2056

Todo había quedado aniquilado. Lo peor es que sólo era el principio.
Nada hacia parecer que el aquel 12 de noviembre, que ahora veo tan lejos,fuese el inicio de todo. El despertador sonaba y un día tras otro comenzaba. Pero aquel día saldría de mi rutina matándola para siempre porque no sería un día normal, sería el principio del final.
Estabámos en matemáticas cuando las luces empezaron a apagarse y a encenderse descontroladamente. Después, las paredes y el suelo comenzaron a temblar. Todos nos mirabamos buscando respuesta a lo que estaba sucediendo. El señor Mafiu pedía calma cuando un trozo de techo se descolgó cayendo justo encima de él.
De aquel día sólo recuerdo angustia, pánico, cuerpos y escombros por todos lados.
Más tarde descubrimos que los terremotos estaban sucediendo en todo el mundo, un país tras otro sufría fuertemente las sacudidas de la tierra. Afortunados o desafortunados fuimos los que sobrevivimos al octavo terremoto, la mayor liberación de energía que ha podido ser medida el cual alcanzó una magnitud de 9,5, dejando tan sólo dos millones de supervivientes sobre la faz de la tierra. En las calles de cualquier ciudad se  amontonaban miles de cadáveres, entre ellos el de mi hermana Cloe.
Los estados se reunían para buscar alternativas, pues temían que hubiese llegado el momento en el que la humanidad se extinguiese. Durante unos meses los terremotos cesaron y el mundo entero intentaba recomponerse de aquella brutalidad por muy imposible que pareciese. Entonces fue cuando nos pilló por sorpresa la siguiente fase. Los mares se alzaron y miles de tsunamis arrasaron todas las costas del mundo. Ya sólo quedábamos alrededor de un millón de supervivientes. Los países menos desarrollados fueron desalojados y traídos a Europa. Aquí habíamos montado refugios y hospitales. Yo aún seguía  buscando a mi hermano Stevie desesperadamente, aunque con pocas esperanzas
Mi padre era médico voluntario en uno de los refugios. Ahí fue donde conocí a John. Cuando me dieron la noticia de que mi hermano había sido encontrado muerto, intentó consolarme como pudo. Me contó que perdió a su familia en los terremotos y tuvo que presenciar como morían todos sin poder hacer nada. Juntos íbamos en busca de comida todos los días, pero los recursos se acababan, los medicamentos, las inyecciones, comida, agua... Eso si fue un verdadero caos.
Geólogos, oceanógrafos, biólogos y meteorólogos se reunían para encontrar soluciones a estas catástrofes. Entonces llegó la peor de las noticias. Pronto se abriría paso la tercera fase: volcanes. Y no se equivocaron. Esto era una lucha contrareloj e íbamos perdiendo.
Todas las zonas próximas a los volcanes se desalojaron pero aún así algunos refugios fueron arrasados. John y yo seguíamos pasando el tiempo intentando evadirnos de todo esto, pero la cuarta fase no tardó en llegar. Lluvias ácidas, fuertes tormentas eléctricas, inundaciones, nevadas, temperaturas extremas y todo esto acompañado de más muertes. Incluida la de mi padre. Meses después esta fase desapareció, pero el frío parecía no querer irse.
John se limitó a abrazarme y decir que todo saldría bien. Después narró un futuro juntos. A mi me encantaba la idea de una casa en Florida y pequeños Jhonis correteando por el porche. Siguió hablando hasta que me quedé dormida sobre su pecho. Soñé con que al despertar estaba en la aburrida clase de matemáticas del señor Mafiu. En ese momento era lo que más deseaba, volver a la rutina. Ese deseo se vio roto por completo cuando los entomólogos anunciaron una plaga.
La mordedura de la mosca tse-tse transmitia un parásito mortal que atacaba a la sangre y al sistema nervioso de sus víctimas. Produciendo tripanosomiasis, con un 80% de muertes de las víctimas infectadas. Y John perteneció a ese porcentaje. Había pasado un año desde que el fin comenzó y me había arrebatado todo lo que tenía. Sólo quedábamos unos 20.000 supervivientes. Y sin dar tregua llegó la siguiente noticia: el final se acercaba a unos 70.000 kilómetros por hora. Si, el sol. Calcularon que en dos días todo quedaría reducido a cenizas. Entonces me mandaron escribir esto para después enviarlo al espacio con esperanza de que los próximos habitantes de nuestro planeta no cometiesen nuestros errores. Cuando la fase de los terremotos comenzó era el año 2056. Los niveles de contaminación eran extremadamente elevados. La capa de ozono estaba casi destruida. Teníamos que llevar mascarillas para poder respirar, los polos derretidos, el agua en niveles escasos... Y esta fue la manera en la que la tierra se tomó su venganza. Nosotros la destruimos poco a poco y ella nos destruyó de golpe. Por favor cuidadla como nosotros no hemos sabido hacer. Cuando crezcan de nuevo árboles, no los taléis, cuando el aire vuelva a estar limpio no lo contaminéis, pero sobretodo aprended a amar y cuidar algo tan valioso como la tierra. ¡Qué irresponsables hemos sido! Destruimos nuestro propio hogar. Aunque no lo parezca, la queríamos. Protegedla, porque no tendréis otro tesoro como la tierra.