Apolo XI

– ¡Mamá, mamá!, ¡ya empieza! – dijo Eric sentado sobre la alfombra del salón en frente del televisor.
Su hermana pequeña, Karen, está sentada junto a él. Janet deja inmediatamente lo que está haciendo para acudir a la sala de estar. El 16 de julio se iba a convertir en uno de los días más importantes para la historia de la Humanidad y la Tecnología.
Suena la alarma. El reloj marca las 05:00h am, pero mi mirada lleva perdida un buen rato por el techo de la habitación. Me cambio y oigo por megafonía el aviso para que todo el equipo se reúna. Los médicos deciden hacernos el último chequeo para comprobar, una vez más, que el examen físico realizado hace dos semanas es perfecto.
Tras un gran desayuno los tres nos dirigimos a ponernos los monos. Después de tanto tiempo parece que mi cuerpo está más cómodo con estos siete kilos de más. Mientras nos ponemos el Bonny, observo a mis dos colegas, Collins y Aldrin. La imagen de sus rostros la primera vez que los vi viene a mi memoria. Collins era un esbelto joven italiano, que registró más de 4.200 horas de vuelo como piloto militar; humilde y tranquilo, que te contaba todas y cada una de las formas en que su madre hacía la pasta, siempre con una sonrisa en la boca. Por otro lado, Aldrin era todo lo contrario: un muchacho de cabeza redonda y pelo corto, que hacía que sus orejas pareciesen más grandes, de temperamento fuerte pero con una mirada sincera y amistosa. Son las personas con las que más tiempo he entrenado y me he preparado y, de verdad, me alegro de que haya sido así.
Nos conducen a la plataforma de lanzamiento, a 75 metros del suelo. Pienso en el día que pisé estos pasillos por primera vez, hace siete años ya, cuando me convertí en el primer civil astronauta. Como comandante de la misión entro primero en la cápsula. Miro la cara de mis compañeros y parecen más emocionados que mi hijo en la primera visita al zoo. Por fin ha llegado, ¡hoy es el día!
Son las 06:50 am. No estoy nervioso, el ensayo general de hace dos semanas fue todo un éxito y hemos entrenado durante meses de 12 a 14 horas diarias. Nos sentamos cada uno en nuestro sitio y el Centro Espacial de Houston contacta con nosotros. Durante la cuenta atrás pienso en mi familia, Eric, Janet y Karen, en lo orgullosos que tienen que estar y en lo agradecido que estoy por tenerlos.
El cohete Saturno 5 despega con un ensordecedor sonido y una gigantesca llama roja. Gracias a nuestros cinco motores conseguimos la velocidad necesaria para vencer la fuerza de gravedad. Alcanzamos los 160 metros de altura, colocándonos en la órbita del planeta. Las tres etapas del cohete se desprenden a medida que cada una agota su combustible de oxígeno e hidrógeno líquidos. A 185 kilómetros sobre la superficie terrestre la cosmonave madre alcanza una velocidad de 27.300 kilómetros por hora. Miro la cara de mis compañeros y me transmiten seguridad y confianza.
La Apolo 11 hace funcionar el cohete de la tercera etapa. En ese instante aumenta la velocidad, a casi el doble de la que llevábamos, para iniciar el viaje de 400.000 kilómetros a la Luna. El objetivo es salir de la gravedad terrestre.
Aprovechamos para descansar y comer algo. Más de 20 horas después del despegue ya hemos recorrido 700.000 kilómetros.
El viaje continúa sin ningún problema y el 19 de julio comunicamos a Houston que estamos entrando en la fuerza gravitacional de la Luna, cobrando aún mayor velocidad. Nos encontramos a 15.000 kilómetros del objetivo y decidimos descansar.
Nos despertamos y ya es 20 de julio. Estamos sobrevolando la parte no visible de la Luna, es momento de iniciar el descenso. Miro a Aldrin que ya está pasando por la compuerta que comunica la cápsula del “Columbia” con el módulo de alunizaje “Águila”. Hago funcionar las baterías solares, me pongo el traje espacial y me reúno con él. Collins cierra la compuerta y permanece pilotando el módulo de control “Columbia”, esperando la separación de la cápsula y apoyando las maniobras del módulo lunar.
Ha llegado el momento de la verdad, el motivo de este viaje y por el que nos hemos preparado tanto. Millones de personas están pendientes de nosotros. Aterrizamos en el Mar de la Tranquilidad. Tiene gracia porque, aunque intento parecer tranquilo, noto la adrenalina aumentando dentro de mí.
– A por ello, Armstrong – dice Aldrin.
Le respondo con un cálido abrazo, bajo los nueve peldaños de la escalerilla y pongo el pie izquierdo sobre la superficie de la Luna.
– Éste es un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad – digo.