No hay aire en el espacio.

Y el beso detuvo el tiempo, haciéndose dueño de cada segundo.
Todas aquellas cosas que le hacían sentir completamente indefensa y diminuta, como la constante expansión del universo, habían salido a la sala, que ahora vacía de aire parecía la viva imagen de la vía láctea; llena de cuerpos aislados, de emociones y constelaciones.
Se sentía como si estuviese flotando en esos segundos de incertidumbre, como si su pequeña habitación hubiese perdido el 9’8 que expresaba la gravedad aplicada encima de todos los objetos y cuerpos, aquella que le impedía elevarse hasta perderse en la mesosfera.
Ella no era nada, una partícula, una remota estrella situada a años luz de paradero desconocido. Pero en aquellos momentos se sentía un todo, aun sabiendo que no era nada, solo una acumulación de átomos y materia gris. Energía destruida y reconstruida, metamorfosis constante.
Todo le daba vueltas, órbitas constantes en su pequeño universo.
Alejada de existencia dudosa y frágil. ¿Debía haber perdido ya su fulgor?
Los años luz le impedían saberlo pero en aquel efímero instante todo parecía cobrar coherencia.
El constante caos que eran sus ideas había cesado, dando paso al cosmos más breve y fascinante que jamás pudiese haber imaginado.
Tenía miedo de abrir los ojos y que de repente todo se desestabilizara, de que aquellos espacios desconocidos de antimateria entre el uno y el otro crearan un agujero negro que los arrastrara hasta acabar con lo que en aquel momento eran.
Sentía auténtico pánico al vacío, a aquello que desconocía, a oscuridad después de aquel Big Bang que acababa de suceder.
Sus labios se separaron y le miró a los ojos.
Dos perfectos planetas del color de Neptuno con un brillo digno de alfa centauri que junto a las tonalidades de los anillos de Saturno de su piel y las constelaciones formadas por las pequeñas pecas de sus mejillas creaban el mejor de los lugares para perderse.
Las pupilas de ambos se encontraron creado una nebulosa o quizás un cúmulo estelar.
Ya ni lo sabía, era tal la galaxia que acababan de formar que hasta dudaba de no haber caído por un agujero de gusano.
Con sumo cuidado, intentando que la ingravidez no se hiciera con ella se acercó a su oído y le susurró:
-No hay aire en el espacio.