El codiciado secreto

Era un hombre misterioso. Se había hecho rico a costa de un secreto que nadie jamás ha conocido. Estaba recostado en el sillón de su lujosa casa cuando yo aparecí por la puerta. Él me miró esperando que iniciara la conversación:
-¿Me ha llamado, señor?
-Así es - se aclaró la garganta y se acomodó en el sillón analizando el siguiente paso que iba a dar.
A veces abría la boca, pero más tarde la volvía a cerrar, aumentando la intriga que se respiraba en el salón.
-Y… ¿cuál es el motivo de su llamada? - decidí preguntar antes de que los nervios me consumieran por completo.
-Yo también fui universitario, ¿sabes?
Asentí y me quedé callado al intuir que aquella pregunta no había sido formulada para ser respondida.
-Pero lo que seguro que no sabes es qué estudié.
Al ser cirujano, yo siempre imaginé que estudió medicina, pero nunca entendí cómo un médico podía lograr lo imposible. En sus operaciones, jamás dejaba huella, ni cicatriz que advirtiera de una intervención quirúrgica. En cambio, como única condición para operar a un paciente, establecía que debía quedarse solo en quirófano.
Siempre me he preguntado cómo lo consigue. No cómo consigue operar de tal forma, sino cómo lo conserva en secreto y cómo soporta las miradas de envidia y las críticas que lanzan contra él sus compañeros.
-Bueno, yo estudié matemáticas.
No pude evitar adquirir una cara de asombro. Él se extrañó.
-¿Por qué te sobresaltas?
-No es nada, es sólo que no me lo esperaba, señor. Quiero decir, ¿qué tienen que ver las matemáticas con la cirugía?
-Más de lo crees, muchacho, más de lo que crees.
Tras estas palabras, el tren del silencio estacionó en aquella habitación. Yo estaba demasiado perplejo como para pensar qué decir, y él…, él simplemente continuaba conservando ese aspecto misterioso.
-El tiempo pasa muy rápido -soltó de repente.
El famoso hombre me tenía totalmente desconcertado. No entendía a dónde quería llegar.
-Sí, por desgracia -añadí torpemente.
-O por virtud. Con los años, las experiencias me han enseñado todo lo que sé.
Se acarició la barbilla.
-Aunque mi mayor hallazgo se produjo cuando tenía tu edad. Acompáñame -terminó por decir levantándose lentamente con la única ayuda de un viejo y desgastado bastón. Me acerqué a ayudarlo y juntos abandonamos la casa.
Me invitó a montarme en su coche y a continuación el chófer personal de aquel curioso anciano nos llevó hasta el famoso edificio que reconocí al instante, en el que se situaba su quirófano en el que nadie jamás había entrado ni salido consciente. Nos bajamos del coche y me invitó a pasar dentro. Yo estaba temblando de la emoción. Entramos en una sala que yo habría imaginado más grande. No había ni un solo artilugio de cirugía, ni siquiera un bisturí. La estancia estaba únicamente ocupada por nuestros cuerpos y una máquina colocada en una esquina, que a mí me pareció una máquina de refrescos. Miré alrededor por si había otra puerta que diera a otra habitación en la que situar el quirófano. Nada. El misterio había pasado a ser incredibilidad, los nervios pasaron a ser disgusto.
-Éste es mi quirófano -dijo abriendo los brazos dándome la bienvenida. -Aquel nunca visto.
-No lo entiendo. ¡Aquí no hay nada!
-¿Cómo que nada? Yo veo todo lo que necesito justo allí-señaló la máquina con el dedo.
-¿Una máquina? ¿De bebidas?-empezaba a pensar que se había vuelto loco con la edad.
-¡Insensato! No es una máquina de bebidas. Esta máquina es el hallazgo del que te he hablado, pues la descubrí con tu edad. Cuando era sólo un universitario que estudiaba matemáticas, me encargaron un trabajo de investigación basado en las dimensiones. Mientras estudiaba la perturbación del espacio, descubrí la forma de hacerlo con una máquina, y transportar un cuerpo de una dimensión a otra.
-No lo entiendo. Entonces, ¿cómo operas de esa forma?
-Transportando mi cuerpo a la cuarta dimensión.
Yo puse cara de no entender nada.
-Imagina que existieran cuerpos que solamente tuvieran medida de ancho y de largo, es decir, cuerpos de la segunda dimensión. Nosotros que somos seres de la tercera dimensión, podríamos incidir en su interior sin necesidad de abrirlos. Y del mismo modo, los cuerpos desde la cuarta dimensión pueden incidir en los seres de la tercera. Entonces…
-¡Al perturbar el espacio gracias a la máquina, te transportas a la cuarta dimensión, y no tienes por qué abrir a los pacientes para operarlos! -interrumpí quedándome con la boca abierta de par en par.
-Exacto -sonrió él.
-Es increíble. Usted es increíble, señor.
-Yo sólo tuve suerte, al igual que tú la vas a tener. Serás el único que conoce este secreto y te ruego que lo guardes bien.
-Y ¿qué pasa con usted?
-Simplemente, se me acabó el tiempo.