La Luna y la Tierra

Mi hermana y yo éramos inseparables. Jugábamos juntas a los muñecos, mirábamos vídeos en internet, nos explicábamos todo… Éramos una familia feliz. Pero un día mi madre se fue. Se fue al otro lado y nos dejó. Dejó a mi padre, dejó a mi hermana y me dejó a mí también, pero a cargo de la casa. Tenía que lavar los platos, limpiar, poner a lavar la ropa, de todo. Mi padre me ayudaba mucho. Junto con los estudios, que cada vez se ponían más difíciles, ya no tenía tiempo de jugar con mi hermana. No hacía nada en la casa y yo me enfadaba con ella. La trataba como si fuera mi hija y a ella no le gustaba. Nos empezamos a separar, a desunirnos. Ella con su móvil y yo centrada en mis estudios y en ayudar en la casa. Poco a poco Liz, que es como se llamaba, se fue juntando con chicos de otros colegios y, a la vez, la edad del pavo la atrapó. Empezó a pensar que era más importante tener amigos que tener familia, empezó a mentirnos sobre con quién salía y adónde iba. Nosotras apenas hablábamos. Cada noche me preguntaba “¿Dónde está mi hermana?” Era obvio que estaba a la habitación del lado, pero esa niña de allí no era Liz, no era mi hermana. Cada día menos nos hablábamos, pasó de explicarme todo a decirme: “Idiota” o un mediocre “Cállate” al día. Éramos la Luna y la Tierra, cada día nos alejábamos un poquito, 3’8 centímetros. Por mucho que fuera poquito, algo era. Tenía miedo a que el día llegase, el día que el hilo se rompiera, pero sabía que llegaría. Ya no se podía tirar atrás, la gravedad mandaba. Era imposible ganar y superar a la gravedad. En este caso la gravedad eran los hechos, los daños, las acciones, la sociedad. Se iban acumulando y cada día nos separábamos. “El día que nos separemos será una catástrofe, seguro.” Pensaba una y otra vez. Yo intentaba unirme a ella, a volver a ser todo como antes. Le intentaba hablar pero nunca me escuchaba. Le intentaba hacer reír, pero nunca sonreía. Intentaba que me mirase, pero nunca me veía. Era como si no existiéramos, ni mi padre ni yo. Al final dejé de intentarlo, sabía que no podía hacer nada, ella era así. Lo que no sabía era porque y eso me mataba. ¿Era por mí, por ser mala hermana?; ¿Era por la muerte de mi madre?; ¿Era por mi padre, por no dejarle quedar, de vez en cuando? Ni idea, nunca lo supe y nunca lo he sabido. Recuerdo el día en que mi padre me preguntó si hacía algo malo como padre. Fue el día más triste de mí vida, que mi hermana hiciera dudar a mi padre de su propia persona me rompió el corazón. Le contesté: “Papá, eres el mejor amigo, la mejor persona y el mejor padre del mundo. Ni se te pase por la cabeza que tienes la culpa de que Liz sea así.” Intenté decirle a mi hermana pero pasaba de mí totalmente, me ponía de los nervios y le gritaba. Lo que no podía aguantar es que a pesar de gritarle y de llorar delante de sus narices hacía como si nada, continuaba con el móvil. Nos seguíamos separando, cada día un poquito, pero claro, multiplica un poquito por trescientos sesenta y cinco que son los días del año. Al final, el hilo se rompió. La gravedad pudo con todo, nos pudo separar. Separó a la Luna y a la Tierra. Los días eran más largos, yo lloraba cada día más y me hundía frecuentemente. Me di cuenta de que mi hermana, mi Luna, mi Liz, era fundamental para mantenerme en vida a mí, a la Tierra, a Teresa. Así que un día la cogí de la cara, la miré fijamente a los ojos, aunque ella se me estaba resistiendo, me estaba gritando y me estaba insultando, me decía: “¡Suéltame! ¿¡Qué haces, tía?!” “Escúchame, por favor aunque sea una sola vez, por favor, Liz. Te lo ruego.” Vi que se preocupó por un instante, lo vi en sus ojos. Se dio cuenta de que en mi voz había algo importante, así que por una vez en mucho tiempo me escuchó. “Vuelve a mí. Vuelve a ser mi Luna. Volvamos a estar unidas. No puedo vivir sin ti, sin estar a tu lado.” Nos miramos y por una vez en cuatro años nos volvimos a abrazar.