LO QUE NO SABE EL MUNDO

Nos íbamos acercando cada vez más, hoy era el día de la inauguración de la primera estación aérea de la tierra, aquellas descomunales y gigantescas columnas nos hacían ver diminutos, estábamos entrando al avión y la azafata nos pidió los billetes y el pasaporte, se lo dimos y nos dejaron pasar, teníamos la fila numero treinta y dos, dos asientos consecutivos para mi amigo y yo, nos conocimos en la universidad, por casualidades de la vida coincidíamos en la clase de geología y nos hicieron hacer trabajos en pareja, a partir de ahí nos fuimos haciendo más y más amigos hasta ahora. Hace unos días vimos un artículo en el periódico que hablaba sobre la estación aérea, es una pequeña ciudad que han construido a treinta y dos mil pies sobre la superficie de la tierra y su función es subir hasta allí en avión y esperar a que la tierra gire para bajar en el sitio que desees, de esta forma no se gasta tanto combustible y no hay tanta contaminación, aunque tardes más, ahí arriba hay muchas cosas para hacer según lo que he leído, lo hablemos y decidimos ir a la inauguración, con lo que me han costado los billetes espero que valga la pena. Faltan cinco minutos para llegar y tengo que admitir que estoy un poco nerviosa, nos avisan de que nos abrochemos los cinturones porque estamos a punto de aterrizar, notamos una pequeña turbulencia y el avión empieza a correr por pista, cuando llegó nos dimos prisa en coger nuestro equipaje y salimos al exterior, era impresionante, habían construido una ciudad flotante de la nada y lo mejor es que desde la tierra no se ve, tenía edificios altísimos, muchas zonas ajardinadas y todo parecía un planeta distinto, habían logrado crear un ecosistema totalmente ajeno a las influencias de nuestro planeta. Nos hicieron un tour por la plataforma con un guía turístico muy agradable, luego fuimos a un café a descansar un poco del viaje, el guía nos acompañó hasta nuestro hotel, hacíamos una noche allí, ya que nuestro destino estaba bastante lejos, al día siguiente desayunemos, recogimos nuestro equipaje y nos dimos un último paseo, habíamos pasado muy buenos ratos juntos, él y yo contemplábamos las vistas de la tierra y la luna, había silencio, pero no era un silencio incomodo, era un silencio agradable, no hacia falta decir ni una sola palabra, se acercó a mí, poco a poco fue acercando sus labios a los míos y nos besamos, fue un beso cálido, bonito y en ese momento supe que le quería de verdad, me cogió de la mano y me susurro al oído un dulce te amo.