EL CEREBRO

El cerebro, que cosa tan curiosa en la que pensar. Me despierto de un sueño profundo y pienso en como puede ser que mi cerebro no se canse de trabajar. En todo momento está enviando órdenes a mi cuerpo a la vez que pienso en lo que me apetece hoy de comer. Hago el pensamiento de mover las piernas para levantarme de la cama y al segundo mi cerebro ya envía una señal diciéndoles -¡Eh vosotras, despertad! Pongo un pie en la alfombra, el otro en el suelo, a medida que mis dedos van posándose lentamente en él, noto un frío horrible y en seguida saco el pie para ponerlo en la alfombra junto al otro, son estímulos rapidísimos del cerebro, increíble. Enciendo el móvil y le doy play a mi canción favorita de las mañanas, la sintonía me entra por una oreja y me hace bailar al compás mientras que la letra me entra por la otra y me provoca escalofríos con su mensaje. Salgo de la habitación de puntillas para no despertar el cerebro dormido de mi marido y corro hacia la ducha. Me desnudo y me miro al espejo, hoy mi cerebro está mas activo que nunca y me hace pensar en lo asombroso que es nuestro cuerpo. Me paso las manos por los hombros, la cintura y aunque no me guste lo que veo por la parte subjetiva de mi pensamiento, la objetiva me dice que el cuerpo es precioso, que solo los humanos disponemos de él y que por lo tanto debemos tenerle el mayor respeto seamos como seamos. Entro en la ducha, pongo el agua hirviendo y la enciendo. Las primeras gotas salen frías y noto como se me contraen los músculos, pero el agua sigue corriendo hasta ponerse caliente. A medida que el agua fluye, mis ideas fluyen con ella, que si hoy tengo que hacer no se que, que si luego tengo que ir a no se donde… por un instante desearía dejar de pensar y centrarme en sentir el agua corriendo por mi espalda. Cuando logro dejar a mi parte imaginativa ser libre y dejarse ir, la parte lógica me interrumpe y me advierte de que si no salgo de la ducha, voy a llegar tarde. Abro las cortinas, una corriente de aire helado me recorre la nuca, provocándome un escalofrío, rápidamente me enredo con la toalla sintiendo al fin un poco de calor y me seco para vestirme. Abro la puerta del baño y me sorprende mi gata al otro lado. Pasa restregándose primero por una pierna, luego la otra y finalmente suelta un maullido, entonces pienso en que si ese sonido que para mi no es más que un ruido significará algo para ella, imagino que me dice buenos días y le devuelvo el saludo con un beso en la cabeza. Vuelvo a mi habitación y escojo el conjunto para hoy. Instintivamente escojo las prendas que más me gustan y que mejor combinan entre si. ¿Quién fue que decidió como deben conjuntar los colores? Al hacerme esa pregunta decido dejar escoger los colores a mi yo menos racional y me sale un conjunto de lo más bonito y especial. Camino al trabajo, en el tren, miro por la ventanilla y me doy cuenta de que proceso las imágenes a una velocidad espantosa, ahora un árbol, ahora un edificio rosa, uno amarillo, uno blanco, ahora empieza un rio y ahora termina. Llego al trabajo y me siento en mi misma mesa de cada día, y la veo distinta, en vez de ver un ordenador, veo una máquina muy eficaz creada por un ser humano como yo, en vez de ver un café, veo un líquido milagroso del que alguien se fijó una vez y seguramente no pensó en que llegaría a ser consumido por todo el mundo. A la hora de ponerme a escribir el artículo para la revista de este mes, me siento poderosa, poderosa por estar ordenando letras y palabras de forma que no lo había hecho nadie antes y por estar escribiendo y creando un contenido del que nunca antes alguien en su casa sentado en el sofá había leído.

Al llegar a casa reflexiono sobre mi día de hoy, he hecho exactamente lo que hice ayer o lo que hice el jueves pasado, pero hoy ha sido muy distinto, por un vez me he parado a pensar en la real importancia de la vida, y en la suerte que hemos tenido por haber estado creados con tal cerebro.