Un loco muy loco

Todo estaba destrozado. Un Caos. Muchas muertes. La mayoría convertidos en cenizas en Nagasaki. Los americanos exterminaron ciudades enteras, hombres inocentes e inofensivos sin culpa alguna en la guerra. Todo les valía a esos americanos con tal de ganar una guerra y creerse los más poderosos del mundo. ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto?

A lo que iba, quizá no crean lo que les voy a contar, pero juro que es cierto.

Iba caminando un día tranquilamente por las calles de Niigata cuando, junto a un hotel local donde exponían sus proyectos una comunidad de científicos (aunque yo no soliese pasar cerca. No me interesaban demasiado las ciencias). Vi algo en el suelo, una máquina rara. Como yo soy muy curioso y aquello lo desconocía, decidí pulsar el único botón que tenía. Cerré los ojos, y lo siguiente que recuerdo es verme envuelto en un mundo nuevo. No sé dónde viajé, no sé qué ocurrió, pero todo me pareció muy raro. Era diferente a cualquier lugar de la Tierra del que tenía constancia. Había figuras muy raras por todas partes, todas parecidas. Era cómo una pequeña partícula con otras más pequeñas separadas en lo que parecían orbitales. Finalmente descubrí lo que había pasado. Me había reducido a una altura microscópica. Era algo más grande que un átomo, pero lo suficientemente pequeño cómo para apreciarlos y tocarlos.

Paseé tranquilamente por todos aquellos lugares maravillosos. Era un mundo increíble, y pude disfrutar de todo lo que se ve bajo el microscopio, incluso de lo que ni el microscopio puede ver. Decidí relajarme y disfrutar del paisaje. Entonces, pasó por allí un ser enorme, algo terrorífico. Más grande que una ballena, pero no era el único, había más al fondo. Aquello eran bacterias, pero descubrí que eran de las buenas, así que subía a una para que me transportara a más velocidad por aquel mundo microscópico. Era algo fascinante todo aquello.

Por el viaje vi muchos seres también grandes, cómo jirafas, pero mucho más pequeños que la bacteria sobre la que montaba. Había muchos, de formas y tamaños diferentes. Estaban inmóviles, cómo si no tuviesen vida. Por descarte y por sus características, descubrí lo que eran. Virus. Unos pequeños seres unicelulares que siempre hacen enfermar a los seres humanos y han causado millones de muertes a todos los mamíferos durante la historia. Es por ello que intenté matarlo. Observándolos atentamente descubrí algo. Todos ellos, sin excepción alguna, tenían algo sobre la cápside, una proteína. La golpeé para ver de qué estaba formada, pero era muy sensible, así que se destruyó y el virus desapareció. Des de ese momento, siempre que veía un virus le golpeaba la proteína para eliminarlo. Funcionó. Había descubierto una forma de acabar con cualquier enfermedad vírica. Si consigo crear algo que las encuentre y las destruya…

Seguía caminando observándolo todo y emocionándome cuando, de pronto, se escuchó un fuerte estruendo, y lo que parecieron gritos humanos a lo lejos. Parecía que cayesen los edificios y llegó una oleada de lo que parecían trozos de átomos chocando con otros. ¡Se autodestruían! ¿Pero no se suponía que era imposible destruir un átomo? La oleada se acercaba a mí. Algo atravesó uno que tenía justo delante, y un pedazo de átomo se dirigía a mí a gran velocidad.


Abrí los ojos. Las pestañas se me despegaban lentamente. Me levanté. Todo había sido un sueño. Era un nuevo día, el 28 de julio del 1945.

En un principio seguí con vida sin dar excesiva importancia a aquello, hasta una semana después. Recientemente empezado agosto me entero de que habían lanzado una bomba atómica en Hiroshima, y tres días después en Nagasaki, pero eso no era lo peor. La última no se dirigía realmente a Nagasaki, sino que su destino era Niigata, mi ciudad, aquel podría haber sido mi último día de vida. No sé si sentirme afortunado por no morir, o desafortunado por vivir en esta gran guerra y ver como tantos vecinos de mi país mueren a manos de esos americanos.

Meses después, aprendí cómo funcionaban las bombas nucleares. Justo como soñé. No sé por qué, pero me puse a investigar. Instintivamente pensé que el remedio a cualquier virus podría ser también real. Redacté la hipótesis, como dice el método científico, y fui a un centro de investigaciones científicas dónde me ayudaron para investigar. Tras meses de observaciones víricas a través del microscopio electrónico, vi que todos los virus tenían la misma mancha, la proteína soñada.

Tras años de dura investigación, encontré algo que podría dirigir, hacer atacar la proteína, y que hiriera al cuerpo humano. Empezaron las pruebas hasta llegar al doble ciego con humanos. Funcionó. Quise que el medicamento fuese público para que todo el mundo tuviese acceso. Había descubierto una forma de acabar con todas las enfermedades víricas.