Sobrevive

Yo creo que todas somos una familia en la cual cada día nos separan de algunas, otras mueren, y otras nacen. Siempre estamos juntas. Colgadas siempre de la misma rama de este árbol, a unos 8 metros del suelo, y algunas están a 15 ó 20 metros.
Todas colgadas del mismo árbol, pero por suerte tenemos una compañera con la que pasamos el día; hablamos, jugamos… Gracias a eso el día pasa más rápido, ya que entre las dos nos divertimos.
Estamos unidas por una antena o algo parecido de color verde que sale de nuestras cabezas y se une a la rama del árbol. De vez en cuando hablamos con la rama, y es muy inteligente. Nos cuenta muchísimas cosas sobre nosotras que no sabemos. Por ejemplo, ayer me contó que contenemos algo que se llama vitamina, creo, y llevamos la A, la B, la C y la E. También dijo que contenemos calcio potasio y hierro. Me sorprendió que lleve hierro porque no soy muy fuerte… Cuando me lo contó, no me lo creía ya que nosotras somos pequeñas, y parece imposible que llevemos tantas cosas dentro.
Ah, sí, también llevamos fibra e hidratos de carbono, que la verdad, no sé que son.
Me dí cuenta de que contenemos demasiadas cosas buenas para sobrevivir demasiado tiempo colgadas de una rama.
Cada día debemos estar atentas a una cosa: que no nos coman. Normalmente, casi cada día, viene un animal con alas y un pico enorme que se nos quiere comer. No me gusta ese animal. Es feo, antipático, grosero, bruto…
Y como si no tuviésemos suficiente escondiéndonos de ese animal, unas manos muy grandes nos descuelgan del árbol cuidadosamente cada mañana para meternos en una cesta o algo así.



Dormimos bien toda la noche, y al amanecer la mano empezó a coger compañeras. Mi compañera y yo no nos queríamos separar nunca. Deseábamos estar el resto de nuestras vidas juntos. Nos queríamos mucho y siempre nos protegíamos.
¿Qué pasaría si nos cogieran? ¿Dónde nos llevarían? De repente me dí cuenta que pronto sabría la respuesta a todas aquellas preguntas. Noté cómo aquellas manos grandes tiraban de mí con fuerza y me arrancaban de aquella hermosa rama. Me habían separado de mi querida compañera, aquellas bruscas manos no habían tenido piedad. No, no podían separarme de ella, ella lo era todo para mí. Y ya no estábamos juntas. La mano nos separó. De repente me soltaron y caí dentro de la cesta que estaban transportando hacia otro lugar. Por un agujero de la cesta veía como cada vez el árbol estaba más lejos, hasta que ya no le veía. Echaría muchísimo de menos estar con mi compañera, colgadas de aquella rama tan sabia… Yo, de mí solo sabía que era de la familia Kerasos, que empezó viviendo en Grecia pero que ahora, está por casi todo el mundo. Solo sabía eso hasta que conocí a aquella hermosa rama. Me contó tantas cosas sobre mí… Una de ellas es que respiramos gracias a las raíces del árbol sin casi darnos cuenta. Una vez ya no estamos colgadas, tenemos un tiempo, no mucho, para seguir respirando. Otra de las cosas que recordaba que la rama me contó, es que nuestro jugo va bien para vencer el insomnio.

La cesta se detuvo en una especie de agujero. De repente empezó a caer agua por encima nuestro. Agua, mucha agua. Caía sin parar. Pensaba que me ahogaba. Supongo que nos lavaban. Hasta que por fin paró.
Llevábamos mucho rato en la cesta cuándo otra mano se acercó. Nos dejaron en medio de un trozo de madera cubierto por una tela y sujetado por cuatro patas. Alrededor había personas, como las que nos cogieron. Tenía miedo. Esas personas me separaron de mi compañera y de la rama, y ahora se me iban a comer. ¿Qué más querían de mí? Soy una fruta pequeña, bonita e inofensiva, con una piel brillante y perfecta.

De repente se acercó una mano y cogió unas cuantas compañeras.
Debemos tener buen sabor porqué cada vez que se comen a una de nosotras, una sonrisa se apodera de ellos.
Se acercó otra mano y cogió más compañeras, entre las cuales estaba yo. Caí en su plato. Veía como iba comiendo compañeras hasta que quedamos yo y otra. Espera, no era una compañera cualquiera, era mi compañera. Quedábamos ella y yo. Nadie más en aquel triste plato. Sabía que ya nunca más volveríamos a vernos, así que nos abrazamos. Nos abrazamos muy fuerte. Llorábamos, pero sin dejarnos de abrazar hasta que aquella mano nos separó. Esa persona que me lo quitó todo, ahora abría la boca para comerme. Lo mismo hizo con mi compañera. Y en aquel instante, éramos las almas de dos cerezas en el estómago de alguien.