Cada siete años

-¿Pero qué…?.- dije mientras mi vista se volvía borrosa por las lágrimas que abarcaban todo mi ojo.
-Lo que escuchaste.- dijo con tono seco y cabeza gacha, el cobarde no se atrevía ni a mirarme pero yo si a él. Me lo quede observando mientras las lágrimas corrían por mis mejillas y él, seguía sin mirarme… Si tuvo el coraje de decirme esto bueno que más que me vea a la cara ¿no?
-Mírame- le exigí.
Él siguió con la cabeza gacha.

Cuando me invito a salir no me lo creía. ¿Yo? ¿Con el capitán del equipo de lacrosse? ¿Con el tío que casi todas las niñas de la escuela sueñan y desean?
Haberse fijado en mí fue un milagro… y a la vez de las peores cosas que me pudo haber pasado.
Era primer día de bachillerato, yo elegí el área de ciencias de la salud ya que me quiero dedicar a ser oncóloga… pero bueno. Es un área en la que casi nadie se mete ya que es muy difícil, la mayoría se va a arte o algo por el estilo y no es por nada pero hay una diferencia en tener un lápiz de color en la mano que un bisturí. Cheque la lista de alumnos, éramos 10 en total. Entre, me senté y empecé a platicar con los demás.
El señor Andreu entró y nos dio la bienvenida a todos y al parecer el igual estaba satisfecho como yo… Y ahí paso. Tocó la puerta.
-En serio lo siento, no volverá a pasar, se lo juro.
-Está bien, pase pero… ¿Qué hace usted aquí?
-A lo que los demás vienen- sonrió de lado mirando a la clase, es que yo estaba alucinando.
-Si es así… tome un asiento por favor ¿señor…?
-Santiago… soy Santiago.
-Perfecto… empecemos.
Al lado mío no por favor, no quiero tener a un presumido, bueno para nada como compañero.
-¿Me puedo sentar aquí?
Aparte mi mochila y la puse a mis pies sin decirle nada. Nunca lo había visto de cerca, solo iba a los partidos porque la escuela nos obligaba a apoyarlos. Pero Dios… nunca había visto un ser tan magnifico en mi vida.
Yo que iba a saber que dejarle mi asiento iba a ser el comienzo de una gran historia.
Era muy tonto, la medicina no era lo suyo pero la verdad era tierno ver como se equivocaba, exclamaba y se reía de él mismo.
-¿Te puedo hacer una pregunta?-dije con timidez.
-¿Qué? ¿Tu? ¿Hacerme una pregunta? No me lo creo- se rio.
Es que ya habíamos sido compañeros de mesa por un mes y nunca le había dirigido la palabra aunque él a mi si pero lo ignoraba, como hago con todo lo que me molesta.
Me le quede viendo fijo y le pregunte:
-¿Qué haces aquí? Quiero decir, casi todos tus amigos se fueron por áreas menos difíciles y la verdad es que medicina no se te da muy bien.
-Tienes unos ojos preciosos.
-No contestaste a mi pregunta.
-Perdón, es que… ¿Quién eres?
Le señale la portada de mi libro donde había una etiqueta que decía mi nombre.
-¿Por qué no te había visto antes Maya?
Baje la mirada y noté las mejillas calientes.
-Contestare a tu pregunta con una condición- se acercó a mi hasta que su cara estaba casi tocando la suya.
-¿Cuál?
-Me ayudaras a estudiar para el examen de la siguiente semana.
-Lo pensare pero contesta.
Se separó y subió la mirada hasta que nuestros ojos se encontraron.
-Mi padre tiene varios hospitales donde recibe a demasiada gente y me gustaría ayudarlo a salvar vidas ¿sabes? Sentir esa satisfacción de mejorarle la vida a una persona y…
-No me lo esperaba de ti.
-Si… no soy la que lo gente piensa, ¿quedamos hoy?

Esa misma noche se la paso diciéndome cumplidos. Al día siguiente me buscaba en la escuela y me presento en frente de sus amigos que sorprendentemente son muy simpáticos.
Una semana después fue nuestra primera cita.
En nuestra segunda cita fue nuestro primer beso.
Después de un mes conoció a mis papas y yo a los suyos.
Lo iba a ver a todos sus partidos y cada vez que notaba venia corriendo a darme un beso.
A los tres meses me entregue a él.
A los cinco y medio, empezamos a ahorrar para todas nuestras aventuras que moríamos por hacer.
A los ocho, nos volvimos la droga del otro.
Y al año, éramos completos adictos.


-¡Que me mires Santiago!
Subió la mirada con las mejillas empapadas.
-Maya…
-¡No me toques!
Más que tristeza, era rabia lo que sentía, me entregue más de un año a este niño.
-En serio lo siento…
-Que no te acerques.
La rabia y decepción se apoderaban de mi cuerpo, sentía que iba a explotar pero me calmé, respiré hondo y me dirigí a él.
-Maya, podemos hablar de esto… en serio lo siento… pero lo podemos solucionar.
- No te preocupes- dije limpiándome las lágrimas-fue mi culpa, yo malinterprete las cosas.
-¿Qué?
-Talvez lo nuestro era conocernos pero no estar juntos.
-Maya solo escúchame…
-El señor Andreu nos dijo que cada célula en nuestro cuerpo entero se destruye y es reemplazada cada siete años. Que reconfortante es saber que un día tendré un cuerpo el cual tú nunca tocaste.

Entonces me alejé y él no me siguió, fue ahí cuando noté que había tomado la decisión correcta, la había tomado desde el principio.