EL SUSTITUTO

Se puso su camisa blanca perfectamente planchada por su madre y cogió la americana oscura del armario, los pantalones y las curiosas zapatillas verdes que llevaba cada día importante desde el instituto. Mientras sujetaba su precioso y destrozado maletín con la mano izquierda, la derecha desayunaba un bollo de chocolate y nata que se derramaban por los lados haciendo que su lengua los lamiera sin dejar rastro. El reloj de pulsera hizo ese pip- pip presente en cada hora que pasaba, ¡ya eran las nueve de la mañana! Se despidió a toda prisa de su madre mediante un beso rápido y pegajoso, salió corriendo por la puerta y con su bici roja “vintage” recorrió todas las calles hasta llegar al hermoso edificio de cristal situado a tres avenidas más lejos del hospital.
Ató la bici con una cuerda como si de su mascota se tratara y atravesó la puerta, también de cristal, sujetada por un hombre de constitución armario. Fue directo al ascensor y subió hasta la última planta.
Sabía que había una docena de personas sentadas en círculo esperando que un hombre de casa rica y elegante se presentara para hablarles de las últimas novedades en fábricas muy eficientes pero con una gran emisión de dióxido de carbono. Por todo eso, nuestro querido John ha querido embarcarse en el viaje hacia comisaría con el motivo de quitarle la reunión al señor de trajes hechos a medida.
Entró en la sala con aire de superioridad como lo habría hecho el otro y, dejando el maletín encima de la mesa, se puso enfrente de todos los presentes y empezó a hablar.
- Buenos días, todos sabemos que estoy aquí para hablarles de las novedades para vuestras empresas que las lanzaran al Olimpo de las grandes cotizaciones en bolsa, pero no me apetece hablar sobre ello- todos se quedaron mirándolo mientras fruncían el ceño y preguntaban qué estaba pasando a sus consultores-. Los conozco un poco a todos- el señor Maurice se levantó y se disponía a irse- , como por ejemplo a usted- dijo John señalando a Maurice-: cada día pasa frente la casa de su vecina con la excusa de sacar a pasear el perro, se muere por besarla y tenerla entre sus brazos, necesita que el mundo siga igual para poder espiarla con tranquilidad mientras ella hace sus ejercicios aeróbicos.
Maurice se volvió a sentar y sacó su móvil para contemplar la foto de ella que había hecho tres días antes detrás de un arbusto.
John fue uno por uno. Les decía esos secretos ocultos que tanto deseaban sacar a la luz pero, por miedo a lo que dirían los otros, optaban por el silencio. Cuando terminó todos se quedaron perplejos y esperaban lo próximo que iba a decirles, había llamado su atención.
- Para hacer todo esto necesitáis estar vivos y para ello nuestro planeta, nuestro entorno, necesita estar limpio de productos químicos difíciles de descomponer y latir entorno a un aire puro para que todos sus habitantes permanezcan sanos. ¿Saben cuántas enfermedades hay nuevas en el mundo? Cada día muere más gente que no le proporcionan curas ni alimentos esterilizados mientras, gente que vive en unas condiciones óptimas, pueden llegar a la vejez. ¿Por qué no hacemos que el mundo sea mejor en todas partes y no solo en unos determinados países? ¿Tanto cuesta buscar otras soluciones medioambientales que no sean el uso de uranio y los grandes cementerios nucleares? Puede que se viva mejor aquí, sin preocuparnos de beber agua de un río cercano que está contaminado porque, para eso, tenemos el agua embotellada.
John terminó de hablar. Todos se levantaron con expresión seria. Al ver que no ocurría nada, John cogió su maletín con intención de marcharse triste por no haber resultado lo suficiente convincente como para que ellos respondieran. Alargó el brazo hasta tocar con la manecilla de la puerta y fue entonces cuando la sala de reuniones se llenó por completo de aplausos. Se giró. El señor Mathew apaciguó los aplausos y la euforia para poder hablar:
- Señoras y señores supongo que os habréis sorprendido tanto como yo al escuchar este hombre hablar de que nuestro planeta se muere por momentos y nosotros lo estamos enviando directo al cementerio. Hablo de hombre porque este robot creado por un humano ha sido más inteligente y tiene más sangre caliente que cualquiera de todos los humanos podrían llegar a tener. Chico- esta vez se dirigía a John-, nos has hecho dar cuenta que cada vez nos volvemos máquinas de producir dinero y pensar solo en nosotros mismos mientras máquinas que hemos creado nosotros, se vuelven más humanas.