Una historia microscópica

Una historia microscópica
Soy un microscopio, y voy a pasar a contaros como transcurren mis días, mi sueño siempre fue llegar a donde estoy ahora. Recuerdo que hace muchos años me encontraba en un pequeño laboratorio de un instituto y solo analizaba las raíces de las cebollas y algunos insectos pequeños. Hasta que un gran día, me trajeron a este hospital, y la verdad es que me siento muy orgulloso de lo que hago.
Actualmente me encuentro en un laboratorio del Hospital San Juan de Dios, en Barcelona. Mi función es analizar muestras de células obtenidas de enfermos de cáncer, y dependiendo de lo que se encuentre, se les puede dar cura y mejor calidad de vida a los enfermos. También analizo muestras de bacterias para detectar enfermedades infecciosas.
A veces es muy triste trabajar, porque los pacientes son niños. Y también es muy duro dar un mal diagnóstico, pero puedo decir que mi trabajo tiene una parte apasionante, porque con todos los adelantos que hay en la medicina puedo sentirme orgulloso de donde estoy.
Pero hay días en que tengo miedo de que me reemplacen, ya que me doy cuenta de que la tecnología va evolucionando, y yo me voy anticuando. La gente busca una maquinaria potente, donde puede hacerse observaciones más precisas y de mayor calidad.
Un día cualquiera estaba por mi labor, cuando escuché a los científicos hablar sobre un microscopio de luz ultravioleta, que se emplea para el análisis de ADN, drogas…
No me lo podía creer, aquel día había llegado. Me metieron en una caja totalmente empaquetada con miles de capas de celo. Además, me encontraba acorralado de porexpan.
Me parecieron horas, el trayecto no se acababa jamás. No podía dejar de pensar a donde me llevaran.
Al cabo de unas horas, note un movimiento brusco en la caja donde me encontraba. Me dejaron de manera cuidadosa en una superficie plana, al menos eso era lo que se notaba desde el interior, aunque no estaba seguro, con las millones de bolitas de porexpan, no era fácil de verificar.
Pasaron unos minutos hasta que escuché como el celo que rodeaba mi caja se iba despegando. Al volver a ver la luz del día, supe que me encontraba en una universidad, o algo parecido, había los mismos tipos de pupitres en diferentes alturas, las batas de laboratorio sucias…. No me podía creer, que haya vuelto al principio de mi historia, este sería mi destino, estaba destinado a observar las células de las cebollas. No me lo merecía, había trabajado mucho y ahora me lo recompensan dejándome en la casilla de salida.
De repente oí como alguien se me acercaba. Era un chico de unos diecinueve años, alto, con el pelo castaño y los ojos marrones. Me cogió con mucha suavidad y me dejó encima de una de las alargadas mesas del centro; se me quedó mirando durante unos segundos, me sentía incómodo, me miraba como si fuera algo extraño, como si nunca hubiera visto un microscopio. El chico salió corriendo al oír un ruido. Me quedé solo en medio del silencio.
De repente y sin previo aviso, un montón de chicos y chicas entraron en la habitación, todos con sus batas puestas. Se sentaron en los pupitres en silencio. Después de la manada de estudiantes, apareció una señora mayor con cara de pocos amigos que comenzó a explicar la tarea a los alumnos.
Me presentó delante de la clase como el nuevo miembro del laboratorio. Al acabar la explicación, de lo poco que me enteré es que hoy tratarían el sistema locomotor, concretamente el sistema muscular; supuse que observarían unas células musculares, y así fue.
Poco a poco me fui adaptando a esa manera de trabajar, no era igual de lujosa como antes, descubriendo curas contra enfermedades, ayudando a los demás…
Pero tampoco se está tan mal, también estoy ayudando a gente, que está enamorada de la ciencia, igual que yo.