Otro día más

Lo volví a sentir. Un cosquilleo dominaba mi dedo índice. Estaba a dos horas de hacer el examen para el que llevaba preparándome durante seis años de mi vida, el temido MIR.
Las últimas dos semanas me encontraba apagada y nerviosa, continuamente me venían a la cabeza preguntas como ¿Y si no entro en la especialidad que quiero? O aún peor ¿Y si suspendo? Los nervios corrían por mi sangre, algo en mi interior no iba bien.
La mañana anterior mamá me preparo su bizcocho de chocolate, dicen que el chocolate es bueno para el cerebro y además sube el ánimo, aunque yo creo que es mentira pero por lo menos así te podrás sentir bien después de un gran atracón.
Todavía quedaba un poco de bizcocho sobre la encimera de la cocina, así que lo cogí y lo guarde para poder tomármelo por el camino. Me monté en el coche y nada más salir a la calle una fila de coches pitando desesperados ocupaba toda la carretera, siempre igual, Madrid y su tráfico. Miré el reloj y me relaje, quedaba una hora para empezar a preparar documentos y hacer el examen.
Cuando por fin llegué, me encontré a Luisa, una de las chicas que me había acompañado todos estos años, y con la que había llegado a tener una relación de hermanas. Solo nos quedaba ser de la misma sangre, ambas sabíamos como estábamos en cualquier momento. Recuerdo que me preguntó si me encontraba bien, al parecer dijo que me veía bastante pálida, le respondí que había pasado mala noche porque estaba nerviosa por el examen pero que por lo demás estaba bien. Aunque no quedó muy satisfecha, asintió y entramos juntas.
Iban a empezar a entregar los exámenes y todavía Marcos no había llegado. Marcos es mi mejor amigo, lleva conmigo desde que nacimos y siempre hemos estado muy unidos. Este no tenía mucha vocación de médico pero yo quería que estudiara conmigo y digamos que conseguí convencerlo.
No se tomaba ningún examen en serio, siempre llegaba tarde, por eso no me sorprendió que también lo hiciera ahora. Probablemente estaría terminándose el cigarrillo especial de antes de los exámenes, lo llama así porque según él le da suerte y hasta ahora ha funcionado.
Sonó la puerta, todas las personas que había en la sala miraron hacia allí. Quien iba a ser, Marcos llegó muy tranquilo como si le estuviéramos esperando a él. Pidió perdón y ocupó la mesa que tenia al lado. Me miró y pude leer como sus enormes labios decían “Vas a ser la mejor cirujana” Le sonreí y miré mi examen.
Cogí mi bolígrafo azul favorito que me llevaba acompañando desde que saque mi primer diez en matemáticas en bachillerato, solo iba renovándole la tinta. Dicen que es pecado creer en amuletos de la suerte o supersticiones pero a mí me tranquiliza pensar que lo llevo conmigo. Intente quitarle el capuchón y de repente note ese cosquilleo que sentí en mi dedo por la mañana pero esta vez era en toda la muñeca. No era capaz de mover ninguna parte de mi mano. Que me pasaba, estaba claro que no era ni estrés ni nervios. Me quedé así durante dos minutos y después todo había vuelto a la normalidad. Conseguí quitarle el tapón y comencé el examen.
Después de cinco horas de examen, por fin había acabado. Marcos, Luisa y yo nos fuimos a celebrar que habíamos acabado. O a lo mejor no, pero después de tanto tempo estudiando había que celebrar un poco de relax.
Me pedí lo de siempre, una cerveza muy fría con un serranito. Ya era costumbre, el chico del bar que estaba cerca de mi facultad me conocía más que algunos de mis antiguos profesores. Me había visto reír, beber e incluso llorar. Era un encanto.
Luisa estaba contenta, su abuela había mejorado con la receta que le había mandado el médico. Aún no me creo como pudo mandarle eso. Fumar, la receta del mejor especialista de la ciudad había sido fumar. Al parecer su abuela sufría de la enfermedad denominada Parkinson y un estudio reciente demostraba que fumar controlaba los síntomas y le devolvía por un tiempo lo que esta terrible enfermedad le había arrebatado. Tranquilidad.
Sentí curiosidad por ella, me apasionaban las enfermedades y aún más los pacientes, cada uno es un mundo.