Somnia 1614

Era una oscuridad total, todo era negro y en ese instante apareció un punto blanco. Tocarlo no servía de nada, estaba demasiado lejos, intentó llegar a él y entonces paró al instante. Miró hacía el punto blanco y de repente una luz se acercó cada vez más rápido, más potente, a punto de cegarlo.
No veía nada, sus ojos estaban adaptándose lentamente, y entonces pudo apreciar dónde se encontraba. En una especie de playa, a la luz de las estrellas de un cielo sin sol ni luna, con un mar de color púrpura y sobre una arena blanquecina. En eso momento unos seres se acercaban desde la lejanía hacía él. Cuando llegaron pudo verlos mejor, eran mujeres, mujeres de finos y delicados rostros. Una se le acercó y le susurró:
-Descansa, cierra los ojos. Pronto todo irá bien…
Tras acabar la frase el hombre empezó a cerrar los ojos, quedándole como último recuerdo la sonrisa de aquella joven mujer de cabellos color morado.

De nuevo abrió los ojos, se encontraba en una especie de diván acolchado con almohadas, miró a su alrededor y vio una mesa llena de comida y bebida. Se acercó a la mesa, el olor le invadía las fosas nasales, parecía ser delicioso, pero dudo si comerlo o no. Entonces entró una mujer, la misma que le había hablado antes, la de cabellos morados. Su cabello era del mismo color que sus ojos y su holgada túnica, y su piel era pálida como el puro blanco. El hombre intento articular palabra, pero al parecer no le salían las palabras de la boca. La mujer le sonrió y le ofreció con un gesto a que comiese y bebiese, a lo que el hombre aceptó sin duda alguna. Una vez hubo saciado su ansia la mujer volvió a parecer, cómo si supiese cada sensación que el hombre sentía. La mujer le volvió a sonreír y le dijo:
-Ven, dame la mano. Te mostraré el lugar, tenemos una sorpresa para ti.
El hombre le asintió mientras se ponía de pie y agarraba su mano extendida, tenía una piel suave y delicada, la miró a los ojos y le sonrió, y cuando volvió a intentar a hablar de nuevo fue en vano, no salieron palabras de su boca.
Salieron de la sala y caminaron por un pasillo, en un lado había un gran ventanal por el que podías ver el cielo y al otro lado se veían puertas a un jardín donde otras mujeres charlaban y reían. El hombre sonrió y siguió a la mujer por donde ella iba sin soltarle la mano.
Al final del pasillo se hallaba una gran puerta de mármol, en cuanto la mujer del cabello morado llegó a la entrada con el hombre, todas y cada una de las mujeres que había visto el hombre durante el trayecto se acercaron. Se quedaron quietas contemplándolos con cierta distancia, algunas susurraban entre ellas y otras simplemente tenían muestras de nerviosismo en el rostro. ¿Por qué?
-Sígueme -le ordenó la mujer, y el hombre no se negó.
Entraron en esa sala oscura iluminada por colores cálido que iban cambiando. La mujer llevó al hombre al fondo de la sala, y lo dejó sentado en un trono hecho con cristal de brillantes reflejos. El hombre se sentó y contempló a su alrededor.
Las mujeres que antes estaban observándole en la entrada fueron entrando y poniéndose una al lado de otra alrededor de la sala. Todas miraban al centro, donde la mujer cabellos morados estaba quieta, mirando al hombre a los ojos, seria y decidida. Cuando hubo entrado la última de todas, la puerta se cerró, escuchándose un crujido. Todas se quedaron quietas y miraron al centro, la mujer de morado indicó con gestos y sonrisas al hombre que se acercase a ella. Él se acercó, pero ya no intento decir nada, no podía.
Las cortinas que hasta ahora parecían inexistentes se abrieron, dejando ver un mar de cadáveres, y una especie de nave levemente destruida, en la que se podía leer “Somnia 1614”. El hombre se alarmó, tembló del horror y miró con los ojos empezándose a llenar de lágrimas a la mujer de cabello morado.
La mujer sonrió, poco a poco su rostro cambiaba, cada vez era más anormal, más… Extraterrestre. Entonces el hombre recordó todo. Él había sido pasajero del primer vuelo espacial, un crucero por el espacio, él y su familia. El hombre miró el dedo en el que lucía un anillo, y giró la mirada a fuera, a los cuerpos mordidos por mujeres. Lloró por su familia.
-Eres el último… Primero tus palabras, te dejemos callado -el hombre tocó su cuello, quedaba una notable cicatriz en él-, ahora tú.
Se abalanzó, y fue quién dio el primer mordisco.

¿Podemos estar seguros si salimos de aquí?