Aviones de papel

Julia era su nombre. Tristeza en sus ojos y una delicadeza inimaginable en sus manos. Era de cristal, al igual que sus ojos color mar. Belleza inexplicable que el mundo no conocía por culpa de aquel maldito accidente. Era paralítica. Y con unos padres protectores. Demasiado.

Su vida era una burbuja enorme. Además residía en una casa lo suficientemente grande como para aislarse completamente cada día. ¡Y cuánto se aburría allí sola! ¡Y cuántas lágrimas cayeron los primeros años! ¡Y cuántas horas tumbada en la cama! ¡Y cuántas noches mirando al techo sin poder dormir! El brillo de sus ojos desapareció muy rápido. Antes eran terciopelo. Ahora, lija. Una mirada que te clavaba un puñal.

Desde pequeña, Julia fue una niña especial. Julia no tenía amigos. O eso les hacía creer a sus padres. Julia no estaba loca, solo era especial. Sí, eso. ESPECIAL.

Un día, sus padres salieron y dejaron a su hermano a cargo. Julia se asomó por la ventana a ver a sus padres. Su hermano le dijo que no se asomara.

Los mejores amigos de Julia (esos de su cabeza) compartían ventana con ella. Aprovecharon cuando su hermano se dio la vuelta y le gritaron a Julia que saltara a ver a sus padres. ¡Qué gran idea! ¡Qué buenos amigos tenía Julia!

Julia saltó. Y con cuatro años no conocía mundo. Tampoco lo conocería jamás. Entonces se enfadó mucho con sus amigos y no volvió a hablarles. Se quedó paralítica.


Pasaron los años y Julia seguía igual. Era gracioso. Cuando sus padres salían de casa siempre le decían. “No te muevas.” Qué padres tan geniales.

Se aburría tanto… Un día, su madre descubrió el odio de los ojos de Julia. Le dio más de mil folios y le dijo sonriendo que se desahogara. A Julia le pareció una estupidez y decidió lanzárselos a la cara. ¡Muy buena, Julia!

Observó estos volar y se paró a contemplar aquella maravilla.

A Julia se le iba a ocurrir la mejor idea de todas: aviones de papel. Iban a cambiar su vida.


Desde ese día Julia escribía palabras y frases sin sentido. Para sus padres… Para Julia, ¡claro que tenían sentido! Todos y cada uno de los aviones con aquellas palabras los lanzaba cada día por la ventana. Aquella. Abierta desde hace 13 años.

Solo Julia entendía aquel gracioso juego de acertijos. A veces llamaba a su madre y se reía de ella porque no lo entendía. Se reía muy, muy fuerte. Reía y reía con maldad.

Día tras día. Se entretenía. Cuando se acababan los papeles, se ponía extremadamente roja. La casa temblaba. Sus cuerdas vocales llegaban al máximo. Se revolvía en la cama haciendo cosas raras con las manos y los brazos. Las sábanas desaparecían. Veía sus piernas e intentaba moverlas. No podía. Así que las lesionaba con sus uñas, tan largas y afiladas como los puñales de sus ojos.

Un día su padre pasó apresurado por el umbral. Y tan rápido iba que tropezó. Julia fue a salvar lo más preciado que tenía. Los papeles, claro. Alargó la mano y una gota de sangre cayó de su dedo. Un movimiento rápido. Pareció que se rompía el cuello. Entonces fulminó con la mirada a su padre. Esta vez no eran puñales. Eran machetes.

Pero pronto se calmó. Una idea llegó a su mente: tirar el bolígrafo. ¿Dónde? A un lugar donde no lo volviera a coger nunca con sus manos. Esa tinta azul no volvería a tocar uno de sus aviones. Sabéis a lo que me refiero, ¿no?

Julia recibió un avión de papel con una respuesta a sus acertijos. Había hecho un amigo. Meses y meses de conversaciones confesándose con ese extraño “amigo”. Hasta que llegó el momento.

Era de noche y el viento soplaba excesivamente fuerte. Julia estaba triste porque se acercaba el invierno y sus padres le obligaban a cerrar la ventana. “Él” le dio la solución en uno de sus aviones. Se leía:

ANA SE VENDA SALSA. LAT LAT LAI

Julia se puso blanca. Estaba muy confusa. ¿Debía hacerlo?

Y lo último que se supo de Julia fue que su cuerpo apareció donde lo hizo la última vez que salió de casa. Tirado inerte, bajo la ventana de su cuarto con un avión agarrado fuertemente contra su pecho. En ese mensaje mortal, lo que en realidad ponía era:

LA VENTANA ES LA SALIDA. SALTA

Vaya amigo tenía Julia, ¿eh? Te preguntarás quién es.

Fue el mismo que le incitó a saltar la primera vez. En los aviones vio la manera de volver a contactar con ella. Fue aquel que siempre estaba ahí viéndolo todo. Fue quien la conocía plenamente. Fue quien lo estuvo escribiendo todo. Fue quien estaba en su mente. Fue aquel personaje imaginario. Exacto. Fui yo.