El mejor regalo

Recuerdo aquel día como si fuera ayer, era un día soleado de abril. Fui a clase, como cualquier otro miércoles. El día de antes mi hermano Jorge y yo habíamos estado enredando, resulta que él no iba a ir a clase, tenía revisión médica. Esto se debía a que hacía ya algunas semanas, mi hermano se llevaba encontrando no muy bien. En el entrenamiento no rendía igual, se cansaba antes. Y los últimos días le había salido un hematoma de muy mal aspecto en el brazo.
Acabaron las clases aquel día, y mi padre, como de costumbre, vino a recogerme. Para mi sorpresa algo malo había pasado. Lo note en su cara en cuanto lo vi. Era mi hermano. Aquel día a mi hermano le habían hecho un análisis de sangre y algo no marchaba bien. El doctor insistió en que no era concluyente, que había que realizar algún estudio más. Esa noticia cambió la vida de mi familia y la mía como nadie esperaba. Aquel día la cena fue más incómoda de lo normal. Silencio. El silencio lo decía todo, aquella sensación de preocupación, de miedo, de saber que algo escapaba a nuestro alcance y que podía repercutir en mi hermano.
Esa noche pude oír a mi madre llorando. Al día siguiente me dirigí al colegio, con una sensación de incertidumbre, mi hermano se disponía a ir de nuevo al médico, iban a realizarle una biopsia. Aquella era la prueba a la que el doctor se refería como concluyente. Pasé aquel día en la escuela como un mal sueño que nunca acababa, solo quería oír aquellas palabras que me rondaban la cabeza: está bien. Mi padre vino a recogerme, al entrar en el coche me cogió la mano, me miró fijamente y me dijo: -Haremos esto juntos, tu hermano nos necesita-. Una lágrima efímera recorría su rostro. Ahí lo entendí, mi hermano merecía mi apoyo y yo iba a hacer todo lo posible por ayudarle. Cuando llegamos a casa, una desesperanzada reunión familiar en la que mi hermano no estaba presente me hizo enterarme de lo que pasaba realmente.
Mi hermano tenía leucemia aguda. No pude contener las lágrimas y fui corriendo a la habitación de mi hermano, allí estaba mirando por la ventana. Dejé a un lado mi orgullo y corriendo me acerque a él, le di un beso en la mejilla y le susurré al oído: -Te quiero-. Fue en ese momento cuando me dí cuenta de que él también estaba llorando. Un gran abrazo entre los dos es lo último que recuerdo de aquel día.
Las próximas tres semanas fueron más duras, le empezaron a administrar quimioterapia, para intentar frenar el avance de la enfermedad. Poco a poco íbamos dándonos cuenta de la gravedad de la situación, a mi hermano se le empezaba a caer el pelo. Después de algunos días yendo al hospital y volviendo Jorge lo había perdido completamente. Uno de los siguientes días, para sorpresa de mi hermano, decidí apoyar a mi hermano peculiarmente, y opté por raparme al cero. Cuando Jorge me vio, recuerdo que afloró en su cara la primera sonrisa sincera en mucho tiempo, las lágrimas de mis padres, mi hermano y mías sellaron en aquel momento un pacto de fuerza y amor. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. El mes siguiente mi hermano lo iba a pasar en una cámara de aislamiento, donde estaría a salvo de las posibles infecciones que lo pudieran amenazar. Ya que iba a empezar con una quimioterapia más persistente. Según como lo entendí en aquel momento, el plan trataba de dejar a mi hermano sin defensas, ya que la quimioterapia acabaría con las células malignas, pero también con las que le protegían. Una autotransfusión de sangre era la primera opción, pero no dio resultado. Aquello nos dejó conmocionados, pero había más opciones. Yo veía a mi hermano mayor, el fuerte, cansado, triste, pero las largas tardes en el hospital hablando a través de aquel cristal me hicieron darme cuenta de que era mucho más que eso. Entonces surgió la luz. Una serie de pruebas de compatibilidad a los familiares desveló que había alguien que podía ayudarle a salir de la enfermedad. Aquel era yo. Pasé alrededor de tres horas conectado a una máquina que me extraía sangre, y finalmente, de allí surgió el milagro que curaría a mi hermano y acabaría con aquella pesadilla. Separando las células madre del resto de componentes sanguíneos. Recuerdo las siguientes palabras de mi hermano: -Te debo mi vida-.
Han pasado diez años desde aquel instante, pienso en todo ello como un mal trago que quedó en eso. Me acuerdo de todo esto porque hoy, un miércoles soleado de abril, un chico de 16 años ha sido ingresado en la planta de hematología donde trabajo.