Entretenimiento de uno, felicidad de muchos.

Kevin, un niño de ocho años vive con su padre y su madrastra ya que sus padres se separaron hace más o menos cuatro años.
Kevin desde pequeño, aprendió a ser independiente, es decir, supo valerse por sí mismo porque prácticamente todo el día estaba sin sus padres. Sus días empezaban a las ocho de la mañana cuando su padre antes de irse a trabajar lo despertaba, el niño pasaba todo el día en el colegio hasta las cinco que volvía a casa, y allí se pasaba todas las tardes solo, jugando o tramando planes para entretenerse hasta la hora de cenar, que su madrastra volvía del trabajo.
Una de aquellas infinitas tardes que Kevin pasaba en casa se le ocurrió reunir todos los objetos raros que su padre guardaba en el desván. Tras finalizar la investigación en aquel enorme desván, el niño no sabía qué hacer con todas esas cosas por lo tanto, se sentó en el sofá a pensar, y al cabo de unos diez minutos una idea le vino a la cabeza, y él, con su aún inocente mente decidió que iba a inventar una máquina del tiempo. Se puso manos a la obra, mezcló cables y más cables que su padre había guardado del anterior oficio y finalmente el niño pensó que lo tenía todo listo. Definitivamente dio por terminada su invención y media hora antes de que su madrastra viniera, decidido a que ese artilugio tecnológico iba a funcionar se dispuso a conectarlo a la electricidad. Kevin con la máquina conectada observó que esa no era la invención que él había ideado sino otra que hacía que los cuerpos flotasen, es decir, eliminaba la gravedad en los espacios cerrados.
Cuando la madrastra de Kevin llegó a casa el niño quiso explicarle lo que había inventado pero ella no mostró mucho interés por lo que le contaba. En cambio, el padre se ilusionó tanto que quiso probar aquel invento del que le había hablado tanto su hijo. Definitivamente alucinó, y como no quiso esconder aquel maravilloso invento del que estaba orgulloso porque lo había inventado su hijo fue corriendo la voz.
Eran muchos los que visitaban la casa de Kevin debido a su nueva habilidad en su mayoría se encontraban personas invalidas, gente que se habían quedado en una silla de ruedas el resto de su vida. Ya no iban a poder sentir lo que era estar de pie, pero por lo contrario, en aquella habitación donde se encontraba la máquina todo el mundo, tanto inválidos como los que se encontraban en perfectas condiciones, estaban en situación de igualdad. Por lo que ese elemento hizo felices a miles y miles de personas con esa discapacidad.
Kevin aunque fuera muy conocido en todo el país seguía su vida normal, iba al colegio y cada día como siempre no veía a sus padres hasta la hora de cenar pero no se quedaba solo ya que gracias a su propia invención tenía decenas de visitas cada tarde.
Una tarde sin que el pequeño se esperase nada, llegaron un grupo de jóvenes estudiantes de la escuela de ciencias más importante del mundo, al ver aquella máquina se quedaron alucinando y decidieron que el niño podía llegar más lejos en la ciencia. Por lo tanto, le propusieron que formara parte del equipo de investigación científico, a Kevin le hacía muchísima ilusión ya que le encantaba y sus padres por la felicidad de él aceptaron la propuesta.
Por ello nunca tenemos que dejar de hacer lo que realmente nos gusta, por mucho que te digan que eres pequeño y no puedes hacer grandes cosas tienes que luchar por tu sitio, y el del pequeño Kevin era la ciencia.