No un día culaquiera

Parecía un día más en la vida de Eva. Se había levantado a las siete como todos los días y se preparaba para ir a trabajar al laboratorio del Centro de Investigación Doctor Fleming, de Madrid.
Un pensamiento la asaltó, “Si sale bien el proyecto en el que estamos trabajando, la calidad de vida de muchos pacientes de Alzheimer y de sus familias mejorará ostensiblemente lo cual hará que esas familias serán un poco más felices”. Sonrió satisfecha pensando en todas las horas de sueño y de ocio que su trabajo le absorbía.
Cuando le encomendaron la responsabilidad de dirigir la Unidad Biofísica del Centro de Investigación, la posibilidad de poder coordinar a un equipo formado por neurólogos, ingenieros, informáticos y biólogos, le pareció un sueño hecho realidad. Aunque de momento le creaba grandes dosis de ansiedad no saber qué podían esperar de ella y de su equipo. Sin embargo, todo cambió cuando le encomendaron la labor de investigar sobre el Alzheimer, dado que el principal patrocinador del Centro de Investigación para el que ella trabajaba estaba interesado en que los esfuerzos del centro se dirigieran hacia ese campo, y en cierto modo Eva también estaba muy sensibilizada con el tema... No en vano, su abuela Carmen llevaba ocho años padeciendo la enfermedad y Eva veía cómo su abuela se iba deteriorando con el paso del tiempo.
Mientras bajaba en el ascensor para coger el metro al trabajo, pensaba en todos los escollos que habían tenido que salvar para sacar a flote su proyecto, cuyo germen surgió de un incidente que le ocurrió a su abuela Carmen. Un día salió de casa a dar un paseo, según ella, y luego no supo volver. Aquel día tuvieron mucha suerte porque un vecino que siempre la veía pasear acompañada, la vio sola y sin rumbo, y le preguntó si se había perdido. La angustia de su familia terminó cuando este vecino acompañó a Carmen a su casa.
Este incidente despertó en Eva y su familia la necesidad de tomar precauciones para que esto no volviera a ocurrir, pero también la certeza de saber que a veces es inevitable que suceda. Así surgió la idea de crear un microchip que el paciente llevaría prendido de su ropa que enviaría al cerebro impulsos eléctricos. Estos impulsos eléctricos activarían las conexiones interneuronales cuando el paciente se alejara del domicilio más allá de la distancia acordada de antemano, ya que dicho microchip iría conectado a un ordenador situado en el hogar familiar. Además, al activarse las conexiones interneuronales del paciente, se produciría una reacción inmediata en su sistema nervioso central, haciendo que este regresara a su casa por sí mismo. Por otro lado, el mismo microchip enviaría un mensaje al móvil del cuidador principal para que este se percatara de lo que estaba pasando.
Mientras se dirigía al trabajo en aquel vagón de metro rodeada de desconocidos pensaba lo mucho que aquel trabajo podría cambiar la vida de muchos de ellos. Esta reflexión la hizo sentirse afortunada de tener la profesión que había elegido y se sentía doblemente dichosa por contar en su equipo con gente tan entregada y preparada como ella para conseguir llevar a buen puerto este proyecto.
Cuando se puso la bata blanca para empezar aquel nuevo día de trabajo y miró al resto de sus compañeros, supo que aquel proyecto tenía un gran futuro y que toda la ilusión que estaban poniendo en él tendría su recompensa en el bienestar de miles de familias que sufrían y sufrirían la enfermedad de Alzheimer.
Sí, ese día la actitud de Eva cambió, y ella y sus compañeros se involucraron en lo que sería el proyecto de sus vidas.