Vacuna contra el Camelion

Nunca creí que iba a ser yo la que descubriera el gran poder del kirlo, esa misteriosa hoja verde. Aquel fue un año muy especial para mí.

Una mañana del mes de febrero, acudí al hospital con un fuerte dolor de pierna. Nada más entrar, noté que estaba pasando algo raro, los médicos corrían por los pasillos, todo estaba lleno de gente y nadie parecía estar en su sitio.


Cuando me llamaron para visitarme, una enfermera muy agradable entró de repente en la consulta pidiendo ayuda. El médico salió y le oí gritar en la habitación de al lado. Decía: - -“no puede ser ,“CAMELIÓN”, no es posible”.

Me pregunté qué podía ser eso. Cuando salí de la consulta, todo era muy extraño, los enfermeros lloraban, los médicos bajaban la cabeza. Aquella noche no pude dormir, en mi cabeza sólo oía la palabra Camelión. Me levanté, navegué en Internet y no encontré nada al respecto. A la mañana siguiente, ideé un plan para descubrir este misterioso asunto del hospital. No paraba de darle vueltas en mi cabeza.

Me disfracé de médico, y yo, aprovechando el desorden del hospital conseguí colarme. Nada más llegar a una pequeña sala, más de diez médicos y otras tantas enfermeras salían corriendo- Me pidieron ayuda, subimos a una ambulancia y, entre todos ellos, empecé a sentir mucho miedo. Hablaban de la gravedad de la enfermedad, si no se descubría una vacuna. Viajamos durante treinta minutos. Yo intentaba pasar desapercibida, cerraba los ojos como si estuviera dormida. No sabía lo que iba a pasar, estaba asustada y, a la vez, intrigada.

Cuando bajamos de la ambulancia, en un enorme bosque, vi arrastrarse a montones de enfermos, gritando de dolor, con la piel que se les caía a pedazos.¡ Tardaré muchos años en olvidar esta imagen!

Los médicos sacaron un maletín que contenía una vacuna nueva contra la enfermedad. Cada enfermo bebía una dosis de la vacuna. Pasados algunos momentos, los médicos empezaron a gritar. -”No hace efecto”, -”la vacuna no cura sus heridas y su piel se sigue cayendo”.

Me aparté para ocultar mis lágrimas. Me acerqué a un arbusto y vi a un niño pequeño llorando. Tragué saliva y arranqué una hoja de aquel misterioso arbusto. Intenté calmar al niño que tenía toda la piel rasgada y sucia de barro. Con la hoja arrancada del arbusto froté sus brazos y me quede sorprendida al ver que tenía la piel mucho mejor.

Sin que nadie notará lo que había pasado, metí trozos pequeños de la hoja dentro de la vacuna traída por los médicos, en los maletines.

Tenía miedo de ser descubierta, pero de pronto los médicos comenzaron a gritar : -”se recuperán, parece que la vacuna tiene solución”



Mientras, en el hospital aumentaba cada día más el número de enfermos. Los médicos y enfermeras empezaban a contagiarse.

Me sentía incómoda, no podía seguir ocultando más la verdadera razón de la cura. Se acercaba el momento de contar la verdad. Cuando iba a hablar con el jefe de los médicos, me enteré de que había muerto justo unos días antes.

Me reuní con uno de los médicos que habían viajado conmigo en la ambulancia. Le expliqué lo sucedido con las misteriosas hojas del arbusto. No se lo podía creer, me acusó de mentirosa, me insultó y me hizo abandonar el hospital.

Sentí que se me acababa el tiempo. Llamé a mi amiga y le pedí que me ayudara a buscar el bosque donde había encontrado las hojas. Recordaba haber pasado por el zoo, luego un puente estrecho en dirección a Burgos. Una vez allí, nos perdimos y no sabíamos volver al hospital.

Continuamos dando vueltas y, al final, di con el misterioso bosque. Estaba agotada, mareada y sin fuerzas. Sentí que me había contagiado.

Como pudimos, mi amiga y yo recogimos montones de hojas. Sentí que me desmayaba. Mi amiga llamó por teléfono rápidamente al hospital.

Cuando me desperté, estaba rodeada de muchos médicos y enfermeras. Me agradecieron lo que había hecho. Gracias a esas diminutas hojas mezcladas con su vacuna, habían conseguido curar a cientos de personas en ese último mes.




Nunca creí que iba a ser yo la que descubriera el gran poder del kirlo, esa misteriosa hoja verde. Aquel fue un año muy especial para mí.

Una mañana del mes de febrero, acudí al hospital con un fuerte dolor de pierna. Nada más entrar, noté que estaba pasando algo raro, los médicos corrían por los pasillos, todo estaba lleno de gente y nadie parecía estar en su sitio.


Cuando me llamaron para visitarme, una enfermera muy agradable entró de repente en la consulta pidiendo ayuda. El médico salió y le oí gritar en la habitación de al lado. Decía: - -“no puede ser ,“CAMELIÓN”, no es posible”.

Me pregunté qué podía ser eso. Cuando salí de la consulta, todo era muy extraño, los enfermeros lloraban, los médicos bajaban la cabeza. Aquella noche no pude dormir, en mi cabeza sólo oía la palabra Camelión. Me levanté, navegué en Internet y no encontré nada al respecto. A la mañana siguiente, ideé un plan para descubrir este misterioso asunto del hospital. No paraba de darle vueltas en mi cabeza.

Me disfracé de médico, y yo, aprovechando el desorden del hospital conseguí colarme. Nada más llegar a una pequeña sala, más de diez médicos y otras tantas enfermeras salían corriendo- Me pidieron ayuda, subimos a una ambulancia y, entre todos ellos, empecé a sentir mucho miedo. Hablaban de la gravedad de la enfermedad, si no se descubría una vacuna. Viajamos durante treinta minutos. Yo intentaba pasar desapercibida, cerraba los ojos como si estuviera dormida. No sabía lo que iba a pasar, estaba asustada y, a la vez, intrigada.

Cuando bajamos de la ambulancia, en un enorme bosque, vi arrastrarse a montones de enfermos, gritando de dolor, con la piel que se les caía a pedazos.¡ Tardaré muchos años en olvidar esta imagen!

Los médicos sacaron un maletín que contenía una vacuna nueva contra la enfermedad. Cada enfermo bebía una dosis de la vacuna. Pasados algunos momentos, los médicos empezaron a gritar. -”No hace efecto”, -”la vacuna no cura sus heridas y su piel se sigue cayendo”.

Me aparté para ocultar mis lágrimas. Me acerqué a un arbusto y vi a un niño pequeño llorando. Tragué saliva y arranqué una hoja de aquel misterioso arbusto. Intenté calmar al niño que tenía toda la piel rasgada y sucia de barro. Con la hoja arrancada del arbusto froté sus brazos y me quede sorprendida al ver que tenía la piel mucho mejor.

Sin que nadie notará lo que había pasado, metí trozos pequeños de la hoja dentro de la vacuna traída por los médicos, en los maletines.

Tenía miedo de ser descubierta, pero de pronto los médicos comenzaron a gritar : -”se recuperán, parece que la vacuna tiene solución”



Mientras, en el hospital aumentaba cada día más el número de enfermos. Los médicos y enfermeras empezaban a contagiarse.

Me sentía incómoda, no podía seguir ocultando más la verdadera razón de la cura. Se acercaba el momento de contar la verdad. Cuando iba a hablar con el jefe de los médicos, me enteré de que había muerto justo unos días antes.

Me reuní con uno de los médicos que habían viajado conmigo en la ambulancia. Le expliqué lo sucedido con las misteriosas hojas del arbusto. No se lo podía creer, me acusó de mentirosa, me insultó y me hizo abandonar el hospital.

Sentí que se me acababa el tiempo. Llamé a mi amiga y le pedí que me ayudara a buscar el bosque donde había encontrado las hojas. Recordaba haber pasado por el zoo, luego un puente estrecho en dirección a Burgos. Una vez allí, nos perdimos y no sabíamos volver al hospital.

Continuamos dando vueltas y, al final, di con el misterioso bosque. Estaba agotada, mareada y sin fuerzas. Sentí que me había contagiado.

Como pudimos, mi amiga y yo recogimos montones de hojas. Sentí que me desmayaba. Mi amiga llamó por teléfono rápidamente al hospital.

Cuando me desperté, estaba rodeada de muchos médicos y enfermeras. Me agradecieron lo que había hecho. Gracias a esas diminutas hojas mezcladas con su vacuna, habían conseguido curar a cientos de personas en ese último mes.