La extraña y yo

La extraña y yo
En 1954 en una pequeña ciudad de Kansas, había una mujer de la que todo el mundo hablaba, decían que era extraña, que pocas veces salía de casa, seguramente estaba en el sótano, o eso decían, solo salía de casa para ir a una herboristería de plantas aromáticas y raras pócimas.
Una vez un niño la había visto en un pantano mientras cogía ranas. Le llamaban la mujer del silencio, pero en realidad se llamaba María Antonieta de la Rosa Giménez Villar, y como el nombre era muy largo, prefirieron apodarla María Rosa Giménez. En los tiempos en que frecuentaba la escuela siempre estaba sola, metida en el laboratorio del señor Adolfo. Nadie sabía qué hacía.
Bueno el caso es que, varios años después, descubrieron que en su sótano hacía experimentos, con pócimas raras y esas hierbas aromáticas. Un día el mismo niño que la había visto coger ranas, la siguió hasta su casa sin que ella se enterase. Entró por una ventana que conducía al sótano; ahí se encontró a la mujer, haciendo unas mezclas de pócimas muy extrañas, con trozos de ranas que encontraba en el pantano.
Por suerte, él pudo marcharse antes de que ella lo viera. Al día siguiente, la observó en la herboristería y fue a su casa. Entró, bajó las escaleras que llevan al sótano y contempló todo lo que había allí; enseguida comprendió que es mujer no cogía solo ranas, también ratas, arañas, saltamontes, insectos…
El chico no se enteró de que María Rosa ya había llegado y ella situándose detrás de él, le susurró suavemente:
-Hola chico, ¿qué haces aquí, te gusta?
El chico se asustó y giró inmediatamente, para pedirle disculpas por entrar en su casa, y ella le respondió que no estaba enfadada, aunque no hacía falta entrar sin permiso ya que podía ir libremente si, verdaderamente, le gustaba la ciencia. Él no sabía exactamente lo que era la ciencia, pero ella le explicó todo al detalle y cómo estaba investigando sin descanso para llegar a sintetizar compuestos orgánicos con impurezas de cromo, hasta alcanzar la fórmula perfecta. Después de unos meses consiguió al fin su objetivo científico y lo publicaron en todo el mundo.
-Muy bien Alejandra –me dijo el profesor, -has hecho un buen relato.
-Gracias profesor- le dije entusiasmada.
Al llegar a casa le conté a mis padres el relato que había escrito y cuánto le había gustado la historia sobre María Antonieta de la Rosa Giménez Villar a mi profesor de física y química.