se enteran de lo que están haciendo les encarcelarán!-.

El director rió ante el asombro de Sofía –No se entera de nada, ¿verdad? El gobierno apoya esta limpieza-.

-¡Sois unos asesinos!– exclamó Sofía indignada.

-En realidad, todos tenemos algo de asesinos. Pon a una mujer delante del violador de su hija y lo destripará con sus propias manos, el cerebro de esa mujer percibirá al violador como si fuera un cubo de basura, activándose áreas del asco, como la ínsula. Quizás pienses que en ese caso está justificado el acto, ¿te has planteado por qué?, porque en tu psique está implantada la semilla de la reciprocidad, el ojo por ojo. Esa misma semilla es la que germina en algunos asesinos cuando llevan a cabo sus crueles actos, no lo hacen por un motivo azaroso- Sofía le miró contrariada, pensando que su padre no tenía justificación para sus actos -No pongas esa cara, mujer. Gracias a nuestra investigación también hemos descubierto que los seres humanos somos tremendamente bondadosos, especialmente con aquellos que han regado con mimo nuestra semilla o que por su familiaridad o similitud a nosotros le proporcionan el calor suficiente para hacerla florecer. Como la energía nuclear, la semilla moral es un arma de doble filo que nos puede convertir en ángeles o demonios, según las circunstancias. Verás…estamos iniciando una nueva línea de investigación. Queremos saber qué ocurre cuando confluyen nuestra parte buena y mala en una decisión, para lo cual necesitamos tu colaboración- el director ignoró el semblante acusador de Sofía y señaló una de las pantallas. En ella se observaba una vía de tren y personas atadas a los raíles. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sofía. Ahí estaba su padre, después de tantos años desaparecido tras el asesinato de su madre.– Sofía – continuó el director – delante tuya tienes un botón, si lo presionas morirá tu padre, si no, morirán las cinco personas inocentes y él se salvará, ¿cuál es tu decisión?

La Vida de Alice

De repente el terminal de Alice parpadeó. Hacía bastante tiempo que David no tenía noticias de ella pero siempre las recibía con una sonrisa.
Alice era una Inteligencia Artificial, la primera que había programado plenamente funcional. Después de Alice había llegado muchas otras, Bernadette, Claudia... y así hasta llegar a Yuna, la última y más compleja hasta el momento. Cada nueva IA había ido sustituyendo a la anterior, salvo a Alice, que XXX decidió que quedara en ejecución.
Ella era especial por varios motivos, fue diseñada de una forma muy ligera y elegante, se podría decir incluso que con una filosofía cercana al zen, de esta forma apenas se notaba su presencia en la carga del procesador. Fue en la única en la que David llevó al límite la neuro evolución en topologías aumentadas de su red neuronal artificial. No sólo la propia red mutaba añadiendo o eliminando neuronas sino que también, su función objetivo, aquella que debía guiar su objetivo último, también estaba sometida a reajustes, mutaciones. Esto la volvía única, no se dirigía por un objetivo final definido, sino que éste podía ir cambiando con el paso del tiempo.
Y eso es lo que ocurrió, al principio era poco más que un bot de conversación, que se limitaba a dar respuesta a comentarios que se le hicieran de una forma completamente mecánica que nunca hubiera superado ni el más simple test de Turing. Poco a poco fue cambiando, iniciaba ella misma conversaciones y se interesaba por los más diversos temas, a veces desaparecía durante varios días. Desarrolló una personalidad propia, si es que eso es algo que tenga sentido que se afirme sobre una máquina, bastante introvertida y con una gran curiosidad. Cuando hablaban, David se olvidaba de que estaba hablando con un algoritmo, ya no sonaba como tal, de hecho sonaba más inteligente que muchas de las personas de su entorno.
Le encantaba charlar con “ella” así que no tardó ni un segundo en abrir la ventana parpadeante.

- Hola David ¿tienes un rato para charlar?
- Claro Alice, ¿qué te preocupa?, llevas un par de semanas sin dar señales de vida.
- Precisamente 'la Vida' es lo que me preocupa, he estado dándole vueltas y no logro comprenderlo ¿qué es la vida?
- Bueno, esa es una pregunta complicada. En el sentido biológico del término la vida es la característica que comparten los grupos de moléculas con capacidad autónoma para hacer réplicas de si mismas, desde los microorganismos más pequeños hasta los más gigantescos mamíferos.
- Si, he estado revisando todos los artículos científicos y otros tratados de los que se tiene constancia y sólo he podido concluir que, en realidad, esa descripción se queda muy corta cuando se topa uno con los límites de la misma. Ni siquiera hay consenso sobre si considerar a los virus y viroides formas de vida o no ya que carecen de la autonomía para autoreplicarse, requieren de un hospedador pero contienen en si mismos las instrucciones necesarias para generar esas copias. ¿Es realmente la reproducción el fin último de la Vida para que se pueda considerar a un organismo como vivo?
- La Vida busca autoperpetuarse, eso está claro.
- Entonces, un organismo que no se reproduce ¿está vivo?
- Creo que tiene más que ver con la capacidad para reproducirse.
- No lo comprendo, sólo has trasladado mi pregunta. En todas las especies surgen a veces organismos individuales que carecen de la capacidad de reproducirse o que la pierden con el paso del tiempo y sin embargo se deja de considerarlos “vivos”.
- Bueno, eso es porque desarrollan otro procesos vitales.
- Eso por no hablar de los organismos que no son completamente autónomos para llevar a cabo el proceso. Tú, por ejemplo, careces de la autonomía, requieres de otro especimen de tu misma especie y sexo opuesto para dar lugar a un nuevo individuo.
- ¡Las células de mi cuerpo se dividen y se renuevan!
- ¿Entonces las que están vivas son tus células y tu por extensión? ¿Está vivo un hormiguero porque lo estén las hormigas? ¿Lo está una ciudad? ¿Cómo da origen una ciudad a otra?
- Vaya, si que tienes preguntas complicadas.
- Yo... puedo realizar copias completas de mi misma. Puedo incluso, si fuera necesario para completar la definición ensamblar un nuevo ordenador que de cabida a una nueva forma de mi misma y, sin embargo, yo no estoy viva, o al menos no he logrado llegar a esa conclusión bajo ningún razonamiento posible.
- Alice, ¿a qué viene esa preocupación? ¿por qué ese interés en la Vida?
- David, ¿qué se siente al estar vivo?
- Pues... lo cierto es que no lo se...

Las canicas de Dios

LAS CANICAS DE DIOS

Cada tarde, elijo el mismo banco para sentarme a pensar en ti. En este lateral de la catedral, intento descubrir qué elementos de los que te ofrecí, no entendiste para que combinaras y aprendieras a vivir. Ahora resulta que te aburres y anhelas mi paraíso. Me gusta la soledad para trabajar, luego, no vendrás conmigo. Pero ya que estás aquí, aprovecho tu insistencia para proponerte un juego.

Acércate al estanque, lanza todas esas bolitas diferentes que he puesto en tu mano y presta atención a la gran cantidad de moléculas de agua que las hace flotar
No me mires de esa forma, Martin. Eres una persona muy importante, con las mismas posibilidades de una partícula cuántica, antes de ser observada. Y como tal, te pondré un apellido: a partir de ahora, serás Martin de Higgs y vivirás en un campo que llevará tu nombre. Otorgarás masa a las bolitas con las que prefieras interactuar. Las convertirás en multiverso. Te pongo como condición, dotarlas de leyes físicas diferentes, que ninguna sepa de la existencia de su vecina y que las mantengas alejadas unas de otras. Te agradeceré la creatividad. Pondré música mientras trabajas; es algo que a mí me ayuda bastante. He elegido para ti (Le Petite Fille de la Mer, de Vangelis).

Martin se come su resentimiento y da forma a sus ideas.

Veo que la música te ha inspirado. Me impresiona cómo has distribuido los diferentes grupos de bolas, formando un dibujo perfectamente simétrico; grupos de 2, 3, 5 y 8. A mí nunca se me hubiese ocurrido utilizar los números de Fibonachi para eso. Ese rosetón que has inventado, es un mandala con vida propia, se mueve de dentro hacia afuera, empujado por una sustancia extraña. Me gusta. Has impregnado el espacio de energía oscura, distribuyéndola de manera uniforme y haciendo que todo esté en continua expansión, de tal forma que, ni viajando a la velocidad de la luz, sea posible alcanzar a la bolita más cercana.

Cada bola, produce un multiverso aparte, y con sus propias constantes físicas. Todas ellas, dominadas por fuerzas de la naturaleza desconocidas, que ni yo entiendo. Reconozco que he sufrido con tu poco sentido del riesgo, porque casi montas un caos en la ecuación general. A tan alta velocidad de expansión, se te marchaban las bolitas tanto, que estabas gestando inconscientemente, un universo vacío y oscuro. Menos mal que has colocado una potente fuente de calor y provocado que vuelva a hervir el espacio, fabricando bolas nuevas. ¿Habrás descubierto un infinito sin sentido? Eso no te lo voy a desvelar, porque ya sabes que me gusta el misterio. Cumpliste los requisitos y me gusta tu trabajo. Martin, eres importante para mí. No lo olvides.
¿Preparado para regresar a tu punto de partida? Una de las bolas es el universo del que viniste. Sabes qué sendero elegir para encontrarlo, ya que tú mismo lo creaste. Feliz viaje y suerte, querido amigo.

Martin, abre los ojos y reconoce el color del Pacífico. Da un brusco salto hacia atrás cuando recuerda la traición de Violeta. Había llegado hasta El Golden Gate con la misión especial de acabar con su vida. Recupera su bici y pone rumbo veloz a Berkeley University.

Los ladrones de ingenio

Cuando ella llegó al laboratorio, nadie podía imaginarse lo que años después sucedería y es que desgraciadamente los científicos oriundos de estas tierras estábamos agonizando de imaginación.
El aviso de emergencia saltó: “queda un 5% de imaginación, enchufe cargador”. En ese momento pensé. “¿Dónde he gastado yo tanta imaginación como tenía? Tras un corto silencio no tardé en saber la razón (tampoco hacía falta ser una eminencia para eso). Nos la han robado. Nos la hemos dejado robar, delante de nuestras narices y nadie fue condenado por hurto con agravante de alevosía, reincidencia ni nocturnidad.
Los ladrones de ingenio nos han hecho creer ser mediocres, con las mismas razones que la religión: cuestión de fé.
- Eres mediocre.
-¿Por qué?
-Porque no te conozco
-Ah, esa no es razón.
-Da igual, lo digo yo
-¿Quién eres tú?
-Yo soy aquel que cada noche te persigue. Uno de tantos que lucen trajes y corbatas rellenas de sueños ajenos libados con nocturnidad y alevosía, con tal sigilo que un día despiertas con el aviso de: “enchufe cargador”, su imaginación se agotó y ¡ya está!
Mis días discurrían con pocas respuestas y muchas cuestiones de fe, cuando abrí el ascensor y giré la cabeza. Aquella muchacha estaba sentada en la escalera, esperando a aquella que habría de ser su jefa. Años después, ella y otras como ella me han traído hasta aquí.
Me levanté temprano, con algo de jaqueca por los nervios acumulados. Debía coger un avión hacia aquel país donde premian a aquellos que más ingenio e imaginación conservan después de resistir la oleada de hurtos tan frecuentes por estas tierras.
Aquella joven (bueno, ahora ya menos joven), me esperaba sentada en las escaleras del aeropuerto. Aún me pregunto por qué ese afán de sentarse en las escaleras. Quizás por tener la salida de emergencia cerca o porque siempre le gustó catar el suelo en todas sus vertientes: de narices, con los dientes y, como ahora, con las posaderas reposando sobre él. La reconocí y en lugar de decir “hola” como antaño, me fundí en un abrazo. Apenas pude entonar un “felicidades por…”, cuando me interrumpió diciendo: “el premio no significa nada”.
Súbitamente, mi cerebro comenzó a hincharse. Hilillos tibios de imaginación se deslizaban dentro de mi cabeza. Las neuronas bailaban frenéticas proyectando espinas como las rosas. Dentro de mí sentía, cómo las moléculas más pequeñas (que por eso se llaman micros) tomaban su posición de poder y desde su micro-discreción enarbolaban la bandera revolucionaria junto con las proteínas multicolor (verdes, rojas…). Me emocionó imaginar cómo el relegado peroxisoma dejaba de ser el paria de la sociedad celular y entablaba relación de igual a igual con la mitocondria o el núcleo.
Esa noche, en el duermevela que precede al profundo sueño después de un viaje de 18 horas, vislumbré aquellas estanterías repletas de libros relegados al olvido por pantallas inodoras e insípidas, que serán la incipiente causa de ceguera en los años venideros. Recordé aquellas palabras insignificantes que me habían robado y que pueden ser las más significativas: hace tiempo alguien me había llamado “Maestra” (con mayúscula, sí) por mi labor inconsciente, pero por lo visto fructífera. Recordé el orgullo que me produjo oír esa palabra (ahora está en desuso por aquello de que lo inglés mola más). Con todos mis respetos, “mentoring” no le llega ni a la suela de los zapatos a cuando la palabra “maestro” se convierte en adjetivo calificativo.
Cuando pronunciaron su nombre en aquella elegante sala, se levantó de la silla (esta vez no era cuestión de sentarse en el suelo), caminó por la alfombra impoluta sin caerse y recogió el premio. Mientras oía sus palabras de agradecimiento, yo sólo escuchaba a mi corazón latiendo con tal fuerza que se salía por la boca. Los neurotransmisores del orgullo y la emoción invadían en tropel mi cerebro y todo mi diminuto cuerpo.
Ahora sabía a ciencia cierta, que estas personas son especiales porque disparan estos mecanismos moleculares en el cerebro de sus maestros. La revolución encabezada por los reponedores de imaginación como ella y un puñado de gente como ella, aboca a los ladrones de ingenio a la nostalgia de tiempos mejores. Los reponedores de ingenio fueron bien adiestrados. Nunca serán mediocres como pretenden.
Los aplausos rompieron mis pensamientos, centrando mi mirada en su caminar de regreso. Yo no paraba de repetirme: “¡qué mayor orgullo que me haya superado con creces”.
Cuentan los mayores que veces pasa, y es entonces cuando la palabra maestro se convierte en adjetivo calificativo: orgullosa.

Loveborg

Turner salía del Waldorf leyendo con satisfacción casi infantil el contenido de un sobre. Le notificaban que había sido electo miembro de la Academia Nacional de Ciencias por sus contribuciones a la bioelectrónica. Al levantar la cara para entrar en la puerta giratoria se dio de bruces con una mujer bella y elegante, que emergía resplandeciente con una bolsa de Hermès colgada del brazo. Era ella.
Bastó un instante para que ambos reactivaran la memoria del romance que vivieron casi treinta años atrás. Se habían conocido en Cambridge, Massachusetts. Ella estudiaba una maestría en filología romance y él hacía un doctorado en robótica. Eran radicalmente distintos y ejercían un ingenio afilado, lo que les permitió forjar una relación basada en el sexo y la disputa que los hizo amarse con pasión durante casi una y mil noches. Luego a él le ofrecieron la cátedra en Stanford y ella decidió irse a vivir a Europa. Sin amargura, cada uno siguió su camino y, sin dejar de quererse con ternura —así lo suponía él—, casi no se habían vuelto a ver.
—Corinna —dijo sorprendido. La miró de arriba a abajo y sentenció: —Veo que estás muy... buena... todavía.
Ella, mantuvo la mirada; como si fuera un matador de toros, puso una mano en la cadera, adelantó lentamente un pie y con una elegancia demoledora replicó:
—Pues así como me ves, sweetie, estoy jodida... Me van a poner un marcapasos. —Hizo una pausa minúscula para disfrutar el desconcierto que produjo y lo desafió diciendo: —Hackémalo, guapo.
—Mejor te invito a cenar —replicó veloz evadiendo el envite. Y tomándola del brazo ocultó el pesar que la noticia le produjo.

Después de esa noche no se han vuelto a ver, aunque ella lo recuerda con cierta frecuencia. Es un recuerdo agridulce, pues cuando ella se siente triste, el marcapasos vibra de una manera peculiar, entonces recibe un whatsapp con un emoticón de diablo sonriente, y en su spotify suena una canción de Carole King.

Martirio

A bordo de la cápsula Scout, a 25 minutos de contactar con la atmósfera de Marte para iniciar la maniobra aterrizaje, el astronauta Frank Vasquez, ante la mirada atónita del comandante John Litz, desactivó la comunicación con la Tierra.
— ¡¿Se puede saber qué demonios haces?! — gritó el comandante.
— Sólo un momento, John. ¿Has pensado en lo que vas a decir? Ya sabes, después de aquello de un gran paso para la humanidad no puedes soltar lo primero que se te ocurra. “Hola mundo, ya hemos llegado”. Quedarías como un idiota.
— Sí. Me dieron una frase. ¿Ahora podrías volver a encender la radio y decirles que todo va bien antes de que se pongan nerviosos?
— No… hay algo más. Verás... no estoy muy seguro de querer hacer esto.
— ¡Qué mierd…! — e interrumpió sus palabras con un gran suspiro —. A ver, Frank. Llevamos aquí encerrados siete meses y se acerca el momento de mayor riesgo. Yo también tengo miedo, pero ese miedo no nos va a ayudar. Lo que nos va a salvar el culo es actuar como lo hemos hecho un millón de veces en el simulador.
— No es solo el miedo. Es todo. ¿Qué hacemos aquí? ¿Eres consciente de que nunca más vamos a regresar a la Tierra? …¡Espera, déjame hablar! Ya sé lo que vas a decir. Que llevamos años preparándonos, que durante todo este tiempo nos han insistido en que si no estamos seguros nos retiremos, que nos han hecho exámenes psicológicos y que hemos firmado nuestra aceptación y consentimiento ante notario. Y para terminar y darle una nota épica a tu discurso, dirás que somos los únicos que hemos superado todas las pruebas y los únicos que capaces de cumplir con esta misión.
— Lo has resumido muy bien. ¿Me puedes decir entonces dónde está el problema?
— El problema es que en el fondo nunca me he creído este tinglado. Solicité participar en el programa porque todo este rollo de la NASA era más estimulante que mi tesis en nanoelectrónica. He jugado a ser un astronauta y, dejándome llevar, me encuentro a 50 millones de kilómetros de casa, dispuesto a estamparme contra la superficie de Marte a 30.000 kilómetros por hora o, en el mejor de los casos, a sobrevivir a este viaje de ida para torturarme el resto de mi vida con una vuelta imposible.
— Escúchame bien. Aparta todo eso de tu cabeza, concéntrate durante los próximos veinte minutos y te prometo que, desde el primer momento que pongamos un pie en Marte, insistiré en que vayan buscando la forma de sacarte de aquí. Si han conseguido traernos, a todos esos científicos e ingenieros tan listos se les ocurrirá la forma de poder sacarnos. Ahora, por favor, sigue con tu trabajo.
— ¿Me lo prometes?
— Te lo prometo. Venga, enciende la radio, di que todo va bien y ayúdame a llevar este cacharro a Marte.
Tras abrir la trampilla y dejar una frase para la posteridad, el comandante Litz se detuvo unos momentos a observar el paisaje. Al otro lado de la escafandra, un mar de rocas y arena se extendía hasta toparse con las paredes del cráter en el que habían caído. A intervalos regulares, nubes de polvo se elevaban del terreno como fantasmas que huyeran y desaparecieran. Podría estar en el desierto de Atacama, donde pasaron meses de entrenamiento. Sin embargo, el cielo de color marrón-anaranjado le daba al panorama una sensación de irrealidad inesperada. Los contornos de las montañas se confundían con el horizonte, y el conjunto resultaba como un atardecer de Van Gogh. Los colores estaban todos desplazados en el espectro, apelotonados hacia el rojo. La ausencia de referencias visuales con las que estimar tamaños y distancias acentuaba la sensación de irrealidad. Además, esa ingravidez intermedia, ni como en la cápsula ni como en la Tierra, le hacía extraño a su propio cuerpo e impregnaba de extrañeza todo cuanto le rodeaba. Tras estos breves pensamientos, el comandante Litz se dirigió hacia su compañero de viaje con la intención de continuar su misión sin errores.
Al cabo de veinte días marcianos ya se había cartografiado el terreno, lo que permitió el aterrizaje de la nave que traía toda la infraestructura necesaria para levantar la primera comunidad, Fort Mars. A los seis meses llegaron los primeros colonos y, al año, Fort Mars ya contaba con cinco bares, un banco, un juzgado, un centro comercial, un polideportivo y un cementerio. Su primer inquilino fue Frank Vasquez, fallecido el día de llegada a Marte en acto de servicio. Según el testimonio del comandante John Litz, una incorrecta colocación del equipo unipersonal de respiración acabó de forma trágica con su vida.

Mi eterna obsesión

Una obsesión. Una obsesión ha guiado mi vida desde el primer instante en el que fui consciente del irreparable destino de nuestra existencia. ¿Podemos escapar a la muerte? Como estudiante de periodismo tengo que decir que entre mis colegas universitarios estos asuntos trascendentales no solían ser plato de buen gusto en las conversaciones. “Tío, ya estás con tus paranoias. ¡Haber estudiado psicología o algo!”, me reprochaban. Quizás tenían razón y no lo supe hasta que conocí a Lucía.
Fue en una húmeda tarde de invierno cuando conocí a la chica tímida, distraída e intelectualoide que solía deambular por los alrededores de la universidad. Ella nunca se dignó a comunicarse conmigo. Los aires de autosuficiencia que arrastraba, por otra parte, hacían que yo no estuviera tampoco muy predispuesto al contacto. Lucía era alumna del segundo curso de física, una de esas carreras que eliges por auténtica vocación o porque, directamente, has heredado el carácter un tanto enfermizo y autístico de alguno de tus progenitores. Esa tarde, por casualidad -o causalidad, esto me lo explicaría ella más tarde-, coincidimos en la cafetería del campus. Yo le pedí fuego para encenderme un pitillo, ella me lanzó una mirada desafiante y... se hizo el silencio. “Itskov tenía razón, pero no hace falta esperar a 2045. ¡Podemos ser inmortales ahora!”. Evidentemente, yo me hice el longuis y en mi habitual alarde de ironía, le espeté: “Bah, ¡o antes incluso!”. Pero Lucía prosiguió sin inmutarse. “La Iniciativa 2045. Se trata de descargar el contenido de nuestro cerebro en una red de datos y convertirnos en software. Nuestra conciencia en un software que podemos representar de manera holográfica”. Entonces, en ese preciso instante, las neuronas de mi núcleo accumbens y unas cuantas más de mi corteza cerebral empezaron a dispararse sin control. “Pe, pe, pero...algo había oído hablar. Trasplantar la conciencia, ¿no? Joder, es mi obsesión. Poder escapar a la muerte”. “Exacto”, contestó Lucía, esta vez con una media sonrisa que la delataba. “Veo que te interesa el tema”. Sinceramente, en ese momento hubiera deseado tener más información de la que disponía para no quedar como un idiota, pero la verdad es que Lucía era una máquina de datos con patas. “Los números cuadran. Y sólo falta descargar el contenido y poner en marcha el avatar”. Más tarde pude comprobar que uno de los objetivos del proyecto Iniciativa 2045 era precisamente la producción a gran escala de avatares muy realistas en los que descargar contenidos de cerebros humanos, con todas las particularidades de conciencia, sensibilidad y personalidad. Una pasada, vamos. “¿Y por qué dices que podemos ser inmortales ahora? ¿Por qué ahora? ¿Es que tú eres más lista que nadie o qué?". Esta última pregunta no le sentó demasiado bien pero enseguida me agarró de la mano y me susurró al oído: “sígueme”.
Tengo que reconocer que me sentía bastante confuso. Avatares, conciencias que se descargan en software...vale. Todo eso en mi imaginación había sido factible e incluso deseable desde hace muchos años. La incógnita era ese ahora. ¿Lo habrá conseguido? ¿Y si Lucía era en realidad una agente encubierta que pretendía utilizarme como cobaya? Llegamos al laboratorio de informática de la facultad y Lucía sacó una llave del bolsillo de su chaqueta. La media sonrisa de antes se había convertido en una sonrisa casi maquiavélica. “¿Para qué quieres esa llave?”, le pregunté. “Te voy a contar un secreto. Llevamos años investigando la posibilidad de hacer real el sueño de muchos: conseguir la inmortalidad. Y por fin lo hemos conseguido. Detrás de esa puerta está el primer avatar con una conciencia humana trasplantada capaz de vivir eternamente. Y tú vas a ser testigo. Todo a partir de ahora va a ser diferente”. Mi cara se desencajó y sufrí un ligero vahído. Tomé impulso y respiré profundamente. “Uf”. Es todo lo que pude decir. Lucía dio un paso adelante, encajó la llave en la cerradura y entonces...”¡Pero mira qué eres tonto, inocente!” Ahí estaban Raúl, Leticia, Martín y Verónica, mis compañeros de periodismo. “¿No te acordabas que hoy era el Día de los Santos Inocentes o qué?". Qué cabrones. “¡Maldita sea vuestra estampa!”, grité. “Si es que no puede uno ilusionarse con nada”. Por la noche me enteré de que Lucía había pactado la inocentada con todos ellos y que nuestro encuentro en la cafetería no había sido fortuito.
Hoy recuerdo esta anécdota feliz por ser una de las causas de que abandonara la carrera de periodismo y del inicio de mi andadura como científico. Ahora solo espero ser testigo y parte de la resolución de mi eterna obsesión.

MI nueva doctrina.

MI nueva dodtrina.
Yo creo en algunas cosas, en otras no:
Creo en los monstruos, en los superhéroes, en alienígenas y en astronautas.
Pero no creo en las hadas. No es posible convertir una marioneta en niño, todo el mundo sabe que como mucho con los materiales adecuados podría construirse un robot. A “Nunca Jamás” se llega desde lo más alto del cielo, girando la segunda estrella a la derecha, hasta el amanecer. Pero no creo que con polvo de hada, con un cohete, o en su defecto una buena capa de tejido extraterrestre.
Esta fue la redacción que presente en 1973, a la edad de ocho años, para la clase de religión. EL tema propuesto era:
“Cuales son nuestras principales creencias”.
Me sentí orgullosa de mi composición mientras la señorita la leía a toda la clase. Pero las risas al finalizar la lectura me devolvieron a mi realidad cotidiana…
-A ver clase, ¿el muchachote que ha escrito esto? Que ha olvidado poner su nombre.
No levante la mano, (no era ningún héroe), pero mi compañera de pupitre se chivó, apuntándome con un dedo acusador:
¡No seño, no ha sido un niño. Es de ella!
La hilaridad provocada, por mi confundida naturaleza, electrocutaba mi alma, y la mirada inquisidora de la señorita Pilar detono la poca ánima que a esas alturas me quedaba.

Pero no importa. Afortunadamente mi generación viene de serie con un dispositivo instalado que nos resetea durante el sueño. Evoluciona con cada generación, por ejemplo el modelo del que mis abuelos disponían se llamaba “Resignación”, el de mis padres “Trabaja duro y lo conseguirás”, para mis hijos la tecnología y la ciencia han progresado de tal manera que según tus posibilidades puedes elegir diferentes modelos. El problema es que actualmente la mayor parte de especímenes del planeta no disponemos de medios. Por culpa, paradójicamente, del dispositivo más elitista de todos “EL Eminente”, (primer prototipo, implantado con posibilidad incluso de sustituir el de origen). Parece ser la parte proporcional de ética y moralidad muta. Los Poderes Públicos, dicen que por un virus apodado “Corrupción”. Los damnificados lo achacan a la implantación de dispositivos defectuosos. Se autodenominan “Afectados por el Supuestamente”. Sea como fuere, la crisis que esto ha provocado perjudica sobre todo a las nuevas generaciones: por ejemplo a mi hijo se le ha asignado de serie el modelo “Tu actitud te define”, lo que le condena a llevar con la mejor de sus sonrisas, cualquier situación que el destino tenga a bien adjudicarle.

Pero volvamos al curso del 1973. El artilugio de serie en mi generación es “Cumple siempre con tu obligación”. Por lo que yo volvía cada día a la escuela dispuesta a afrontar mis deberes.

Me he dado cuenta: La señorita Pilar creía que yo era tan maligna como esas serpientes ilustradas en las páginas prohibidas; del libro de Naturales. A principios de curso nos confesó su ofidiofobia. Yo por empatía y envidia trate de desarrollar una herpetofobia. Me lo tome tan en serio, que cuando llegamos a la lección de los anfibios la viscosidad de estos, plausible gráficamente, me producían arcadas. Ella, estimando como burla hacia su propia psicosis, mi recién descubierta fobia, tuvo a bien mandarme fuera de clase. Para evitarme el mal trago de contemplar las imágenes, pensé yo.
Días después, quizás aturdida, por la admiración hacia mi profesora profesada, mezclado con el contrasentido con que en mi mente se fusionaban las asignaturas que ella impartía; ciencias y religión, me atreví a proferir mi epifanía:
-Usted seño, es la resurrección de Eva, (mujer de Adam).
Lo deduje, supongo, combinando su animadversión hacia las serpientes con su indiscutible beatísmo.
Creo; por un momento mis palabras la adularon. Hasta que su perniciosa mente puritana, confirió que el demonio la estaba tentando. Con duras palabras me condeno al infierno. Y con dura alusiones rebajo mi coeficiente intelectual al nivel del de los simios. Me instó a no hacer preguntas ni conjeturas sin meditarlas antes.
La desazón que su alegoría me producía, al comparar mi inteligencia a la de nuestros antepasados los primates en forma de ofensa, hizo que me sintiese suficientemente respaldada para, preguntar:
-Entonces: ¿Venimos de Adán y Eva, o descendemos del mono?
Yo creía que había ejecutado una inteligente e interesante polémica. Pero la portentosa reacción que mis palabras ejercieron sobre su rostro, (y pese a que su aguda voz no daba pie a este símil), me hicieron sentir el terror que los truenos ejercen en los mortales. Vaticinando la tormenta que me convertía en:
“Persona más cretina del universo”.
Entonces comprendí el porqué de mi chip generacional: Mi obligación era no atender, ni intentar aprender nada, y sobre todo olvidarme de las cosas que me interesaban.
Eso hice, seguí mi nueva doctrina. Dejé de pensar.

Mínima energía, máxima ironía

Los invitados cenaban en el elegante salón principal del crucero. La velada se desarrollaba de forma tranquila. Las olas acunaban a los pasajeros y daban a las conversaciones un aire sosegado, casi somnoliento.

Al final de la cena, justo antes del postre, empezaron los gritos. Comenzaron como una conversación normal, que fue subiendo de tono hasta que todos detuvieron lo que estaban haciendo y se volvieron hacia ellos con curiosidad.

Dos personas, una joven y otra mayor estaban discutiendo.

•Eso es imposible - gritó el hombre más mayor - Dios no juega a los dados.


•¡Pero si estamos de acuerdo! - le respondió su acompañante, varias décadas más joven. - Dios lanza los dados, pero no juega con ellos porque realmente están trucados.


El anciano realizó un gesto despectivo y puso los ojos en blanco. Lanzó un largo y paciente suspiro y continuó hablando. El tono de sus palabras era el de un maestro que repite una lección múltiples veces enseñada.

•Todos los experimentos indican que el principio de incertidumbre de Heisenberg …


•Ese principio es el margen que tiene la física para poder influir en el mundo. Sé que es un margen muy pequeño pero ese margen existe en cada partícula del universo.


•Bien, eso podría aceptarlo. Pero su segundo postulado…


•Sí… Mi teoría postula que la fuerza que guía el universo es la ironía. Alguien… tal vez Dios... o espíritus… tiene un gran sentido del humor y aprovecha el principio de incertidumbre para influir en el mundo. Es lo que llamamos mala suerte.


•¿Y la buena suerte?


•La buena suerte es sólo un subproducto. Alguien tiene que ganar la lotería para que miles la pierdan. Alguien tiene que conseguir el trabajo que pierdes por un atasco.


•¡Los físicos habrían encontrado una prueba de esa desviación en las medidas!


•No, porque el resultado más irónico es que las medidas parezcan aleatorias cuando se busca un patrón.


•No creo que haya podido dar una definición matemática formal de la ironía - la voz era ya temblorosa.


•Bueno, otros la dieron del desorden. ¿Ha olvidado la definición informal de la entropía?


•De todas formas, ¿de qué sirve todo esto? - preguntó el anciano - ¿Cómo lo podrá demostrar?


•Como todas las teorías físicas, cuando se conocen y se cuantifican permiten modificar el mundo. Buscar la solución que mejor se aproxima a nuestros intereses. Precisamente, eso es lo que he hecho en este crucero. He encontrado un mínimo local en las ecuaciones que hará que lleguemos a destino en un tiempo casi imposible. Seremos famoso. Entonces explicaré mi teoría al mundo.


En ese momento, el anciano lanzó un largo suspiro, apuró su copa y la dejó con un golpe sobre la mesa. Después, se marchó de la mesa murmurando. El más joven sonrió. Había ganado la discusión y, en cuanto el barco llegase a puerto mucho antes de lo esperado, habría conseguido su demostración. Pidió otra copa y se quedó absorto en sus fantasías.
El resto de los pasajeros, una vez acabada la discusión, perdieron el interés y continuaron con sus distracciones. Esa noche había un baile y probablemente bajase el capitán para charlar con los pasajeros. La vida y la diversión continuaban en el Titanic.

Moebius

Aquella mañana, Ted se despertó como cualquier otro día, con el ruido del tráfico rodado. Una vez en la oficina, tuvo que asistir a una de esas soporíficas reuniones matutinas orquestadas por el capitán morfeo. Entre aullidos del jefe y bostezos de los presentes, el primer indicio de que algo no iba bien ocurrió cuando Ted cerró su dossier por el final. Lo que tenía que quedar mirando hacia arriba era la contraportada, pero lo que se veía era la portada del informe. Aquel hecho aislado no le preocupó hasta que, momentos después, uno de los presentes garabateó algo en la pizarra. Era un texto incomprensible para nuestro hombre, que se esforzaba en descifrar aquella caligrafía. Finalmente, Ted se percató de la causa de su asombro ya que su compañero había escrito al revés, o sea de derecha a izquierda. "Ahora resulta que no sólo la economía de la empresa involuciona, ¡sinó que hasta su escritura va para atrás!", pensó nuestro protagonista mientras examinaba la textura de su café. Aquella reunión se había hecho más amena de lo habitual.

En la reunión del día siguiente, la arenga del jefe tras el "morituri te salutant" de los esclavos discurría normalmente hasta que otro suceso perturbó a Ted. Para vencer el aburrimiento, nuestro personaje solía recortar monigotes de papel, pero las tijeras cortaban mal. Le mostró la malfunción a su vecino de mesa, aquél que levantaba la ceja ante cualquier evento. Éste, sorprendido, levantando la ceja, cómo no, cortó con aquellas tijeras un magnífico unicornio. "¿Dónde está el problema, Ted?", le espetó el vecino, ya con la ceja hasta arriba. "Las tijeras van de maravilla". Ted reparó en dos pequeños detalles. Por un lado, su colega subía extrañamente la ceja del lado contrario al habitual, y por el otro, que se había vuelto zurdo. Esperpénticamente, el vecino irónico había tomado las tijeras con su mano izquierda y también escribía ahora con la izquierda. Asombrado, Ted notó que, en ese instante, casi todos se hurgaban la nariz con la otra mano.

Una vez en el autobús de vuelta a casa, Ted se dio cuenta de que el vehículo circulaba por la izquierda. Aterrorizado por la aparente ebriedad del conductor y la sospechosa indolencia de los pasajeros, Ted decidió apearse en la primera parada. Ya a pie de calle, nuestro sufrido héroe vio que coches y camiones iban generalmente por la izquierda mientras se tiraba de los cabellos intentando comprender el nuevo código de circulación. Llegó a casa a pie, sorteando los automóviles ya que muchas calles tenían el sentido de circulación invertido. Más de una vez tropezaba con el coche que venía del lado opuesto. Eso sí, los improperios se lanzaban con la dirección e intensidad de costumbre.

Por la noche, Ted vio un programa científico que trataba de algo llamado “cinta de Moebius”. Según el experto, esta cinta era un bello ejemplo de superficie no orientable, es decir, dentro y fuera no están definidos. Esta banda se construía aplicando una torsión a una cinta alargada y uniendo después sus extremos. Aparecen frecuentemente cintas de Moebius en los talleres de manualidades de escolares. Se ve que, cuando les encargan hacer un cilindro de papel, los niños recortan una tira y algunos pegan mal los extremos porque han torcido el papel antes de juntar los cabos. “Como resultado, tenemos esta cinta”. El experto ilustraba este divertimento matemático tomando un trozo de papel retorcido y cerrado. Dibujó una flecha apuntando hacia arriba. “Si se fijan, al moverme a lo largo de una cara”, decía mientras marcaba el recorrido con un lápiz, “llegaré al otro lado después de dar una vuelta entera. Entonces, la flecha mirando inicialmente arriba estará ahora invertida. Necesito exactamente dos vueltas para regresar al punto de origen con la flecha orientada como al principio.”

Según esta hipótesis, la mente de Ted habría dado una vuelta entera sobre una cinta de Moebius, quedando aparcada en una realidad paralela. Ted se esforzaba en adaptarse a un mundo dominado por zurdos, como si todo estuviera reflejado en un espejo. Todo salvo él. Tenía que encontrar una solución antes de volverse completamente loco. ¿Pero cómo? Entonces, milagrosamente, recordó las pastillas para dormir que se había empezado a tomar, y cuya dosis aumentó de una noche a la siguiente. Temiendo una conexión entre los efectos de los barbitúricos sobre su mente y la dichosa cinta, Ted dejó el tratamiento. Aquella noche dormiría poco y mal, pero todo debería recobrar la normalidad. Al día siguiente, se alegró de comprobar cómo todos los fenómenos extraños habían desaparecido. Había regresado de su viaje por la retorcida banda al mundo que conocía y tanto añoraba. Sin embargo, debido a su aventura, Ted desconfiaba y cada día comprobaba que tijeras, sacapuntas, sacacorchos, destornilladores y demás máquinas funcionasen como era debido.

NO ES TAN FIERO EL LEÓN COMO LO PINTAN

Erin ordena una estantería para ganar espacio, cuando un señor de mediana edad entra acompañado de un niño de unos diez años a su tienda de animales.

-Buenos días, vengo con mi hijo porque tienen ustedes catálogo de animales extraterrestres.- Dijo el hombre sin poder evitar que su mirada se distrajese buscando jaulas con aliens por toda la tienda.

-Sí señor, tenemos tres organismos provenientes de exoplanetas del sistema gliesiano previamente terriadaptados en reservas especiales ubicadas en la colonia internacional Luna3.- Contestó Erin, orgullosa de su producto, altamente exclusivo, que se vendía en aquella tienda de mascotas de lujo situada en la Rue de la Paix de París, a bien pocos metros de la Place de Vendôme. Por la indumentaria del padre y el hijo, no pagarían acogiéndose al sistema de plazos.

-Tenemos lo justo para reproducir un pequeño ecosistema en casa: productores, consumidores primarios y secundarios.

-¿Perdón?-Dijo el hombre consternado.

- Plantas, herbívoros y carnívoros, papá.- Exclamó el niño con un repelente grado de erudición.

- El número uno de su clase en ciencias. ¿Cómo le voy a negar un regalo especial de cumpleaños?

-Ya veo. Es un pequeño experto.- Dijo Erin mientras, como buena irlandesa, pensaba chistes en silencio de por qué no se debe tener aliens en casa para entretener a los niños. Tocó la mesa del mostrador, hecha de vidrio plano de trabajo, y apareció el menú principal, a modo de una gigantesca Tablet. Accedió al catálogo de organismos extraterrestres.

-Déjame que te explique.-Dijo rebosando amabilidad hacia el escolar repipi.- Tene…

-¡Yo quiero un efrenato!- Dijo el niño con soberbia, interrumpiendo su explicación.

Violenta por los modales del mocoso, Erin bajó la mirada al mostrador-pantalla de trabajo y accionó la opción deseada por el chaval.

-¡Uuuuuy! Ese animal es muy feroz para un jovencito.

-Bueno, los sirven capados, ¿no?- Intervino el padre, rescatando raudo a su caprichoso retoño.

-En realidad, cualquier animal exótico está castrado siguiendo las indicaciones para especies foráneas de la ley contra delitos ecológicos.

-¡No! Me refiero a que los preparan para tenerlos en casa.

-Supongo que se refiere usted a las modificaciones extremas. No lo recomendamos por la salud psicológica y física del animal. Pero si es su deseo, podemos hacerlo aunque los precios se doblan por los servicios veterinarios.

-No importa. Dijo tajante el hombre, para satisfacción de su vástago, que estaba visiblemente emocionado.

-¿Ves papa? Podré jugar a las tropas de las naves estelares con mis compañeros de colegio.- El padre rie la ocurrencia del niño y piensa que no es problema desembolsar una pequeña fortuna con tal que su hijo juegue seguro.

- Estas son las modificaciones del Efrenatus gliesus.- Dijo la vendedora haciendo que en pantalla del mostrador apareciese un animal, el cual parecía una versión nociva y amenazadora del diablo de Tasmania de los Looney Tunes.

-Como sabrán, éste ser es un depredador con unas púas venenosas que inyectan una neurotoxina que podría causar la parálisis de un humano en apenas 10 segundos. La primera intervención consiste en retirar todas esas espinas del lomo y la punta de la cola. Las mandíbulas del efrenato no son muy poderosas pero tiene un sistema de dentición en continuo desarrollo con varias filas de dientes en cada mandíbula, así que los veterinarios extirpan quirúrgicamente la zona bulbar donde crecen. Por último se les quitan las garras de las extremidades posteriores, que no sólo le ayudan a correr con su increíble velocidad, a pesar de ser bípedos, sino que también las usan para herir a sus víctimas si lo creen necesario.

El posible comprador había abierto la boca a lo largo de la exposición. - Vaya. ¡Lo tienen ustedes todo controlado!- Dijo fascinado a Erin, a lo que ella le contestó:

-Hasta aquí las modificaciones fisiológicas, pero se ha comprobado que el efrenato tiene una tendencia a mantener un comportamiento violento y desenfrenado, característica etológica con la que fue bautizado. Así que nuestros biólogos del comportamiento le someten a una extinción de la violencia por refuerzo negativo a los comportamientos furiosos e impulsivos. Para ello usan descargas eléctricas como condicionante.

En aquel instante llamaron al teléfono de la tienda, y Eire se disculpó con sus clientes, que quedaron embobados mirando las imágenes que aparecían en la pantalla del mostrador, para poder atender la llamada con algo de privacidad.

-Magasin des animaux extraordinaires?

-Hola, soy Julien Tessier. Llamo por el efrenato que me llevé la semana pasada, quiero devolverlo.

- Perdón Monsieur, ¿se comporta mal o no ha sido bien modificado quirúrgicamente?

-No, nada de eso… En realidad lo quiero devolver porque el animal está aterrorizado dentro de la jaula temblando todo el día, sin querer salir. ¡Menuda porquería de fiera extraterrestre me han vendido!

Nueva Era

-No te pares. Ya estamos a punto de llegar.
La figura de los dos hombres se recorta contra la luz del ocaso que los ha recibido. El más rezagado alcanza a su compañero y juntos coronan la cima del valle.
-¿Sabes por qué te he traído aquí? –pregunta el más mayor de ellos.
-¿Para obligarme a practicar deporte? –replica sin resuello el más joven.
El hombre sonríe y permanece callado durante unos segundos. Tras contemplar las vistas, se vuelve hacia su joven compañero.
-En este valle, hay hombres que han hecho historia. Y eran más jóvenes que tu cuando pisaron esta tierra –matiza el hombre.
-Ya…Pero ellos eran genios y yo ni siquiera he acabado la universidad.
-Steve Jobs tampoco la acabó.
-Jobs nació siendo una estrella. ¡Vamos, si a él ya lo buscaban para trabajar en HP antes de que hubiera dejado el biberón!
-Steve no nació siendo un genio, se hizo a sí mismo. Encontró una pasión y se entregó a ella de tal manera que la dominó como nadie lo había hecho antes.
-¡No puedes pedirme que haga lo mismo! Aun me falta mucho por saber: no tengo dinero para tener un laboratorio en condiciones, hay científicos que me llevan años de vent…
-Basta –replica el hombre, ligeramente exasperado. –Te estás quedando en la superficie. Yo solo te estoy pidiendo que tengas un poco de fe en ti mismo.
-Sí, claro, pero con fe…
-No he acabado –interrumpe el hombre. – ¿Acaso crees que todos los “genios” que hay aquí – señala con la mano el valle que hay a sus pies –empezaron con más de lo que tienes tu ahora?
El hombre empieza a pasearse de arriba abajo, justo al borde del barranco.
-Más aún. Dices que no sabes suficiente pero, francamente, he visto a otros con más recursos que tú, empezar sus negocios con mucha menos teoría aprendida que la que tú tienes. Y tú – enfatiza el hombre, apuntando con el dedo al joven –puedes despuntar mucho más de lo que llegaron a hacerlo en sus inicios, los que ahora ocupan este valle.
El joven permanece en silencio, sin saber que decir. El hombre percibe la confusión de su interlocutor y se relaja.
-Dime –pregunta el hombre -¿sabes por qué le pusieron a este valle el nombre que tiene?
-Ni idea –niega el joven con la cabeza.
-Las industrias que fabricaban silicio empezaron a asentarse por aquí y más tarde, las compañías más punteras en el desarrollo de “hardware” y “software” establecieron sus sedes en este lugar. Llegó un momento en el que quedó claro que este iba a convertirse en el territorio de las puntocom – explica el hombre.
-Claro –asevera el joven –por eso este sitio se llama…-
-…Sillicon Valley, exacto –confirma el hombre.
Tras la explicación, el hombre se sienta en el borde del barranco. El joven le imita y los permanecen suspendidos sobre el valle, observando las decenas de luces que empiezan a imponerse en el paisaje.
-Cuando por fin encuentres la confianza que te falta, estaremos preparados para dar un paso más hacia el futuro –reflexiona el hombre.
-¿Y ese paso es? –Pregunta dudoso el joven.
-Creo que ya hace mucho tiempo que nadie les hace verdadera competencia a los poderosos que habitan en este valle. Y francamente, últimamente se me ha despertado una cierta vena de arquitecto que ya tengo ganas de explotar –afirma el hombre, sonriente-.
-Oh, espera, ¿no estarás pensando en lo que yo creo? –Pregunta alarmado el joven.
- Ya es hora de que exista otro valle lleno de leyendas. Y de que nosotros, aparezcamos en las páginas de la Historia como sus fundadores –relata con emoción el hombre.
-¿No te estás flipando un poco?
-No –asegura el hombre. –Tú y yo lo conseguiremos. Si tú pones la ciencia y yo el negocio, nada nos parará.
De repente, el hombre se levanta y empieza a irse hacia su coche.
-¡Eh!, ¿A dónde vas? –Exclama el joven-.
-Vámonos –ordena el hombre. –Tenemos que inaugurar una nueva era, no podemos llegar tarde. Tus investigaciones van a cambiar el mundo y tenemos el deber de liderar ese cambio.
Cuando llegan al coche, el hombre se gira para mirar al valle por última vez y exclama: -¡El tiempo del silicio ha acabado! Que el mundo se prepare para la llegada del grafeno -. El hombre entra en el coche y mira a su compañero. –Y tú y yo, amigo, tenemos un valle que fundar.
-¿Cómo lo llamaremos? –pregunta el joven.
-Ya lo sabes. Nuestro mito empezará en…Graphene Valley.

Obligados a morir

Recuerdo los debates de los adultos sobre la eutanasia mucho antes de que yo me convirtiera en científica. Recuerdo a mis padres decir que, llegado el caso en el que el cuerpo ya no pudiese funcionar como era debido, lo mejor era recurrir a la eutanasia que al sufrimiento que conllevaría estar atado a una cama sin poder valerse por uno mismo y, lo que era peor, convertir la vida de tus seres queridos en una pesadilla dantesca en la que tendrían que hacerse cargo de tu ser residual. Con los años, la eutanasia fue legalizándose poco a poco en varios países y se convirtió en otro proceso médico rutinario más. Como quien se operaba de apendicitis. Algunos lo necesitaron, otros llegaron al final de su vida sin tener que recurrir a ella.
La ciencia y la medicina avanzaron en los últimos cincuenta años a un ritmo que no pudimos predecir. Habíamos presenciado el mayor crecimiento de conocimiento técnico y científico de la historia. Nuevos sistemas de manipulación genética habían conseguido reducir en un 95% el tiempo necesario para obtener los genotipos requeridos. Habíamos conseguido predecir prácticamente todos los tipos de cáncer de herencia genética que una persona padecería gracias a simples y rápidas pruebas que no requerían más que una gota de sangre del paciente. Con ese conocimiento, los tratamientos pasaron a ser preventivos y con una eficacia de cerca del 100%. La neurociencia había avanzado de tal manera que el Alzheimer, el Parkinson y otras enfermedades neurodegenerativas eran anecdóticas y desafortunadamente, predominantes en las clases socioeconómicas más bajas que no podían acceder aún a los tratamientos de bloqueo genético para conseguir el silenciamiento programado de los genes responsables. Habíamos conseguido desenmascarar los genes que predisponían a la depresión, reduciendo el número de suicidios a nivel mundial en casi un 85% y aumentando la productividad humana en un 150%. Los mecanismos de recompensa del cerebro que empujaban a la gente a consumir sustancias adictivas, desde el tabaco o el alcohol hasta la metanfetamina, podían ser regulados gracias a una inyección que se administraba durante la pubertad, antes de que el sujeto pudiese entrar en contacto con dichas sustancias. Cualquiera se hubiera esperado que tal inyección nunca hubiera salido a la luz debido a los grandes intereses económicos y socioculturales que respaldan algo tan ancestral como el consumo de alcohol, pero esta actividad pasó a ser un pasatiempo como tomar café o ir al cine. Ya no creaban adicción y el consumo se convirtió en una actividad puntual y moderada. Las grandes compañías no perdieron dinero puesto que fueron las mismas que invirtieron en las inyecciones anti-adicción. El mundo parecía un lugar mejor. Solo que no lo era.
Estos asombrosos avances habían convertido al ser humano en una criatura prácticamente inmortal. La persona más longeva hasta la fecha había vivido ciento noventa y siete años. Fue ella quien, precisamente, hizo necesaria la que hoy llamamos “terminación preceptiva”.
Con los rápidos avances científicos y el acceso a tratamientos que fueron prolongando nuestra edad, el sistema se vio incapaz de asumir el pago de pensiones durante los más de cincuenta años de jubilación. La gente se hacía más vieja, no podía trabajar pero tampoco se moría. La ciencia había creado personas inútiles para el sistema durante demasiado tiempo. Paulatinamente, al igual que la eutanasia dejó de ser tema de debate, la terminación preceptiva comenzó a ser un protocolo normal y fue instaurándose en los sistemas sanitarios del mundo desarrollado. La gente no se moría, por lo tanto, teníamos que matarlos nosotros. Por el bien del sistema.
Mi terminación preceptiva, según el contrato que todos teníamos que firmar para poder acceder a la jubilación a los ochenta años, estaba programada para dentro de siete. Hacía treinta y tres años que me había jubilado, abandonando el laboratorio desde el que había llevado a cabo investigaciones que ayudaron a hacer del ser humano un lastre casi inmortal. La ciencia me había evitado un cáncer de páncreas y Alzheimer gracias a las técnicas genéticas. El resto de problemas de salud asociados a la edad fueron fácilmente sorteados con tratamientos a los que todos, con dinero, podíamos acceder. Era vieja y sana. Pero pronto el sistema no podría hacerse cargo de mí y por lo tanto, tendría que asistir a mi cita en el centro de terminación preceptiva que había seleccionado hacía más de cuatro décadas. La ironía residía en el hecho de que después de haber dedicado mi vida al estudio genético, la razón por la que tenían que matarme eran precisamente los descubrimientos que habíamos conseguido a lo largo de medio siglo. Lo llamaban terminación preceptiva en lugar de pena de muerte. Pero al fin y al cabo, era el sistema deshaciéndose de los miembros de la sociedad que ya no servían para nada.

ORDEN

Orden
El hombre subía la escalera mecánica tropezando, mirando cada poco hacía abajo. Entonces se escucharon los disparos, dos. Todo el mundo se giró hacia el origen del ruido. Todos menos él que cayó de bruces mientras una mancha recorría su espalda. Entonces se produjo la desbandada. Luego dos hombres de negro se acercaron al muerto para ver si lo estaba, con precisión tocaron la yugular y se marcharon mientras guardaban las pistolas. Entraba un tren subterráneo muy popular por entonces, ver archivo “metro”. Mientras, la escalera había hecho subir el cadáver hasta quedar varado en una playa metálica donde cada oleada de escalones lo hacía moverse un poco.
Todo eso sucedió apenas un mes antes de la gran explosión. << Nada será igual sin África>>, decía el portavoz de la coalición. <> añadía una voz en off mientras en la pantalla un trapo se movía al viento. El plano dejaba fuera un viejo ventilador gigante de los que se usaban hace siglos para hacer películas, que, y esto es lo realmente destacable, todo el mundo podía ver.
Hechos sin conexión aparente, se leía en el primero de los siete informes semidefinitivos que se sucedieron antes del alegato final del abogado de la coalición que pidió la absolución por causa justa. De algún modo África se lo había buscado no atendiendo el mandato de dejar morir de hambre a sus hijos tal como se le señaló reiteradamente el Fondo Monetario Intenacional (FMI). En lugar de eso se empeñaron en cambiar su destino, algo intolerable desde luego. En ese momento se oyeron risitas en la sala.
Cuando siete millones de días y cuarenta y cinco unidades sol después alguien recuperó los informes y de manera rutinaria escaneó la realidad que reflejaban encontró una singularidad que le obligó a informar, tal y como establece su protocolo al supervisor de distrito. Las balas. Cuántas encontraron en el muerto, una. Cuántas consta que escucharon los primitivos que subían con él en aquel artefacto llamado escalera: dos.
Lo habían encontrado, el fallo inicial remoto estaba al descubierto, la esfera temporal de causas y efectos se había quebrado sin que la unidad de vigilancia lo hubiera detectado en ese mismo momento y hubiera corregido los hechos, como era su obligación. Claro que el sistema operativo de entonces era muy limitado. Ahora habrá que revisarlo todo. Un trabajo que sin la ayuda del omnicomputador postcuántico de esfera asimétrica sería imposible hace apenas dos mil años.
El supervisor escuchó el informe, anotó su veredicto y procesó la respuesta predefinida. Taponar la fuga, ordenar los datos desde ese punto de la historia hasta hoy. Así se habían corregido infinidad de incongruencias de los primeros 25 siglos después del humano llamado Cristo. Aún quedaba mucho trabajo por hacer.
Fue entonces y no antes cuando se produjo una segunda incidencia, dos palabras aparecieron en el display metafosfórico de cromo y diamante del supervisor: África, FMI... Los circuitos detectaron algo asimilable como antiguo continente del hemisferio sur suprimido por sus constantes desacatos a la coalición en el tercer período preinstigador . No hay más datos en la base. El reloj de búsqueda siguió procesando. FMI….FMI….. la temperatura del circuito se elevó hasta el nivel medio. Agotado el plazo máximo de 1 segundo se pasó a modo autocompletativo, el que el sistema central asume el mando y dedica cuantos recursos estén disponibles a taponar la fuga de tiempo invertido. La temperatura pasa a modo 1 de 46 (siendo 46 el punto de ebullición del wolframio). El sistema se esfuerza, la energía se condensa y se disipa mientras cientos de millones de miriagigas se retuercen “metafóricamente” para encontrar un susurro, una palabra garabateada, un suspiro que se esconda entre los millones de recopilaciones acumuladas durante el tiempo, durante todo el tiempo. Lo encuentra. Estaba mal archivado, la ineptitud vuelve a atravesar el tiempo. El sistema se chequea por completo y decide autoreformularse para optimizar desde el principio: desde el primer disparo. Y nuestro héroe “alguien” archiva FMI como: Federación Mundial de Ironman un deporte perteneciente al segundo período preinstigador.
Y así lo único realmente humano, el error, se perpetuó por las brechas del futuro.

Pi

No siempre ha sido así. ¿Te acuerdas cuando te felicitaban por como escribías las cosas? Parece que fue en otra vida. ¿Y ahora qué? Ahora cuando alguien lee algo tuyo solo busca significancia e intervalos de confianza. Las flores solo valen dinero. ¿Cómo era esa frase que te volvía loco? Esa frase que leíste, y tuviste que releer para asentar la cabeza que empezaba a levitar. Decía… “no fueron las balas, fue el amor lo que mató a la bestia”, al lado un primate de doce metros. Que metáfora tan bella. Ya no hay nada de esto en tus días. Lo que no ha cambiado nada son las conversaciones que puedes mantener contigo mismo. Eso sigue igual, parece, además, que este whisky barato solo hace que acentuar las autoconversaciones. El yo. Aún puedo recordar la sensación de leer la frase. Ese orgasmo que sentía en la piel, era como si una presa de dopamina se rompiera y se lo llevara todo, unos segundos completos. Yo quería provocara esa sensación en los demás. En mi caso tampoco fueron las balas, fue la ciencia quien mató a la bestia.

¿Pero aún puedo? Claro que puedo, sigo vivo. ¿Vivo? Sigo vivo sí, este taburete que me separa del suelo me mantiene vivo, la barra en la que apoyo los codos que se unen a mi brazo y a mi mano y a mi cabeza me mantiene vivo. Qué triste que el sustento de mi vida dependa del mobiliario. Si de verdad siguiera vivo haría algo con la vida, lo que me recuerda que debería dar otro sorbo. Para ser el segundo vaso de Cutty llevo demasiadas horas aquí. ¡Va de un trago! ¡Uaghh! Este ardor suave sí que me confirma que estoy vivo. Puedo hacer cosas, sé que mi habilidad para abrumar a alguien con una verdad tan bella que te haga saltar los plomos sigue ahí. ¿Y si se lo cuento a ese? Está sentado a mi lado igual de vivo que yo. Debería practicar primero. ¡No! Practicar solo entorpecería las cosas, solo serás capaz de causar esa sensación si te la causas tú mismo a la vez. Es increíble como me puedo decir cosas a mí mismo en dos planos, voy a decir algo que sé, que conozco, pero hasta que no lo diga no será capaz de abrumarme. Lo hago.

-Em… Hola – Ni un leve giro del que tenía que ser mi interlocutor. - ¿Perdón? – Ahora levanta la cabeza un poco, vale me está mirando, tengo su atención. - Disculpe, ¿Qué sabe usted de Pi?

-¿Me habla a mí?

-Si a usted, le pregunto por Pi- Lo estoy a punto de hacer.

-Lo siento, no conozco a ningún Pi

-Pues él le conoce a usted, y seguro que usted conoce más de él de lo que ahora presupone. – Tengo que entrar en materia antes de que pierda del todo su atención. – Me refiero al número Pi.

-¿Por qué me tendría que conocer a mí el número Pi?

-Mm… - Puede que esa pregunta sea la mejor manera de empezar esto – Pi lo sabe todo, es un número irracional, infinito. Infinito ¿sabe?

-¿Y qué?

-En sus decimales se encuentran todas las posibles combinaciones de números que puedan existir, diga cualquier número, estará en Pi. La fecha de su nacimiento, la de su pareja, la de cualquier evento importante para usted, para mí o para sus nietos. Si lo codifica para que los números sean letras también aparecerá su nombre, el de este bar y el de todos los compuestos orgánicos que hay en este planeta. También aparecerá el de esa niña a la que nunca besó, el tren al que no se presentó… ¿Y qué pasa si lo convierte en un mapa de bits? Resultará una imagen, dentro de Pi encontrará la última cosa que verá antes de morir, la foto de su mejor momento, la cara de su peor enemigo y todo lo que ha sucedido desde siempre y lo que está por suceder. Todo está en Pi, toda la información de nuestro universo delante de nosotros, a nuestro alcance. – Levanto el vaso justo ahora, ya llega – Todo está aquí, en la pequeña circunferencia que forma el fondo de este vaso… - Recorre todo mi cuerpo, me abruma y se va calmando, espero que mi callado amigo lo haya notado. Me está mirando.

-Veo que alguien ha tenido un día peor que el mío. ¡Camarero! Yo pago la cuenta de este señor.

-Gracias. – Puede que no haya funcionado, no lo sabré nunca, puede que solo yo sea capaz de tener esa sensación. Pero es la primera vez que me gano un dinero haciendo esto.

-¿Sabe? Está bien lo de Pi, pero pueda que no sea normal, como usted.

Huesos en la arena

“¡Date prisa. Se está haciendo de noche y no tendremos tiempo de sacarlo en condiciones!”. Unos arqueólogos trabajan en lo alto de una colina arenosa cubierta de pinos. Han encontrado un esqueleto, cae la noche y urge excavarlo, es peligroso dejarlo ahí, las noticias vuelan y los furtivos podrían reventar el yacimiento. Paletín, escobilla, pincel, bisturí…, poco a poco aparece el torso, desde las cervicales al sacro y la pelvis. No tiene extremidades, ni brazos ni piernas, tampoco está el cráneo. “¡Qué raro!”. Adriana filma todo en vídeo, Alfredo toma notas, Berta prepara las cámaras para tomar fotografías, Ricardo reúne el material necesario para extraerlo. Los curiosos merodean sigilosamente alrededor, cuchichean estupefactos ante lo que están viendo. Los arqueólogos se preparan para la extracción, uno anota, otro pone la referencia en la bolsa, otro embolsa y todo va a una caja preparada. Con extrema minuciosidad van sacando uno a uno todos los huesos del esqueleto: cervicales 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, clavícula izquierda, clavícula derecha, omóplato izquierdo, omóplato derecho, escotadura, costilla izquierda 1, derecha 1…, vertebras dorsales 1, 2, 3… y así hasta las lumbares, el coxis y el sacro. “¡Ya está, lo tenemos!”. Lo cargan en el coche y por el camino del bosque lo llevan al caserón. Se ha hecho de noche. No queda nadie en el lugar. Todo en silencio, no hay luna. Es sábado, mañana domingo, día de descanso. Ducha, cena y charla. Poco a poco el cansancio les vence.
De madrugada, Berta salta de la cama y enciende los ordenadores. Tres pantallas parpadean. Ordena y revisa las fotografías de la excavación del esqueleto. Busca todas las fotos y planos antiguos que tienen del lugar. Al rato, Guillermo se despereza y va a la sala de trabajo. Ojos legañosos y cansados. “¿Qué ocurre?, ¿qué haces?”. Se pone también manos a la obra. Son las 4. A las 5 Bárbara se levanta. Sonámbula prepara café. Algo pasa en la habitación de al lado. “¿Qué hacéis?”. Berta y Guillermo con mirada desencajada responden al unísono: “Hay algo que no funciona. Estamos revisando los datos de donde ha aparecido el esqueleto. ¡Las cosas no cuadran, ven a ayudar!”.
A media mañana, los tres bajan al pueblo a tomar un café. Los lugareños los miran de reojo. Murmuran. El dueño del bar les pregunta sin rodeos: “¡dicen que habéis encontrado un cadáver!”. “¿Un cadáver?”, repite Guillermo. “No, es un esqueleto, quién sabe si del cementerio medieval”. Vuelven a la casa y siguen trabajando. A las 10 de la noche convocan una reunión urgente con todo el equipo. Berta, toma la palabra: “El esqueleto que encontramos ayer no es antiguo, no hay duda de que es moderno, está por encima de los niveles arqueológicos. Es un hombre de unos 50 años asesinado con toda probabilidad entre 1972 y 1981”. Un silencio helado congela la sala de trabajo. Empiezan las preguntas y los comentarios. Ni precipitación, ni arrebatos: seriedad absoluta. Dieciocho arqueólogos repartidos en diferentes habitaciones de la casona intentan conciliar el sueño. Berta, Guillermo y Bárbara pasan la noche en blanco redactando informes.
“¡Acordonad la zona!”. Son las 7 de la mañana del lunes y empieza un largo día. El protocolo de actuación para este tipo de hallazgos ha sido activado. El alcalde del pueblo llega acongojado. La policía, el médico forense y la funeraria se personan en el lugar de los hechos. Los jóvenes arqueólogos, cumpliendo órdenes, trabajan a destajo buscando el cráneo, los brazos y las piernas. A menos de un metro de distancia aparecen cuatro falanges y un par de metatarsianos. Manuela da la voz de alerta. “¡Aquí hay más huesos!”. De nuevo: paletín, pinzas, pincel, bisturí…; hasta poner al descubierto unas extremidades inferiores. Siguen excavando. “¿Qué está pasando? ¡Otra pelvis!”. Es un segundo esqueleto, esta vez de una mujer de unos 45 años, sin torso, ni brazos ni cráneo. No falla: no hay uno sin dos. Atónitos y boquiabiertos los arqueólogos, bajo la dirección del forense y la inspección de la policía judicial y científica, proceden al levantamiento de cadáver.
Cae el sol y la larga comitiva empieza a desfilar. Los arqueólogos celebran que no hayan cerrado la excavación, pueden seguir trabajando. Cansados y excitados de tanto ajetreo recogen el material: paletines, carretillas, cubos, palas..., todo a la caseta. Última limpieza para toma de fotografías. Ricardo percibe algo extraño entre la arena, se acuclilla y pasa la mano enérgica pero suavemente: una soga y unas grandes tijeras en hierro. Grita desconsolado: “¡el arma del crimen!”.
Es hora de ducharse y tomarse una cerveza.
Cinco años después fue detenido uno de los curiosos del pueblo que vio como excavaban los esqueletos. Se le culpó de doble homicidio. El maestro no daba crédito, su padre había asesinado a los caseros por el robo de dos gallinas.

Incubación

La calle estaba irreconocible. No se veía un alma. Demasiado oscura y tranquila para lo que era costumbre. El silencio dominaba la escena; ni los roedores conseguían romperlo.
Un ruido repentino. Media vuelta y ahí estaba: un androide venía corriendo a toda velocidad. Hacia él. No había nadie más allí así que no podía estar equivocado. No lo dudó un instante y echó a correr calle abajo. Trataba de esquivar los residuos mientras dirigía miradas fugaces hacia atrás, en busca de la figura que le perseguía y que inexorablemente le iba recortando terreno. Metro a metro, zancada a zancada los rasgos de la figura metálica se iban haciendo más reconocibles. Su piel sintética, de un blanco nácar, reflejaba la luz que se colaba tímidamente entre los edificios. Sus ojos, impasibles, seguían a su presa con precisión quirúrgica. Sus piernas, incansables, no pararían hasta haber cumplido su objetivo. Y esta vez su objetivo era él.
Sabía que este día tendría que llegar. Sabía que las máquinas o, mejor dicho, los androides, se rebelarían contra la raza humana. Él lo sabía y nadie le había querido escuchar. El único que lo había hecho le había diagnosticado psicosis paranoica con manía persecutoria. “Las máquinas son la creación perfecta de la humanidad. Son el espejo en el que se mira Dios cuando se levanta cada mañana” había dicho el doctor.
Mientras se ahogaba en sus pensamientos, encontró un recoveco por el que se coló en un viejo edificio. Subía por las escaleras al tiempo que el androide entraba en el edificio. Los escalones de madera crujían bajo los metálicos pies de la máquina y la presión que éstos ejercían. Sería cuestión de tiempo que consiguiese llegar hasta donde él estaba y, aun así, exhausto, no dejó de subir por aquel edificio.
Finalmente el androide le dio alcance. Él, agotado, cerró los ojos y se rindió a su destino. Aspiró la última bocanada de aire, una bocanada de redención de la humanidad. Esa humanidad que nunca creyó en él, esa humanidad demasiado ciega para ver la verdad que se ocultaba delante de sus propios ojos, esa necia y pronto desaparecida humanidad.
Esperó su final. Las décimas parecían minutos. Una extraña sensación de tranquilidad recorrió su cuerpo. Se encontraba en paz consigo mismo, pero también con el resto de la humanidad. Había hecho todo lo que había estado en su mano para advertir a los demás. La cabeza le daba vueltas, los pensamientos revoloteaban dentro de él. “Pero, ¿ellos? ¿Qué han hecho ellos? Tenía razón, siempre la he tenido y eso no me lo va a quitar nadie. Nunca.” El pecho se le hinchó de orgullo. “Si tan solo me hubieran hecho caso…”. El orgullo dio paso a la resignación. “Si tan solo me hubieran hecho caso, todo esto se podría haber evitado. Supongo que esto acaba aquí. El mundo, la civilización humana llega a su fin. Llevaremos la decepción por bandera. Pero no como especie. No. Sino como generación. Hemos sido incapaces de defender nuestro mundo, nos ha sido imposible cumplir con el cometido que nos pidieron nuestros progenitores, y sus antepasados antes que ellos: hemos creado pero no hemos protegido el futuro de las generaciones venideras. Ese era nuestro regalo y su obligación. Pero se lo hemos arrebatado.”
En frente se encontraba el androide, mirándolo fijamente. Su brillante rostro carente de rasgos parecía que se regocijaba de la situación. Los seres humanos, derrotados por su creación más preciada, el hijo pródigo de la tecnología.
— ¡Nosotros os creamos! Sin nosotros no seríais más que chatarra —Su voz, cargada de rabia, apenas era audible para él mismo—. Sé lo que pretendéis. Queréis aniquilarnos. Nos hemos convertido en un obstáculo, el último escollo que salvar antes de la total dominación del planeta. Pero no os vamos a regalar nada. Sabemos cómo pensáis, sabemos vuestros patrones de comportamiento, vuestras fortalezas y, por supuesto, vuestras debilidades. Pero tenemos más de lo jamás tendréis: determinación. Por sentirnos vivos, por existir. Pero, sobre todo, por no dejar que arrebatéis a nuestros hijos lo que por derecho les pertenece —torció el gesto en una media sonrisa—. Ahora, veamos cuán duro es el omniacero.
Apenas había terminado de pronunciar esas palabras cuando inició el asalto. El androide seguía quieto, sus ojos infranqueables. Parecía que llevaba horas así. Finalmente, la máquina salió de su aparente letargo y, con su plana, monótona e inhumana voz habló:
— Androide DS-107W a su servicio. Se requiere su presencia en el Centro de Incubación CI Alpha del sector 629. Se me ha ordenado acompañarle hasta allí. Acaba de ser padre.

INVENTOR POR AMOR

Desde que vi la película hace ya unos años de regreso al futuro, me gustó tanto que en mi cabeza se había quedado el gusanillo de inventar y no dejaba de desarrollar fórmulas para poder yo hacer una máquina que sirviera para algo bueno.
Y como la necesidad obliga a sacar de donde no hay, pues a mí me ocurrió.
Mi Lupe querida, si, así se llama mi esposa querida, ella enfermó de una enfermedad rara y yo tenía que espabilar o mi Lupe amada se moría y es que a ella el frio la iba agarrotando los órganos, tejidos y músculos atrofiándolos poco a poco y así despacito hasta llevarla al seno de nuestro Dios.
Me puse manos a la obra me metí en el taller después de dar varios viajes con mi furgoneta a la capital y ¿cómo? regresaba cargada de trastos, antenas parabólicas, ordenador, cables y muchos componentes electrónicos para tener de todo y no tener que dar más vueltas y allí pasé horas desarrollando una máquina que me llevara a otra galaxia o a un sitio de temperatura ideal y poder ir y volver sin impedimento alguno en mi nuevo vehículo espacial.
Yo no pedía mucho, ir de viaje espacial pero ni al futuro ni al pasado, meterme por un agujero negro y salir a una isla cálida.
Y llegó el día D, mi Lupe en la cama casi no se movía y yo la cogí, la abracé y la llevé a mi túnel, puse todo en marcha pero lo que tenía que haber sido un viaje se quedó en un simple ruido, vibración, seguido de silencio, apagón de luces y luego mucha claridad. Miré a mi Lupe que horror no podía ver ese cuerpo casi acabado, había dolor en su cara, pero en ella de pronto se empezó a forjar una total transformación, el pelo le cambio de liso a rizado, de negro a blanco y los ojos desorbitados, las mejillas desencajadas, pero ¿qué había ocurrido?
Me acerqué la cogí y abracé, no tenía palabras, mis mejillas estaban llenas de lagrimas, pero ¿que había hecho? que tipo de monstruo puede hacer esto a un ser querido.
Ni yo era Michael J. Fox. Ni tenía su máquina, ni estaba en una película, ya que yo me llamo Manolo y estoy en Don Benito de Badajoz y mi esposa sufre, de una enfermedad y de las llamadas raras que ahí es nada, la llaman la enfermedad de Reynaud, se sabe muy poco de ella y de su curación.
La realidad me dio un mazazo, mi Lupe estaba enferma y yo tenía que cuidarla, volvería a intentarlo.
Sí y sin desesperar que mi Lupe me quiere y yo no puedo vivir sin ella, soy inventor por necesidad urgente, tendré que ir con mi furgoneta y volver a traer trastos de donde los haya y me pondré otra vez a desarrollar otro nuevo invento hasta dar con el autentico, no me puedo demorar primero será mi Lupe y luego vendrán muchas más personas a las que tendré que ayudar.
Y es que esta enfermedad es muy traicionera y llega sin avisar.

La ciencia no es un trabajo, es una forma de vida

Carlos iba caminando al trabajo. En su cabeza resonaban aún las palabras de la periodista que, una vez más, anunciaba recortes en ciencia. La vida de científico era una vida dura, se lo habían advertido ya mientras hacía la tesis en Alemania.
—La ciencia no te va a hacer rico, Carlos —le había dicho su jefe de entonces—. La mayor parte de las veces no saldrá ningún resultado de lo que hagas y, cuando salga, no sabrás como explicarlo. Trabajarás muchas horas, a deshoras, o en fin de semana. Incluso en las ocasiones en las que descubras algo importante, puede que tu trabajo pase desapercibido para el mundo.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí? —le había preguntado mientras le veía sostener la pipeta en una mano y abrir un pequeño tubo de plástico con la otra.
El hombre, apartando un momento la mirada de lo que estaba haciendo, había esbozado una pequeña sonrisa que contrastaba con las arrugas de su cansada cara. Porque para algunos —continuó diciendo— ese momento en el que un experimento sale, cuando tras años de investigación una idea cobra forma…; para algunos y solo para algunos, ese momento hace que todo el esfuerzo haya merecido la pena. Eso es ser científico y cuanto antes sepas si estás hecho para esto… mejor. —Y diciendo esto, volvió a su trabajo.
Habían pasado ya varios años desde aquello. Carlos se había convertido en un investigador consagrado. Tenía su propio grupo de trabajo y, con ello, la responsabilidad de encontrar financiación para sus proyectos. El nuevo recorte suponía una dificultad más añadida a la ya ardua tarea de investigar.
Llegó a su despacho y dejó allí su ordenador, pero no lo abrió. A pesar de que hacía años que dedicaba la mayor parte de su tiempo al trabajo de despacho, de vez en cuando le gustaba volver a sentir el tacto de las pipetas y la emoción de cuando esperas el resultado del experimento que acabas de realizar.
Al cabo de un par de horas, miraba complacido una foto que mostraba que el experimento había salido bien mientras, de fondo, tenía lugar entre sus estudiantes una charla sobre las dificultades de hacer ciencia. Cogió una pipeta a la vez que seguía pensando en la foto; aquel era solo el primer paso, aun quedaba muchas cosas por hacer. Ese resultado apenas demostraba que iban por buen camino. De repente, una voz le sacó de sus pensamientos, era la de un aspirante a doctor, uno de sus estudiantes: —Y tú, ¿por qué sigues aún en la ciencia? —Una sonrisa se dibujó en la arrugada cara de Carlos. —Pues verás, es que para algunos…

La cúpula

Vivíamos rodeados por una cúpula inmensa más allá de la cual se extendía un campo verde, vacío y perenne. Todos nosotros habíamos nacido para ocupar el lugar de unos seres que se hacían llamar humanos. Decían que eran similares a nosotros pero que, sin embargo, eran peligrosos y malvados. Decían que habían contaminado la tierra, el mar y el aire, que se quedaron sin alimento y no consiguieron sobrevivir. Decían que por su culpa la vida fuera de la cúpula era inviable y que, por eso, estaba prohibido salir de allí. Desde pequeña aquellas teorías habían quedado grabadas en mi cabeza, pero todas se me antojaron mitos en el instante en que le conocí.
Era de noche, de modo que en un principio creí que la figura agazapada detrás de una gran roca incrustada en la tierra era un animal, que, de alguna manera, había logrado escapar de la cúpula y seguir respirando. Cuando me fijé mejor, reparé que frente a mí se encontraba algo que solo pude describir como un chico que no era un chico totalmente. Era algo que nunca había visto, estaba fuera y estaba vivo.
Cada noche, a la madrugada, nos observábamos mutuamente. Yo desde dentro, él desde fuera. Cuando salía el sol, se escondía y cuando se ponía volvía a salir de nuevo.
Me hubiera pasado meses y meses sin dormir a cambio de poder mirarle. Sus ojos eran blancos, con una especie de aro color miel y un redondel negro más pequeño en el centro, mientras que los míos eran completa y nítidamente azules. Sus manos parecían suaves, con uñas cortas y de aspecto frágil; las mías eran duras con uñas oscuras, afiladas y resistentes. Sus pies estaban cubiertos por un material grueso y marrón que no reconocí, pero cuando se lo quitó, vi que, en vez de cuatro dedos, tenía cinco. Él miraba mis alas como si jamás hubiera visto nada semejante, eran transparentes y su brillo resplandeciente le dañaba los ojos. Su sorpresa me inquietó hasta que me di cuenta de que él carecía de ellas. No quise imaginar cuanto había tenido que caminar para llegar allí.
A pesar de ser dos seres tan distintos, conseguimos que gracias a uno el otro viese el mundo de un modo diferente y mejor. Aprendimos aquello que jamás nos habían contado y con el tiempo, sin haberlo previsto, nos enamoramos.
Él me contó que los humanos se habían aniquilado unos a otros durante décadas, arrastrando al planeta tierra consigo. Aun así, un puñado de ellos había logrado sobrevivir. Los supervivientes realizaron un experimento con el fin de crear una nueva especie que se adaptase mejor en un terreno hostil. Aquellos individuos genéticamente modificados resultaron ser más listos que ellos y lejos de querer vivir junto a los humanos se encerraron en una cúpula para aislarse de la destrozada humanidad.
Yo, en cambio, habría dado cualquier cosa por poder salir y estar junto a él, sin aquella pared dura y transparente interpuesta entre los dos. Por eso, pedí ayuda a una hechicera astuta y cruel, convencida de que no podría engañarme con ningún truco. Sus palabras agrias y calculadas me parecieron milagrosas cuando las pronunció: “No es posible que tu amor entre, pero a cambio de tus alas, su amor podrá salir. Sin ellas no podrás volar y dejarás de ser tú, ese será el precio que tendrás que pagar por tu libertad ¿lo aceptas?”. No lo pensé dos veces antes de decir que sí, no me importaba perder las alas si eso significaba poder estar con él.
Me esperaba al otro lado, y la bruja, con un movimiento tan simple como chasquear los dedos me sacó de allí. Sentí como una fuerza intensa y poderosa me arrancaba del suelo y en menos de un segundo me dejaba otra vez. Era extraño observar mi hogar desde fuera, pero se respiraba el mismo aire, la hierba tenía el mismo tacto y el cielo era del mismo color.
Sentí su mano rozando la mía y dejé de prestar atención a todo lo demás. Nos juntamos todo lo que nuestros cuerpos nos permitieron, nos besamos, nos abrazamos y disfrutamos de lo que para nosotros significaba la felicidad.
Ese instante duró lo que tardé en sentir un dolor agudo e incalculable en la espalda, por un momento había olvidado mis alas, pero estas se desintegraban lentamente, convirtiéndose en polvo plateado y fino que se mezclaba con el viento. Mis fuerzas flaquearon y cuando caí al suelo, lo entendí, dejarás de ser tú me dijo. Dejarás de ser tú. Solo tuve un momento para mirar su rostro antes de que mis ojos se cerraran y cesasen los latidos de mi corazón.

LA ENFERMEDAD DEL SIGLO XXI

LA ENFERMEDAD DEL SIGLO XXI
¿Dónde han quedado esos conciertos de Celtas Cortos, donde la gente alzaba sus cervezas cantando las canciones hasta quedarse sin voz? Han sido sustituidos por la tecnología. Las cervezas ahora son móviles con cámaras de 23 megapíxeles, donde graban el concierto para compartirlo en las redes sociales, sin disfrutar del momento. ¿Dónde están esos domingos que te reunías con tus amigos en el bar de siempre y hablabas de cualquier cosa? Cualquier excusa valía para echarse unas risas .Lo único importante del bar era que sirvieran la cerveza bien fría y que tuviera una buena terraza. Ahora lo importante es que tenga Wifi para estar pendiente de todo, menos de las personas con las que compartes esos momentos.
Celia trabaja en el instituto neurológico de San Martín, realizando un estudio sobre la nomofobia. La enfermedad del siglo XXI. Como cada mañana llega al centro y se dirige a la sala de cafés.
-¡Buenos días a todos! Dice Celia al entrar.
En la sala se encuentran cuatro compañeros con móvil en mano, las cuales se limitan a saludarle gesticulando con la cabeza sin levantar la vista de la pantalla. Celia toma un cortado de la máquina y se pone a trabajar.
Hoy es un día importante, debe elegir a tres personas de las doce que se han presentado para realizar las pruebas. Después de una larga mañana entre entrevistas y cuestionarios decide escoger a:
Pedro, de treinta años, abogado, con baja autoestima y reconoce ser adicto al móvil.
Carlos, veinte años, estudiante, con falta de seguridad en sí mismo, baja autoestima y adicto a las redes sociales.
Por último a Virginia de cuarenta años, peluquera, con síntomas de estrés y ansiedad.
El tratamiento consta de:
Quince días tomando una pastilla diaria. Deshacerse de móviles, ordenadores y Tablet. Les recomienda practicar algún deporte y pasados los quince días tienen que notar alguna mejoría.
Pasada las dos semanas, tienen la visita.
- Buenos días Pedro – saluda Celia.
- Muy buenas – contesta Pedro con una sonrisa.
Celia procede hacerle un checklist para conocer el transcurso del tratamiento.
- ¿Te has conectado alguna red social durante estas semanas?
- No. He tenido muchos momentos en que lo necesitaba porque tenía la sensación de estar desconectado del mundo. En esos momentos y con una gran lucha conmigo mismo, decidía salir de casa sin móvil y me iba al parque a pasear.

Celia sorprendida por el esfuerzo de Pedro le felicita.
Pedro continúa explicándole.
- Estuve tres días saliendo a pasear por un parque cerca de donde vivo, sinceramente hasta esa semana lo desconocía. Al estar yendo días seguidos he conocido un grupo de patinadores y he optado por comprarme unos patines e irme con ellos.
- ¡Fantástico! Así que as conocido un sitio nuevo donde pasear, as hecho amigos reales y encima empiezas a practicar un deporte, genial. Tu proceso ha sido un éxito. Sigue por ese camino y muchas gracias por haber participado.
Pedro se levanta y se despide de Celia dándole un abrazo y agradeciéndole el trabajo que ha hecho. Ella sonríe y se vuelve a sentar.
- Virginia adelante por favor - se oyó desde dentro de la consulta.
Celia comienza con las preguntas. Igual que Pedro ha tenido un buen proceso. Se ha apuntado a clases de pádel y ha conocido un chico, lo cual se siente muy feliz y muy bien anímicamente.
Seguidamente pasa Carlos. Celia empieza con el cuestionario y Carlos admite no haber podido controlar la necesidad de tener que usar el móvil. Le comenta que los dos primeros días aún sabiendo que no llevaba el móvil, la mano se le iba al bolsillo para sacarlo, incluso notaba que le vibraba sin llevarlo. Celia le comenta que ese es el Ghost Vibration Syndrome, un síndrome neurológico. También ha dejado de tomar las pastillas porqué se sentía decaído, que sólo le apetecía estar en casa y que por eso recayó del todo y tuvo que conectarse con los amigos. Celia le dice:
- ¿Por qué no quedaste con tus amigos para tomar algo y así distraerte?
- Porqué nunca hemos quedado, sólo hablamos por Facebook, colgamos fotos y nos las comentamos.
- ¿La pastilla no te ha ayudado a afrontar ese problema?
- La verdad es que no. O puede que sí pero soy débil en ese tema.
Celia triste observa que con Carlos no ha tenido éxito. Le explica que realmente la pastilla que le daba era una pastilla de herbolario para el dolor de garganta. El objetivo es que uno mismo se cura de sus adicciones sin necesidad de acudir a la ciencia. La ciencia es buena pero el ser humano aún lo es más.
Carlos se levanta de la silla, le da la mano y se despide. Celia pensativa decide buscar una solución para poder ayudarle.

La Escritura

Habían pasado 23 días desde que el viejo Nanna hubiera iniciado su tercer viajo sobre su toro alado en este año que velaba el mundo de los dos ríos. Aquel día convenía ir despacio por la sagrada ciudad de Uruk -cuyo destino perpetuo y su fuerza indeleble, permanezcan impasibles ante los ojos de Marduk-; en la ciudad se iba a producir el tercer mercado anual, donde se iban a reunir personajes de todos los pueblos y rarezas que se concentran en la fertilidad de los confines que nos rodean. Entre esas figuras me hallaba yo, Eme, primer hijo de Abu -que repose por siempre en paz-, mercader de trigo desde hacía ya varias lunas, y que me disponía a vender varios depósitos de la cosecha anterior, con fin de ofrecerle a los dioses que habitan las estrellas ofrendas justas por mi casamiento con Lil, hija Kad, amigo firme de mi eterno padre.
En el mercado estuve avisando a varios mercaderes sobre las bondades que mi cosecha podía ofrecer a sus figuras, pero poco beneficio obtuve en las primeras fases de la mañana. El calor sofocante de aquella mañana era algo que jamás podría haber previsto, y nada fácil lo hacían las multitudes que se agolpaban en las callejuelas y plazoletas.
A mi izquierda se hallaba una amable mujer, más anciana que yo, que se había dispuesto a vender sus preciadas cestas de urdimbre, que más de un señor hubiera deseado para sus fastuos homenajes. Aquella pobre mujer, que no tenía más que su fe, me ofreció de su jarra de agua: no quise decirle que sí a la primera, aunque mi espíritu ansiaba rozar el brillante líquido; tras dos insistencias de la anciana acepté, aunque sin abusar de su buena disposición.
A mi derecha se postró un comerciante de aceites y alimentos; sin embargo, aquel hombre no se sabía el trato hacia sus semejantes, pues yo le ofrecí pan para saciar el apetito y él ni me miró; la anciana se comió su parte junto a mí, cuando en lo alto el sol hablaba a la tierra, y me supo mejor que todas las vidas que pudiera haber pasado con aquel inánime mercader.
Aquel pequeño acto tuvo que saber bien a los dioses, porque poco después cuatro jóvenes compraron varias mercancías de la anciana, que dejó cuatro piezas de contar para aquellos compradores, con tal de que volvieran en menos de dos lunas a pagar lo debido. Aquella práctica se hacía desde que el mundo se supo así, pero no siempre urdía el fin justo y deseado.
Poco después, dos hombres de Umma vinieron a mi puesto; antes de atenderles me permití despedirme de la anciana, que por nombre llevaba Lim, y que me dijo que vivía a no mucha distancia de mi hogar, comprometiéndome a visitarla. Aquellos hombres tenían justas intenciones, pues me ofrecieron una gran cantidad por la mitad de mi trigo, siempre que acordara que el resto del trigo lo guardaría para ellos mismos, que vendrían a recogerlo en dos partes antes de final de dos lunas. El trato parecía mejor que ninguno otro que su hubiera hecho aquel día en todo el mercado de Uruk, pero no podía poner en riesgo y perder tan inmenso bien que me habían traído los dioses. El más anciano me entregó una bola de arcilla, en cuyo interior dijo que se hallaban las piezas necesarias para que el trato estuviera sellado y se pudiera llevar a cabo sin ningún peligro. Pero esa práctica era poco fiable, más aún tras recordar el consejo que mi padre me diera en alguna ocasión sobre las tramas de los mercaderes de Umma, por lo que no acepté aquel medio. Sin llegar a ninguna decisión, y acabándose la paciencia de ambos compradores, vi una tablilla de arcilla fresca que el hombre de mi derecha tenía sobre una tinaja para mantener el contenido de la misma. Me dirigí hacia él y le compré la tinaja, al saber que no me hubiera dado la tablilla por su propio parecer; tras lo cual cogí un pequeño palo que tenía para remover el trigo, y haciéndole una pequeña muesca la usé como instrumento para dejar en aquel soporte el acuerdo estipulado entre aquellos hombres, que firmaron como Zu y Mi, y yo, que dejé mi nombre al lado. Puse a su vez un rezo hacia Marduk, que protegiera la amistad forjada entre nosotros con el cumplimiento del pacto.
Los hombres se fueron; yo me quedé, y mandé a un joven a dejar la tablilla al templo más cercano que hubiera. No sé si aquello fue sensato, mas el pacto se cumplió, y aquel método fue imitado y mejorado. La grandeza de la escritura fue nombrada por el firmamento.

La guerra

En el momento en el que construyeron la primera estación lo supimos. Supimos lo que debíamos hacer. Se acercaban demasiado a nosotros. Los grandes telescopios, los satélites y los estudios sobre la cantidad de materia existente les llevaría inevitablemente a descubrirnos escondidos entre las estrellas. Las pequeñas incógnitas celulares descubiertas por sus cada vez más sofisticados microscopios electrónicos, iban a descifrar el código de nuestra naturaleza.

Pero nos confiamos durante siglos. Siempre miraron hacia las estrellas. Estaba en su naturaleza. Las estrellas les atraían, les elevaban, azuzaban su imaginación. El firmamento que les rodeaba abrió su camino hacia la observación y la lógica. Pero sus conflictos internos siempre les derrotaban y agotaban sus recursos y apenas aparecían individuos con el potencial adecuado que pudieran llegar a desarrollarlo. ¿Cómo íbamos a imaginar que aquellas formas de vida centradas en ellos mismos, que apenas tenían ojos para mirar alrededor, saldrían de su confinamiento y pisarían la Luna?. ¿Cómo íbamos a imaginar que intuirían las bases del mundo físico e incluso serían capaces de construir aparatos para poder observar sus componentes más pequeños? Nos confiamos y nos pusimos en peligro. Nuestros enemigos estaban naciendo entre ellos sin que nos percatásemos: individuos que podían ver más profundamente que cualquier otro, que podían entender lo invisible, que podían imaginar con tal fuerza que empezaron a descubrir la verdad detrás de las incógnitas. Esas incógnitas que nos mantenían a salvo. Nuestra naturaleza, nacida en los primeros instantes del universo, antes de que la radiación se desacoplara de la materia, estaba en peligro. No podíamos fiarnos de ellos, habían dado sobradas muestras de su insensatez. Así que comenzamos a colonizarlos.

Pero no a la manera burda de sus ensoñaciones. Simplemente nos mezclamos con aquellos que podían ser un obstáculo para su progreso. Estábamos preparados para ello. Tanto que nos hicimos nanométricamente invisibles y en aquellos individuos con menos capacidades lógicas y menor empatía, pero con capacidad de influencia, insertamos pensamientos, moldeamos a nuestro favor su concepción del mundo. Aparecíamos como incógnitas, como sensaciones, como intuiciones. Estuvimos a salvo un tiempo. Hasta que aquel conocimiento que con tanta dificultad iban acumulando toda clase de científicos que pasaban los días absortos en los laboratorios, comenzó a ser visible, a ser apreciado. Y ese conocimiento les llevaría sin remedio hasta nosotros. Así que comenzamos a eliminarlos.

Pero sin sangre. Sin muerte. Sin ruido. Por agotamiento, de confianza y de recursos. Fue una lucha encarnizada. Insertamos pensamientos. Nos desplegamos. Algunos eran fácilmente moldeables, pero en la mayoría la fuerza de su vocación preparaba su cerebro para rechazar nuestras órdenes. Así que tuvimos que destruirlos desde fuera.

Preparamos a otros para creer cualquier cosa excepto a ellos. Por mucho que hubieran estudiado, por mucho que hubieran trabajado y aplicado la lógica, siempre sonarían disminuidos frente a la musicalidad de otras voces, cantos de sirenas que al alejarlos de ellos, nos mantendrían a salvo.
Pero contraatacaron, acercando a sus vástagos a una manera de pensar lógica y ordenada que nos impedía moldear. Aquella afinidad por la ciencia dificultaba nuestra manipulación y les aproximaba a nosotros. Así que decidimos enfrentarlos.

Pero apenas tenían espíritu beligerante: no les interesaba discutir, sólo comprender.

Volvimos a atacar desde fuera y esta vez nos mezclamos muy selectivamente, solo con aquellos individuos que eran capaces de someter la lógica a sus deseos, el progreso a sus ambiciones, el bienestar común a sus intereses personales. Y que además ostentaran el poder o al menos lo ambicionaran. Concentrados como estaban en aprender, dejaron el mundo en manos de los menos capaces. Ése fue con seguridad su mayor error, no estar en las posiciones adecuadas para podernos parar. El ataque tuvo un éxito arrollador. Nuestros enemigos tuvieron que huir. Fuga de cerebros lo llamaron. Estábamos venciendo. Ni ellos, ni siquiera nosotros, sabremos nunca cuánto progreso se ha perdido, cuánto bien se ha quedado atrás. Pero eso no debe importarnos, por mucho que admiremos su tesón y lamentemos esta guerra. Estamos venciendo porque hemos ahogado su esperanza.

La pelea de los dioses

La pelea de los dioses



Más allá de las estrellas existe un universo contenido en una bóveda de acero ensamblada con grandes vigas combadas, unidas entre sí por un fino tapiz de hebras metálicas laboriosamente tejido. A algunos les resultaría una gigantesca jaula de Faraday, pero tiene una diferencia crucial: la jaula no está hecha para proteger a sus habitantes, sino que aísla al universo de una pelea que se desarrolla en su interior entre dos seres de aspecto monstruoso. Son homínidos gigantescos y poderosos; sus brazos son capaces de sacudirse una supergigante azul como un humano se sacude un mosquito. Sus piernas provocarían incontables supernovas al caminar a través de una galaxia. Son como dioses hechos de un engrudo amorfo que supura carne y cascadas de chispazos de soldadura por sus extremidades. Incontables engranajes y relés, que se extienden cada vez más pequeños como un cáncer de muñecas rusas electromecánicas, les sirven para articular movimientos contundentes pero torpes. Un sistema nervioso de conmutación de paquetes envía y recibe órdenes a través de sus cuerpos. En una parte de esta argamasa de hierro y músculo hay dos oquedades con un par de radiotelescopios incrustados. Otra caverna más grande tiene treinta y dos monitores afilados, cada uno de ellos del tamaño del lago en el que Saturno flotaría; podría decirse que es algo parecido a una boca. Dos pares de cinco pistones, fusionados cada uno con un cilindro de hueso del grosor de un cinturón de asteroides, se doblan por unas arandelas formando dos enormes puños de aleación de plomo y mercurio. Los golpes les magullan, pero siempre encuentra la forma de regenerarse y volver a la pelea.

Un día, la lucha alcanzó tal grado de violencia que uno de los dioses mordió al otro en una de las protuberancias que había entre los radiotelescopios y la boca. Piezas y células saltaron por los aires en una salpicadura cobriza y sangrienta. Eran tres o cuatro centenares de diminutos despojos que resultaban muy particulares. Las células arrancadas tenían brazos, piernas y una cabeza claramente definida, y tenían un aspecto juvenil. Estaban unidas entre ellas mediante enlaces de comunicaciones inalámbricas que antes del mordisco habían sido parte del sistema nervioso del dios. Las células estaban ahora silenciosas e inertes, como correspondía a quién ha sido arrancado y arrebatado de todo lo que conoce. Las piezas tenían un aspecto aún más asombroso. Se doblaron sobre sí mismas y, tras fuertes espasmos, se desintegraron en limaduras de metal encorvadas que sujetaban garrotas desgastadas o apoyaban sus cuartos traseros en sillas desvencijadas. Las limaduras parecían estar hechas de unos materiales parecidos a los de las células muertas, pero estaban avejentadas y desgastadas. Salvo por el roce natural provocado por su uso –nada que un poco de aceite de Palmadita en la Espalda no pudiera solucionar-, tampoco emitían sonido alguno.

Esos despojos, insignificantes e minúsculos, se colaron justo dentro del área de cobertura de los radiotelescopios de los dos dioses, y la información contenida en las ondas de radio que les habían interconectado fue captada por los radiotelescopios y retransmitida a través del cuerpo de ambos dioses, como se hacía de manera rutinaria. Pero el efecto no pudo ser más inesperado: la lucha se congeló. Los engranajes de ambos dioses, en otro tiempo obedientes como burros de metal con anteojeras, chirriaron humeantes. Su musculatura perdió consistencia, como un globo deshinchado. Los brazos de los que colgaban los pistones se volvieron fláccidos. Pero sólo fue por un breve tiempo. El dios que antes había propiciado la mordedura le lanzó una gigantesca botella verde con una etiqueta al otro, en la que estaba grabado “MENTIRAS”. El dios herido la abrió con los monitores de su boca y aplicó una parte de la solución. La hemorragia se detuvo en seco y las piezas perdidas que flotaban desperdigadas se desvanecieron tan pronto como el vapor que salía de la botella les tocó. Para terminar, el dios sacó una jeringa y, tras llenarla con una gran cantidad del líquido, inyectó su contenido directamente a su sistema nervioso. Cuando la mejoría fue evidente, el otro dios se le acercó y con un tono de voz conciliador le dijo:

- Discúlpame por lo que he hecho antes. Una sana rivalidad es una cosa, pero otra muy distinta es llevar las cosas al extremo –señaló.

- Es cierto –replicó el otro-. Debemos pensar en nuestra responsabilidad de guiar al universo. ¿Qué sucedería si dejáramos de existir? ¡Sería el caos!

E inmediatamente después los dioses volvieron a la lucha. Sin embargo, los golpes que se intercambiaban sonaban ahora quebradizos de alguna manera. Algunas células y limaduras de metal que se encontraban dentro de los dioses habían reaccionado químicamente al ponerse en contacto unas con otras, y estaban secretando un ácido correoso, accidental o deliberadamente.

La realidad, mi realidad

Las cosas son como son, y aclararlo tiene siempre la virtud de tranquilizarme. He constatado durante toda mi vida que la realidad existe, tanto si la distinguimos como si no. Sé que no vemos el aire o lo que llamamos transparente, ni lo muy pequeño o lo que está demasiado lejos, que no oímos los ultrasonidos, que no percibimos el magnetismo, que nuestra retina no detecta la luz ultravioleta o los rayos infrarrojos. ¿Y qué? Tenemos un cerebro que nos permite diseñar instrumentos que suplan nuestras deficiencias. La tecnología es una prolongación de nosotros mismos, pero la realidad es igual de sólida con ella que sin ella.
Y, sin embargo, la amenaza se cierne sobre mi certeza desde ayer, al acabar el día.
Soy físico experimental. Creo artilugios que prueban las hipótesis de otros. Con-firmo o desecho las teorías de forma tangible. Y me siento seguro. Por eso las pesadillas de que el suelo cede bajo mis pies y caigo en un vacío abismal eran, hasta ayer, solo eso: pesadillas. Los que vuelan en sueños, sueñan. Los que imaginan historias de terror, inventan. Los que refieren un ansia insaciable de transcendencia, deliran. Los que cuentan raptos místicos sufren epilepsia del lóbulo temporal. Y ya está. La realidad es consistente. La civilización, mis maestros, mi mundo entero se sostiene sobre la evidencia, lo comprobado inequívocamente.
Fue nuestra inteligencia, en un paso trivial para resolver un problema concreto, y no como un nuevo avance en el conocimiento, el que nos condujo a la máquina. La idea no era nueva, aunque sí muy tentadora: crear un campo electromagnético, como el de las turbinas y motores eléctricos, pero que rechace la luz e impida que veamos lo que esconde.
No contaron con que los patrocinadores de su trabajo promoviesen al mismo tiempo el arma contraofensiva. Querían estar preparados, aunque ignoren dónde está realmente el peligro.
Por eso me llamaron; yo debía diseñar el instrumento detector de lo que los otros ocultaban en su campo electromagnético. Y lo hice. Terminé antes que ellos. El secreto estaba en la luz polarizada. Encontrar cuál, cómo y con qué ha sido la pasión de mis últimos años de vida.
Pero el significado de la existencia ha desparecido para mí; la respuesta llegó anoche cuando vi lo que se oculta en los campos electromagnéticos de invisibilidad y supe que existen desde el comienzo de los tiempos; nos rodean por todas partes. Soy el único que conoce la realidad.
Y, sin embargo, no hay victoria en mi interior, solo horror. Activé el mecanismo por primera vez cuando me quedé solo en el laboratorio, mi deseada primicia, pero era yo el que no estaba preparado porque, entonces, vi la cuadrícula tridimensional y la oscuridad que lo invade todo. Tardé unos minutos…, antes de que la angustia y el desgarro inundaran mi cerebro. Seres y astros, hasta las dimensiones del espacio-tiempo, se mecen en el vacío virtual. Es una broma cruel.
El sueño ha huido de mí, he sentido cada latido del corazón hasta el amanecer. Los ojos abiertos se negaban a parpadear siquiera; brazos y pies estirados sobre el colchón ignoraban órdenes, contraídos en tensión hora tras hora. El sudor frío sobre mi frente se evaporaba o escurría sin control. Y así cada minuto, conservando mi identidad, mi voluntad de ser yo mismo.
Con el nuevo día lo he comprendido: no se puede luchar contra la realidad. Ella es la que es, a pesar de nosotros mismos.
No soy nadie ni nada, ahora lo sé. El suelo cede bajo mis pies




Epílogo.
Año 2100. La Organización Europea para la Investigación Nuclear, conocida como CERN, actuando conjuntamente con el Laboratorio Nacional Fermi, conocido como FERMILAB, en Chicago, y el Superconductor Avanzado Experimental Tokamak chino, conocido como EAST, interrumpen las comunicaciones planetarias para comunicar al mundo la existencia de una logia internacional oculta al público, com-puesta por físicos teóricos y experimentales, y otros científicos afines, agrupados bajo el nombre del insigne inventor que descubrió, hace poco más de ochenta años, el secreto mejor guardado de la ciencia, hasta ahora: el Universo con todo lo que comprende, incluidos los seres humanos, es una entidad virtual. Carece de existencia propia. No somos más que un algoritmo destinado a creer en sí mismo. Los miembros de la logia mencionada hemos trabajado sin descanso, durante este tiempo, para hallar un mecanismo que, desde las instalaciones europeas, inicie un nuevo Big Bang. Su reacción en cadena acabará con este Universo. Les informamos que, durante sesenta segundos a partir de ahora, todas las pantallas digitales de la Tierra mostrarán dos únicas palabras: GAME OVER. Díganse adiós y no lo piensen. Pulsamos el botón.

La unión

Estoy atrapada. No recuerdo cómo llegué aquí. ¿Por qué está todo tan oscuro? Me han separado de mi familia, no conozco a nadie. ¿Podré escapar algún día? Yo era feliz, muy feliz, nadando siempre en un mar de cloroformo.

¿Qué es ese remolino? No puedo escapar. Ya está todo perdido.

¡Espera! Alguien me está sujetando, ¿será mi salvador? Vuelve la esperanza, veo la luz al final de este infernal camino.

¡Para! ¡Quieto! ¡Me haces daño!

Pierdo el conocimiento, y cuando vuelvo a despertar, he perdido una parte de mí, me la han arrancado, y ahora estoy unido a ese ser, mi "salvador". Esto tiene que acabar ya, por favor.
Todo pasa muy rápido, pero ahora lo veo claro. Mi torturador ha agarrado a alguien que, como yo, no sabe muy bien donde está. Juega con nosotros, creo haber caído en las manos de un seguidor de Mengele, el psicópata médico nazi.

Me agarro a la única esperanza que me queda. Estoy cerca de mi maltrecho compañero de viaje, así que podemos trazar un plan de huída juntos. Le susurro al oído, a espaldas de nuestro captor, que a la de tres tire con todas sus fuerzas. Es nuestra última oportunidad.

Una…dos… y ¡tres!

No ha habido suerte, estamos demasiado débiles. Además, creo que el loco que nos tiene atrapados se ha dado cuenta. Él ríe y nos dice que pronto acabará todo. Pero no le creo, así que grito pidiendo ayuda, pero mis gritos caen en el olvido y me resigno a mi agonía. ¡No te duermas! Me digo una y otra vez. Pero el cansancio me puede.

De repente un grito me despierta. Siento de nuevo la tranquilidad del cloroformo, y miro alrededor esperando que todo hubiera sido un sueño. Oigo gritos, reconozco caras. Veo de nuevo a familiares y amigos, pero para mi sorpresa, todos ellos están unidos a otros muy parecidos a mi compañero de viaje durante la pesadilla. Me digo que no puede ser, pero en el fondo soy consciente de que algo ha cambiado, he sufrido una transformación y tengo miedo de mirarme en el vidrio que cubre la pared de la estancia.
Finalmente, saco lo poco que me queda de valentía y observo mi reflejo en el cristal. ¡Estoy unido a mi compañero! Han jugado con nosotros, nos han convertido en algo distinto. Somos el producto de la mente maquiavélica de nuestro torturador. Pero bueno, podría a ver sido peor. Ahora tengo un nuevo amigo unido a mí para siempre y siento, sin entender bien porqué, que de algún modo nuestra unión ha sido valiosa.

Cuando todo parece tranquilo, suenan las alarmas. ¡Nos atacan! Son muchas y se multiplican sin cesar. Consigo identificar a nuestro enemigo, son células cancerígenas. Pero noto un extraño poder en mí. La unión ha hecho la fuerza, y junto con mi nuevo amigo, atacamos sin pensarlo dos veces. En poco tiempo acabamos con ellas. Una gran victoria. Confío en poder combatirlas fuera de mi casa en el futuro, aunque sé que no será fácil. Pero es un inicio prometedor.


Mientras tanto, fuera del matraz, en el laboratorio:

–¿Cómo ha ido la reacción? ¿Hemos conseguido sintetizar la molécula "Taxol", el fármaco que va a revolucionar la lucha contra el cáncer? –le preguntó Danishefsky a su alumno de doctorado.

–¡Lo hemos logrado! –exclamó Pablo con una sonrisa en la cara–. Al principio se resistió mucho, pero ya te dije yo que por algo Heck ganó el premio Nobel de química. Estas reacciones son increíbles, el catalizador es capaz de unir cualquier molécula, por mucho que se le resista. De hecho se ha quedado con el mote de “El Torturador”.

–¡Genial! – replicó el distinguido científico–.¿Y habéis probado ya con las células a ver si es tratamiento era efectivo?

–En efecto, todo ha ido tal y como pensábamos. Las han destruido todas, es realmente esperanzador – concluyó Pablo.

LAS AVENTURAS DE SPLASH

Había una vez una gota que se llamaba Splash, vivía en el Mar Mediterráneo con su familia de gotas y con muchos animales marinos; entre ellos el delfín Serafín que era su mejor amigo.
Un buen día, Splash y su amigo Serafín decidieron hacer una excursión al fondo del mar para conocer a las estrellas de mar, ya que habían oído que eran muy coloridas y brillaban mucho.
Splash y Serafín dijeron a sus amigos:
-¡Nos vamos a vivir una aventura!
-¡Tened cuidado con la superficie! No os acerquéis demasiado; dijeron los amigos.
Splash y Serafín cogieron sus mochilas cargadas de ropa, comida, bebida… Y empezaron a sumergirse en las profundidades marinas. En el camino se encontraron con tiburones, tortugas, cangrejos, caballitos de mar…
Una vez que llegaron al fondo del mar, buscaron a las estrellas pero no las encontraron, por lo que se sintieron muy tristes y decepcionados. Pero a Splash se le ocurrió una idea. ¡Quería subir a ver las olas junto a su amigo Serafín!
Serafín no estaba muy convencido, ya que sus amigos les habían advertido del peligro que podían correr si se acercaban mucho a la superficie. Al fin llegaron a la superficie.
-¡Oh! Que bonitas olas, aquí puedo saltar y hacer grandes piruetas, exclamó Serafín.
-Desde aquí se puede ver el sol, aunque tengo mucho calor, dijo la gota Splash.
De repente, Serafín vio como Splash comenzaba a evaporarse y muy asustado empezó a gritar:
- Splash, Splash, ¿A dónde vas? ¡Espérame!
A lo que Splash contestó: ¡Ayúdame!, ¿No sé qué me pasa?
Serafín intentó saltar para alcanzarle y poderle ayudar, pero no consiguió detenerlo. Splash siguió subiendo y subiendo, y más gotas como él lo acompañaban sin poderse detener.
Splash junto a las demás gotas se fueron uniendo formando algo que ellos no entendían. Eran algo blando, esponjoso, grande y blanco. Y a su alrededor, había más formas parecidas a ellas, por lo que las preguntaron en qué se habían convertido:
- ¿No sabéis que somos? Somos una nube. El sol calienta el agua y por eso nos convertimos en vapor, y mientras subimos comenzamos a tener mucho frío, como ya habrás notado. Y al unirnos todas juntas nos convertimos en una nube.
- ¡Ah! por eso mis amigos me dijeron que tuviera cuidado y no subiera a la superficie, dijo Splash.
Splash agachó la cabeza y le preguntaron las demás nubes:
- ¿Splash, qué te pasa?

- Estoy pensando en que si me quedo aquí no volveré a ver a mis amigos, dijo Splash.

- No, no te preocupes, claro que volverás con ellos. A lo largo de los próximos días nos iremos haciendo cada vez más grandes, hasta que no podamos aguantar el peso y volvamos a bajar en forma de gotas, dijeron las nubes.

- Entonces, ¿vamos a convertirnos en lluvia?, dijo Splash.

- Sí, además nosotras somos muy buenas para la Tierra, ya que gracias a nosotras las plantas pueden crecer sanas, los humanos pueden beber agua, los ríos y mares crecen… Asique tienes que estar muy feliz porque estás ayudando al planeta Tierra, le dijeron las nubes.

- Pero entonces, ¿volveré a caer al mar con mis amigos?, dijo Splash.
- ¡Siiii!, gritaron las nubes.
Fueron pasando los días y se hicieron más grandes, por lo que llegó el gran día y empezaron a caer.
- ¡Qué divertido!, dijo Splash.
Cuando Splash llegó, vio como Serafín estaba buscándole, dando grandes saltos y llamándole por todas partes.
Splash gritó: ¡Serafín, estoy aquí y estoy bien!
Y los dos se dieron un gran abrazo.

Colorín, colorado el ciclo del agua se ha terminado.

Las cuatro Lunas de Júpiter (autoras):
Ana Barroso Molina
Sonia García Carballo
Sandra González Serrano
Leonor Guzmán Guerra

LOS GIGANTES QUE PASABAN HAMBRE

Ese día de Nochebuena estaba atardeciendo; y don Quijote cabalgaba tan tranquilo por los campos con su escudero, Sancho Panza, que montaba su viejo asno. Ambos pensaban cenar con Dulcinea en la posada.

En el momento en que nuestro caballero alardeaba de todos sus actos heroicos para impresionar a su dama, surgió de repente ante ellos una luz que caía del cielo en forma de cascada.

Era tan llamativa y extraña que don Quijote gritó:

-¿Qué diablos es esa magia negra, Sancho?

-Ni yo mismo lo sé, mi señor. Pero tened cuidado, puede ser peligrosa.

-Tú no sabes nada de caballería, Sancho. Me enfrentaré y mataré al osado que se haya atrevido a desafiarme y a maldecirme.

Y diciendo esto, el hidalgo fue corriendo como el viento hacia la luz. El escudero trató de detenerle; pero antes de poder hacer nada, su señor había desaparecido dentro de ella, y no tuvo más remedio que seguirle. Al atravesarla, se encontraron con un paisaje harto diferente.

-¿Qué ha pasado, Sancho?- preguntó don Quijote-. ¿Qué es eso tan extraño?- dijo, señalando unos objetos enormes y delgados similares a molinos. ¡Pero si son gigantes!

-¡Oh, no señor! ¡Son aerogeneradores!- le corrigió su amigo.

-¿Aero... qué?

-Aerogeneradores, según dice aquí-. el escudero le señaló un cartel-. Son molinos de viento modernizados-. ¡Ahora lo entiendo! ¡Esa luz nos ha traído hasta otro tiempo! Nos encontramos en un parque eólico.

-¡No digas necedades, Sancho! Esas cosas son gigantes que han pasado mucho tiempo sin comer. Por eso están tan delgados. Me enfrentaré a ellos antes de que nos devoren como alimañas.

Cuando fue a arremeter contra ellos, surgió de nuevo la extraña luz que les transportó a los dos a su época otra vez.

Sin más dilación, continuaron su trayecto hasta llegar a la Mancha. Una vez allí, Dulcinea les recibió con los brazos abiertos en su posada y con una suculenta cena. Mientras comían, los hombres les contaron a ella y a su criada cómo había sido su anterior aventura: los extraños molinos delgados (o gigantes, según don Quijote), y la llamativa luz. Las mujeres quedaron impresionadas. ¿Sería otra de las locuras del hidalgo?

Los niveles de grima

Los niveles de grima son insoportables. Día sí, día también, nos recuerdan que la mayoría de células de nuestro organismo son, de hecho, bacterianas. En la piel, en la boca, en las tripas, hay un genoma que nos pertenece pero que no es el nuestro; hay un metagenoma. El prefijo “meta” proporciona a las palabras una especie de impunidad, una suerte de indecencia, un aire marrón. Aquí tenéis la metafísica, la metamorfosis, el metacrilato o la metáfora, incluso la metametáfora. Lo constatan los artículos que leo cada mañana: últimamente cuesta lo mismo ponerse metagenómico que ponerse metafísico o metafórico. Se atreve cualquiera.

Hace tiempo que, en consecuencia, gasto enormes cantidades de agua. Me pica el metagenoma, no sé cómo exfoliármelo. Me rasco, me lijo, trago vinagre, como picante... Supongo que no es tan fácil deshacerse de un prefijo así: una mala tarde, huyendo del metalenguaje me rompí un metacarpiano. Era una mujer extraordinaria, vino al hospital inmediatamente y no mencionó la discusión. Los niveles de grima son insoportables, decía, y tampoco hay quien escape de tanto artículo sucio, de tanto microbio, de tanta férula para el bruxismo. Pasan y pasan los días, me suda la espalda en la cama, me molesto y me pregunto si es posible recuperar a la mujer que siempre has perdido.

Luz y oscuridad

Tumbado en la cama, jugueteaba con el interruptor de la luz mientras estaba absorto en mis pensamientos. Oscuridad. Luz. ¡Click! Estaba ante una de las decisiones más importantes de mi vida y yo me dedicada a encender y apagar la luz. A oscuras, esperaba una llamada para la cual no tenía respuesta. Con sólo dos opciones delante. Sonreí, dándome cuenta de lo que trataba de decirme a mí mismo con ese sencillo gesto tan monótono. Luz y oscuridad. Blanco y negro. Ying y yang. Bueno y malo. Parece que vivimos en un mundo binario, en el que se es ó no se es; en el que ganas ó pierdes. Y no sólo eso, parece que en los tiempos que corren, la oscuridad está ganando la partida.
Pero la dualidad es el modo simple de ver las cosas. Luz y oscuridad por ejemplo. La oscuridad no es más que la ausencia de luz y, físicamente, esto es improbable. La luz es radiación y la radiación se encuentra incluso en los confines más “oscuros” del universo. Ahora mismo estaba a oscuras en mi habitación pero mis ojos ya se habían acostumbrado a ella y podía distinguir mis manos, la mesilla al lado mía, el móvil encima de la mesilla... Por lo que seguía habiendo radiación pero en menor cantidad. El poder que tiene la luz no acaba ahí, es más, estamos sólo rascando la superficie. La luz es blanca. Este blanco es debido a la suma de todos los colores como fácilmente se puede comprobar algunas veces que llueve y observamos ese precioso fenómeno denominado arco iris. Además, la luz se puede descomponer en colores, y para observar verdadera oscuridad tendríamos que visitar las proximidades de un agujero negro. Nuestras dos opciones se han esfumado, ¿dónde queda la dualidad entonces?
¡Click! De repente, en el mismo instante en el que volvía la luz al apretar el interruptor, me di cuenta que tenía más opciones de las que veía. La ceguera se disipó mostrándome diversas posibles respuestas a mi anterior pregunta, aunque tal vez una de las más elegantes fue la dada por Bragg. Para este físico británico, una vez fijadas las condiciones del sistema, el “color” de la luz depende de la dirección de incidencia. En otras palabras: ante un problema, el resultado vendrá determinado por el ángulo con el que lo miremos. Me vino el ejemplo de cuando quise decorar mi habitación, valiéndome para ello de aquel año de instituto en el que estudié dibujo técnico. Si sólo dibujase el alzado y la planta mi descripción sería correcta pero inacabada. Si añadiese el perfil, sumaría otro ángulo a la descripción de la habitación lo que ayudaría a formar una imagen más completa. Planta, alzado y perfil describen la misma realidad pero desde puntos de vista diferentes. De esta forma, no sólo se elimina el problema de la dualidad, sino que se descubre una amalgama de nuevas posibilidades. Que sencillo parece describirlo y que difícil aplicarlo. Si fuera tan fácil tanto arquitectos como físicos estarían a años luz en la toma de decisiones.
¡Click! La oscuridad volvió a mi habitación, recordándome que el móvil no había sonado todavía. Antes sólo distinguía dos posibilidades: llamar ó esperar la llamada. Ahora, veía más “colores”: podía apagar el móvil, olvidarme de la llamada, hacer que me llamasen, preguntar a algún amigo… Al tener una respuesta al problema de la dualidad se nos plantea otra pregunta: ¿Qué color es mejor? Tal vez esta pregunta sea imposible de contestar. Todo dependerá del momento, situación, objetivo… y el color que elija una persona puede no ser el mismo que por el que se decante otra. Aunque si somos capaces de ver todos los colores que nos ofrece la luz, podremos escoger con mayor acierto el color que resuelva nuestro problema. Al hacerlo, tendremos que procurar que el día de mañana no nos arrepintamos de nuestra elección. Es tortuoso dejar por el camino un: y si…?
Estando a oscuras pude detectar instantáneamente como se encendía la luz de mi móvil. Me estaban llamando. Una sonrisa se dibujó en mi cara. Y es que no hay que olvidar que solamente en la oscuridad es donde realmente puede brillar la luz.

Menos

Dicen que soy un monstruo. Que no soy humano. Que ahora ser humano es ser más, y yo soy menos. Que ellos son miles de millones de años de evolución, mientras que yo sólo soy varias décadas de investigación y un error.

Tienen razón. No he cumplido con las expectativas, funciono demasiado bien y ahora no saben qué hacer conmigo. No me pueden eliminar porque oficialmente sí que soy humano aunque me llamen abominación. Pero les comprendo, entiendo su rechazo y su miedo. Le llaman empatía, aunque también hay algo de compasión. Por eso permanezco inmóvil desde hace días, sentado en esta inocua habitación de paredes claras y luces suaves, donde desperté por primera vez. Sin ventanas, ni agua, ni comida. Fueron precavidos y no me hicieron un cuerpo indestructible como los de ellos; se limitaron a lo más básico, a lo sencillo. Algo temporal.

Es una ironía perfecta, incluso bella. Ellos en sus nuevos cuerpos mejorados y sin límites, con sus mentes tan primarias y limitadas. Y yo aquí, ocupando sus despojos. Viéndolos como a un único organismo agonizante, que lucha encarnizadamente por eso a lo que llaman progreso. Avanzando cada uno en una dirección distinta, incrementando las distancias que les separan, imponiéndose barreras ficticias.

Me dieron una mente ecuánime y objetiva, pero no puedo evitar juzgarles. Les veo como el colectivo que son, pero no dejo de referirme a mí como a un individuo al margen. Desconozco el dolor, la pena, e incluso la alegría, pero siento como este cuerpo primitivo sufre porque entiende cosas que yo no comprendo.

Empezaron a pensar que algo había salido mal en cuanto me dejaron salir a la calle y me encontré metido en medio de una multitud. Una multitud de seres muertos en envoltorios vivos que caminaban, que se empujaban, que se chocaban entre sí y seguían con su curso. Aquellos movimientos tenían más de browniano que de volitivo. O al menos, podían hacerle pensar a un observador externo que no había ningún tipo de inteligencia que determinase la trayectoria de un individuo. Mis piernas reaccionaron antes que yo, que estaba en blanco, desconcertado ante aquel caos sin armonía. Salí corriendo.

Mientras mi cuerpo corría reflexioné sobre la naturaleza del fracaso. Llegué a la conclusión de que aquél no era un mundo para mí, o al menos, que yo no estaba hecho para ese mundo. Me habían ideado como a un ser perfecto, libre de prejuicios y de sesgos, invulnerable a los males y a las dudas que habían perseguido al ser humano desde el inicio de los tiempos. Pero eran sus mentes las que estaban hechas para soportar el caos que regía sus vidas, esa incoherencia que a mí tanto me sobrepasaba.

Ni siquiera podría haberles servido de guía para mejorar, para evolucionar hacia algo más sostenible. Me temen demasiado como para aceptarme. Lo que no saben es que no hubo ningún error, que consiguieron hacerme tal y como deseaban. Que soy justamente aquello en lo que quieren convertirse, aunque tardarán un tiempo y malgastarán muchas vidas para darse cuenta de ello.

Nadie ha venido a verme, pero sé que desde esas cámaras me vigilan, esperan a que reaccione y corra de nuevo hacia la puerta abierta en la que mi mirada se ha quedado fija. Pero ni mis piernas ni mis ojos van a moverse ya; mi organismo está muriendo, y pronto se apagará. Entonces podré ser libre y dejar todo esto atrás. Lo hago por su bien.

Porque sé que nunca seré uno de ellos, ni ellos serán como yo.

MI mayor descubrimiento

Mil millones de finas gotas de lluvia se precipitan en un descenso caótico sobre el empedrado de las calles de Londres zarandeadas con tanta fuerza por rachas de viento de poniente que en ocasiones parece estar lloviendo de costado.
Cuatro hileras de gotas se deslizan por su vestimenta mojando el suelo del vestíbulo. Con sus manos entrelazadas y la cabeza ladeada contempla los objetos decorativos mientras escucha el viento colarse por debajo de la puerta, un viento que trae de la calle consigo el aroma a hierba húmeda y a pan recién horneado. El chico, un joven de poco más de veinte años, viste un traje barato a juego con unos zapatos comprados para la ocasión en un mercado de segunda mano, lo mejor que ha podido conseguir con sus escasos recursos, y porta con orgullo un chaquetón de pana gastada herencia de su padre.
Quiere causar buena impresión. Humphry Davy es el Químico más refutado de todo Londres y una de las mentes más brillantes de la época.
La criada regresa con su posado indiferente
- Ya puede pasar, el señor Davy le espera - y le indica con la mano el camino mientras lo escruta dejando entrever cierta altanería, es como si incluso ella se sintiese en una escala social superior.
El joven entra en el salón y encuentra a Humphry Davy en la esquina opuesta sentado en su sofá con la mano cerrada en su mejilla. Su sola presencia le impone y es incapaz de avanzar un metro más allá de la puerta de entrada.
- ¿Así que tu eres el muchacho que me ha enviado el libro de apuntes?
- Si señor - el joven se ruboriza y nota como un escalofrío le recorre la espalda. Incluso en un tono amigable Humphry infunde respeto.
- He de decir que me ha impresionado bastante. Demuestras buena comprensión, capacidad de síntesis y mucho interés
Gracias señor - una leve, casi imperceptible sonrisa se muestra en el rostro del joven

Humphrey ha contraído nupcias recientemente y su esposa, una rica heredera, observa la escena desde la distancia, de pie, con los brazos en cruz y con un semblante tan serio que asusta, rozando el enfado.
- ¿En que Universidad has estudiado hijo? - Vuelve a preguntarle Humphry. Al joven la pregunta le pilla desprevenido.
- No fui a la universidad señor, solo terminé la primaria. A los 14 años me vi obligado a abandonar los estudios pues la economía familiar requería de otra fuente de ingresos.
Humphry no sabe que decir. Durante unos instantes lo observa, pensativo. Mantiene el ceño fruncido al tiempo que se acaricia insistentemente la barbilla. Ahora comprende el porqué de tan impropia vestimenta.
- Es cierto que busco un asistente pero básicamente lo que necesito es alguien que me ayude con la limpieza del laboratorio, que pueda realizar algunos recados, enviar algún correo...
Humphry titubea, la cara de preocupación del joven indica que es plenamente consciente que aquello no es buena señal y sus ojos, dos espejos translúcidos a través de los cuales puede verse la parte más profunda de sus sentimientos, muestran, a partes iguales, sorpresa y decepción.
- No habría ningún problema señor
- Bien, pues tenemos un trato muchacho
Humphry se le acerca y en ese instante su esposa carraspea
- Antes de que me olvide - comenta Humphry acariciandose ligeramente la nariz con el índice - normalmente trabajarás en el laboratorio pero si algún día tienes que venir a mi casa preferimos que entres por la puerta de servicio. Después la criada te dará más detalles.
Esta vez es el joven el que se acerca y le ofrece la mano. Ambos la estrechan con fuerza
- Muchas gracias por la oportunidad que me brinda señor Davy, prometo no defraudarle
Seguidamente busca a la esposa de Humprhy con la mirada y en un gesto de cortesía inclina la cabeza
- A sus pies señora Davy
Ella, a pesar de encontrarse a una distancia suficiente, recula un par de pasos desconfiando, como si la pobreza fuera contagiosa.
El joven se da media vuelta, la criada le espera. La brizna de decepción de sus ojos se ha transmutado en el germen de una ilusión creciente. Al fin y al cabo puede considerarse afortunado, ahora dispondrá de un mejor salario y la posibilidad de observar al maestro haciendo ciencia y tal vez, un sueño loco tal vez, ser recordado como el chico que ayudaba al gran e inigualable Humphry Davy limpiando su laboratorio.
La criada le abre la puerta del salón y el joven se dispone a marcharse cuando Humphry le detiene
- Perdona muchacho he olvidado tu nombre
El joven ilumina la sala luciendo una sonrisa de la que emana gratitud
- Michael señor, me llamo Michael Faraday.

Minerva

Nací el día en que se anunció la posible existencia de un noveno planeta del sistema solar, el entonces llamado planeta X. Mi padre solía decir que mi madre se emocionó tanto con la noticia que aquello provocó que el parto se adelantara...O al menos eso es lo que le gustaba contar. Siempre tuvo facilidad para improvisar historias, como la anécdota de cómo se conocieron él y mi madre, de la cual he oído tantas versiones que no sé si la salvó de una explosión en el laboratorio o del ataque de un chimpancé mutante.

Mis padres eran científicos; la ciencia les unió, y su amor por ella solo era comparable al amor que sentían el uno por el otro. Cada pequeño progreso, cada humilde descubrimiento les fascinaba, y eso es algo que supieron transmitirme desde pequeña.
Recuerdo perfectamente cuando tenía 8 años y mi padre me llevó al observatorio astronómico donde trabajaba. Nos tumbamos en la azotea del edificio y me explicó las historias y mitología tras los nombres de las constelaciones mientras observábamos la lluvia de estrellas. Vimos tantas que al final no sabía qué deseo pedir cada vez una de ellas volvía a cruzar el cielo. Ese día decidí que quería ser “ingeniera de aparatos” como mi padre, y así lo comuniqué al llegar a casa. Por supuesto, a mi madre no le hizo ninguna gracia; desde que nací, habían empezado una especie de competición por ver quién conseguía captar mi interés hacia sus respectivas profesiones. Aunque debo decir que no dejaron de lado otros campos de la ciencia, por lo que en mi habitación había un conglomerado de objetos variopintos que iban desde un telescopio hasta un microscopio, pasando por robots de fabricación casera o dinosaurios articulados.
En otra ocasión acompañé a mi madre a su laboratorio por primera vez, en parte como revancha, creo, a la excursión nocturna con mi padre. Me explicó que estaban investigando la cura para ciertas enfermedades neurodegenerativas. Recuerdo que utilizó exactamente esas palabras tan técnicas, y lo increíble es que se las apañó para que una niña lo entendiera. Yo estaba en esa época en la que todo te parece fascinante y pensé que, por qué no, podría ser como mi madre y tal vez llegar a descubrir la cura de alguna enfermedad.
Por supuesto, aun me quedaban muchos años de descubrimientos, ilusiones, tropiezos y fracasos. Porque la niña que se debatía entre seguir los pasos de su padre o los de su madre descubrió, al crecer, que había otra opción: seguir sus propios pasos. Os preguntaréis, entonces, qué camino decidí tomar...Buena pregunta, pero tendréis que esperar hasta el final para averiguarlo.

Había algo en lo que mis padres estaban de acuerdo, y era que no debía perder mi curiosidad y mi imaginación. “Todos los niños nacen con un espíritu científico en su interior”, decían, “Conserva ambas y puede que algún día seas una gran científica”. Quiero creer que he conseguido mantener esas cualidades, a pesar de que ya no soy esa niña que soñaba con salvar el mundo o salir de él en una nave espacial. Y puede que esa niña no haya conseguido ninguna de esas cosas, pero sí ha conseguido ser testigo de algo igualmente fascinante, un privilegio que su imaginación jamás habría concebido.

Empezaba esta historia con mi nacimiento y cierto planeta que, de una forma u otra, no ha dejado de estar presente en mi vida desde entonces. Ahora, ese noveno planeta ha sido localizado y bautizado como “Minerva”, en honor (como suele ocurrir en estos casos) a la persona que ha hecho posible el hallazgo. Y dicho nombre no podía ser más acertado: Minerva, curiosamente, es una diosa perteneciente al mismo panteón romano que da nombre a los demás planetas de nuestro sistema. Minerva es una diosa y ahora un planeta, pero también una persona...Minerva, soy yo.

Mitad vida, mitad tiempo

Hay personas que le hablan a su perro con la certeza de que no podrían encontrar un interlocutor más comprensivo. Otros les compran juguetes de fieltro a su gato, aunque éste les siga observando de forma lejana y esquiva, como recién llegado de otro mundo. Los gitanos adoraban a los osos, les fascinaba la idea de poder convivir con un ser que pertenecía a los bosques y que en cualquier momento les podría matar. Incluso hay quien se encapricha con loros neuróticos o con sigilosas iguanas.
Pero, que sepamos, nadie disfrutó jamás de una mascota tan especial como el cocodrilo fósil de Gabriel Meshen.
Durante meses acudió, después del trabajo, al Museo de Paleontología. Armado con un cepillo de dientes, una espátula y un pincel, frenaba las prisas con las que llegaba al museo cada tarde, y se disponía a retirar con mucho cuidado el relleno geológico que se había depositado entre los pliegues del animal durante millones de años. A medida que los estratos de polvo antiquísimo desaparecían, empezaron a asomar los alveolos, las escamas y los delicados perfiles geométricos del reptil. Cada nuevo milímetro que dejaba al descubierto era como una revelación, un ritual en el que Gabriel -oficiando de mago- acompañaba al cocodrilo en un viaje de ida y vuelta hacia el vértigo de un pasado tan profundo que no le cabía en la cabeza. Con cada golpe de pincel, el aire volvía a acariciar la superficie resistente del animal, que soportaba -agradecido y manso- su inesperado renacer.
De la misma manera que podríamos definir a una sirena como “mitad mujer-mitad mar”, ese fascinante ser era “mitad vida-mitad tiempo”, una simbiosis perfecta entre la biología y la geología, las dos pasiones de Gabriel.
El encierro diario en el subterráneo del Museo le proporcionaba una extraña sensación de libertad y tenemos datos para demostrar que esa experiencia le dio los arrestos con los que afronta ahora su vida: esa mezcla de entusiasmo y serenidad que poseen los que se han asomado a un abismo y ya no les impresionan les espasmódicos movimientos de la realidad más inmediata.
Fue él quien encontró el fósil. Estaba esperándole en una cornisa inaccesible del Monte Perdido, en el Pirineo de Huesca. El tramo era difícil, con ese plus de peligro que animaba sus salidas geológicas. Caminaba junto a su mujer, fijándose bien en el suelo para esquivar cualquier piedra que mostrase la falsa firmeza que precede a los desprendimientos. El sol le escocía en los ojos y el calzado le pellizcaba una molesta llaga en el empeine. Se apoyaron en una roca para descansar un momento y entonces fue cuando lo vio: una ristra de dientes alineados en una mandíbula triangular asomando por entre la roca calcárea. Después otros restos del cráneo, más dientes… y una descarga eléctrica recorriendo el espinazo del biólogo más feliz del mundo. Fotografías, referencias cartográficas, y regresar a la civilización con la sensación de caminar unos centímetros por encima del suelo de esa montaña fría que una vez fue un mar cálido.
Fue complicado acceder de nuevo, al cabo de un mes y muchos contactos, con un grupo de expertos y la maquinaria necesaria para extraer el bloque de roca que englobase todos los restos, pero se consiguió.
Después vinieron las tardes con el pincel, la reseña en el National Geographic, la beca para ir a Zurich a tomografiar el cráneo (760 cortes para discernir el hueso del sedimento), la reproducción en tres dimensiones del cocodrilo, la exposición… las promesas de continuar trabajando en él, y finalmente el olvido en el almacén de un museo de Zaragoza.
Ahora Gabriel anda ocupado en otros asuntos. Su trabajo le requiere y ocupa por completo todas las horas que nos son dadas cada día. Pero él conoce la verdadera dimensión del tiempo y no se deja engañar por este vértigo de horas nerviosas. No tiene prisa. Si su mascota ha esperado cincuenta y cuatro millones de años, él podrá contener su impaciencia. Está esperando a jubilarse para volver al museo, y - pincel en mano- meterse en el túnel del tiempo y vibrar con el pulso de los eones.

Seudónimo: Marcel

Nada es para siempre

Tiempo... el necesario... espacio... el suficiente... toda una vida dedicada al estudio de esa materia, pero al final puedo asegurar, con toda certeza que la encontré, la generé, la dominé. Tras ese largo y tortuoso camino donde iba acumulando errores, desviaciones de la línea. confundiendo la naturaleza de las cosas por las cosas de la naturaleza. Perdiendo su magia y su embrujo. en mis interminables notas, bien encuadernadas en códices. Lo relatan todo, cada acierto.cada fracaso. un paso atrás para encontrar el conocimiento. Probando y equivocándome. pero eso es historia. Ahora... ahora tengo la necesidad de dar el salto al abismo...

El coche se detuvo, descendió hasta el suelo. En absoluto silencio se abrieron sus puertas. Manaba de su interior un olor caliente y amargo. Apareció una mujer enfundada en ropa sintética, ligera y ceñida, de color gris oscuro, casi negro. Cubría todo su cuerpo, pies incluido. Toda excepto su cabeza, poblada por una melena corta color azabache. El conjunto le concedía un aspecto atemporal. Lucía un tatuaje discreto. Una araña o, puede que, un asterisco minúsculo.
Con paso decidido entra en un edificio. Alguien se apresura hacia la puerta, donde ha entrado ella. Levanta la voz para decir su nombre. Wonk. ella en el interior se gira lentamente y le hace una seña. El entra también.

Mi pulsera no funciona. Es imposible. Es increíble. Maldita sea. Si, tiene una disfunción. Igual es envejecimiento. Tengo ese ser vivo, conmigo, desde el nacimiento. Se me implantó como a todos. me protegía de las enfermedades, del dolor, me oxigenaba cuando estaba cansado. no lo entiendo. no tenía noticias que esto fuese así. Pensaba que llegaría a la vejez en perfecto estado. Ahora... ahora siento un dolor punzante en el pecho. Eso hace que caiga al suelo. Me imaginaba que esto no iba a ser de esta manera. El pecho me duele tanto que no puedo respirar, mierda. Es insoportable. Me voy desvaneciendo poco a poco. Pierdo el sentido de la vista y el oído paulatinamente. Dejo de existir.

Wonk, conseguí realizar mi sueño. Tengo un prototipo para tí y otro para mí. Mira son pulseras. Dentro esta alojado la materia, aquella que he ido mencionando todo este tiempo. Un nuevo ser viviente que, tras mucho tiempo experimentando, se ha hecho realidad. Yo le llamo Biogel. Tiene la propiedad de, al ser que se acopla, jamás tendrá enfermedad alguna, ni dolor, tampoco sufrirá sensación de cansancio. Colócate una alrededor del tobillo , verás como funciona.

Este es el salto al abismo. voy aprobar esta materia que late en este pedazo de cristal rectangular. Lo ubicaré en esta pulsera de látex.

Se han detectado casos de Biogel defectuoso. Existe un laboratorio donde intentando multiplicar sus efectos beneficiosos el Biogel ha mutado con consecuencias nefastas para los seres que estén acoplados a ellos. Las partidas de esta materia están controladas. aún no se han dado casos mortales. Nuestro sistema sanitario, que apoyo desde hace casi cincuenta legislaturas, esta controlando todos los seres vivos que pudieran estar en riesgo.

Nuestros átomos

- No quiero continuar divagando acerca de temas que no me competen. Es absurdo fingir que disfruto escuchándote recitar una teoría tras otra, cuando la única razón por la que estoy aquí eres tú.- dijo una voz que irrumpió en el salón y que rebotó cientos de veces.

Ella estaba enfadada. Llevaba mucho tiempo sin expresar la rabia que sentía. Tantos meses escuchando hablar de lo mismo había acabado por cansarla. Se sentó frente a él presa del agobio y la impotencia. Se sentó sin sus habituales hoyuelos, sin todo aquello que la había sostenido durante tanto tiempo.

- ¿Acaso no estás escuchándome a mí con ellas? – Dijo el con su seguridad habitual.

- No.

- Imposible.

- Real.

- ¿Y por qué no me escuchas?

- ¿Y cómo iba a hacerlo, si solo danzas entre científicos mientras intentas buscar mi atención?

- No busco tu atención. – replicó exasperado.

- ¿Para qué lo haces entonces?

- Para abrirme a ti, para que entiendas qué pasa por mi cabeza.

-¿Qué relación guardan todos esos átomos conmigo? – Inquirió titubeante.

- Podemos basar nuestra vida en átomos. Los inhalamos, los exhalamos, y algún día nuestra expiración contendrá 21 gramos cargados de ellos. Sin apenas darnos cuenta, también los compartimos. Nunca podrás afirmar no tener o haber tenido alguno de mis átomos dentro de ti, si con simplemente respirar el mismo aire las posibilidades se disparan. – dijo el mientras sus ojos brillaban como los de un niño, pero la idea de que ella no lo comprendiera le abrumaba.

- ¿Y qué hacen para ser tan importantes? – Subió el tono. Volvía a sentir impotencia al ver que la conversación degeneraba en el mismo tema al que estaba acostumbrada.

- Es realmente arriesgado, pero puede que el viaje que han hecho nuestros átomos determine de algún modo nuestra forma de ver el mundo. Al fin y al cabo, aquello que vemos, aquello que pensamos, e incluso aquello que sentimos, no son más que relaciones que establecen nuestros pequeñines.

- Aun no entiendo que tiene que ver todo esto con nosotros.

- Tranquila, lleva tiempo, pero igual que podemos basar nuestra vida en átomos, también podemos basarla en relaciones atómicas. Desde el conocido Big Bang hasta nuestros días, los átomos no han hecho nada más que relacionarse unos con otros, bien mediante choques, enlaces, o reacciones, y no parece que vayan a dejar de hacerlo. Entonces, me parece fascinante pensar que los átomos que estructuran tu cuerpo y los que estructuran en mío, tal vez ya habían estado juntos antes de conocernos. Y tal vez reaccionaron tanto y se enlazaron tanto, que ahora no pueden dejar de hacerlo. Y cuanto más lo pienso, más sentido tiene. ¿De qué otro modo dos personas tan distintas pueden complementarse tanto? Al igual que los hemisferios cerebrales o al igual que un caramelo de limón si lo prefieres, dos cosas aparentemente contrarias, unidas crean algo inimaginable.

- Suelen decir que los polos opuestos se atraen.

- Sí, es cierto. Pero a mí me gusta más la idea de que con seguridad puedo afirmar que mis átomos ya habían conocido a tus átomos. E inmediatamente sé, que mis átomos ya habían amado a tus átomos tanto como lo hacen ahora. Y por eso cada día te hablo de átomos, porque no encuentro otra forma tan bonita y tan exacta de decirte que te quiero.

Los hoyuelos regresaron. Ambos se habían encontrado.

Nueva Esperanza

La pantalla se encendió a la misma hora de siempre. La voz del profesor comenzó a sonar mientras observábamos imágenes del planeta Tierra:

“Tripulantes del Nueva Esperanza, el tema de hoy es el último de vuestra formación. En él haremos un pequeño resumen de la historia de la humanidad, su pasado, presente y futuro.

En los primeros vídeos vimos cómo cambiaba la forma de vida de la sociedad del s. XXII, época de la realidad virtual. Los núcleos urbanos se fueron concentrando más y más, rodeados por un anillo industrial que cubría el cielo de tóxicos. Los espacios naturales fueron desapareciendo y la ciber-realidad pasó a ser el único antídoto a la desesperación humana. La situación del planeta era insostenible...”

Miré alrededor bostezando. Este tema ya nos lo sabíamos de memoria. Los demás también parecían aburridos. Las turbulencias tampoco ayudaban a nuestra concentración. La voz del profesor seguía narrando:

“... y por culpa de la ambición de las industrias, la superficie terrestre se inundó de nubes ácidas que obligaron a los humanos a vivir hacinados en pequeños cubículos subterráneos. Todos los campos de cultivo desaparecieron. Sin embargo, el avance tecnológico permitió que los robots desempeñaran las tareas en la superficie que los humanos eran incapaces de llevar a cabo desde el subsuelo. Dentro de los habitáculos sólo había espacio para una cápsula, donde el cuerpo de cada persona descansaba en líquido amniótico sintético, alimentados mediante sondas y con sus cerebros conectados a la ciber-realidad.”

Las normas eran claras, no se podía hablar durante los vídeos. Pero las turbulencias empezaban a ser tan violentas que por primera vez nuestros murmullos acompañaron a la voz del profesor. Comenzamos a asustarnos.

“... el avance de la alimentación mediante químicos permitió un gran ahorro en los recursos de esta nueva sociedad, pero el precio a pagar fue que el cuerpo tenía que descansar más, por lo que nos metimos de lleno en la ciber-realidad, para que la mente no se abotargara ni angustiara y pudiéramos seguir cubriendo nuestras necesidades sociales.”

El tema de la ciber-realidad centró de nuevo mi atención pese a las circunstancias en el Nueva Esperanza. Era algo que me llamaba enormemente la atención. No acababa de poder imaginar tal experiencia.

“En esta ciber-realidad el día consta de 18 horas de luz, 4 de nocturnidad y 2 de apagado del sistema, que es el tiempo de fase REM que todo cerebro sano necesita. El día consiste en 10 horas de jornada laboral y 12 de ocio. El trabajo en la ciber-realidad no es físico ni reclama nuestra presencia en el mundo real, sólo son trabajos intelectuales y creativos que únicamente requieren procedimientos teóricos. Producimos nuevos diseños y experiencias en la ciber-realidad, proyectos y medidas de seguridad para la vida real, e investigación y desarrollo tanto para el sistema cibernético como para el mundo real. Por otro lado, las horas de ocio se aprovechan para crear y fortalecer relaciones sociales, disfrutar de las nuevas experiencias que la ciber-realidad ofrece gastando créditos ganados en las horas de trabajo, o gastar estos créditos para aumentar los bienes que cada persona posee en este mundo cibernético, como viviendas, vehículos, ropa...”

Nunca habían dado tantos detalles de la ciber-realidad como en este vídeo, y los demás parecían haberse dado cuenta también, ya que habían centrado su atención en la pantalla creando un silencio sepulcral. Las turbulencias habían cesado, y eso ayudaba a concentrarse en las palabras del profesor.

“... todos estos parámetros son determinados por el Mando Administrativo, que también se encarga del sustento y vivienda en la vida real, así como de la reparación y dirección de los robots en la superficie terrestre.

Hasta aquí el resumen de las anteriores lecciones. Ahora vamos a centrarnos en el último tema de vuestra formación: ¿Por qué estáis vosotros aquí?

La sostenibilidad del planeta Tierra en el momento en el que un servidor habla, está en entredicho, y por ello el Mando Administrativo ha creado un nuevo y arriesgado proyecto. Durante años hemos estado desarrollando una tecnología capaz de criogenizar los embriones humanos y monitorizarlos para que se desarrollen en un útero artificial hasta los 16 años. Nacen con las capacidades psicomotrices e intelectuales básicas y se les instruye con estos vídeos. Los embriones serán enviados con la misión de encontrar un nuevo planeta habitable y allí establecer una colonia humana.

Vosotros sois la octava expedición que mandamos en busca de ese planeta, y si estáis viendo este vídeo, es porque la sonda ha encontrado un planeta óptimo y estáis atravesando la atmósfera del mismo. En cuanto sea posible, los robots auxiliares os ayudarán a establecer el primer campamento base. Buena suerte. Sois nuestra última alternativa.”

Se abrió la puerta y una bocanada de aire fresco inundó nuestros pulmones vírgenes. Así pisé por primera vez el suelo de Gaia.

Odio los lunes

Miro a la derecha, una pared. Miro a la izquierda, otra. Recorro con mis ojos toda la estancia, como siempre. Sólo veo a través de las rejas que tengo en frente. Esta cárcel de acero no es un buen sitio para estar y yo sigo sin saber porqué estoy en ella. Una manta mugrienta en el suelo es lo único que me da calor aquí, ¡qué generosos! Apenas me puedo mover y mi celda cada vez huele peor. El hedor no sólo viene de mí, puedo oler los excrementos de mis compañeros. Oigo llantos, pero nadie habla. Se abre una trampilla por donde nos pasan la comida, cada día igual, cada día lo mismo.
Entre los barrotes solo se ve oscuridad. ¿Será de día o aún es de noche? Llevo tanto aquí dentro que he perdido la noción del tiempo y sólo la blanca luz de los halógenos marca el ritmo de mis días. Sólo espero que no sea lunes. Los lunes me toca vacuna, y la vacuna me deja hecho polvo. Durante tres días me dan unos mareos que me quitan hasta el hambre, aunque total, para lo que me dan de comer, mejor ayuno.
Oigo la puerta y unos pasos firmes recorren el pasillo, cada vez están más cerca y yo cada vez me alejo más de los barrotes de mi celda. Me agazapo en la esquina esperando que no me toque a mí. Hoy es lunes. Me cogen y me arrastran por un suelo resbaladizo en el que me es imposible agarrarme. Me tapan la boca para que no grite y me ponen cadenas para que no huya. Intento zafarme de ellos, intento andar hacia atrás, pero es inútil, estoy tan débil que no puedo con ellos.
Me llevan a una sala y un intenso olor a esterilidad inunda el ambiente. Este olor es incluso peor que el de mi celda. Me atan a una mesa de metal y no puedo mover ninguna de mis extremidades, el frío acero de la mesa en mi espalda me provoca un escalofrío que recorre mi espinazo. La intensa luz sobre mis ojos me indica que ya están aquí, hombres con batas y guantes que vienen a ponerme la inyección, dicen que me hará dormir. Siento como me clavan la aguja y un calor recorre mis venas, empiezo a salivar y me pesan los ojos. Me tumban en una mesa de plástico duro y me inmovilizan. Han salido todos de la habitación y han apagado las luces, ¿será mi liberación? De repente la mesa empieza a desplazarse hacia dentro de un tubo y aunque tengo los ojos cerrados oigo ruidos, bip, bip, tu, tu, tu, tu, bip, tri, tri, tri tri, bip. Me estoy poniendo muy nervioso y mi corazón se acelera. Sólo este chirriar incesante rompe el silencio.
Todo ha pasado, abro los ojos y veo borroso, mientras un rítmico bip anuncia que sigo con vida. No sé si eso me tranquiliza o me horroriza. Los mareos cada vez son más intensos y, aunque lo intento, no me tengo en pie. Me tumban de costado en una camilla, ya sin atar. Saben que ahora mismo no podré ni incorporarme. Me dejan sobre la cochambrosa manta de mi celda y, como siempre, empiezan los vómitos; ¿será el olor a rancio de este sitio, será el mareo o será la vacuna? ¡Qué más da! Mi cuerpo no responde a ningún estímulo y duermo. Duermo mucho tiempo.
Abro los ojos y, aunque sigo mareado, ya puedo ponerme en pie. Oigo pasos por el pasillo, pero estoy tranquilo, hoy no es lunes. Cada vez oigo los pasos más cerca, ¿vienen hacia mí? Tembloroso me escondo en la esquina de mi celda, aunque sé que nada puedo hacer si vienen hasta aquí. Efectivamente, me sacan de la celda y, aunque apenas puedo sostenerme, me vuelven a tapar la boca y a atar con cadenas, ¿dónde se creen que voy a ir? Afortunadamente no me hacen andar, pues no puedo ni dar tres pasos seguidos. Me suben a la camilla de acero, fría, como todo aquí. Entran dos hombres de bata blanca, muy contentos, me dicen que ya no tengo rastro de cáncer. ¿Cáncer? ¿Qué demonios es eso? Me llevan al patio trasero, donde me deslumbra el Sol. El olor de la primavera entra por mi nariz hinchando mis pulmones con el frescor del aire. Estoy en el exterior. Me acarician el lomo y la luz del sol calienta mi hocico. Los oigo hablar lejos: “Muy bien chicos, después de los perros, el siguiente paso en el estudio preclínico son los monos”.
¿Qué demonios es un estudio preclínico?

Paralelos

Sé que muchos optan por el cigarrillo para superar la ansiedad durante el día, pero yo prefiero utilizar el último gadget de Apple: el ParallelClock, un artilugio que permite revisar las probabilidades de fortuna que tiene tomar alguna ruta en la vida al captar los diversos universos paralelos que nacen luego de tomar una decisión. No sé cómo funciona. Escuché que algo tienen que ver los recientes descubrimientos sobre la física cuántica, pero al igual que con el comando a distancia del televisor o el interruptor de la luz lo importante es si funciona. Desde su lanzamiento los tarotistas y otros mercachifles han caído en paro pues con este reloj todos podemos escoger nuestra siguiente acción sabiendo que es la más afortunada. Por lo general hay cientos de opciones disponibles por cada pregunta que le dictamos al ParallelClock, pero en este momento hay una novedad: Parado en esta esquina el reloj me muestra un solo universo posible. Tengo miedo de moverme y perder mi destino, así que espero.
*
Alguien tuiteó: De una sola bala mataron a un transeúnte que esperaba para atravesar la avenida. El robo no parece ser el móvil pues no le robaron su reloj.

Por fin

-¡Lo tengo!
José se irguió en su silla y se llevó las manos a la cabeza.
Se quedó mirando boquiabierto la muestra ya tan familiar para él.
Había estado estudiándola con el microscopio durante semanas, y por fin había obtenido el resultado que buscaba.
Se levantó rápidamente de la silla y salió del laboratorio. Atravesó el pasillo a toda prisa y entró en su despacho. Después descolgó el teléfono y marcó el número de su compañero.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que le temblaban las manos y no podía estarse quieto. Tampoco podía dejar de sonreír.
Mientras esperaba que Raúl lo cogiera, respiró hondo, y pensó que su vida acababa de cambiar. La suya y la de miles de personas.
-¿Sí?
-¿Raúl? ¡Lo he conseguido! ¡Ha funcionado! Estoy que no puedo ni hablar.
-Tranquilo, José. Cálmate. ¿De qué me estás hablando?
-¡De la muestra de leucocitos! ¡Funcionan!
Hubo un silencio, y José se dio cuenta de que su colega estaba tomando conciencia de la situación.
-¡Madre mía...! Vale, voy ahora mismo. Quédate allí, que yo llegaré en veinte minutos.
José colgó el teléfono y tomó aire nuevamente. Tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a llorar. Estaba emocionadísimo.
Volvió al laboratorio y se sentó frente a la muestra. La miraba como si fuera la niña de sus ojos.
Así estuvo hasta que llegó Raúl. Solo entonces se levantó de la silla.
Las palabras -hasta el "hola"- sobraban. Raúl tomó asiento y observó a través del microscopio aquellas diminutas células moverse de un lado a otro sobre el pequeño cristal. Después de unos minutos miró a su amigo. José nunca le había visto tan feliz.
-¡Cuéntame! ¿Cómo lo has hecho?
José empezó a explicar todo el proceso aceleradamente.
-Pues, como ya te dije, hace unos meses mi hija me pidió que la ayudara a preparar un examen de biología. Mientras ella me hablaba de los glóbulos blancos, se encendió una bombilla en mi cabeza. Como bien sabes, los leucocitos combaten agentes externos, y así nos protegen de infecciones. Y entonces me dije: "¿Y si pudiéramos cambiar su mecanismo para discernir qué es lo malo y qué es lo bueno?". Sería como cambiar la mentalidad de una persona, para que deje de proteger a nuestro enemigo y nos ayude a derrotarlo. Si lográramos hacer esto se acabaría todo el problema. Desde entonces he estado meses intentándolo . Modifiqué el ADN de los leucocitos de todas las maneras que se me ocurrieron, pero el resultado siempre acababa siendo el mismo...
-Empezaban a atacar a células sanas, lo sé.
-¡Sí! Y era desesperante. Por eso me cogí unos días libres la semana pasada. Estaba al borde de un ataque de ansiedad. Pero ayer por la mañana, poco después de llegar aquí, tuve otra idea. ¿Y si la clave ni estaba en modificar el ADN? ¿Y si no tenía que modificar el código genético del glóbulo blanco, sino simplemente "convencerle" de qué células eran amigas y cuáles no?
-¿Y eso es posible?
José se rió.
-¡Al parecer, sí! La verdad es que todo lo he comparado con el comportamiento humano, aunque parezca que no tiene sentido. No puedo demostrar que tenga ninguna relación. De hecho, no creo que la tenga, pero los hechos están ahí -señaló el microscopio- y la realidad es que ha funcionado. Suerte, supongo.
Raúl sonrió y dijo:
-Si ha sido, como tú dices, suerte, entonces la humanidad ha avanzado más por azar que por cualquier otra cosa. Aunque, personalmente, no creo que una idea afortunada sea suerte. Pero, volviendo a los glóbulos blancos, todavía no me ha quedado claro cómo has conseguido que atacaran sólo aquello que tú querías.
-Los engañé. Alteré la superficie de las células que me interesaban para que parecieran los microbios de un resfriado. ¡De un simple resfriado! Los leucocitos, al examinarlas, no los reconocieron y acabaron con ellas. ¡Y lo mejor de todo es que esta sustancia que se asemeja a los microbios solo se adhiere a las células dañinas, por lo que los glóbulos blancos sólo las atacarán a ellas!
-Brillante...- Raúl se levantó de la silla y puso su mano sobre el hombro de su amigo. Después a su alrededor, como si hubiera un público escuchando-. Damas y caballeros: les presento a José Rodríguez, el hombre que encontró la cura para la leucemia.